CAPÍTULO 13
El viernes no hablaron del error.
Eso no significaba que hubiera desaparecido.
El error estaba en la mesa cuando llegué a la obra. En la forma en que Marc me saludó sin el pequeño comentario habitual. En la manera en que Albert evitó mirarla durante los primeros diez minutos y luego la miró de más. En los correos de Clara, que habían pasado de secos a quirúrgicos.
También estaba en Quim.
No porque la culpara. Eso habría sido más fácil. Estaba porque no me trataba distinto y, aun así, yo me sentía distinta. Como si él hubiera visto una costura fea y ahora tuviera que caminar con cuidado para no tirar de mí.
A media mañana, apareció Júlia Fusté.
No me esperaba.
Quim tampoco, por la cara.
—¿Qué haces aquí? —preguntó él.
Júlia llevaba un traje oscuro, zapatillas blancas y una bolsa de farmacia en la mano. Tenía el mismo gesto de ceja que Quim, pero mejor administrado. Miré el casco que él llevaba mal puesto.
—Traerte las pastillas que olvidaste en mi coche.
Bajé la vista sin querer.
Quim cerró la mano alrededor de la bolsa.
—Podías dejarlas en recepción.
—Podía. Pero entonces no veía la obra que está convirtiendo a mi hermano en un señor aún más insoportable.
Júlia me sonrió.
—Tú debes ser Sandra.
—Depende de lo que te haya contado.
—Poco. Eso ya cuenta bastante.
Quim era incómodo. No en modo encantador. Incómodo de verdad. Como si alguien hubiera abierto un cajón personal en mitad de la planta noble.
No pregunté por las pastillas. No preguntó por nada.
Júlia, en cambio, sí.
—¿Dónde está la pintura?
Quim suspiró.
—Júlia.
—Trabajo con contratos, no con paredes. Déjame tener una emoción cultural.
La llevaron al comedor. Júlia miró el hallazgo en silencio. Se le borró la ironía durante unos segundos. La observé. No como rival, no como hermana de Quim. Como una persona que dejaba de actuar sin avisar.
—Vale —dijo Júlia—. Ahora entiendo algunas cosas.
—No empieces —murmuró Quim.
—No he dicho nada.
—Tu cara tiene subtítulos —dije sin pensar.
Júlia sonrió.
—Me caes bien.
Quim hizo una mueca.
—Estupendo.
La visita duró veinte minutos. Antes de irse, Júlia se quedó a solas conmigo junto a la escalera. No fue casualidad. Las mujeres como Júlia no se quedaban a solas por accidente.
—Mi hermano es bueno en lo que hace —dijo.
Me crucé de brazos.
—Lo sé.
—Y malo en otras cosas.
—También.
Júlia soltó una risa breve.
—Bien. Me ahorras trabajo.
No sabía si aquella conversación era una advertencia, una presentación familiar o una amenaza envuelta en educación.
—No necesito información privilegiada.
—No venía a dártela. Venía a decirte que cuando Quim se asusta, trabaja más. Parece compromiso, pero a veces es huida con buen presupuesto.
Miré hacia el comedor. Quim hablaba con Jordi, gesticulando poco. Tenía la bolsa de farmacia guardada ya en la mochila.
—¿Y de qué huye ahora?
Júlia se encogió de hombros.
—No lo sé. Últimamente quizá de no querer ganar solo.
La frase quedó ahí. Demasiado precisa. Demasiado de hermana.
—Eso suena a cosa que deberías decirle a él.
—Se la he dicho. No escucha cuando le conviene.
Júlia se marchó después de darle dos besos a Quim y llamarlo “imbécil” con un cariño tan doméstico que me sentí fuera de lugar.
Durante el resto del día, Quim estuvo peor.
Perdió el móvil dos veces. Discutió con un proveedor por una muestra que no merecía tanta intensidad. Se equivocó midiendo una abertura y tardó cinco minutos en admitirlo. No lo corrigí al principio. Quería ver si se daba cuenta. Se dio. Tarde.
—Está mal —dijo él.
—Sí.
—¿Lo habías visto?
—Sí.
—Podías decirlo.
—Podía.
Quim me miró.
No enfadado. Herido en el orgullo, quizá. O cansado de sí mismo.
Me arrepintí un poco. No lo suficiente para pedir perdón rápido.
—No era una prueba —dije.
—Ha parecido.
—Ya.
Él recogió la cinta métrica.
—Merezco que no te fíes. Pero no necesito que me pongas trampas pequeñas para confirmarlo.
Eso sí me dejó sin respuesta.
Porque tenía razón.
Otra vez.
Y porque esta vez no la había usado como arma. Solo la había dejado encima de la mesa, fea y útil.
A última hora, lo encontré en la biblioteca, sentado en una silla de obra, con la bolsa de farmacia en la mano.
—No tienes que contarme nada —dije.
Quim no levantó la vista.
—Bien.
—Pero si eso afecta al trabajo...
—No afecta.
La respuesta salió de más rápida.
Me apoyé en el marco de la puerta.
—Vale.
Él respiró hondo.
—Son para dormir.
No la miró al decirlo.
Tampoco se movió.
—No siempre. A veces. Mi hermana dramatiza.
—Las hermanas hacen eso.
—¿Nil dramatiza?
