CAPÍTULO 15 #2
La frase se me escapó sin pasar por ningún filtro profesional.
Quim se quedó quieto. Yo también. En otra planta sonó una radial, tarde, fuera de ritmo.
El edificio tuvo la mala educación de seguir funcionando mientras yo calculaba cómo no acercarme.
Respiré mirando la linterna apagada, que era más seguro que mirarle la boca.
—Cuidado, Fusté. Se te está viendo la boca en medio del argumento. —dije, mirando el cristal protegido.
—Eso dices cuando te pillo antes de tiempo. —dije, mirando la goma de borrar.
—Estoy trabajando.
—Estás haciendo números para no sentir. —dije, mirando el vaso de café frío.
Quim se movió apenas. No lo bastante para justificar que yo retrocediera, sí lo suficiente para que notara la linterna de Jordi entre los dos y una zona exacta de mi cuerpo que decidió no comportarse. Me concentré en la sala de muestras. Fracasé de una manera bastante silenciosa.
Volvimos al asunto técnico. Volvimos a medir el contrato de dirección, contrastamos medidas y dejamos que el edificio nos contradijera en directo. Quim no ganó todas las frases. Yo tampoco. Eso era lo peor: juntos veíamos mejor, y esa clase de evidencia no se podía archivar en una carpeta cómoda.
Me habría gustado ofenderme de forma limpia. No pude. Quim me miraba sin hacerme pequeña y me fallaba la paciencia. Me obligaba a admitir que no todo lo que protegía era proyecto; una parte era miedo viejo y otra, cansancio acumulado. El zumbido del fluorescente quedó entre los dos, absurdo y útil.
—Algunas paredes maestras negocian mejor. —dije, mirando el polvo de la mesa.
—La baldosa no tiene la culpa de que me estés mirando así. —dije, mirando el presupuesto arrugado.
—No te enfada la madera, Sandra.
—No voy a discutir por esto —dije. Naturalmente, era justo lo que estaba haciendo. —dije, mirando la silla coja.
Recuerdo mejor los objetos que mi propia cara: una baldosa suelta, un correo sin asunto, una esquina de plano levantada por la humedad. Nada de aquello era romántico. Precisamente por eso lo creyó mi cuerpo antes que mi cabeza. El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
Quim tardó en responder. Tenía esa manía peligrosa de no rellenar los huecos.
Yo prefería las respuestas rápidas porque no dejaban sitio para arrepentirse, ni para mirar, ni para notar que me temblaba la paciencia, no las manos por una razón que no se reducía a laboral.
Me fijé en la funda del portátil para no mirarlo a él.
—En una obra mirar ya es empezar a tocar. —respondió, y el ascensor histórico quedó entre los dos.
—Mirar no rompe patrimonio.
—No toques eso.
En el informe figuraba la visita de Patrimonio. En mi cabeza, en cambio, figuraba Quim entrando donde yo no lo había invitado y dejando marcas que no se borraban con una versión nueva del plano.
La escena no tuvo nada de cinematográfica.
Había un recibo de taxi dentro de la libreta, polvo en el borde de la mesa y tenía polvo en la comisura de la boca.
Quizá por eso quedó. Las cosas importantes rara vez empiezan con música; empiezan con alguien llegando tarde, una luz horrible y una frase que ya no puedes retirar.
***
Al salir, no pensé nada digno. Pensé que la linterna de Jordi seguía en mi mano, que llevaba el sujetador marcándome la espalda desde las ocho y que Quim caminaba a mi lado sin invadir el pasillo. Eso me fastidió más que una frase bonita. La distancia justa siempre es más peligrosa que el descaro.
Cerré la carpeta y él recogió sus notas. Abajo golpearon una puerta metálica; arriba alguien arrastró un cubo. La obra siguió con su ruido vulgar, recordándome que la puerta condenada no iba a resolverse porque a mí me costara respirar normal a medio metro de Quim.
Antes de irse, Quim tuvo la decencia irritante de no convertir el momento en nada. Apartó la cinta roja de Patrimonio, me dejó espacio para pasar y no hizo comentario sobre mi cara. Los gestos pequeños son una forma muy sucia de quedarse en una cabeza ajena.
No le di la razón en voz alta. Tampoco hacía falta regalarle tanto. Pero el correo de Patrimonio quedaba delante de nosotros, tozudo, y algo cedió por dentro. Muy poco. Lo suficiente para que me enfadara conmigo. Lo dejé ahí, junto a la goma gris, donde las cosas todavía tenían nombre.
Quim no discutió. Miró la funda del portátil un segundo, porque también era necesitar darle trabajo a las manos. Dejó que la frase quedara ahí, sin remate. A veces aceptar una parte de culpa golpea más que ganar otra pelea. El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
—Lo sé.
