No eras parte del plano (Todo lo que construimos nº 1) CAPÍTULO 17 #3
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CAPÍTULO 17 #3

Me reí. Él aprovechó mi risa para besarme otra vez.

Después ya no hubo frases útiles. Hubo piel, respiración, la funda de plástico de un cojín cayendo al suelo, mi mano buscando su espalda, su boca bajando con una paciencia que me hizo cerrar los ojos.

Cuando entró en mí, lo hizo mirándome, esperando mi gesto, mi sí, mi movimiento.

Se lo di. Me escuchó. Esa fue la parte más peligrosa: no el deseo, sino la atención.

—Lo sé.

—Eso ha sido horrible.

—Tú eres perfecta ahí.

—Quim.

—La iluminación es perfecta.

—Si haces un comentario sobre la iluminación, me voy.

Me rendí un poco ahí. No del todo. Yo no me rendía del todo ni dormida.

Pero dejé que me besara el cuello, que me bajara la cremallera, que me preguntara otra vez sin convertir la pregunta en trámite.

Le dije que sí con palabras y con manos.

Él también. Todo fue adulto, claro, bastante menos ordenado de lo que habría querido una parte de mí.

La parte que seguía pensando en la reunión del día siguiente se calló cuando Quim me tumbó sobre la cama de muestra y se quedó un segundo mirándome igual que si la habitación acabara de cambiar de uso.

—No sé hacerlo de otra manera ahora.

—No me mires así.

Quim me miraba de más. Me gustaba y me incomodaba. Yo estaba acostumbrada a que me evaluaran por mi trabajo, por mis plazos, por mi capacidad de responder correos a horas indecentes. Aquella mirada no pedía rendimiento. Pedía presencia. Casi prefería una auditoría.

Entonces me besó. No como en la sala de muestras.

Allí habíamos usado la boca para ganar una guerra.

Esa noche la usamos para dejar de fingir que la guerra nos protegía de algo.

Me quitó la chaqueta despacio. Yo le desabroché la camisa con menos torpeza que la primera vez y más miedo.

Cada botón abierto era una excusa menos.

—Sí —dije antes de que preguntara.

Me acerqué. Esta vez no hubo golpe, ni rabia, ni caja cayendo al suelo.

Hubo una lentitud peor. Quim me tocó la cara con el dorso de los dedos, igual que si comprobara una grieta fina.

Yo giré apenas la cabeza y le besé la palma.

Fue un gesto pequeño, de más íntimo para lo poco que sabíamos hacer con la ternura. Él soltó el aire.

No dije que no.

Lo dijo bajo. Casi cansado. Como si también él llevara semanas sosteniendo algo que pesaba más de lo previsto.

—Dime que no, Sandra.

—Quim.

La frase cayó sin dramatismo. Miré alrededor: una cama montada para una sesión de fotos que aún no existía, dos cojines envueltos en plástico, una caja con interruptores, polvo en el rodapié. La vida real tiene muy mala educación cuando una intenta fingir que va a tomar una decisión solemne.

—Ya está complicado.

—Esto puede complicarlo todo.

—Sí.

—Tenemos que trabajar juntos.

No intentó convencerme de lo contrario. Eso me dio rabia. Yo tenía preparadas tres defensas contra un hombre insistente y ninguna contra uno que aceptaba la verdad y se quedaba mirándome con las manos quietas.

—Sí.

Quim dejó el móvil sobre la encimera protegida con cartón.

—Esto es mala idea —dije.

Habíamos ido a revisar una filtración. Esa fue la excusa oficial. La filtración existía, como existen muchas coartadas útiles. La vimos, la fotografiamos, mandé un mensaje a Jordi y después ninguno de los dos se movió hacia la puerta.

La primera noche juntos tampoco tuvo glamour.

Tuvo comida fría, una alarma de obra que se disparó por error y mi móvil vibrando con tres mensajes de Clara que decidí no abrir hasta convertirme en una persona mejor.

