CAPÍTULO 14
El domingo, no trabajé.
Lo intenté.
Abrí el portátil a las nueve. Lo cerré a las nueve y diecisiete después de leer tres veces el mismo párrafo de un informe de Patrimonio sin entender nada.
Luego limpié la cocina. Pasé una bayeta por la encimera y dejé una miga pegada junto al tostador.
La miré. La miga me miró de vuelta. Ganó la miga.
A la una fue a comer a casa de mi madre.
Nil abrió la puerta con una cerveza en la mano.
—Traes cara de PowerPoint.
—Y tú de desempleo emocional.
—Soy profesor. Eso ya incluye ambas cosas.
En la cocina, mi madre removía una cazuela igual que si estuviera negociando conmigo. La televisión estaba encendida en silencio. En la mesa había pan, aceitunas, una ensalada que nadie comería y una botella de vino que mi madre sacaba cuando quería fingir normalidad.
Dejé el bolso en una silla.
—No voy a hablar de trabajo.
Nil miró a mi madre.
—Ha durado cero segundos.
La comida empezó bien. Eso significaba que nadie preguntó por Quim durante diecisiete minutos.
Luego mi madre lo hizo.
—¿Y ese compañero nuevo?
Me quedé quieta con el tenedor en la mano.
—No es compañero.
Nil sonrió.
—Eso responde mucho.
—Es interiorista.
—Peor —dijo su madre, sin saber por qué.
Casi se rió.
Casi.
La conversación se movió hacia su padre sin que nadie la invitara. Pasaba a veces. Una palabra, una obra, una finca antigua, y allí estaba él, sentado en la mesa sin silla propia.
—Mamá —dije—. Lo de Còrsega. Necesito saber si papá sabía que tapaban pinturas.
Su madre dejó el vaso.
Nil dejó de sonreír.
—Sandra.
—No quiero juzgarlo.
—Sí quieres.
La frase de Nil salió baja. No agresiva. Peor: de hermano que te conoce.
Miré el plato.
—Quiero entenderlo.
Su madre se limpió las manos en la servilleta.
—Tu padre sabía muchas cosas a medias. Era su manera de sobrevivir. Si preguntaba de más, perdía trabajos. Si no preguntaba, dormía peor. Eligió dormir peor muchas veces.
Como defensa, salía coja.
Quizá por eso dolió.
—Nos arruinó igual —dije.
Su madre cerré los ojos.
Nil murmuró su nombre.
Me arrepintí en cuanto lo dijo. Pero las frases feas tienen eso: salen más rápido que las justas y se quedan más tiempo.
—Perdón.
Su madre no aceptó el perdón de inmediato. Se levantó, fue hasta la encimera y apagó el fuego aunque ya estaba apagado. Necesitaba hacer algo con las manos.
—Tu padre no fue un héroe —dijo—. Tampoco fue el villano que a veces necesitas que sea para ordenar la historia.
Sentí la frase en la garganta.
Ordenar la historia.
Eso hacía. Con los edificios, con los planos, con Quim, con Marc, con su padre. Ordenar para no tocar lo que no encajaba.
La comida terminó peor de lo que empezó. Nil la acompañó al rellano.
—Has estado fina.
—Gracias.
—No era elogio.
—Ya.
Nil apoyó el hombro en la pared.
—Mamá no te está pidiendo que perdones a papá. Solo que no la obligues a elegir versión cada vez que preguntas.
Tragué saliva.
—¿Desde cuándo eres adulto?
—Desde que tú estás insoportable. Alguien tenía que cubrir el puesto.
Esta vez sí se rió. Poco.
De camino a casa, pasó por Casa Batller.
No pensaba entrar.
Entré.
La obra estaba cerrada. El vigilante de domingo la conocía y no hizo preguntas. Subí a la biblioteca con las luces mínimas. La casa sonaba diferente sin operarios. Más vieja. Más sincera.
Quim estaba allí.
Porque claro.
Sentado en el suelo, con una pizza fría en una caja y planos de la finca de Còrsega alrededor.
Me quedé en la puerta.
—Esto ya roza lo clínico.
Quim levantó la vista. Tenía una porción en la mano.
—Pensaba lo mismo de ti.
—Yo venía de paso.
—Yo también. Hace dos horas.
No discutieron. Me senté a una distancia prudente y aceptó una porción de pizza que sabía a cartón y champiñón cansado. Quim no preguntó por su comida familiar. Me lo agradeció no diciendo nada.
Trabajaron un rato sin obligación. Aquello era distinto. Nadie nos veía. Nadie esperaba un documento. No había llamada de Marc ni frase de Albert. Solo planos, una pizza mala y la luz pobre de la biblioteca.
—Mi padre quizá tapó cosas como estas —dije al fin.
Quim dejó el lápiz.
—Ya.
—No sé qué hacer con eso.
—A lo mejor nada hoy.
Esa respuesta me pareció tan poco espectacular que casi me hizo daño.
—¿Nada?
—Sí. Comer pizza mala. Mirar planos. No arreglar a tu padre un domingo por la tarde.
Miré la caja.
—Es realmente mala.
—Mucho.
—¿Por qué la has comprado?
—El sitio bueno estaba cerrado y tomé una decisión optimista.
—Hay que desconfiar de eso.
—Debería haberlo aprendido.