—Eso no me tranquiliza tanto como crees. —dije, mirando la linterna de Jordi.
—No voy a decidir por ti.
Cuando volvimos a quedarnos solos, me dolía el cuello.
Quim apoyó las manos en la mesa. No me tocó.
Ni siquiera se acercó. A veces la tensión no necesita piel; le basta con una persona que baja la voz cuando todo alrededor sigue haciendo ruido.
La entrega de renders volvió a meterse en la conversación sin pedir permiso.
Marc apareció con su sonrisa de administrador de incendios y dejó un post-it torcido en mitad de la mesa, con la fe absurda de que el orden exterior pudiera tapar el desastre.
Habló de plazos, relato y confianza inversora.
Yo contesté con números. Quim corrigió un dato técnico sin mirarme.
Respiré mirando la carpeta negra, que era más seguro que mirarle la boca.
Lo molesto era eso: Quim no solo me atraía cuando estaba cerca.
También me atraía cuando trabajaba bien.
Cuando veía la entrega de renders sin convertirlo en espectáculo.
Cuando me pasaba la funda del casco llena de yeso sin rozarme.
Yo estaba preparada para resistirme a un hombre guapo; no a un hombre útil.
Una parte de mí esperaba una salida fácil: beso o pelea. Casa Batller no concedía esas comodidades. Seguimos hablando de la barandilla protegida, de costes y de permisos, usando palabras normales para tapar una conversación que ya no era normal desde hacía rato.
La frase se me escapó sin pasar por ningún filtro profesional.
Quim se quedó quieto. Yo también. En otra planta sonó una radial, tarde, fuera de ritmo.
El edificio tuvo la mala educación de seguir funcionando mientras yo calculaba cómo no acercarme.
Miré el borde del plano porque mirarlo a él era peor.
El vaso de café quedó entre los dos, absurdo y útil.
—Qué útil. Otra frase para no decir lo que de verdad estás pensando. —dije, mirando la junta del pavimento.
—Eso es tu forma elegante de pedir distancia. —dije, mirando la manga de mi camisa.
—Estoy trabajando.
—Estás intentando ganar una discusión que todavía no he abierto. —dije, mirando el lápiz mordido.
Quim se movió apenas. No lo bastante para justificar que yo retrocediera, sí lo suficiente para que notara el zumbido del fluorescente entre los dos y una zona exacta de mi cuerpo que decidió no comportarse. Me concentré en el replanteo de la suite piloto. Fracasé de una manera bastante silenciosa.
Volvimos al asunto técnico. Discutimos la viga escondida bajo el falso techo, contrastamos medidas y dejamos que el edificio nos contradijera en directo.
Quim no ganó todas las frases. Yo tampoco.
Eso era lo peor: juntos veíamos mejor, y esa clase de evidencia no se podía archivar en una carpeta cómoda.
Me habría gustado ofenderme de forma limpia. No pude. Quim me miraba sin hacerme pequeña y me latía el cansancio en las sienes. Me obligaba a admitir que no todo lo que protegía era proyecto; una parte era miedo viejo y otra, cansancio acumulado. Nadie dijo nada de la goma gris; yo lo agradecí.
—He tratado con juntas imposibles menos orgullosas. —dije, mirando la muestra de latón.
—No uses el pavimento para explicar mi infancia. —dije, mirando la muestra de nogal.
—No es la pieza. Eso lo sabes tú también. —dije, mirando la cinta roja.
—No empecemos —dije, tarde y mal, porque yo ya había empezado antes de abrir la puerta. —dije, mirando la linterna de Jordi.
Recuerdo mejor los objetos que mi propia cara: un lápiz mordido, el metro abierto sobre la mesa, una esquina de plano levantada por la humedad. Nada de aquello era romántico. Precisamente por eso lo creyó mi cuerpo antes que mi cabeza.
Quim tardó en responder. Tenía esa manía peligrosa de no rellenar los huecos.
Yo prefería las respuestas rápidas porque no dejaban sitio para arrepentirse, ni para mirar, ni para notar que notaba el pelo pegado a la nuca por una razón que no se reducía a laboral.
La viga vieja volvió a meterse en la conversación sin pedir permiso.
—En una obra mirar ya es empezar a tocar. —solté, más cansada que valiente.
—Estaba midiendo con los ojos. Es casi legal.
—No toques eso.
La incidencia tenía un nombre limpio: el cuadro de cargas. El resto era más sucio. Yo empezaba a dejar que Quim formara parte de la solución, y eso me molestaba casi más que el problema.
La escena no tuvo nada de cinematográfica.
Había la muestra de latón envejecido, polvo en el borde de la mesa y notaba el pelo pegado a la nuca.
Quizá por eso quedó. Las cosas importantes rara vez empiezan con música; empiezan con alguien llegando tarde, una luz horrible y una frase que ya no puedes retirar.
***