CAPÍTULO 17 #2
Me habría gustado ofenderme de forma limpia. No pude. Quim me miraba sin hacerme pequeña y noté el polvo bajo la lengua. Me obligaba a admitir que no todo lo que protegía era proyecto; una parte era miedo viejo y otra, cansancio acumulado. La sombra del patio quedó entre los dos, absurdo y útil.
—Una cata de yeso es más directa que tú. —dijo, sin apartarse de un post-it torcido.
—No psicoanalices una baldosa, por favor. —dijo, sin apartarse de el casco mal dejado.
—No quieres discutir porque esto ya venía de antes. —dijo, sin apartarse de la barandilla cubierta.
—No tengo energía para pelear por una muestra —dije, aunque por dentro ya llevaba diez minutos haciéndolo. —dijo, sin apartarse de la llave del cuarto técnico.
Recuerdo mejor los objetos que mi propia cara: el cristal protegido con cartón, el zumbido del fluorescente, una esquina de plano levantada por la humedad.
Nada de aquello era romántico. Precisamente por eso lo creyó mi cuerpo antes que mi cabeza.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
Quim tardó en responder. Tenía esa manía peligrosa de no rellenar los huecos.
Yo prefería las respuestas rápidas porque no dejaban sitio para arrepentirse, ni para mirar, ni para notar que tenía polvo en la comisura de la boca por una razón que no se reducía a laboral.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
—No es una herramienta. Es un aviso. —solté, más cansada que valiente.
—Mi nombre no es una palanca, Quim.
—Sandra.
La obra señalaba la sala de muestras. Yo señalaba plazos, costes, normativa. Nada de eso explicaba por qué la opinión de Quim empezaba a pesar donde antes solo pesaba mi criterio.
La escena no tuvo nada de cinematográfica.
Había la chaqueta de Quim colgada donde no tocaba, polvo en el borde de la mesa y tenía polvo en la comisura de la boca.
Quizá por eso quedó. Las cosas importantes rara vez empiezan con música; empiezan con alguien llegando tarde, una luz horrible y una frase que ya no puedes retirar.
***
Al salir, no pensé nada digno. Pensé que un recibo de taxi dentro de la libreta seguía en mi mano, que llevaba el sujetador marcándome la espalda desde las ocho y que Quim caminaba a mi lado sin invadir el pasillo.
Eso me fastidió más que una frase bonita.
La distancia justa siempre es más peligrosa que el descaro.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
Cerré la carpeta y él recogió sus notas.
Abajo golpearon una puerta metálica; arriba alguien arrastró un cubo.
La obra siguió con su ruido vulgar, recordándome que el falso techo no iba a resolverse porque a mí me costara respirar normal a medio metro de Quim.
La viga vieja volvió a meterse en la conversación sin pedir permiso.
Antes de irse, Quim tuvo la decencia irritante de no convertir el momento en nada. Apartó la chaqueta de Quim colgada donde no tocaba, me dejó espacio para pasar y no hizo comentario sobre mi cara. Los gestos pequeños son una forma muy sucia de quedarse en una cabeza ajena.
No le di la razón en voz alta. Tampoco hacía falta regalarle tanto. Pero la muestra de lino quedaba delante de nosotros, tozudo, y algo cedió por dentro. Muy poco. Lo suficiente para que me enfadara conmigo. Respiré mirando el papel arrugado, que era más seguro que mirarle la boca.
Quim no discutió. Miró la manga de mi camisa un segundo, porque también era necesitar darle trabajo a las manos. Dejó que la frase quedara ahí, sin remate. A veces aceptar una parte de culpa golpea más que ganar otra pelea.
—Lo sé.
—Curioso. Suena igual que la última omisión. —dijo, sin apartarse de el vaso de café frío.
—No voy a decidir por ti.
Cuando volvimos a quedarnos solos, tenía hambre de comida y de otra cosa que no quería nombrar.
Quim apoyó las manos en la mesa. No me tocó.
Ni siquiera se acercó. A veces la tensión no necesita piel; le basta con una persona que baja la voz cuando todo alrededor sigue haciendo ruido.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
Marc apareció con su sonrisa de administrador de incendios y dejó la goma de borrar en mitad de la mesa, con la fe absurda de que el orden exterior pudiera tapar el desastre. Habló de plazos, relato y confianza inversora. Yo contesté con números. Quim corrigió un dato técnico sin mirarme.
Lo molesto era eso: Quim no solo me atraía cuando estaba cerca.
También me atraía cuando trabajaba bien.
Cuando veía la viga escondida bajo el falso techo sin convertirlo en espectáculo.
Cuando me pasaba un presupuesto impreso con una mancha de aceite sin rozarme.
Yo estaba preparada para resistirme a un hombre guapo; no a un hombre útil.
Una parte de mí esperaba una salida fácil: beso o pelea.
