CAPÍTULO 10
No fui a la obra al día siguiente.
Y eso, en mi vida, era casi una forma de enfermedad.
Clara me envió al Ayuntamiento a revisar expedientes antiguos de la finca de Còrsega. Quería que alguien comprobara licencias, reformas no declaradas y cualquier cosa que pudiera explotarles en la cara antes de que Marc lo convirtiera en una promesa de inversión.
—¿No puede ir un técnico junior? —pregunté.
—Puede ir alguien que no sepa leer entre líneas o puedes ir tú.
Clara sabía vender una orden.
El archivo municipal estaba de más caliente.
Tenía fluorescentes viejos, sillas que obligaban a odiar la espalda y una máquina de agua que solo daba agua tibia.
Pasé tres horas revisando carpetas con grapas oxidadas.
No había glamour. Había polvo de papel, sellos, fotocopias torcidas y una funcionaria que se llamaba Montse y no toleraba preguntas mal formuladas.
Respeté a Montse desde el primer minuto.
A media mañana, Nil le envió una foto de mi madre sujetando una fiambrera.
Nil: Dice que si no comes te lo lleva a la obra.
Sandra: Estoy en el Ayuntamiento.
Nil: Peor. Dice que ahí seguro que no comen.
Guardé el móvil. Luego lo volvió a abrir.
Sandra: ¿Mamá está bien?
Nil tardó en contestar.
Nil: Está mamá. Eso incluye bien, mal y opinión sobre tus pantalones.
Sonreí un poco. Después se me fue.
Abrí otra carpeta.
La finca había tenido una reforma grande en los años ochenta. Tabiques movidos, patios cerrados, instalaciones metidas por donde nadie con amor al edificio habría metido nada. Había una firma repetida. Una empresa constructora que le sonaba.
No por el proyecto.
Por su padre.
Me quedé inmóvil, con el dedo sobre el papel.
Rubio Construccions.
La empresa no era exactamente la de su padre.
Era una sociedad participada por un primo, una de esas ramificaciones familiares que habían aparecido y desaparecido durante los años buenos, cuando en casa se hablaba de promociones, solares y oportunidades con la misma alegría con que luego se habló de deudas.
El estómago le hizo algo desagradable.
Leí otra vez.
Rubio Construccions había intervenido en la finca de Còrsega en 1987. Cerramiento de galerías. Falsos techos. Revestimientos.
Tapar.
Su familia había tapado parte de aquella casa.
Sabía que no había sido culpa suya. Tenía cuatro años entonces, o quizá ni eso. Pero la culpa no siempre respetaba la lógica. A veces se sentaba igual, con las piernas abiertas, ocupando sitio.
Saqué una foto del documento. Me tembló un poco la mano. La primera salió borrosa. La segunda también. La tercera quedó bien.
Quim llamó justo entonces.
No respondí.
Volví a llamar.
Tampoco.
A la tercera, salí al pasillo.
—Qué.
—¿Todo bien?
La pregunta me molestó porque no venía con chiste.
—Estoy trabajando.
—Eso no responde.
—Es la respuesta que hay.
Quim guardó silencio. Al fondo se oían golpes de obra, un motor, Jordi diciendo algo que acabó en un insulto.
—Marc está preguntando por ti.
—Pues dile que existo sin supervisión.
—Ya lo sabe. Le inquieta.
Apoyé la frente contra una pared fría. Olía a desinfectante barato.
—He encontrado algo.
—¿Malo?
—No sé.
Era la verdad, aunque incompleta.
—¿Quieres que vaya?
La pregunta fue sencilla.
Casi dijo sí.
Ese casi la asustó.
—No.
—Vale.
Otra vez sin insistir.
Qué insoportable, cuando respetaba los límites.
Volví a la sala con los expedientes. Montse me había dejado otra caja encima de la mesa.
—Esto también le interesa —dijo.
—¿Por qué?
—Porque ha puesto cara de haber encontrado un muerto y normalmente donde hay uno hay más papeles.
La miré.
—¿Siempre anima así?
—No. Hoy estoy suave.
En la nueva caja apareció un informe de denuncia vecinal de 1989. Humedades. Ruidos. Daños en pinturas interiores no catalogadas. Un párrafo hablaba de “motivos florales ocultos bajo revestimientos recientes”.
Leí dos veces.
Luego una tercera.
No podía ser solo casualidad.
Por la tarde, fui a casa de mi madre en vez de a Casa Batller.
No avisó. Subí con las llaves que seguía usando desde los diecisiete. Su madre estaba en la cocina, cortando judías verdes con una precisión triste.
—Tienes mala cara —dijo sin levantar la vista.
—Todo el mundo me lo dice últimamente.
—Será porque es verdad.
Dejé la carpeta sobre la mesa.
—¿Papá trabajó alguna vez en una finca de Còrsega? A finales de los ochenta.
Su madre dejó el cuchillo.
Ese gesto contestó antes que yo.
—Tu padre trabajó en muchas cosas.
—Esta tenía pinturas. Flores. Quizá pájaros. Las taparon.
Su madre se secó las manos con un trapo.
—En esa época nadie miraba esas cosas como ahora.
—Eso no es una respuesta.
—Es la que tengo.
Noté que empezaba a enfadarse. No con mi madre. Con el tono. Con los años. Con la facilidad con que una generación entera llamaba época a lo que había hecho daño.
—Estoy dirigiendo una rehabilitación donde la familia quiere recuperar pinturas que alguien tapó. Y ahora resulta que en otra finca posible hay más pinturas tapadas por una empresa vinculada a papá.
