No eras parte del plano (Todo lo que construimos nº 1) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Quim llegó antes.

Demasiado antes.

Lo encontré en la cafetería de la esquina de Casa Batller a las siete y veinte, sentado en una mesa pequeña con dos cafés, un bocadillo sin tocar y una libreta abierta. No estaba escribiendo. Solo miraba la página.

La cafetería olía a pan tostado, lejía reciente y leche quemada. Había tres obreros en la barra, una mujer leyendo el móvil y un camarero que ya los reconocía y había dejado de preguntar si querían azúcar.

—No hacía falta que vinieras tan pronto —dije.

Quim levantó la vista.

—Ya estaba despierto.

—Eso no es argumento. Es síntoma.

Le pasó el café. Esta vez estaba caliente.

Me senté. Sacó la carpeta del Ayuntamiento y me dejó entre los dos. No la abrió enseguida. Le resultaba ridículo, pero el cartón azul le pesaba igual que si dentro no hubiera fotocopias, sino una versión de su padre que no quería leer.

—Antes de enseñártelo —dijo—, necesito que no hagas una cosa.

—Vale.

—Ni siquiera sabes cuál.

—Da igual. Seguramente tienes razón.

Lo miré con sospecha.

—No estés amable raro.

—No sé hacerlo normal.

Aquello sí sonó a él, pero más bajo.

Abrí la carpeta.

Le enseñó los documentos. Las reformas de 1987. La empresa vinculada a su familia. La denuncia vecinal. La frase sobre motivos florales ocultos.

Quim leyó despacio. No hizo comentarios. No levantó las cejas. No dijo qué fuerte ni vaya ni ninguna de esas cosas que la gente dice cuando no sabe dónde ponerse.

Cuando terminó, se quedó mirando el papel.

—¿Tu padre dirigió esto?

—No. Creo que no. Pero su entorno sí. Su empresa, su primo, su mundo. No lo sé.

—Eso no te convierte en responsable.

Me reí sin ganas.

—Gracias por resolver mi conflicto familiar en nueve palabras.

—Perdón.

—No. Perdón no. Es que no necesito que me absuelvan. Necesito entender si esto afecta al proyecto.

Quim bebió café. Se quemó. Hizo una mueca torpe y se le cayó una gota en la libreta.

—Joder.

Le pasé una servilleta.

—Muy elegante.

—Estoy intentando ser útil y el café me está atacando.

Por primera vez desde la tarde anterior, respiré algo mejor.

Quim secó la mancha. Luego volvió a los papeles.

—Afecta.

—Ya.

—Pero no por tu padre. Por el patrón. Si en dos fincas distintas aparecen pinturas tapadas por reformas de la misma época, puede haber más. Y eso cambia la lectura de todo.

—Marc va a verlo como una línea de relato.

—Albert va a pedir control de comunicación.

—Albert no necesita mucho empujón.

Quim sonrió apenas. Después se le fue.

—También cambia tu posición.

Cerré la carpeta.

—No empieces.

—No estoy diciendo que sea malo.

—Lo parece.

—Estoy diciendo que si tú aportas esto, la segunda fase no puede plantearse sin ti. No por política. Por conocimiento real.

Miré el café.

Quería que aquella frase me tranquilizara. No lo hizo del todo. Había una parte sucia en usar la sombra de mi padre como valor profesional.

—No quiero ganar así.

Quim no respondió al momento.

—¿Así cómo?

—Con una cosa que quizá me da ventaja porque mi familia formó parte del problema.

—No lo sabes.

—No me lo digas otra vez.

—Vale.

Se calló.

Y ese silencio sí sirvió.

A veces la ayuda era eso: no empeñarse en arreglarte.

En la obra, Jordi recibió la noticia con un gruñido.

—O sea, más paredes sospechosas.

—Eso parece.

—Me jubilo.

—Tienes cincuenta y dos.

—Mentalmente voy por ochenta.

Le pedí que preparara una inspección no invasiva en las zonas equivalentes a la finca nueva. Quim se ocupó de llamar a un restaurador que conocía. Lo hice delante de él, con el altavoz puesto, sin teatralizar la transparencia.

Eso le importó más de lo que quería.

A media mañana llegó Marc.

