CAPÍTULO 16 #2
—Necesito saberlo.
—Si vuelves a preguntarlo cada diez segundos, no.
—¿Estás bien? —preguntó.
Me besó de rodillas, entre muestras de tela y polvo, con una paciencia que duró tres segundos antes de convertirse en otra cosa.
Esta vez no fue como en la biblioteca. No hubo susto limpio ni retirada honorable.
Hubo boca, manos, la mesa golpeándome la cadera cuando me incorporé de golpe, su risa contra mi cuello cuando maldije por lo bajo.
El tornillo cayó de mi mano al suelo. Un sonido diminuto. Suficiente.
—Estoy aguantando.
—Como si estuvieras aguantando.
—¿Cómo?
—No digas mi nombre así.
—Sandra.
Toqué la mancha con el pulgar antes de pensar. Él dejó de respirar de una forma mínima, casi imperceptible. Pero yo trabajaba con grietas pequeñas. Sabía verlas.
—Tienes yeso aquí.
Levanté la vista. Error. Quim estaba agachado frente a mí, con la camisa arremangada, el cuello abierto y la tirita del pulgar ya desaparecida. Tenía una mancha blanca en la mandíbula. La miré de más tiempo.
—Eso me cuesta corregirlo.
—Estás existiendo muy cerca.
—Otra vez no he hecho nada.
—No —dije.
Me agaché. Él también. Nuestras manos coincidieron en el mismo tornillo porque, por lo visto, el universo tenía la sensibilidad de un becario escribiendo una escena obvia.
—Perfecto —dije.
A las once y doce, el informe salió. Quim lo revisó por última vez mientras yo recogía la mesa. Moví una caja, se abrió por debajo y cayeron al suelo muestras de tela, un rollo de cinta y tres tornillos.
Sonrió apenas. Yo no debería haber mirado su boca. Lo hice. Llevábamos todo el día tocándonos sin tocar: pasándonos herramientas, sujetando planos, entrando por huecos estrechos, inclinándonos sobre la misma fisura. La obra había decidido volvernos torpes con cosas prácticas.
—Qué sorpresa.
—No sale con agua.
—Tú tienes ego en la camisa.
—Tienes yeso en el pelo —dijo él.
Quim y yo nos quedamos en la oficina provisional, con el portátil abierto, dos vasos de agua tibia y una bolsa de patatas que alguien había abandonado en una cajonera. Cenamos eso. Patatas rancias y un silencio de más consciente.
Terminamos la revisión a las diez y media de la noche.
Jordi se fue mascullando algo sobre arquitectos, interioristas y gente que no sabía irse a casa cuando las luces automáticas empezaban a apagarse por vergüenza.
Clara había mandado tres mensajes y luego uno definitivo: mañana a las ocho, informe limpio.
Marc no había escrito nada, que era su manera de dejar que los demás sudaran por él.
La viga no se rompió del todo. Nosotros tampoco, aunque durante un rato pareció una cuestión de paciencia.
Al salir, no pensé nada digno. Pensé que un post-it que nadie reconocía seguía en mi mano, que tenía hambre de comida y de otra cosa que no quería nombrar y que Quim caminaba a mi lado sin invadir el pasillo.
Eso me fastidió más que una frase bonita.
La distancia justa siempre es más peligrosa que el descaro.
Cerré la carpeta y él recogió sus notas.
Abajo golpearon una puerta metálica; arriba alguien arrastró un cubo.
La obra siguió con su ruido vulgar, recordándome que la luz del patio no iba a resolverse porque a mí me costara respirar normal a medio metro de Quim.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
Antes de irse, Quim tuvo la decencia irritante de no convertir el momento en nada. Apartó una baldosa suelta, me dejó espacio para pasar y no hizo comentario sobre mi cara. Los gestos pequeños son una forma muy sucia de quedarse en una cabeza ajena.
No le di la razón en voz alta. Tampoco hacía falta regalarle tanto. Pero la entrega de renders quedaba delante de nosotros, tozudo, y algo cedió por dentro. Muy poco. Lo suficiente para que me enfadara conmigo. Miré la manga manchada porque mirarlo a él era peor.
Quim no discutió. Miró la linterna de Jordi un segundo, porque también era necesitar darle trabajo a las manos. Dejó que la frase quedara ahí, sin remate. A veces aceptar una parte de culpa golpea más que ganar otra pelea.
—Lo sé.
—También dijiste eso cuando elegiste no contarme lo otro. —dijo, sin apartarse de la pantalla con manchas.
