CAPÍTULO 14 #2
—Una cata de yeso es más directa que tú. —dije, mirando la goma de borrar.
—No psicoanalices una baldosa, por favor. —dije, mirando el plano doblado.
—No quieres discutir porque esto ya venía de antes. —dije, mirando el vaso de café frío.
—No tengo energía para pelear por una muestra —dije, aunque por dentro ya llevaba diez minutos haciéndolo. —dije, mirando la carpeta negra.
Recuerdo mejor los objetos que mi propia cara: mi uña rota contra el papel, la carpeta negra de Marc, una esquina de plano levantada por la humedad.
Nada de aquello era romántico. Precisamente por eso lo creyó mi cuerpo antes que mi cabeza.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
Quim tardó en responder. Tenía esa manía peligrosa de no rellenar los huecos.
Yo prefería las respuestas rápidas porque no dejaban sitio para arrepentirse, ni para mirar, ni para notar que llevaba el sujetador marcándome la espalda desde las ocho por una razón que no se reducía a laboral.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
—No voy a tocarte si tienes que convencerte de que quieres.
—Me estás dejando sin argumentos decentes.
—¿Puedo?
Lo que podía explicar en una reunión era el baño antiguo. Lo que no podía explicar era esa manía nueva de preguntarme qué habría visto Quim antes de que yo terminara de mirar.
La escena no tuvo nada de cinematográfica.
Había una silla coja, polvo en el borde de la mesa y llevaba el sujetador marcándome la espalda desde las ocho.
Quizá por eso quedó. Las cosas importantes rara vez empiezan con música; empiezan con alguien llegando tarde, una luz horrible y una frase que ya no puedes retirar.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
***
Salí antes de que pudiera besarme otra vez. En el pasillo me apoyé contra la pared, cerré los ojos y me odié un poco. No por haberlo besado. Por saber, con una claridad bastante indecente, que no iba a ser la última vez.
—Exacto.
Me arreglé la camisa con manos inútiles.
—Eso no contesta nada.
—Mañana tenemos reunión a las ocho.
—Sandra.
—No.
—Mañana —dijo él, respirando mal.
No acabamos allí. No porque faltaran ganas.
Porque alguien abrió una puerta en la planta baja y Jordi gritó nuestros nombres con la clase de oportunidad que solo tienen los encargados y los familiares.
Nos separamos de golpe. Yo tenía la camisa torcida.
Quim, la boca roja. En el suelo, un tirador antiguo seguía rodando en círculo, como una broma privada del edificio.
Lo hizo. Sin prisa y sin convertir mi deseo en una prueba.
Me tocó por encima de la ropa hasta que dejé de sostener una versión decente de mí misma.
Me besó el hombro, la clavícula, la parte de la mandíbula donde yo acumulaba todas las respuestas que no daba en reuniones.
Yo metí las manos bajo su camisa y encontré piel caliente, músculo, una respiración menos segura de lo que él fingía.
—Demuéstralo.
—No soy perfecto.
—Si vuelves a ser perfecto ahora, te tiro una muestra a la cabeza.
—Si quieres parar, paras.
Quim cerró los ojos un instante. Luego me besó el cuello. No bonito. No suave al principio. Como si la paciencia se le hubiera acabado por fin. Yo le desabroché dos botones con torpeza. Él se apartó lo justo para mirarme.
—Sí —dije, porque de pronto entendí que necesitaba decirlo en voz alta.
Le mordí el labio por la frase. Él me sujetó la nuca. Me pidió permiso sin palabras y yo se lo di acercándome más. Su mano bajó por mi espalda hasta la cintura y se quedó allí, firme, esperando. Esa espera me desarmó más que el contacto.
—Con fotografías no. Patrimonio se asusta.
—¿Esto también lo vas a documentar? —murmuré.
Me empujó contra la mesa sin empujarme del todo. La madera me golpeó la cadera. Una caja cayó al suelo y sonaron tres piezas metálicas rodando hacia algún lugar. Me reí contra su boca porque era eso o admitir que me temblaban las rodillas.
Lo besé yo. Para que conste, para que nadie pueda convertirlo luego en una versión cómoda.
Lo besé yo, agarrándolo por la camisa, con rabia y vergüenza y semanas de no tocar acumuladas en los dedos.
Quim tardó medio segundo en responder, quizá menos, pero ese medio segundo me dio la medida exacta de su cuidado.
Después me besó como trabajaba cuando dejaba de discutir: con atención, con hambre y con una precisión que no tenía nada de fría.
—Eso va contra mi instinto de conservación.
Quim soltó una risa baja, casi rota.
—No me hagas caso.
—¿Ahora no qué?
—Ahora no —dije.
No hubo elegancia. Dejé la muestra encima de cualquier sitio, de más rápido. Él me miró igual que si estuviera esperando una segunda orden. O una segunda oportunidad de no equivocarse. Yo estaba cansada de ordenar. Cansada de portarme bien dentro de mi propio incendio.
Y entonces fui yo la que se volvió hacia él.
Lo hizo.
—Apártate.
La frase no sonó seductora. Sonó seria. Eso fue lo que me perdió.
—Dime que me aparte —dijo.
Me giré para coger otra muestra. No sé si calculé mal la distancia o si una parte de mí dejó de calcular a propósito. Quim estaba detrás. Mi hombro rozó su pecho. Fue un roce mínimo, ridículo. Suficiente. Me quedé quieta con la tela en la mano. Él no se apartó.
—No uses mi nombre para arreglar una frase.
—Sandra.
—Lo has dicho exactamente así.
—No lo he dicho así.
Levanté la vista. Ahí estaba. Dos palabras y toda la herida debajo. Quim lo supo en cuanto las dijo. Se le movió algo en la mandíbula.
—Tu proyecto.
—Si una tela no puede sobrevivir a una maleta mojada y a una copa de vino, no entra en mi proyecto.
—No todo tiene que sobrevivir a una guerra doméstica contigo.
—Aguanta una foto. No una vida.
—Aguanta.
—Ese lino no aguanta —dije.
Quim y yo revisábamos el panel de materiales de la suite piloto. Nogal, latón, lino piedra, mármol recuperado. Palabras preciosas para dos personas que llevaban todo el día sin decir lo único que importaba.
Eran las nueve y media de la noche. Clara se había ido con una migraña real y una advertencia falsa de tranquila, descansa. Marc llevaba dos horas sin responder. Jordi había dejado las llaves en la caseta con una nota que decía: no rompáis nada más, por favor.
El primer beso no ocurrió en un sitio bonito. Eso me parece importante. No hubo terraza, ni música, ni Barcelona encendida al fondo para justificar la mala decisión. Ocurrió en la sala de muestras, entre una caja de tiradores antiguos y un ventilador que hacía más ruido que aire.
***