CAPÍTULO 10 #2
Nada heroico. Dos dedos sobre una cinta métrica verde, en una biblioteca helada, con un café malo enfriándose entre nosotros. Pero su mano se quedó encima de la mía un segundo de más. O quizá fui yo quien no la retiró.
Nos tocamos.
A las siete y veintidós, extendí el brazo para coger el metro. Quim lo cogió a la vez.
Se lo bebió igualmente. Yo me senté frente a él, al otro lado de los planos.
Durante diez minutos trabajamos sin hablar.
A veces eso era lo que mejor se nos daba.
Él marcaba una transición de materiales, yo corregía un encuentro con estructura, él proponía una sombra, yo la mataba por presupuesto, él la resucitaba con una solución menos cara.
Era irritante. Era eficaz. Era la clase de conversación que una no debería encontrar íntima.
—Lo aceptaré como una agresión caliente.
—No era un regalo.
—Gracias.
—Está malo.
Dejé el café junto a su rodilla. No sé por qué. O sí lo sé, pero preferí no escribirlo en ningún informe mental.
—Sería una pena. Me porto fatal en entrevistas.
—Te despediría, pero nadie te ha contratado a través de mí.
—Exacto.
—Son las siete menos seis.
Miré el reloj.
—Llegas tarde —dijo sin levantar la cabeza.
Encontré a Quim en la biblioteca, sentado en el suelo con las piernas flexionadas, rodeado de muestras y papeles. Tenía el abrigo puesto y un lápiz detrás de la oreja. No había nada especialmente atractivo en un hombre sentado sobre cartón de protección a las siete de la mañana. En teoría.
Subí sin contestar. En la planta noble, la luz era todavía gris.
Las vidrieras no habían empezado a hacer teatro.
Todo estaba a medio despertar: los plásticos, las herramientas, las protecciones de cartón, una botella de agua olvidada sobre el zócalo.
La obra a esa hora no intentaba convencer a nadie de nada. Por eso me gustaba.
—Sí. Pero el otro es más corto.
—Tiene nombre.
—El otro ya está arriba.
Jordi me abrió desde dentro con un bostezo y una linterna en la mano.
No respondí. Era una forma madura de demostrar que no me importaba que él hubiera llegado antes. También era mentira.
Ya estoy dentro. La alarma no me ha odiado esta vez.
Casa Batller estaba cerrada todavía. Me apoyé en la persiana de la entrada con un café en una mano y el móvil en la otra, mirando un mensaje de Quim que había llegado a las seis y doce.
Volví antes, como había escrito. A las siete menos cuarto, la calle Còrsega tenía ese frío húmedo que no era importante hasta que se metía por los tobillos y te hacía odiar todas tus decisiones de calzado.
Al salir, no pensé nada digno. Pensé que la llave del cuarto de instalaciones seguía en mi mano, que tenía el labio mordido de no contestar a Marc y que Quim caminaba a mi lado sin invadir el pasillo.
Eso me fastidió más que una frase bonita.
La distancia justa siempre es más peligrosa que el descaro.
Cerré la carpeta y él recogió sus notas. Abajo golpearon una puerta metálica; arriba alguien arrastró un cubo. La obra siguió con su ruido vulgar, recordándome que el cambio de circulación no iba a resolverse porque a mí me costara respirar normal a medio metro de Quim.
Antes de irse, Quim tuvo la decencia irritante de no convertir el momento en nada. Apartó la carpeta negra de Marc, me dejó espacio para pasar y no hizo comentario sobre mi cara. Los gestos pequeños son una forma muy sucia de quedarse en una cabeza ajena.
No le di la razón en voz alta. Tampoco hacía falta regalarle tanto. Pero la entrega de renders quedaba delante de nosotros, tozudo, y algo cedió por dentro. Muy poco. Lo suficiente para que me enfadara conmigo.
Quim no discutió. Miró la caja de tiradores un segundo, porque también era necesitar darle trabajo a las manos. Dejó que la frase quedara ahí, sin remate. A veces aceptar una parte de culpa golpea más que ganar otra pelea. El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
—Lo sé.
—También dijiste eso cuando elegiste no contarme lo otro. —solté, más cansada que valiente.
—No voy a decidir por ti.
Cuando volvimos a quedarnos solos, tenía polvo en la comisura de la boca. Quim apoyó las manos en la mesa. No me tocó. Ni siquiera se acercó. A veces la tensión no necesita piel; le basta con una persona que baja la voz cuando todo alrededor sigue haciendo ruido.