No ocurrió en mi casa ni en la suya. Ocurrió en el apartamento piloto, que aún no era apartamento ni piloto: solo una habitación casi terminada con sábanas de muestra, olor a pintura seca y una lámpara que Quim había elegido contra mi criterio y que, por desgracia, quedaba bien.

CAPÍTULO 18

El sábado tuvimos que volver a la finca de Còrsega.

Reme nos recibió en bata, con una escoba en la mano y cero intención de parecer amable.

—Hoy sí me han avisado —dijo.

Asentí.

—Era lo mínimo.

—Lo mínimo suele llegar tarde.

No había réplica posible. No la buscé.

Quim llevaba el equipo de medición, dos linternas y una bolsa con croissants que Reme miró con sospecha.

—¿Eso es soborno?

—Desayuno —dijo Quim.

—El soborno también desayuna.

Reme cogió uno igualmente.

La visita no tuvo nada que ver con la anterior. No estaban Marc ni Albert. Solo Quim, una restauradora, Jordi, Reme y yo abriendo puertas que no tenían por qué abrirse tan temprano un sábado.

El edificio era más feo con calma.

Sin discurso, sin inversión, sin posibilidad brillante encima, se veían mejor los cables añadidos, los marcos torcidos, las baldosas cambiadas a medias. Empecé a fotografiar detalles con una concentración casi agradecida. La realidad, cuando dejaba de intentar gustar, era más manejable.

En el segundo piso, Reme les enseñó un cuarto pequeño lleno de cajas.

—Aquí mi madre guardaba sábanas. Antes era otra cosa, pero yo no me acuerdo.

La restauradora iluminó una esquina. Había una capa levantada de pintura. Detrás era un color amarillento, quizá antiguo.

Quim se agachó antes de poder fingir sorpresa y se golpeó la cabeza con una estantería.

—Joder.

Reme lo miró.

—Muy fino para salir en revistas.

No pudo evitar reírse.

Quim se frotó la cabeza, humillado.

—Me lo merezco.

—Sí —dijeron Reme y Sandra a la vez.

Eso, por algún motivo absurdo, rompió algo.

Reme se relajó un poco. Les contó que llevaba cuarenta y tres años en el edificio.

Que su marido había muerto allí, en el comedor, mientras veía un partido.

Que el propietario anterior subía el alquiler cada vez que arreglaba una tontería.

Que una vez, de niña, había visto un pájaro pintado en una pared antes de que su padre colgara un armario delante.

—Un pájaro azul —dijo—. O yo lo recuerdo azul porque era pequeña. Los niños ponen azul donde quieren.

Apunté la frase sin querer. Luego la tachó. Demasiado bonita. Demasiado fácil. Me dejó tachada, pero legible.

Quim me vio.

No dijo nada.

Bien.

A mediodía, Reme les ofreció café.

No café de cápsula. Café de olla, fuerte, con un sabor casi agresivo. Lo tomaron en su cocina, entre un mantel de hule, imanes de viajes que quizá no había hecho y una radio pequeña que sonaba mal.

—¿Ustedes dos son pareja? —preguntó Reme.

Me atraganté.

Quim dejó la taza con de más cuidado.

—No.

—Ah.

Reme no era convencida.

—Trabajamos juntos —dije.

—Eso dicen muchos antes de meterse en líos.

—No hay lío.

Reme la miró. Luego miró a Quim. Luego bebió café.

—Peor. Entonces vendrá.

Decidí que Reme era insoportable y quizá sabia, una combinación muy mala.

Al salir, en la escalera, Quim iba de más callado.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—No uses mi técnica.

Él se detuvo en el rellano.

—Estoy pensando que Reme vive aquí. Laia tiene recuerdos allí. Tu padre quizá tapó cosas. Marc quiere vender futuro. Albert quiere empaquetarlo. Clara quiere que ganes sin romperte. Y yo...

