CAPÍTULO 15
El lunes, Marc llegó con prisa y una decisión tomada.
Venía torcido desde la puerta.
Me convocó a mí, Quim, Clara y Albert en la biblioteca de Casa Batller. No en el estudio. No por videollamada. En la biblioteca. El espacio importaba. Marc lo sabía. Quería que la pintura, la familia y la segunda fase se mezclaran hasta que nadie pudiera separarlas sin parecer poco ambicioso.
Entré con un café malo y el estómago vacío. Quim llegó con una carpeta y el pelo todavía húmedo. Clara apareció última, impecable, pero con cara de haber discutido ya con alguien antes de las nueve. Albert llevaba zapatos oscuros por primera vez. Lo consideré un avance mínimo de civilización.
Marc abrió la reunión sin preámbulo.
—La propiedad quiere una propuesta de dirección para la segunda fase en cinco días.
Nadie habló.
—No una propuesta técnica completa —añadió—. Una visión de equipo. Alcance, enfoque, riesgos, valor patrimonial y modelo de coordinación.
Dejé el café en el suelo porque la mesa estaba cubierta de planos.
—Cinco días no es serio.
—Es preliminar.
—Esa palabra no reduce las horas.
Clara intervino.
—Podemos hacerlo si acotamos bien.
La miré.
Clara acababa de darle parte de la razón al cliente. No lo hacía por maldad, pero fastidiaba igual.
Quim no dijo nada. Dejé de intentar clasificarlo y se puso alerta.
Albert desplegó un esquema.
—Yo sugiero organizarlo en tres ejes: memoria, experiencia y escalabilidad.
Sentí que se le movía un párpado.
—No.
Clara cerré los ojos.
—Sandra.
—No a escalabilidad. Son edificios con vecinos, daños, historia tapada y estructuras que no hemos abierto. Si empezamos hablando de escalabilidad, vamos a mentir desde la primera página.
Albert me miró con paciencia; no supe si era impostada o simple cansancio.
—El cliente necesita entender el potencial global.
—Y antes de que me matéis: si nadie entiende el potencial, no hay financiación. Sin financiación, no hay restauración. Eso también forma parte del edificio, aunque no quede tan noble en el informe.
—El cliente necesita no arruinar tres fincas por enamorarse de una palabra.
Marc se inclinó hacia delante.
—Eso es exactamente lo que no quiero en la presentación.
—¿La palabra arruinar?
—El tono.
Me callé.
No porque no tuviera respuesta. Porque vio a Clara mirarla. No como socia. Como alguien que le estaba diciendo: elige dónde gastar la bala.
Quim habló entonces.
—Podemos cambiar escalabilidad por criterio de intervención replicable.
Albert abrió la boca.
Quim levantó una mano.
—No es lo mismo. Y si lo vendemos como lo mismo, tiene razón: empezamos mal.
No lo miré.
No quería que se le notara el alivio.
Marc aceptó el cambio. Albert lo apuntó con la cara de quien anota un insulto para devolverlo más tarde.
La reunión avanzó mal, pero avanzó. Clara asignó tareas.
Asumiría riesgos técnicos, fases y relación con Patrimonio.
Quim prepararía criterios espaciales y lectura de usos.
Albert haría una versión de comunicación que nadie debía enviar sin revisión.
Marc se encargaría de la familia y de los inversores.
Era ordenado.
Por eso desconfí.
Al terminar, Clara me retuvo.
—Hoy has frenado a tiempo.
—¿Eso es una felicitación?
—Es una observación.
—Qué fiesta.
Clara recogió sus papeles.
—Vigila el cansancio. Cuando te cansas, confundes precisión con ataque.
No contesté. Estaba de más cansada para negar el cansancio con dignidad.
A media tarde, la casa volvió a cambiarles el plan.
Esta vez no fue una pintura.
Fue una llamada de la vecina de la finca de Còrsega. Reme. Había conseguido el teléfono de la oficina porque alguien de la propiedad había dejado una tarjeta en el buzón. Llamó furiosa. Luego asustada. Luego furiosa otra vez.
La escuché en la calle, junto a un contenedor de obra, mientras un camión descargaba placas de yeso detrás.
—Han venido dos hombres a medir el piso de arriba —dijo Reme—. Sin avisar. Dicen que no entraban en mi casa, pero miraban igual que si ya no fuera mía.
Cerré los ojos.
—¿De qué empresa?
—Ni idea. Uno llevaba chaleco. El otro cara de no pagar alquiler desde 1998.
Casi sonrió. No tocaba.
—No deberían haber ido sin coordinación.
—Pues han ido.
Quim apareció a su lado. Puse el altavoz sin pensarlo.
—Reme —dijo Quim—, soy Quim. Estuvimos allí el otro día.
—El de la linterna.
—Sí.
—Usted al menos era saber cuándo callarse.
Miré a Quim. Él aceptó el golpe con una seriedad admirable.
—Seguramente ha sido una visita técnica mal coordinada —dijo Quim.
Quim abrió la boca. La cerró. No quedó elegante. Tampoco rápido.
—Perdón —dijo al fin—. Lo he dicho fatal. Vamos a averiguar quién ha sido.
—Qué tranquilidad —respondió Reme—. Me alegra saber que mi casa solo ha sufrido una falta de coordinación.
—Eso dicen todos.