—No voy a decidir por ti.
Cuando volvimos a quedarnos solos, me escocían los ojos de mirar planos. Quim apoyó las manos en la mesa. No me tocó. Ni siquiera se acercó. A veces la tensión no necesita piel; le basta con una persona que baja la voz cuando todo alrededor sigue haciendo ruido.
Marc apareció con su sonrisa de administrador de incendios y dejó la silla coja en mitad de la mesa, con la fe absurda de que el orden exterior pudiera tapar el desastre. Habló de plazos, relato y confianza inversora. Yo contesté con números. Quim corrigió un dato técnico sin mirarme.
Lo molesto era eso: Quim no solo me atraía cuando estaba cerca.
También me atraía cuando trabajaba bien.
Cuando veía la sala de muestras sin convertirlo en espectáculo.
Cuando me pasaba la chaqueta de Quim colgada donde no tocaba sin rozarme.
Yo estaba preparada para resistirme a un hombre guapo; no a un hombre útil.
Una parte de mí esperaba una salida fácil: beso o pelea.
Casa Batller no concedía esas comodidades.
Seguimos hablando de el baño antiguo, de costes y de permisos, usando palabras normales para tapar una conversación que ya no era normal desde hacía rato.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
La frase se me escapó sin pasar por ningún filtro profesional.
Quim se quedó quieto. Yo también. En otra planta sonó una radial, tarde, fuera de ritmo.
El edificio tuvo la mala educación de seguir funcionando mientras yo calculaba cómo no acercarme.
La cata abierta quedó entre los dos, absurdo y útil.
—Y tú subes la voz cuando quieres que no se note que me estás mirando la boca. —dijo, sin apartarse de el vaso de café frío.
—Eso dices cuando necesitas treinta segundos más. —dijo, sin apartarse de la carpeta negra.
—Estoy trabajando.
—Estás calculando una salida —dijo.
Quim se movió apenas. No lo bastante para justificar que yo retrocediera, sí lo suficiente para que notara la funda del casco llena de yeso entre los dos y una zona exacta de mi cuerpo que decidió no comportarse. Me concentré en el contrato de dirección. Fracasé de una manera bastante silenciosa.
Volvimos al asunto técnico. Calculamos el cuadro de cargas, contrastamos medidas y dejamos que el edificio nos contradijera en directo. Quim no ganó todas las frases. Yo tampoco. Eso era lo peor: juntos veíamos mejor, y esa clase de evidencia no se podía archivar en una carpeta cómoda.
Me habría gustado ofenderme de forma limpia. No pude. Quim me miraba sin hacerme pequeña y me pesaba el cuello. Me obligaba a admitir que no todo lo que protegía era proyecto; una parte era miedo viejo y otra, cansancio acumulado. Miré la sombra del patio porque mirarlo a él era peor.
—Hay pavimentos históricos con menos capas que tú. —dijo, sin apartarse de la silla coja.
—No conviertas cada decisión técnica en un informe sobre mi carácter. —dijo, sin apartarse de la funda del portátil.
—No quieres pelear porque sabes que la muestra es la excusa. —dijo, sin apartarse de el borde del plano.
—No quiero convertir esto en otra guerra —dije, y la mentira casi se oyó caer. —dijo, sin apartarse de la pantalla con manchas.
Recuerdo mejor los objetos que mi propia cara: un correo sin asunto, un recibo de taxi dentro de la libreta, una esquina de plano levantada por la humedad. Nada de aquello era romántico. Precisamente por eso lo creyó mi cuerpo antes que mi cabeza.
Quim tardó en responder. Tenía esa manía peligrosa de no rellenar los huecos. Yo prefería las respuestas rápidas porque no dejaban sitio para arrepentirse, ni para mirar, ni para notar que tenía polvo en la comisura de la boca por una razón que no se reducía a laboral.
—La de hombre que va a decir algo que cree útil y acaba siendo carísimo. —dije, mirando la escalera de servicio.
—¿Cuál?
—Tienes esa cara.
Podíamos discutir el ascensor histórico durante media hora sin despeinarnos. Lo difícil era admitir que, cuando él señalaba algo, yo ya no escuchaba solo al rival.
La escena no tuvo nada de cinematográfica.
Había un trozo de cinta de carrocero pegado a mi manga, polvo en el borde de la mesa y me temblaba la paciencia, no las manos.
Quizá por eso quedó. Las cosas importantes rara vez empiezan con música; empiezan con alguien llegando tarde, una luz horrible y una frase que ya no puedes retirar.
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