No terminó.

—Tú qué.

Quim bajó la mirada a la barandilla.

—Yo quiero el proyecto.

Esperé.

—Y no solo el proyecto.

La frase quedó en medio del rellano, con olor a lejía y caldo viejo. Nada en el espacio ayudaba. No había luz bonita. No había música. Un vecino tiró de la cadena al otro lado de una pared.

Casi se rió por puro nervio.

—Este sitio no es ideal para declaraciones ambiguas.

—No era declaración.

—Pues menos mal, porque necesitaba permisos.

Quim sonrió, pero se le fue enseguida.

—No quiero ponértelo más difícil.

—Ya es difícil sin tu colaboración.

—Lo sé.

Me abrazé la carpeta contra el pecho.

La parte sensata tenía muchas cosas que decir. Que aquello era una mala idea. Que seguíamos compitiendo. Que Marc estaba mirando. Que Clara me había advertido. Que Quim no llegaba a ser un descanso, era otro riesgo.

La parte cansada solo quería quedarse un minuto más en el rellano.

—No hagas nada —dije.

Quim me miró.

—¿Nada?

—Nada que tengamos que explicar mañana.

Él asintió.

—Vale.

Bajamos.

No pasó nada. Otra vez.

Pero esa tarde, mientras ordenaba las fotos de Reme en mi piso, entendí que las cosas que no pasaban también podían ocupar sitio.

Al salir, no pensé nada digno. Pensé que el zumbido del fluorescente seguía en mi mano, que me escocían los ojos de mirar planos y que Quim caminaba a mi lado sin invadir el pasillo. Eso me fastidió más que una frase bonita. La distancia justa siempre es más peligrosa que el descaro.

Cerré la carpeta y él recogió sus notas. Abajo golpearon una puerta metálica; arriba alguien arrastró un cubo. La obra siguió con su ruido vulgar, recordándome que la sala de muestras no iba a resolverse porque a mí me costara respirar normal a medio metro de Quim.

Antes de irse, Quim tuvo la decencia irritante de no convertir el momento en nada. Apartó un correo sin asunto, me dejó espacio para pasar y no hizo comentario sobre mi cara. Los gestos pequeños son una forma muy sucia de quedarse en una cabeza ajena.

No le di la razón en voz alta. Tampoco hacía falta regalarle tanto. Pero el contrato de dirección quedaba delante de nosotros, tozudo, y algo cedió por dentro. Muy poco. Lo suficiente para que me enfadara conmigo. El borde del plano quedó entre los dos, absurdo y útil.

Quim no discutió. Miró la muestra de nogal un segundo, porque también era necesitar darle trabajo a las manos. Dejó que la frase quedara ahí, sin remate. A veces aceptar una parte de culpa golpea más que ganar otra pelea.

—Lo sé.

—Eso no me tranquiliza tanto como crees. —dijo, sin apartarse de la llave del cuarto técnico.

—No voy a decidir por ti.

Cuando volvimos a quedarnos solos, notaba el pelo pegado a la nuca. Quim apoyó las manos en la mesa. No me tocó. Ni siquiera se acercó. A veces la tensión no necesita piel; le basta con una persona que baja la voz cuando todo alrededor sigue haciendo ruido. No lo dije. Me guardé esa parte.

Marc apareció con su sonrisa de administrador de incendios y dejó el presupuesto arrugado en mitad de la mesa, con la fe absurda de que el orden exterior pudiera tapar el desastre. Habló de plazos, relato y confianza inversora. Yo contesté con números. Quim corrigió un dato técnico sin mirarme.

Lo molesto era eso: Quim no solo me atraía cuando estaba cerca.

También me atraía cuando trabajaba bien.

Cuando veía la luz del patio sin convertirlo en espectáculo.

Cuando me pasaba un trozo de cinta de carrocero pegado a mi manga sin rozarme.