Reme colgó.
Llamé a Marc. No contestó. Llamé a Albert. Tampoco. Clara sí.
—No hemos autorizado ninguna visita —dijo Clara después de escuchar.
—Alguien sí.
—Lo miro.
Clara colgó sin despedirse.
La tarde se volvió administrativa: correos, llamadas, excusas a medias.
Un técnico externo contratado por Albert había ido “a revisar condiciones generales” sin permiso formal.
Albert lo llamó “malentendido de coordinación”.
Lo llamé de otra manera, en voz baja. Jordi pasaba por allí y dijo que se quedaba con su versión.
A las ocho, Quim y yo seguíamos en la oficina temporal redactando un protocolo de visitas para fincas ocupadas. Cero épica. Una tabla con columnas feas: aviso previo, autorización, interlocutor, horario, límites de acceso, registro.
—Esto no va a gustarles —dijo Quim.
—Me da igual.
—No, no te da igual. Te importa que no lo usen contra ti.
Levanté la vista.
—¿Y a ti no?
—Sí.
Lo dijo sin teatro.
—Pero Reme tiene razón.
Volví a la tabla.
Seguí escribiendo. Le fastidiaba admitir que, al menos ahí, Quim no estaba pensando en lucirse.
A las nueve y media terminaron.
Envié el protocolo a Clara. Copió a Marc. Copió a Albert con una satisfacción pequeña y poco madura.
Quim se quedó mirando la pantalla.
—¿Qué?
—Nada.
—No empieces con nada.
—Estoy pensando que hoy no hemos hablado casi nada de nosotros.
Me quedé quieta.
—No hay nosotros.
—Ya.
No sonó convencido.
Tampoco se sintió convincente.
Guardé el portátil.
—Mañana hay que revisar estructura.
—Muy romántico.
—Exactamente.
Bajaron juntos sin decir más. En la puerta, Reme volvió a llamar. Contesté.
—¿Ya han despedido al de la cara de no pagar alquiler? —preguntó.
Miré a Quim.
—Estamos trabajando en ello.
—Eso significa que no.
—Significa que mañana nadie entra sin avisarla.
Hubo un silencio.
—Bueno —dijo Reme—. Eso ya es algo.
Colgué.
Quim la observaba.
—No digas nada.
—No iba a decir nada.
—Mejor.
Mientras caminaba hacia el metro, pensé que quizá algunas formas de colaboración no empezaban con confianza.
De momento tenía una vecina enfadada y una tabla enviada a las nueve y media. Bastaba para no romperlo todo.
Al salir, no pensé nada digno. Pensé que el plano doblado por una esquina seguía en mi mano, que me dolía el cuello y que Quim caminaba a mi lado sin invadir el pasillo. Eso me fastidió más que una frase bonita. La distancia justa siempre es más peligrosa que el descaro.
Cerré la carpeta y él recogió sus notas.
Abajo golpearon una puerta metálica; arriba alguien arrastró un cubo.
La obra siguió con su ruido vulgar, recordándome que la galería interior no iba a resolverse porque a mí me costara respirar normal a medio metro de Quim.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
Antes de irse, Quim tuvo la decencia irritante de no convertir el momento en nada.
Apartó un trozo de cinta de carrocero pegado a mi manga, me dejó espacio para pasar y no hizo comentario sobre mi cara.
Los gestos pequeños son una forma muy sucia de quedarse en una cabeza ajena.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
No le di la razón en voz alta. Tampoco hacía falta regalarle tanto. Pero la humedad del pasillo quedaba delante de nosotros, tozudo, y algo cedió por dentro. Muy poco. Lo suficiente para que me enfadara conmigo. Miré la muestra de nogal porque mirarlo a él era peor.
Quim no discutió. Miró el cristal protegido un segundo, porque también era necesitar darle trabajo a las manos. Dejó que la frase quedara ahí, sin remate. A veces aceptar una parte de culpa golpea más que ganar otra pelea.
—Lo sé.
—Curioso. Suena igual que la última omisión. —dije, mirando la silla coja.
—No voy a decidir por ti.
Cuando volvimos a quedarnos solos, me picaba la piel debajo del casco.
Quim apoyó las manos en la mesa. No me tocó.
Ni siquiera se acercó. A veces la tensión no necesita piel; le basta con una persona que baja la voz cuando todo alrededor sigue haciendo ruido.
Me fijé en el borde del plano para no mirarlo a él.
Marc apareció con su sonrisa de administrador de incendios y dejó un post-it torcido en mitad de la mesa, con la fe absurda de que el orden exterior pudiera tapar el desastre. Habló de plazos, relato y confianza inversora. Yo contesté con números. Quim corrigió un dato técnico sin mirarme.
Lo molesto era eso: Quim no solo me atraía cuando estaba cerca.
También me atraía cuando trabajaba bien.
Cuando veía la carpintería original sin convertirlo en espectáculo.
Cuando me pasaba la muestra de latón envejecido sin rozarme.
Yo estaba preparada para resistirme a un hombre guapo; no a un hombre útil.
Una parte de mí esperaba una salida fácil: beso o pelea.
Casa Batller no concedía esas comodidades.
Seguimos hablando de la viga escondida bajo el falso techo, de costes y de permisos, usando palabras normales para tapar una conversación que ya no era normal desde hacía rato.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.