No venía solo. Albert lo seguía con una tablet y los zapatos blancos otra vez. Sentí un rechazo físico hacia aquellos zapatos. Era absurdo. También legítimo.

Les enseñé la documentación.

Marc no se sorprendió tanto como debería.

—Esto es muy potente —dijo.

Esperé una palabra más adecuada. No llegó.

—Es delicado —corrigió.

—Por supuesto.

—No, Marc. Delicado no como “hay que venderlo con cuidado”. Delicado como “hay gente que vive allí, familias implicadas y posibles actuaciones mal hechas que quizá conectan con esta casa”.

Albert intervino.

—Precisamente por eso conviene ordenar el relato.

Perdí la paciencia.

No explotó bonito. No dijo una frase perfecta. Solo habló de más alto.

—¿Puedes dejar de llamar relato a todo lo que no quieres tocar con las manos?

El silencio que siguió fue feo.

No de tensión romántica. No de escena bien construida. Feo.

Un operario del pasillo se asomó y volvió a desaparecer.

Marc endureció la cara.

—Sandra.

Clara no estaba para salvarla.

Quim tampoco lo hizo.

Y eso, aunque me molestó, fue correcto. Había cosas que una tenía que estropear sola.

Albert cerró la tablet con calma.

—Entiendo que el tema te afecta personalmente.

Ahí sí Quim dio un paso.

—No.

Una palabra.

Nada más.

Albert lo miró.

—Perdón.

—No lo conviertas en eso.

Marc levantó una mano.

—Basta. Todos.

Noté calor en la cara. No vergüenza pura. Rabia mezclada con el reconocimiento incómodo de que se había pasado. Albert era irritante. También había sabido dónde pinchar.

La reunión se cerró mal. Marc pidió un informe para el día siguiente. Albert se fue sin despedirse de mí. Quim se quedó ordenando papeles que no necesitaban orden.

Guardé la carpeta.

—No tenías que intervenir.

—Ya.

—Lo digo en serio.

—Yo también.

—Me has hecho parecer...

No terminó.

No sabía qué palabra usar.

Débil. Defendida. Expuesta. Agradecida.

Todas eran malas.

Quim se metió las manos en los bolsillos.

—No quería salvarte. Me ha molestado lo que ha hecho.

—Bienvenido.

La réplica salió de más automática. Quim me recibió y no jugó.

—A veces no hace falta ganar la frase, Sandra.

Esta vez sí dolió: tenía razón y yo no habría querido que la tuviera justo entonces.

Al salir, no pensé nada digno. Pensé que un recibo de taxi dentro de la libreta seguía en mi mano, que llevaba el sujetador marcándome la espalda desde las ocho y que Quim caminaba a mi lado sin invadir el pasillo.

Eso me fastidió más que una frase bonita.

La distancia justa siempre es más peligrosa que el descaro.

Cerré la carpeta y él recogió sus notas. Abajo golpearon una puerta metálica; arriba alguien arrastró un cubo. La obra siguió con su ruido vulgar, recordándome que la galería interior no iba a resolverse porque a mí me costara respirar normal a medio metro de Quim.

Antes de irse, Quim tuvo la decencia irritante de no convertir el momento en nada. Apartó el plano doblado por una esquina, me dejó espacio para pasar y no hizo comentario sobre mi cara. Los gestos pequeños son una forma muy sucia de quedarse en una cabeza ajena.

No le di la razón en voz alta. Tampoco hacía falta regalarle tanto. Pero la humedad del pasillo quedaba delante de nosotros, tozudo, y algo cedió por dentro. Muy poco. Lo suficiente para que me enfadara conmigo. Miré la manga manchada porque mirarlo a él era peor.

Quim no discutió. Miró el fluorescente del pasillo un segundo, porque también era necesitar darle trabajo a las manos. Dejó que la frase quedara ahí, sin remate. A veces aceptar una parte de culpa golpea más que ganar otra pelea. El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.

—Lo sé.

—Esa frase ya la usaste antes de callarte media verdad. —solté, más cansada que valiente.

—No voy a decidir por ti.

Cuando volvimos a quedarnos solos, me dolía el cuello.

Quim apoyó las manos en la mesa. No me tocó.

Ni siquiera se acercó. A veces la tensión no necesita piel; le basta con una persona que baja la voz cuando todo alrededor sigue haciendo ruido.

