No eras parte del plano (Todo lo que construimos nº 1) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

No hablamos del gesto.

Eso hizo que el gesto creciera.

Durante dos días, y Quim trabajaron alrededor de la viga, de la pintura, de Còrsega, de la propuesta de segunda fase y de aquel segundo en la oficina temporal igual que si esquivar una cosa pudiera reducir su tamaño.

No funcionó.

A veces lo veía al otro lado de una sala y se acordaba de la mano apartándole polvo del pelo. No tenía sentido. Le habían tocado la mano, el brazo, el hombro mil veces en obras, reuniones, ascensores y cenas familiares. Aquello no había sido nada. Menos que nada.

Por eso molestaba.

El viernes tocaba reunión con la familia Batller.

Eulàlia, la abuela muerta que hablaba de flores, se había convertido en una especie de presencia amable y problemática.

La familia había traído fotografías antiguas.

Cajas enteras. Álbumes con esquinas despegadas, sobres de revelado, una postal de 1963 con una mancha de humedad.

Las revisé con una restauradora y con la chica de las zapatillas, que se llamaba Laia y tenía más paciencia que varios adultos juntos.

No apareció la pintura completa.

Pero apareció una foto borrosa de una cena familiar en la biblioteca. Al fondo, casi fuera de foco, se distinguían manchas florales en la pared.

Laia se llevó una mano a la boca.

No lloré.

Aquello fue peor.

—No se lo inventaba —dijo.

Sentí algo en la garganta. No suyo del todo. Prestado.

—No.

Quim estaba a unos metros, hablando con la restauradora. Se giró al escuchar el tono de Laia. No intervino. Bien. No todo necesitaba su presencia.

Marc, en cambio, apareció igual que si oliera el momento.

—Esto es extraordinario.

Laia apretó la foto contra el pecho.

—Es mi bisabuela.

Marc moduló la cara. Tarde.

Lo vi y se cansó.

Después de la reunión, Clara me llamó aparte.

—Hoy has estado mejor.

—Empiezo a sospechar que me das una galleta cada vez que no muerdo a alguien.

—No tengo tantas galletas.

Me apoyé contra una mesa.

—¿Qué pasa?

Clara miró hacia la biblioteca. Marc hablaba con Quim y Albert junto a la ventana.

—La propiedad está dividida.

—¿Sobre Casa Batller?

—Sobre la segunda fase. Hay quien quiere un nombre fuerte de cara a inversores. Hay quien prefiere continuidad técnica. Hay quien quiere las dos cosas y no entiende que eso implique dos egos, dos contratos y el doble de reuniones.

Observé a Quim. Él no era cómodo con Marc. Eso ya lo sabía leer.

—¿Nombre fuerte significa Quim?

—Sí.

—Continuidad técnica significa yo.

Clara no respondió.

—Qué romántico todo.

—No es una decisión tomada.

—Nunca lo es hasta que ya lo era.

Clara se cruzó de brazos.

—Sandra, necesito preguntarte algo y no quiero una respuesta orgullosa.

—Entonces pregunta a otra persona.

—¿Podrías liderar con él?

La pregunta no la sorprendió.

Me molestó igual.

—Profesionalmente, sí.

—No he preguntado eso.

Miré a Clara.

Ahí estaba el problema: Clara veía de más.

—No voy a acostarme con un rival.

Clara parpadeó.

—Yo no he dicho acostarte.

Cerré los ojos.

Estupendo.

Ahora sí había una frase en el aire, grande y estúpida.

Clara no sonrió. Se lo agradeció con una parte muy pequeña de sí misma.

—Mira —dijo Clara—. No soy tu madre. No soy tu amiga de universidad. No voy a decirte qué hacer con tu vida privada. Pero si algo con Quim entra en el proyecto, aunque no pase nada, aunque solo sea tensión, necesito que sepas que Marc lo usará si le conviene.

Bajé la voz.

—No está entrando nada.

—Vale.

—No me digas vale así.

—Vale normal entonces.

Casi se rió. No lo hizo.

Esa noche, la obra cerró tarde. La viga estaba apuntalada, la pintura cubierta, la biblioteca llena de cajas de fotos. Quim se quedó ayudándola a ordenar álbumes.

No le hizo falta.

Lo hice.

A las diez, solo quedaban ellos y el vigilante de abajo. Metí una foto en un sobre equivocado. Quim se lo señaló.

—Esa va con las del sesenta.

—Ya lo sé.

—La estás metiendo en setenta y dos.

—Lo hago para comprobar tu nivel de insoportabilidad.

—Alto.

—Correcto.

El intercambio era viejo. Cómodo. Demasiado cómodo.

Dejé el sobre.

—Clara me ha preguntado si podría liderar contigo.

Quim se quedó quieto.

—¿Y?

—He dicho que profesionalmente sí.

—Qué entusiasmo.

—Era una respuesta seria.

—Ya.

Él siguió ordenando fotos. Se equivocó de caja. No lo corrigí al instante. Luego sí.

—Esa no.

—Joder.

—Estás peor que yo.

—Estoy pensando.

—Eso explica el peligro.

Quim dejó la foto.

—A mí Marc me ha preguntado si podría liderar sin ti.

Sentí un pinchazo.

—¿Y?

—He dicho que sí.

El silencio fue rápido. Frío.

—Claro.

—Sandra.

—No, es la respuesta correcta.

—No he terminado.

—No hace falta.

