No eras parte del plano (Todo lo que construimos nº 1) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

La finca de Còrsega no tenía nada de postal.

Aquello fue un alivio.

Desconfiaba de los edificios que parecían preparados para gustar desde la primera visita. Los bonitos enseñaban la cara buena antes de poder fingir sorpresa. Los otros, los que olían a cerrado, a tubería vieja y a polvo con grasa de cocina, al menos avisaban.

Marc llegó con Albert y un entusiasmo que no combinaba con la fachada desconchada. Quim apareció tres minutos después, sin casco, con una carpeta bajo el brazo y una mancha de café en el puño. Me lo señaló con la mirada. Él bajó la vista.

—Ya.

—No he dicho nada.

—Tu cara tiene subtítulos.

No tuvo brillo. Tuvo cansancio. Mejor.

El portal estaba cerrado con una cadena oxidada. Jordi no estaba allí. Eso lo empeoraba todo. Confiaba más en los edificios cuando Jordi los insultaba desde dentro.

Marc abrió con una llave antigua que seguramente alguien había encontrado en un cajón familiar. La cerradura protestó. Tardaron de más. Albert aprovechó para hablar de “potencial de marca”. Oí la mitad. La otra mitad la dediqué a mirar una grieta vertical junto al zócalo.

—Eso no me gusta —murmuró.

Quim siguió mi mirada.

—A mí tampoco.

—Qué raro. Ya coincidimos antes de entrar.

—Podemos fingir que no.

—Por salud mental.

La puerta cedió.

Dentro, el aire estaba parado. Frío en un sitio donde no tocaba. Había cartas viejas amontonadas en una repisa, un paraguas roto junto al ascensor y un olor a humedad que no venía de un punto. Venía del edificio entero.

Dejé de escuchar a Marc.

Tocó la pared con los dedos. Pintura plástica sobre yeso viejo. Mala decisión encima de otra. El edificio tenía capas de gente intentando ahorrar en el sitio equivocado.

—Esto no es una oportunidad —dijo.

Albert sonrió.

—Todas las oportunidades importantes empiezan pareciendo un problema.

—No. Algunas son problemas con buena financiación.

Marc intervino antes de que aquello escalara.

—Solo estamos mirando.

Me giré hacia él.

—Mirar también compromete.

Marc no contestó. Quim tampoco. Eso me molestó un poco. Había esperado que Quim rematara algo, que se metiera en medio, que le diera un motivo para enfadarse con él y no con el olor a moho.

Subieron por la escalera. Cada rellano tenía una luz distinta: una bombilla desnuda, un fluorescente muerto, una ventana con cartón. En el segundo piso, una vecina abrió la puerta antes de que llegaran.

—¿Otra vez gente mirando?

Marc sonrió con oficio.

—Buenos días, señora...

—No soy señora de nadie.

Bajé la vista para esconder una sonrisa. Quim no la escondió del todo.

La mujer llevaba una bata de cuadros, zapatillas de estar por casa y una bolsa de basura en la mano. Debía de tener setenta años o quizá sesenta con muchos alquileres encima.

—¿Van a echarnos? —preguntó.

La pregunta cayó mal.

No en la reunión. En el cuerpo.

Albert respondió primero, claro.

—Estamos en una fase preliminar de estudio.

La mujer lo miró como se mira una mancha.

—Eso será que sí pero con carrera.

Noté que Marc se tensaba.

Quim miró al suelo.

Ahí estaba una escena que no encajaba en las presentaciones: una mujer con una bolsa de basura preguntando si su casa era una oportunidad.

Di un paso.

—No venimos a decidir nada hoy. Soy arquitecta. Estoy revisando el estado del edificio.

—¿Y eso cambia algo?

Abrí la boca.

No supo qué decir.

Una respuesta correcta habría sido mentira. Una respuesta honesta habría sido de más dura para un rellano con olor a caldo y lejía.

—No lo sé —dijo al final.