Marc apareció con su sonrisa de administrador de incendios y dejó la manga de mi camisa en mitad de la mesa, con la fe absurda de que el orden exterior pudiera tapar el desastre. Habló de plazos, relato y confianza inversora. Yo contesté con números. Quim corrigió un dato técnico sin mirarme.
Lo molesto era eso: Quim no solo me atraía cuando estaba cerca.
También me atraía cuando trabajaba bien.
Cuando veía el cuadro de cargas sin convertirlo en espectáculo.
Cuando me pasaba la llave del cuarto de instalaciones sin rozarme.
Yo estaba preparada para resistirme a un hombre guapo; no a un hombre útil.
Una parte de mí esperaba una salida fácil: beso o pelea. Casa Batller no concedía esas comodidades. Seguimos hablando de la memoria de materiales, de costes y de permisos, usando palabras normales para tapar una conversación que ya no era normal desde hacía rato.
La frase se me escapó sin pasar por ningún filtro profesional.
Quim se quedó quieto. Yo también. En otra planta sonó una radial, tarde, fuera de ritmo.
El edificio tuvo la mala educación de seguir funcionando mientras yo calculaba cómo no acercarme.
El presupuesto impreso quedó entre los dos, absurdo y útil.
—Y tú subes la voz cuando quieres que no se note que me estás mirando la boca. —solté, más cansada que valiente.
—Eso dices cuando necesitas treinta segundos más. —solté, más cansada que valiente.
—Estoy trabajando.
—Estás calculando una salida —dijo.
Quim se movió apenas. No lo bastante para justificar que yo retrocediera, sí lo suficiente para que notara el móvil con la batería al doce por ciento entre los dos y una zona exacta de mi cuerpo que decidió no comportarse.
Me concentré en la carpintería original.
Fracasé de una manera bastante silenciosa.
Volvimos al asunto técnico. Revisamos la reunión con Marc, contrastamos medidas y dejamos que el edificio nos contradijera en directo. Quim no ganó todas las frases. Yo tampoco. Eso era lo peor: juntos veíamos mejor, y esa clase de evidencia no se podía archivar en una carpeta cómoda.
Me habría gustado ofenderme de forma limpia. No pude. Quim me miraba sin hacerme pequeña y me pesaba el cuello. Me obligaba a admitir que no todo lo que protegía era proyecto; una parte era miedo viejo y otra, cansancio acumulado.
—Hay pavimentos históricos con menos capas que tú. —solté, más cansada que valiente.
—No conviertas cada decisión técnica en un informe sobre mi carácter. —solté, más cansada que valiente.
—No quieres pelear porque sabes que la muestra es la excusa. —solté, más cansada que valiente.
—No quiero convertir esto en otra guerra —dije, y la mentira casi se oyó caer. —solté, más cansada que valiente.
Recuerdo mejor los objetos que mi propia cara: el cristal protegido con cartón, el zumbido del fluorescente, una esquina de plano levantada por la humedad. Nada de aquello era romántico. Precisamente por eso lo creyó mi cuerpo antes que mi cabeza.
Quim tardó en responder. Tenía esa manía peligrosa de no rellenar los huecos. Yo prefería las respuestas rápidas porque no dejaban sitio para arrepentirse, ni para mirar, ni para notar que tenía hambre de comida y de otra cosa que no quería nombrar por una razón que no se reducía a laboral.
—En una obra mirar ya es empezar a tocar. —murmuré, con me latía el cansancio en las sienes.
—Solo estaba comprobando la veta.
—No toques eso.
Podíamos discutir el replanteo de la suite piloto durante media hora sin despeinarnos. Lo difícil era admitir que, cuando él señalaba algo, yo ya no escuchaba solo al rival.
La escena no tuvo nada de cinematográfica.
Había una bolsa de tornillos sin etiqueta, polvo en el borde de la mesa y me dolía el cuello.
Quizá por eso quedó. Las cosas importantes rara vez empiezan con música; empiezan con alguien llegando tarde, una luz horrible y una frase que ya no puedes retirar.
***
Me fui sin mirar atrás. Mentira: miré en el reflejo del escaparate. Él seguía bajo el toldo, con las manos en los bolsillos, y por primera vez entendí que quizá Quim no había llegado para quitarme Casa Batller. Quizá había llegado para enseñarme todas las habitaciones donde yo me escondía.
—A las ocho.
—Mañana a las ocho —dije.
La lluvia golpeaba el toldo con un ruido barato. Quim levantó la mano, despacio, y me apartó una gota de la mandíbula con el pulgar. No me besó. No todavía. Yo cerré los ojos un segundo. Solo uno. Cuando los abrí, él seguía allí, muy cerca para ser trabajo y de más lejos para culparlo de nada.