—Nil roba pan y pregunta cosas horribles mientras mastica.
Quim sonrió un poco.
Luego se quedó serio.
—Después de perder aquel proyecto en Madrid, empecé a dormir fatal. No es una historia interesante.
Podría haberle preguntado por Madrid. Por el proyecto. Por la pérdida. No lo hice. Le di algo mejor: no convertirlo en escena.
—Yo tengo ibuprofenos en todos los bolsos —dijo.
Quim me miró.
—Eso no es lo mismo.
—No. Pero es mi versión cutre de fingir que controlo algo.
La frase salió más honesta de lo previsto.
Él la sostuvo con cuidado.
No la arregló.
No la usó.
Solo asintió.
Entendí entonces que Quim no era peligroso cuando intentaba ser brillante.
Lo era cuando dejaba de adornarse.
Al salir, no pensé nada digno. Pensé que una baldosa suelta seguía en mi mano, que tenía el labio mordido de no contestar a Marc y que Quim caminaba a mi lado sin invadir el pasillo. Eso me fastidió más que una frase bonita. La distancia justa siempre es más peligrosa que el descaro.
Cerré la carpeta y él recogió sus notas.
Abajo golpearon una puerta metálica; arriba alguien arrastró un cubo.
La obra siguió con su ruido vulgar, recordándome que el cambio de circulación no iba a resolverse porque a mí me costara respirar normal a medio metro de Quim.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
Antes de irse, Quim tuvo la decencia irritante de no convertir el momento en nada.
Apartó un recibo de taxi dentro de la libreta, me dejó espacio para pasar y no hizo comentario sobre mi cara.
Los gestos pequeños son una forma muy sucia de quedarse en una cabeza ajena.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
No le di la razón en voz alta. Tampoco hacía falta regalarle tanto. Pero el falso techo quedaba delante de nosotros, tozudo, y algo cedió por dentro. Muy poco. Lo suficiente para que me enfadara conmigo.
Quim no discutió. Miró la bolsa de tornillos un segundo, porque también era necesitar darle trabajo a las manos. Dejó que la frase quedara ahí, sin remate. A veces aceptar una parte de culpa golpea más que ganar otra pelea.
—Lo sé.
—Eso no me tranquiliza tanto como crees. —solté, más cansada que valiente.
—No voy a decidir por ti.
Cuando volvimos a quedarnos solos, tenía polvo en la comisura de la boca.
Quim apoyó las manos en la mesa. No me tocó.
Ni siquiera se acercó. A veces la tensión no necesita piel; le basta con una persona que baja la voz cuando todo alrededor sigue haciendo ruido.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
Marc apareció con su sonrisa de administrador de incendios y dejó la carpeta negra en mitad de la mesa, con la fe absurda de que el orden exterior pudiera tapar el desastre. Habló de plazos, relato y confianza inversora. Yo contesté con números. Quim corrigió un dato técnico sin mirarme.
Lo molesto era eso: Quim no solo me atraía cuando estaba cerca. También me atraía cuando trabajaba bien. Cuando veía el cuadro de cargas sin convertirlo en espectáculo. Cuando me pasaba una baldosa suelta sin rozarme. Yo estaba preparada para resistirme a un hombre guapo; no a un hombre útil.
Una parte de mí esperaba una salida fácil: beso o pelea.
Casa Batller no concedía esas comodidades.
Seguimos hablando de la memoria de materiales, de costes y de permisos, usando palabras normales para tapar una conversación que ya no era normal desde hacía rato.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
La frase se me escapó sin pasar por ningún filtro profesional.
Quim se quedó quieto. Yo también. En otra planta sonó una radial, tarde, fuera de ritmo.
El edificio tuvo la mala educación de seguir funcionando mientras yo calculaba cómo no acercarme.
Nadie dijo nada de la llave del cuarto técnico; yo lo agradecí.
—Qué útil. Otra frase para no decir lo que de verdad estás pensando. —solté, más cansada que valiente.
—Eso es tu forma elegante de pedir distancia. —solté, más cansada que valiente.
—Estoy trabajando.
—Estás intentando ganar una discusión que todavía no he abierto. —solté, más cansada que valiente.
Quim se movió apenas. No lo bastante para justificar que yo retrocediera, sí lo suficiente para que notara la cinta roja de Patrimonio entre los dos y una zona exacta de mi cuerpo que decidió no comportarse. Me concentré en la carpintería original. Fracasé de una manera bastante silenciosa.
Volvimos al asunto técnico. Subimos a mirar la reunión con Marc, contrastamos medidas y dejamos que el edificio nos contradijera en directo. Quim no ganó todas las frases. Yo tampoco. Eso era lo peor: juntos veíamos mejor, y esa clase de evidencia no se podía archivar en una carpeta cómoda.
Me habría gustado ofenderme de forma limpia. No pude. Quim me miraba sin hacerme pequeña y noté el polvo bajo la lengua. Me obligaba a admitir que no todo lo que protegía era proyecto; una parte era miedo viejo y otra, cansancio acumulado.
—He tratado con juntas imposibles menos orgullosas. —solté, más cansada que valiente.
—No uses el pavimento para explicar mi infancia. —solté, más cansada que valiente.
—No es la pieza. Eso lo sabes tú también. —solté, más cansada que valiente.