El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.

Marc apareció con su sonrisa de administrador de incendios y dejó el casco mal dejado en mitad de la mesa, con la fe absurda de que el orden exterior pudiera tapar el desastre. Habló de plazos, relato y confianza inversora. Yo contesté con números. Quim corrigió un dato técnico sin mirarme.

Lo molesto era eso: Quim no solo me atraía cuando estaba cerca. También me atraía cuando trabajaba bien. Cuando veía la carpintería original sin convertirlo en espectáculo. Cuando me pasaba una muestra de nogal sin rozarme. Yo estaba preparada para resistirme a un hombre guapo; no a un hombre útil.

Una parte de mí esperaba una salida fácil: beso o pelea. Casa Batller no concedía esas comodidades. Seguimos hablando de la viga escondida bajo el falso techo, de costes y de permisos, usando palabras normales para tapar una conversación que ya no era normal desde hacía rato.

La frase se me escapó sin pasar por ningún filtro profesional.

Quim se quedó quieto. Yo también. En otra planta sonó una radial, tarde, fuera de ritmo.

El edificio tuvo la mala educación de seguir funcionando mientras yo calculaba cómo no acercarme.

Miré la sombra del patio porque mirarlo a él era peor.

—Eso lo dices porque si hablamos de planos no tienes que admitir dónde estás mirando. —solté, más cansada que valiente.

—Eso dices cuando estás fabricando una defensa. —solté, más cansada que valiente.

—Estoy trabajando.

—Estás buscando dónde esconder la respuesta. —solté, más cansada que valiente.

Quim se movió apenas. No lo bastante para justificar que yo retrocediera, sí lo suficiente para que notara una baldosa suelta entre los dos y una zona exacta de mi cuerpo que decidió no comportarse. Me concentré en la sala de muestras. Fracasé de una manera bastante silenciosa.

Volvimos al asunto técnico. Discutimos la humedad del pasillo norte, contrastamos medidas y dejamos que el edificio nos contradijera en directo. Quim no ganó todas las frases. Yo tampoco. Eso era lo peor: juntos veíamos mejor, y esa clase de evidencia no se podía archivar en una carpeta cómoda.

Me habría gustado ofenderme de forma limpia.

No pude. Quim me miraba sin hacerme pequeña y me latía el cansancio en las sienes.

Me obligaba a admitir que no todo lo que protegía era proyecto; una parte era miedo viejo y otra, cansancio acumulado.

Miré la sombra del patio porque mirarlo a él era peor.

—Una cata de yeso es más directa que tú. —solté, más cansada que valiente.

—No psicoanalices una baldosa, por favor. —solté, más cansada que valiente.

—No quieres discutir porque esto ya venía de antes. —solté, más cansada que valiente.

—No tengo energía para pelear por una muestra —dije, aunque por dentro ya llevaba diez minutos haciéndolo. —solté, más cansada que valiente.

Recuerdo mejor los objetos que mi propia cara: el olor a serrín húmedo, el móvil con la batería al doce por ciento, una esquina de plano levantada por la humedad. Nada de aquello era romántico. Precisamente por eso lo creyó mi cuerpo antes que mi cabeza.

Quim tardó en responder. Tenía esa manía peligrosa de no rellenar los huecos.

Yo prefería las respuestas rápidas porque no dejaban sitio para arrepentirse, ni para mirar, ni para notar que notaba el pelo pegado a la nuca por una razón que no se reducía a laboral.

El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.

—La de hombre que va a decir algo que cree útil y acaba siendo carísimo. —solté, más cansada que valiente.

—¿Cuál?

—Tienes esa cara.

La obra señalaba la galería interior. Yo señalaba plazos, costes, normativa. Nada de eso explicaba por qué la opinión de Quim empezaba a pesar donde antes solo pesaba mi criterio. Esta vez, además, la respuesta de Quim llegó antes que mi enfado.

La escena no tuvo nada de cinematográfica.

Había el plano doblado por una esquina, polvo en el borde de la mesa y notaba el pelo pegado a la nuca.

Quizá por eso quedó. Las cosas importantes rara vez empiezan con música; empiezan con alguien llegando tarde, una luz horrible y una frase que ya no puedes retirar.

***