Se quedó muy quieto. Me gustó que no aprovechara. Me enfadó que no aprovechara. El deseo tiene esa educación horrible: siempre pide lo que luego puede usar contra ti.
—Por eso.
—No he hecho nada.
—No —dije.
Esta vez no fue medio segundo. Fue bastante más. Yo podría haberme apartado. Podría haber abierto el móvil, llamado un taxi, hecho cualquiera de esas cosas adultas que una promete hacer antes de encontrarse bajo un toldo con el hombre que está desmontando su vida profesional pieza por pieza.
Quim me miró la boca.
Lo odié. Muchísimo. Por decirlo, por tener razón, por no sonreír al hacerlo.
La lluvia empezó entonces, fina, miserable, sin dramatismo.
Nos metimos bajo el toldo cerrado de una papelería.
Olía a cartón mojado. Había una persiana metálica llena de pegatinas viejas y un charco diminuto junto a mi zapato.
—Y tú muy rápida para soltarte cuando quieres quedarte.
—Eres muy pesado.
—No he preguntado.
—Estoy bien.
Caminamos tres manzanas sin necesidad. Yo llevaba tacones bajos, de esos que una compra pensando que son sensatos hasta que el empedrado demuestra lo contrario.
En la esquina de Girona, se me enganchó el tacón en una junta y perdí el equilibrio.
Quim me sujetó por la cintura. No fuerte.
Lo justo. Su mano se quedó una décima de segundo más de lo imprescindible.
Eso era lo irritante de Quim. Rara vez decía las cosas feas. Dejaba espacio para que yo las pusiera sola y luego me enfadaba conmigo por haber colaborado.
—No he dicho que no puedas.
—Puedo caminar.
—Puedo acercarte —dijo.
La cena se cerró tarde. Clara se marchó primero, con dos besos secos y una frase al oído: “No confundas química con criterio”.
Marc se quedó pagando igual que si el gesto lo convirtiera en menos manipulador.
Quim salió conmigo a la calle. Barcelona olía a lluvia vieja, gasolina y pan caliente de algún horno nocturno que no debería haber estado abierto.
—Llámalo como quieras.
—Eso no es energía —dije—. Es instinto de supervivencia.
—Perfecto. Energía compartida.
Ese fue el primer problema. El segundo fue que nos miramos después de decirlo. El tercero, que a Marc le encantó.
—No —dijimos los dos a la vez.
—Sandra y Quim podrían preparar juntos la presentación de la propiedad —dijo Marc.
Volví a la mesa con las manos frías. Marc hablaba de “alinear relato”. Quim tenía la copa intacta. Clara estaba haciendo anotaciones mentales para matarnos después, seguramente por orden alfabético.
No era el vino. Era que había recordado que yo no bebía blanco en reuniones largas porque me daba dolor de cabeza. Lo había dicho una vez, semanas atrás, mientras discutíamos por la iluminación de la biblioteca. Una frase perdida. Él la había guardado.
Marc rió de más fuerte. Clara no rió. Clara me miró la boca, luego miró a Quim, y después bebió agua con una serenidad que me pareció ofensiva.
La cena empezó con croquetas pequeñas, siguió con números grandes y terminó, al menos para mí, en el baño, apoyada en el lavabo, preguntándome por qué demonios me importaba que Quim hubiera pedido vino blanco para todos menos para mí.
—Y tú has sobrevivido. Buenas noticias para todos.
—Llegas tarde —dijo.
Quim ya estaba allí. Sin casco. Sin polvo.
Con una camisa azul oscuro remangada y esa forma suya de ocupar una silla igual que si hubiera discutido antes con ella y hubiera ganado.
Levantó la vista cuando entré. No hizo el barrido completo.
No de manera obvia. Pero lo hizo. Me noté el cuerpo antes que la rabia.
Llegué diez minutos tarde porque la Ronda estaba imposible y porque me cambié de camisa dos veces antes de salir.
La primera tenía una mancha de obra. La segunda también, pero más pequeña.
Al final elegí una negra que no decía “he pensado en Quim Fusté mientras me abrochaba esto”, aunque quizá lo decía igual y yo solo no quería escucharlo.
La cena de trabajo fue idea de Marc, por supuesto.
Marc creía en tres cosas: los plazos imposibles, las camisas sin arrugas y la capacidad del vino para convertir una imposición en consenso.
Reservó una mesa en un restaurante del Eixample donde las sillas eran tan incómodas que parecían diseñadas por alguien con rencor hacia las lumbares.
***