Se quedaron en silencio.
No pasó nada.
Y esa fue la novedad.
No hallaron una nueva pintura. No discutieron. No hubo revelación profesional. No se rozaron de forma accidental ni la casa hizo una metáfora evidente.
Solo estuvieron allí, dos adultos cansados que no sabían irse a casa a tiempo.
Cuando salí, casi a las ocho, Quim la acompañó hasta la puerta.
—Mañana será horrible —dijo.
—Probablemente.
—Duerme algo.
—Tú también.
—No prometo milagros.
Bajé un escalón. Luego se giró.
—Quim.
—Qué.
Iba a decir gracias.
Le salió otra cosa.
—La pizza era una vergüenza.
Él sonrió.
—Lo sé.
Seguí bajando.
Esta vez no me reprendí por sonreír.
No tenía fuerzas para corregirse también eso.
Al salir, no pensé nada digno. Pensé que mi uña rota contra el papel seguía en mi mano, que me picaba la piel debajo del casco y que Quim caminaba a mi lado sin invadir el pasillo.
Eso me fastidió más que una frase bonita.
La distancia justa siempre es más peligrosa que el descaro.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
Cerré la carpeta y él recogió sus notas. Abajo golpearon una puerta metálica; arriba alguien arrastró un cubo. La obra siguió con su ruido vulgar, recordándome que la luz del patio no iba a resolverse porque a mí me costara respirar normal a medio metro de Quim.
Antes de irse, Quim tuvo la decencia irritante de no convertir el momento en nada.
Apartó la llave del cuarto de instalaciones, me dejó espacio para pasar y no hizo comentario sobre mi cara.
Los gestos pequeños son una forma muy sucia de quedarse en una cabeza ajena.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
No le di la razón en voz alta. Tampoco hacía falta regalarle tanto. Pero la muestra de lino quedaba delante de nosotros, tozudo, y algo cedió por dentro. Muy poco. Lo suficiente para que me enfadara conmigo. Miré el papel arrugado porque mirarlo a él era peor.
Quim no discutió. Miró la junta del pavimento un segundo, porque también era necesitar darle trabajo a las manos. Dejó que la frase quedara ahí, sin remate. A veces aceptar una parte de culpa golpea más que ganar otra pelea. El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
—Lo sé.
—Esa frase ya la usaste antes de callarte media verdad. —dije, mirando la carpeta negra.
—No voy a decidir por ti.
Cuando volvimos a quedarnos solos, tenía el labio mordido de no contestar a Marc.
Quim apoyó las manos en la mesa. No me tocó.
Ni siquiera se acercó. A veces la tensión no necesita piel; le basta con una persona que baja la voz cuando todo alrededor sigue haciendo ruido.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
Marc apareció con su sonrisa de administrador de incendios y dejó el polvo de la mesa en mitad de la mesa, con la fe absurda de que el orden exterior pudiera tapar el desastre. Habló de plazos, relato y confianza inversora. Yo contesté con números. Quim corrigió un dato técnico sin mirarme.
Lo molesto era eso: Quim no solo me atraía cuando estaba cerca. También me atraía cuando trabajaba bien. Cuando veía la sala de muestras sin convertirlo en espectáculo. Cuando me pasaba un lápiz mordido sin rozarme. Yo estaba preparada para resistirme a un hombre guapo; no a un hombre útil.
Una parte de mí esperaba una salida fácil: beso o pelea. Casa Batller no concedía esas comodidades. Seguimos hablando de el baño antiguo, de costes y de permisos, usando palabras normales para tapar una conversación que ya no era normal desde hacía rato.
La frase se me escapó sin pasar por ningún filtro profesional.
Quim se quedó quieto. Yo también. En otra planta sonó una radial, tarde, fuera de ritmo.
El edificio tuvo la mala educación de seguir funcionando mientras yo calculaba cómo no acercarme.
Nadie dijo nada de la llave del cuarto técnico; yo lo agradecí.
Respiré mirando el cristal cubierto, que era más seguro que mirarle la boca.
—Eso lo dices porque si hablamos de planos no tienes que admitir dónde estás mirando. —dije, mirando la funda del portátil.
—Eso dices cuando estás fabricando una defensa. —dije, mirando el borde del plano.
—Estoy trabajando.
—Estás buscando dónde esconder la respuesta. —dije, mirando la escalera de servicio.
Quim se movió apenas. No lo bastante para justificar que yo retrocediera, sí lo suficiente para que notara el plano doblado por una esquina entre los dos y una zona exacta de mi cuerpo que decidió no comportarse. Me concentré en el contrato de dirección. Fracasé de una manera bastante silenciosa.
Volvimos al asunto técnico. Marcamos la luz del patio, contrastamos medidas y dejamos que el edificio nos contradijera en directo.
Quim no ganó todas las frases. Yo tampoco.
Eso era lo peor: juntos veíamos mejor, y esa clase de evidencia no se podía archivar en una carpeta cómoda.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
Me habría gustado ofenderme de forma limpia.
No pude. Quim me miraba sin hacerme pequeña y me ardía una respuesta detrás de los dientes.
Me obligaba a admitir que no todo lo que protegía era proyecto; una parte era miedo viejo y otra, cansancio acumulado.
En ese momento el papel arrugado me pareció una prueba ridícula de que seguíamos en una obra.