Su madre se sentó.
Eso sí la preocupó.
—Tu padre no era malo, Sandra.
—No he dicho eso.
—Pero lo piensas cuando preguntas así.
No contesté.
Porque quizá no lo pensaba.
O quizá sí un poco.
La cocina olía a verdura hervida y a piso de infancia. En una esquina seguía el reloj que su padre había comprado en Andorra y que siempre se atrasaba cinco minutos. Nadie lo había arreglado. Nadie lo tiraba.
—Hizo trabajos malos —dijo su madre—. Como muchos. Por prisa. Por dinero. Porque el cliente quería barato. Porque él quería demostrar que podía con todo. No sé. Yo entonces estaba ocupada intentando que no se nos cayera la vida encima.
Miré la carpeta.
No había una gran revelación. Solo una cosa peor: una explicación fea y normal.
Esa noche escribí a Quim.
He encontrado documentos de la finca. Mañana te los enseño.
Él respondió al minuto.
¿Estás bien?
Borré tres respuestas.
Al final escribí:
No mucho.
Y se arrepintió en cuanto lo envió.
Quim no adornó la respuesta.
Escribí solo:
Vale. Mañana voy antes.
Eso fue lo peor: que el mundo siguiera igual que si yo no acabara de dejar una parte bastante importante de mi control tirada en el suelo de la biblioteca.
El día siguió.
A las ocho, Jordi subió con una carpeta, Clara llamó dos veces y Marc pidió una reunión urgente.
Me agaché a recoger el metro. Las manos me temblaban un poco. Quim lo vio y, por una vez, tuvo la inteligencia de no decir nada.
Lo dijo con una seriedad insultante.
—Claro.
—Pero no vuelve a pasar.
—Bien.
—No te he pedido que lo hagas.
—No voy a pedir perdón por eso.
Quim apoyó la frente contra la mía.
Me separé primero porque alguien podía subir. Porque era una obra. Porque tenía sentido común en algún bolsillo y debía de estar buscándolo.
Quim me rodeó la cintura. No fuerte. Lo suficiente para preguntarme con el cuerpo si podía. Respondí acercándome más. El beso cambió de temperatura. Se volvió menos correcto, más nuestro, con rabia acumulada, sueño perdido y todas las discusiones que no habían sido solo discusiones.
Me besó entonces. Sin empujar. Sin ganar. Su boca encontró la mía con una contención que duró lo justo para romperse. Yo solté el metro. Oí cómo caía al suelo, un golpe seco, ridículo, y me agarré a su chaqueta con las dos manos.
—No pensaba hablar.
—Si me besas —dije—, no lo conviertas en una frase.
La risa se me quedó en la garganta. Me acerqué otro poco. Olía a café malo, a abrigo húmedo, a la obra. Cuando levanté la mano y toqué la solapa de su chaqueta, Quim cerró los ojos un segundo. Solo uno. Como si aquello fuera más peligroso que un beso.
—Estoy intentándolo con bastante dificultad.
—No seas decente ahora —murmuré.
Di un paso. Él no se movió.
Debería haber sido suficiente. Tenía que haberlo sido. Pero el cuerpo tiene una manera muy miserable de no respetar las decisiones sensatas.
—Vale. Entonces miraré menos.
—¿Vale?
Eso me desarmó más.
—Vale.
Quim respiró despacio. No hizo ninguna broma. No aprovechó la grieta.
La frase salió pequeña. Fea. Verdadera.
—No quiero que me veas —dije.
Aquello dolió en un sitio raro. Nadie veía sin pedirme antes una versión ordenada. Quim, en cambio, era haber entrado por la puerta equivocada y encontrarse ya en la habitación donde yo guardaba las cosas sin etiquetar.
—No lo uso. Lo veo.
—No uses eso.
—Sé que te juegas más de lo que cuentas.
—No sabes lo que me juego.
—No lo bastante.
—No me conoces —dije.
La biblioteca se quedó pequeña de repente. No porque él avanzara. No lo hizo. Se limitó a estar de pie delante de mí con la compostura de alguien que sabía que tocar sin permiso era la forma más tonta de perder una guerra que aún no había empezado.
Me levanté. Mala decisión. Él se levantó también. Peor.
—Sandra, discutimos una moldura como si fuera una infidelidad y elegimos madera igual que si estuviéramos negociando dónde vivir. Si eso no es mezclar, necesito que me enseñes tu definición.
—No.
—Ya está mezclado.
—No voy a mezclar esto con el proyecto.
Quim soltó el metro. Yo no. Me aferré a aquella cinta de plástico como si fuera una barandilla.
—Qué alivio.
—No presumo de criterio. Lo tengo.
—Y tú llevas tres semanas mirando de más para alguien que presume de criterio.
Me quedé quieta. Afuera, alguien subió una persiana metálica. El ruido entró desde la calle como una orden vulgar de seguir siendo adulta.
—Hablo de que llevas tres semanas apartándote medio segundo tarde.
—Pues empieza.
—No hablo de la obra.
—Esto es una obra.
—Podemos seguir fingiendo que esto no existe —dijo.
Levantó la vista. Tenía ojeras. Una barba mínima. La tirita del pulgar seguía ahí, mal pegada, con una esquina levantada. La miré porque mirar su boca era una idea peor.
—Por eso.
—No he hecho nada.
—No —dije.
Mi nombre en su boca no sonó como en las reuniones. No sonó a advertencia ni a réplica. Sonó bajo. Como si acabara de decirlo antes de pensarlo.
—Sandra.