CAPÍTULO 16
El miércoles se rompió una viga.
Lo justo.
Lo suficiente.
Fue en Casa Batller, no en Còrsega. Porque los edificios tienen un sentido del humor pésimo y saben elegir el peor momento para recordarte que aún mandan ellos.
Jordi me llamó a las diez y cuatro.
—Sube.
Nada más.
Estaba en una videollamada con Albert. Cerré el portátil sin despedirme. En otras circunstancias me habría parecido poco profesional. Ese día me pareció higiene.
Quim me alcanzó en la escalera.
—¿Qué pasa?
—Jordi ha dicho sube.
—Ah.
—Exacto.
En la planta noble, el aire estaba lleno de polvo. No mucho. Una nube fina, suficiente para dejar sabor en la lengua. Dos operarios esperaban junto al hueco del comedor con esa quietud que no se ve cuando algo va bien.
Jordi señaló hacia arriba.
La viga tenía una fisura longitudinal. Antigua. Escondida. Tranquila hasta que la obra le había dado motivo para hablar.
Noté que todo se le ordenaba por dentro.
Se le ordenó por dentro la parte técnica. La otra no ayudaba.
Apuntalamiento. Informe. Cálculo. Parada parcial. Aviso. Coste. Plazo. Marc. Clara. Patrimonio. Mierda.
—Nadie trabaja debajo —dijo.
Jordi ya lo había hecho, claro, pero la frase necesitaba salir.
Quim miraba la viga con la mandíbula tensa.
—Esto afecta al recorrido.
—Afecta a todo.
—Ya.
No discutieron.
Esa fue la primera diferencia.
Durante dos horas, la obra dejó de ser escenario de tensión romántica, profesional o de cualquier otra clase útil para una novela.
Fue una obra. Ruidosa, incómoda, llena de gente preguntando dónde dejar materiales, técnicos que necesitaban enchufes, llamadas que se cortaban y un proveedor que llegó con algo que nadie podía recibir.
Me olvidé de Quim.
No de forma dramática.
De forma real.
Él estaba allí, pero era una presencia lateral. Hablaba con Jordi, buscaba fotografías antiguas, revisaba si su propuesta de iluminación podía moverse. En un momento se equivocó y pidió retirar una pieza que no debía tocarse. Jordi le ladró. Quim aceptó el ladrido.
Bien.
Nadie tenía tiempo para egos.
A la una, Marc llegó pálido.
—¿Cuánto?
Ni hola.
Llevaba polvo en el pelo, una mascarilla colgando del cuello y una mancha de óxido en el antebrazo.
—No lo sabemos.
—Necesito un escenario.
—Necesito un estructurista.
Marc miró la viga, luego a Quim.
—¿La propuesta interior puede adaptarse?
Sentí el golpe de siempre: preguntar al que vendía mejor antes que a quien sostenía la obra.
Quim no contestó.
Me miró.
No como permiso bonito.
Como orden correcto de trabajo.
—Primero estructura —dijo él—. Después vemos interiores.
Marc tensó la boca.
—Necesito soluciones, no secuencias.
Di un paso.
—La secuencia es la solución. Si saltamos pasos, pagaremos dos veces.
Esta vez no sonó a ataque. O eso intentó.
Marc respiró.
—Esta tarde quiero informe.
—Tendrá uno preliminar.
—Quiero algo que pueda explicar a la familia.
—Explíqueles que el edificio no ha leído el calendario.
No debía decirlo.
Lo dijo.
Marc me miró.
Quim se giró hacia la viga con una concentración excesiva.
Me mordí la lengua. Tarde.
Marc se fue con Clara al teléfono. Escuché su propio nombre dos veces desde el pasillo.
A las tres, el estructurista confirmó lo que temían: apuntalamiento, estudio, posible refuerzo. No llegaba al desastre total, pero bastaba para mover plazos y presupuesto.
Me encerré en la oficina temporal y empezó el informe. Tenía hambre. Le dolía la cabeza. El ordenador iba lento. El ventilador hacía un ruido como de insecto atrapado.
Quim entró sin llamar. Luego me di cuenta.
—Perdón.
—Ya estás dentro.
—Puedo salir y volver a llamar.
—No tengo energía para teatro.
Dejé un bocadillo sobre la mesa.
—No es manipulación. Es pan.
Lo miré.
—Hoy no me hagas reír.
—No quería que sonara así.
Me senté en el suelo, lejos de la mesa, con mi portátil en las rodillas. Esperaba que dijera algo, que preguntara, que opinara. No lo hizo. Durante cuarenta minutos solo se oyó teclear, borrar, respirar, el edificio crujiendo un poco igual que si estuviera molesto.
—Me he equivocado antes con la pieza —dijo Quim de pronto.
No levanté la vista.
—Sí.
—Jordi me ha mirado igual que si quisiera enterrarme en el patio.
—Jordi mira así cuando le caes bien también.
—No quería tocarla.
—Lo sé.
—Pero he reaccionado rápido y mal.
Guardé el documento.
—Bienvenido al club.
Quim sonrió apenas. Luego volvió al portátil.
A las siete enviaron el informe. Esta vez revisé adjuntos, destinatarios y versión. Quim no hizo bromas. Se lo agradeció.
Clara respondió con un escueto: Recibido. Bien gestionado.
Dos palabras buenas.
Las leí tres veces como una idiota.
Quim lo vio.
—¿Buenas noticias?
—Clara ha dicho bien gestionado.
—Eso en Clara es una ovación con fuegos artificiales.
Solté una risa cansada.
