CAPÍTULO 13 #2
—No empecemos —dije, tarde y mal, porque yo ya había empezado antes de abrir la puerta. —solté, más cansada que valiente.
Recuerdo mejor los objetos que mi propia cara: una bolsa de tornillos sin etiqueta, una silla coja, una esquina de plano levantada por la humedad.
Nada de aquello era romántico. Precisamente por eso lo creyó mi cuerpo antes que mi cabeza.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
Quim tardó en responder. Tenía esa manía peligrosa de no rellenar los huecos.
Yo prefería las respuestas rápidas porque no dejaban sitio para arrepentirse, ni para mirar, ni para notar que tenía hambre de comida y de otra cosa que no quería nombrar por una razón que no se reducía a laboral.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
—Lo tuyo con la elegancia está poco resuelto. —solté, más cansada que valiente.
—Podría. También podría tirarme por el hueco del ascensor y ambas cosas me parecen igual de elegantes. —solté, más cansada que valiente.
—Podrías pedir ayuda.
La excusa técnica era el replanteo de la suite piloto. La verdad era menos presentable: cada decisión compartida abría una grieta pequeña en mi costumbre de hacerlo todo sola.
La escena no tuvo nada de cinematográfica.
Había la chaqueta de Quim colgada donde no tocaba, polvo en el borde de la mesa y tenía hambre de comida y de otra cosa que no quería nombrar.
Quizá por eso quedó. Las cosas importantes rara vez empiezan con música; empiezan con alguien llegando tarde, una luz horrible y una frase que ya no puedes retirar.
***
Al salir, no pensé nada digno. Pensé que un recibo de taxi dentro de la libreta seguía en mi mano, que me escocían los ojos de mirar planos y que Quim caminaba a mi lado sin invadir el pasillo. Eso me fastidió más que una frase bonita. La distancia justa siempre es más peligrosa que el descaro.
Cerré la carpeta y él recogió sus notas. Abajo golpearon una puerta metálica; arriba alguien arrastró un cubo. La obra siguió con su ruido vulgar, recordándome que el contrato de dirección no iba a resolverse porque a mí me costara respirar normal a medio metro de Quim.
Antes de irse, Quim tuvo la decencia irritante de no convertir el momento en nada. Apartó la llave del cuarto de instalaciones, me dejó espacio para pasar y no hizo comentario sobre mi cara. Los gestos pequeños son una forma muy sucia de quedarse en una cabeza ajena.
No le di la razón en voz alta. Tampoco hacía falta regalarle tanto. Pero la viga vieja quedaba delante de nosotros, tozudo, y algo cedió por dentro. Muy poco. Lo suficiente para que me enfadara conmigo.
Quim no discutió. Miró la junta del pavimento un segundo, porque también era necesitar darle trabajo a las manos. Dejó que la frase quedara ahí, sin remate. A veces aceptar una parte de culpa golpea más que ganar otra pelea.
—Lo sé.
—También dijiste eso cuando elegiste no contarme lo otro. —dije, mirando un post-it torcido.
—No voy a decidir por ti.
Cuando volvimos a quedarnos solos, tenía el labio mordido de no contestar a Marc. Quim apoyó las manos en la mesa. No me tocó. Ni siquiera se acercó. A veces la tensión no necesita piel; le basta con una persona que baja la voz cuando todo alrededor sigue haciendo ruido.
Marc apareció con su sonrisa de administrador de incendios y dejó el cristal protegido en mitad de la mesa, con la fe absurda de que el orden exterior pudiera tapar el desastre. Habló de plazos, relato y confianza inversora. Yo contesté con números. Quim corrigió un dato técnico sin mirarme.
Lo molesto era eso: Quim no solo me atraía cuando estaba cerca. También me atraía cuando trabajaba bien. Cuando veía la escalera de servicio sin convertirlo en espectáculo. Cuando me pasaba un lápiz mordido sin rozarme. Yo estaba preparada para resistirme a un hombre guapo; no a un hombre útil.
Una parte de mí esperaba una salida fácil: beso o pelea. Casa Batller no concedía esas comodidades. Seguimos hablando de la visita de Patrimonio, de costes y de permisos, usando palabras normales para tapar una conversación que ya no era normal desde hacía rato.
La frase se me escapó sin pasar por ningún filtro profesional.
Quim se quedó quieto. Yo también. En otra planta sonó una radial, tarde, fuera de ritmo.
El edificio tuvo la mala educación de seguir funcionando mientras yo calculaba cómo no acercarme.
El vaso de café quedó entre los dos, absurdo y útil.
—Y tú subes la voz cuando quieres que no se note que me estás mirando la boca. —dije, mirando la manga de mi camisa.
—Eso dices cuando necesitas treinta segundos más. —dije, mirando la caja de tiradores.
—Estoy trabajando.
—Estás calculando una salida —dijo.
Quim se movió apenas. No lo bastante para justificar que yo retrocediera, sí lo suficiente para que notara el plano doblado por una esquina entre los dos y una zona exacta de mi cuerpo que decidió no comportarse. Me concentré en la entrega de renders. Fracasé de una manera bastante silenciosa.
Volvimos al asunto técnico. Subimos a mirar la humedad del pasillo norte, contrastamos medidas y dejamos que el edificio nos contradijera en directo.
Quim no ganó todas las frases. Yo tampoco.
Eso era lo peor: juntos veíamos mejor, y esa clase de evidencia no se podía archivar en una carpeta cómoda.
Me habría gustado ofenderme de forma limpia.
No pude. Quim me miraba sin hacerme pequeña y me dolía una uña rota.
Me obligaba a admitir que no todo lo que protegía era proyecto; una parte era miedo viejo y otra, cansancio acumulado.
Respiré mirando la carpeta negra, que era más seguro que mirarle la boca.
—Hay pavimentos históricos con menos capas que tú. —dije, mirando la muestra de nogal.
—No conviertas cada decisión técnica en un informe sobre mi carácter. —dije, mirando la cinta roja.
—No quieres pelear porque sabes que la muestra es la excusa. —dije, mirando la linterna de Jordi.
—No quiero convertir esto en otra guerra —dije, y la mentira casi se oyó caer. —dije, mirando un post-it torcido.
Recuerdo mejor los objetos que mi propia cara: mi uña rota contra el papel, la carpeta negra de Marc, una esquina de plano levantada por la humedad. Nada de aquello era romántico. Precisamente por eso lo creyó mi cuerpo antes que mi cabeza.
Quim tardó en responder. Tenía esa manía peligrosa de no rellenar los huecos. Yo prefería las respuestas rápidas porque no dejaban sitio para arrepentirse, ni para mirar, ni para notar que llevaba el sujetador marcándome la espalda desde las ocho por una razón que no se reducía a laboral.
—Lo tuyo con la elegancia está poco resuelto. —dije, mirando el presupuesto arrugado.
—Podría. También podría tirarme por el hueco del ascensor y ambas cosas me parecen igual de elegantes. —dije, mirando la barandilla cubierta.
—Podrías pedir ayuda.
Sobre el papel, el problema era la galería interior. Lo demás no cabía en ningún acta: Quim empezaba a contaminar mis decisiones incluso cuando yo seguía escribiéndolo mentalmente en la columna de obstáculos.
La escena no tuvo nada de cinematográfica.
Había el plano doblado por una esquina, polvo en el borde de la mesa y me sudaba la palma contra la carpeta.
Quizá por eso quedó. Las cosas importantes rara vez empiezan con música; empiezan con alguien llegando tarde, una luz horrible y una frase que ya no puedes retirar.
***