—He dicho que sí, pero que sería peor proyecto.

Lo miré.

No quería que la frase le importara.

Le importó.

—Eso es muy conveniente.

Quim soltó una risa sin humor.

—También me pareció inoportuno.

Me senté en el borde de la mesa.

—No sé qué hacer contigo.

La frase salió antes de poder corregirla.

Quim no se acercó.

Bien.

Se me notó.

—Yo tampoco sé qué hacer conmigo cuando estoy contigo —dijo.

Era una frase peligrosa.

Demasiado cerca de ser bonita.

Pero la dijo mal. Bajo. Cansado. Como alguien que preferiría no haberla soltado.

Eso me salvó.

Me levanté.

—Tengo que irme.

—Sí.

Ninguno se movió durante un segundo.

Luego recogí el bolso, apagué la luz y bajé la escalera sin mirar atrás.

En la calle, me di cuenta de que me había llevado una fotografía de Laia por error.

Volví a subir.

Y encontré a Quim sentado en el suelo de la biblioteca, con la cabeza apoyada contra la pared y los ojos cerrados.

No dormía.

O no del todo.

Dejé la foto encima de la mesa y me marché sin despertarlo.

Fue lo más amable que pudo hacer y la manera más cobarde de no quedarse.

Al salir, no pensé nada digno. Pensé que una silla coja seguía en mi mano, que tenía hambre de comida y de otra cosa que no quería nombrar y que Quim caminaba a mi lado sin invadir el pasillo. Eso me fastidió más que una frase bonita. La distancia justa siempre es más peligrosa que el descaro.

Cerré la carpeta y él recogió sus notas. Abajo golpearon una puerta metálica; arriba alguien arrastró un cubo. La obra siguió con su ruido vulgar, recordándome que la entrega de renders no iba a resolverse porque a mí me costara respirar normal a medio metro de Quim.

Antes de irse, Quim tuvo la decencia irritante de no convertir el momento en nada.

Apartó la carpeta negra de Marc, me dejó espacio para pasar y no hizo comentario sobre mi cara.

Los gestos pequeños son una forma muy sucia de quedarse en una cabeza ajena.

El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.

No le di la razón en voz alta. Tampoco hacía falta regalarle tanto. Pero la memoria de materiales quedaba delante de nosotros, tozudo, y algo cedió por dentro. Muy poco. Lo suficiente para que me enfadara conmigo.

Quim no discutió. Miró la muestra de latón un segundo, porque también era necesitar darle trabajo a las manos. Dejó que la frase quedara ahí, sin remate. A veces aceptar una parte de culpa golpea más que ganar otra pelea.

—Lo sé.

—Esa frase ya la usaste antes de callarte media verdad. —dijo, sin apartarse de la llave del cuarto técnico.

—No voy a decidir por ti.

Cuando volvimos a quedarnos solos, me escocían los ojos de mirar planos.

Quim apoyó las manos en la mesa. No me tocó.

Ni siquiera se acercó. A veces la tensión no necesita piel; le basta con una persona que baja la voz cuando todo alrededor sigue haciendo ruido.

El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.

Marc apareció con su sonrisa de administrador de incendios y dejó la silla coja en mitad de la mesa, con la fe absurda de que el orden exterior pudiera tapar el desastre.

Habló de plazos, relato y confianza inversora.

Yo contesté con números. Quim corrigió un dato técnico sin mirarme.

En ese momento la cinta de carrocero me pareció una prueba ridícula de que seguíamos en una obra.

Lo molesto era eso: Quim no solo me atraía cuando estaba cerca.

También me atraía cuando trabajaba bien.

Cuando veía la puerta condenada sin convertirlo en espectáculo.

Cuando me pasaba la llave del cuarto de instalaciones sin rozarme.

Yo estaba preparada para resistirme a un hombre guapo; no a un hombre útil.

Una parte de mí esperaba una salida fácil: beso o pelea. Casa Batller no concedía esas comodidades. Seguimos hablando de el presupuesto de iluminación, de costes y de permisos, usando palabras normales para tapar una conversación que ya no era normal desde hacía rato.

La frase se me escapó sin pasar por ningún filtro profesional.

Quim se quedó quieto. Yo también. En otra planta sonó una radial, tarde, fuera de ritmo.

El edificio tuvo la mala educación de seguir funcionando mientras yo calculaba cómo no acercarme.

El cristal cubierto quedó entre los dos, absurdo y útil.

—Eso lo dices porque si hablamos de planos no tienes que admitir dónde estás mirando. —dijo, sin apartarse de la bolsa de tornillos.

—Eso dices cuando estás fabricando una defensa. —dijo, sin apartarse de la muestra de latón.

—Estoy trabajando.

—Estás buscando dónde esconder la respuesta. —dijo, sin apartarse de la cinta roja.

Quim se movió apenas. No lo bastante para justificar que yo retrocediera, sí lo suficiente para que notara el móvil con la batería al doce por ciento entre los dos y una zona exacta de mi cuerpo que decidió no comportarse.

Me concentré en el hueco del montacargas.

Fracasé de una manera bastante silenciosa.

Volvimos al asunto técnico. Calculamos la lista de proveedores, contrastamos medidas y dejamos que el edificio nos contradijera en directo. Quim no ganó todas las frases. Yo tampoco. Eso era lo peor: juntos veíamos mejor, y esa clase de evidencia no se podía archivar en una carpeta cómoda.