No sonó brillante. Sonó casi como un ruido.
Después se quedaron callados.
Apoyé la cabeza en la pared. Cerré los ojos un momento. Solo un momento.
Cuando los abrió, Quim la estaba mirando. No con deseo evidente. No con frase preparada. Con preocupación simple.
—Tienes que irte a casa.
—Tú también.
—Yo no tengo una viga alojada en la frente.
Me toqué la sien.
—¿Se nota?
—Un poco.
No se movieron.
La oficina era fea. El fluorescente hacía mala piel. El bocadillo olía a tortilla fría. Nada invitaba a nada.
Precisamente por eso, cuando Quim se levantó y le apartó con cuidado un poco de polvo del pelo, el gesto no pareció una escena.
Pareció un error.
Me quedé quieta.
Él también.
—Perdón —dijo Quim, retirando la mano.
Debería haber dicho no pasa nada.
No lo dije. Sí pasaba, y no encontró una frase útil para taparlo.
Se quedaban dentro, trabajando.
A las doce menos cuarto salimos por la puerta de servicio separados por un metro y medio, con el informe enviado, la viga apuntalada y la certeza bastante incómoda de que algunas cosas no se rompían de golpe.
Me bajé de la mesa. Busqué mi jersey. Me lo puse del revés y tuve que quitármelo otra vez. Quim no hizo comentario. Por una vez, su instinto de supervivencia funcionó.
Lo peligroso fue verlo después, humano, sin defensa brillante, con una mano todavía en mi cintura igual que si soltarme exigiera una decisión que ninguno quería tomar primero.
No el sexo. No la mesa. No el deseo.
Eso fue lo peligroso.
Me separé lo justo para mirarlo. Tenía la camisa abierta, el pelo desordenado y una expresión que no intentaba esconderse lo bastante rápido.
—El informe ya estaba complicado.
Quim soltó una risa sin aire.
—Esto complica mucho el informe —dije, todavía contra su cuello.
El fluorescente siguió zumbando. Alguien dejó caer algo en la calle. La vida tuvo el mal gusto de continuar.
Durante unos segundos no nos movimos.
Acabé antes que él, con la boca contra su hombro para no hacer ruido. Quim me sostuvo sin apartarse, porque también era necesitar comprobar que yo seguía allí. Luego se dejó ir con un sonido bajo, casi vencido, que se me quedó dentro más de lo razonable.
La mesa golpeó la pared una vez. Nos reímos sin separarnos. Después ya no hubo risa. Hubo su respiración rota junto a mi oído, mi espalda arqueándose, sus dedos en mi muslo, el edificio entero reducido a ese cuarto feo donde, por primera vez en meses, no pensé en perder.
Él entendió.
Cuando entró en mí, apoyó la frente en mi hombro y se quedó quieto un segundo.
Me agarré a él. No por equilibrio, o no solo.
Porque el placer vino mezclado con una ternura tan brusca que casi dolió.
Quim se movió despacio al principio, atento, de más atento; luego mi cuerpo dejó de agradecer la prudencia y empezó a pedir otra cosa.
Se lo dije con las manos, con las caderas, con su nombre contra su boca.
Nos desnudamos a medias, con esa urgencia poco elegante de los adultos que han esperado de más y aun así intentan no romper nada importante. Él sacó un preservativo de la cartera y me miró antes de abrirlo. Asentí. No hubo frase bonita. No hacía falta.
Esa palabra cambió la habitación.
—No.
—Dime que pare y paro.
Levantó la cabeza.
—Quim.
Me sentó sobre la mesa y me besó el cuello.
No de una forma delicada. De una forma contenida apenas, igual que si llevara de más tiempo corrigiéndose.
Le hundí los dedos en el pelo. Noté su boca en la clavícula, sus manos subiendo por mi espalda, el borde de la mesa bajo los muslos, la respiración volviéndose menos civilizada.
La oficina era incómoda, fría y nada parecida a una fantasía.
Había un fluorescente zumbando, un plano doblado debajo de mi codo y una silla que chirrió cuando él la apartó con el pie.
Eso lo hizo real. La escena no tenía nada de perfecta.
Éramos nosotros, agotados, sucios de obra, deseándonos desde hacía semanas con la excusa de la estructura.
Me reí contra su boca. Fue una risa breve, rota, casi vergonzosa.
Luego dejó de darme vergüenza. Me quitó el jersey despacio, sin convertirlo en ceremonia, y yo le abrí la camisa hasta que pude tocarle el pecho.
Tenía el corazón rápido. Me alivió de una manera absurda.
Quim Fusté, el hombre que era responder siempre tarde por cálculo y no por miedo, también perdía el ritmo.
—No pensaba sobrevivir a eso dos veces.
—No pares —dije.
Lo besé yo. Le desabroché la camisa con torpeza porque tenía los dedos fríos y demasiadas ganas. Quim apoyó las manos en mi cintura, bajo el jersey, y el contacto de su piel caliente me sacó un sonido que no reconocí como mío. Él se detuvo.
No me llevó. Me dejó ir. Esa diferencia, pequeña y enorme, hizo que una parte de mí se aflojara.
—Entonces ven aquí.
Él cerró los ojos un instante. Como si la frase le costara.
—Estoy bien —dije—. Y quiero esto.
La respuesta me atravesó más que sus manos. Quim no estaba jugando. No estaba ganando una discusión ni probando un punto. Me miraba con deseo, sí, pero también con una atención que me obligaba a estar presente dentro de mi propio cuerpo, no solo dirigiéndolo desde lejos.