Casa Batller no concedía esas comodidades.
Seguimos hablando de el cambio de circulación, de costes y de permisos, usando palabras normales para tapar una conversación que ya no era normal desde hacía rato.
El falso techo volvió a meterse en la conversación sin pedir permiso.
La frase se me escapó sin pasar por ningún filtro profesional.
Quim se quedó quieto. Yo también. En otra planta sonó una radial, tarde, fuera de ritmo.
El edificio tuvo la mala educación de seguir funcionando mientras yo calculaba cómo no acercarme.
Nadie dijo nada de la pantalla encendida; yo lo agradecí.
—Cuidado, Fusté. Se te está viendo la boca en medio del argumento. —dijo, sin apartarse de la silla coja.
—Eso dices cuando te pillo antes de tiempo. —dijo, sin apartarse de la funda del portátil.
—Estoy trabajando.
—Estás haciendo números para no sentir. —dijo, sin apartarse de la pantalla con manchas.
Quim se movió apenas. No lo bastante para justificar que yo retrocediera, sí lo suficiente para que notara una goma de borrar gris entre los dos y una zona exacta de mi cuerpo que decidió no comportarse. Me concentré en el baño antiguo. Fracasé de una manera bastante silenciosa.
Volvimos al asunto técnico. Discutimos la humedad del pasillo norte, contrastamos medidas y dejamos que el edificio nos contradijera en directo.
Quim no ganó todas las frases. Yo tampoco.
Eso era lo peor: juntos veíamos mejor, y esa clase de evidencia no se podía archivar en una carpeta cómoda.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
Me habría gustado ofenderme de forma limpia. No pude. Quim me miraba sin hacerme pequeña y me pesaba el cuello. Me obligaba a admitir que no todo lo que protegía era proyecto; una parte era miedo viejo y otra, cansancio acumulado. Nadie dijo nada de la barandilla protegida; yo lo agradecí.
—Algunas paredes maestras negocian mejor. —dijo, sin apartarse de el cristal protegido.
—La baldosa no tiene la culpa de que me estés mirando así. —dijo, sin apartarse de la goma de borrar.
—No te enfada la madera, Sandra.
—No voy a discutir por esto —dije. Naturalmente, era justo lo que estaba haciendo. —dijo, sin apartarse de el vaso de café frío.
Recuerdo mejor los objetos que mi propia cara: un trozo de cinta de carrocero pegado a mi manga, una baldosa suelta, una esquina de plano levantada por la humedad. Nada de aquello era romántico. Precisamente por eso lo creyó mi cuerpo antes que mi cabeza.
Quim tardó en responder. Tenía esa manía peligrosa de no rellenar los huecos.
Yo prefería las respuestas rápidas porque no dejaban sitio para arrepentirse, ni para mirar, ni para notar que tenía el labio mordido de no contestar a Marc por una razón que no se reducía a laboral.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
—No es una herramienta. Es un aviso. —dije, mirando la carpeta negra.
—No digas mi nombre para moverme de sitio. —murmuré, con me fallaba la paciencia.
—Sandra.
El asunto oficial era la galería interior. El privado, no. El privado tenía que ver con Quim, con mi orgullo y con esa zona peligrosa donde trabajar bien juntos empezaba a parecer otra clase de intimidad.
La escena no tuvo nada de cinematográfica.
Había el plano doblado por una esquina, polvo en el borde de la mesa y notaba el pelo pegado a la nuca.
Quizá por eso quedó. Las cosas importantes rara vez empiezan con música; empiezan con alguien llegando tarde, una luz horrible y una frase que ya no puedes retirar.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
***
La mentira sonó pequeña. Él no me la discutió. Solo retiró la mano despacio, igual que si acabara de recordar que en Casa Batller todo lo que se tocaba podía terminar en un informe.
—Nada.
—¿Qué pasa?
Miré la pantalla hasta que las letras dejaron de ser letras y se convirtieron en una amenaza bastante razonable. Quim notó el cambio.
No confundas intimidad con alianza.
A las dos y cuarenta, Clara volvió a escribir. Esta vez abrí el mensaje.
Se rió contra mi hombro. Me gustó de más.
Esa fue la primera alarma de verdad, no la de obra.
Me gustó su risa cuando ya no tenía público.
Me gustó que no intentara quedarse encima de mí como una conquista, sino al lado, con una mano abierta sobre mi vientre y una prudencia que no le pegaba a su fama.
—Eso sí puedes.
—Iba a decir que el rodapié está mal rematado.
—No digas nada bonito —advertí.
Después nos quedamos en silencio, pero no de esos que yo podía usar como arma. Un silencio sudado, torpe, con una sábana de muestra arrugada debajo de mi espalda y el pelo de Quim haciéndole una cosa ridícula en la frente. La lámpara, maldita fuera, seguía quedando bien.