Yo estaba preparada para resistirme a un hombre guapo; no a un hombre útil.

Una parte de mí esperaba una salida fácil: beso o pelea. Casa Batller no concedía esas comodidades. Seguimos hablando de la humedad del pasillo norte, de costes y de permisos, usando palabras normales para tapar una conversación que ya no era normal desde hacía rato.

La frase se me escapó sin pasar por ningún filtro profesional.

Quim se quedó quieto. Yo también. En otra planta sonó una radial, tarde, fuera de ritmo.

El edificio tuvo la mala educación de seguir funcionando mientras yo calculaba cómo no acercarme.

En ese momento la silla coja me pareció una prueba ridícula de que seguíamos en una obra.

—Qué útil. Otra frase para no decir lo que de verdad estás pensando. —dijo, sin apartarse de la bolsa de tornillos.

—Eso es tu forma elegante de pedir distancia. —dijo, sin apartarse de la muestra de latón.

—Estoy trabajando.

—Estás intentando ganar una discusión que todavía no he abierto. —dijo, sin apartarse de la cinta roja.

Quim se movió apenas. No lo bastante para justificar que yo retrocediera, sí lo suficiente para que notara un post-it que nadie reconocía entre los dos y una zona exacta de mi cuerpo que decidió no comportarse. Me concentré en la escalera de servicio. Fracasé de una manera bastante silenciosa.

Volvimos al asunto técnico. Subimos a mirar la cornisa rota, contrastamos medidas y dejamos que el edificio nos contradijera en directo. Quim no ganó todas las frases. Yo tampoco. Eso era lo peor: juntos veíamos mejor, y esa clase de evidencia no se podía archivar en una carpeta cómoda.

Me habría gustado ofenderme de forma limpia. No pude. Quim me miraba sin hacerme pequeña y noté el polvo bajo la lengua. Me obligaba a admitir que no todo lo que protegía era proyecto; una parte era miedo viejo y otra, cansancio acumulado. Miré el borde del plano porque mirarlo a él era peor.

—He tratado con juntas imposibles menos orgullosas. —dijo, sin apartarse de un post-it torcido.

—No uses el pavimento para explicar mi infancia. —dijo, sin apartarse de el casco mal dejado.

—No es la pieza. Eso lo sabes tú también. —dijo, sin apartarse de la barandilla cubierta.

—No empecemos —dije, tarde y mal, porque yo ya había empezado antes de abrir la puerta. —dijo, sin apartarse de la llave del cuarto técnico.

Recuerdo mejor los objetos que mi propia cara: un recibo de taxi dentro de la libreta, una bolsa de tornillos sin etiqueta, una esquina de plano levantada por la humedad. Nada de aquello era romántico. Precisamente por eso lo creyó mi cuerpo antes que mi cabeza.

Quim tardó en responder. Tenía esa manía peligrosa de no rellenar los huecos.

Yo prefería las respuestas rápidas porque no dejaban sitio para arrepentirse, ni para mirar, ni para notar que me sudaba la palma contra la carpeta por una razón que no se reducía a laboral. No lo dije. Me guardé esa parte.

—Lo tuyo con la elegancia está poco resuelto. —dijo, sin apartarse de la funda del portátil.

—Podría. También podría tirarme por el hueco del ascensor y ambas cosas me parecen igual de elegantes. —dijo, sin apartarse de la manga de mi camisa.

—Podrías pedir ayuda.

La excusa técnica era la puerta condenada. La verdad era menos presentable: cada decisión compartida abría una grieta pequeña en mi costumbre de hacerlo todo sola.

La escena no tuvo nada de cinematográfica.

Había la funda del casco llena de yeso, polvo en el borde de la mesa y me sudaba la palma contra la carpeta.

Quizá por eso quedó. Las cosas importantes rara vez empiezan con música; empiezan con alguien llegando tarde, una luz horrible y una frase que ya no puedes retirar.

***