La mujer la sostuvo la mirada. Luego asintió, apenas.

—Eso por lo menos suena menos sucio.

Se metió dentro y cerró la puerta.

Nadie habló durante unos segundos.

Albert miró su tablet.

—La gestión de inquilinos no forma parte de esta fase.

Giré la cabeza despacio.

Quim le tocó el codo.

No llegó a ser una caricia. Fue un freno: pequeño, firme, casi molesto.

—Luego —dijo bajo.

Me aparté.

—No me toques para controlarme.

Él retiró la mano al instante.

—Perdón.

La palabra salió sin defensa. Eso me desarmó lo justo para odiar la situación entera.

Continuaron la visita con menos entusiasmo.

Marc hablaba de viabilidad. Albert de escenarios.

Apuntaba grietas, forjados dudosos, humedades y una cosa nueva que no había esperado: nombres.

En el buzón del segundo: Reme. En una puerta: Familia Torres.

En una pegatina de paquetería: Samira. El edificio no estaba vacío de verdad.

Tenía vida. Mala, cansada, provisional, pero vida.

En la tercera planta encontraron una antigua biblioteca privada. Pequeña, oscura, con estanterías rotas y una ventana que daba a un patio estrecho. Quim se quedó quieto en la entrada.

—Aquí.

No pregunté.

Lo vi.

En la pared del fondo, bajo una capa de pintura beige, asomaba un trazo azul. No una flor completa. Solo una curva. Suficiente.

Marc respiró hondo.

—Interesante.

La palabra fue de más pobre.

La vecina de la bata gritó desde el rellano:

—Eso ya estaba antes.

Salí.

—¿Lo sabe?

La mujer dejó la bolsa en el suelo.

—Mi madre decía que ahí había pájaros. O flores. Yo qué sé. Luego lo taparon. Siempre tapan todo y luego vienen otros a descubrirlo cobrando más.

Quim bajó la mirada.

No supe si por vergüenza o porque la frase había acertado de más.

Esa tarde, de vuelta a Casa Batller, Marc habló en el coche de “conexión patrimonial entre fincas”. Albert habló de una posible lectura de conjunto. Lo dijo con menos solemnidad que otras veces, quizá porque Reme seguía delante. Quim no dijo nada.

Tampoco.

Tenía una libreta llena de medidas y una pregunta que no sabía dónde colocar.

Si aquella segunda fase le daba la sociedad, ¿cuánto tendría que fingir que no veía para aceptarla?

Al salir, no pensé nada digno. Pensé que un post-it que nadie reconocía seguía en mi mano, que llevaba el sujetador marcándome la espalda desde las ocho y que Quim caminaba a mi lado sin invadir el pasillo.

Eso me fastidió más que una frase bonita.

La distancia justa siempre es más peligrosa que el descaro.

Cerré la carpeta y él recogió sus notas.

Abajo golpearon una puerta metálica; arriba alguien arrastró un cubo.

La obra siguió con su ruido vulgar, recordándome que la lista de proveedores no iba a resolverse porque a mí me costara respirar normal a medio metro de Quim.

El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.

Antes de irse, Quim tuvo la decencia irritante de no convertir el momento en nada.

Apartó el móvil con la batería al doce por ciento, me dejó espacio para pasar y no hizo comentario sobre mi cara.

Los gestos pequeños son una forma muy sucia de quedarse en una cabeza ajena.

La cata de la biblioteca volvió a meterse en la conversación sin pedir permiso.

No le di la razón en voz alta. Tampoco hacía falta regalarle tanto. Pero la luz del patio quedaba delante de nosotros, tozudo, y algo cedió por dentro. Muy poco. Lo suficiente para que me enfadara conmigo.

Quim no discutió. Miró la funda del portátil un segundo, porque también era necesitar darle trabajo a las manos. Dejó que la frase quedara ahí, sin remate. A veces aceptar una parte de culpa golpea más que ganar otra pelea.

—Lo sé.

—Eso no me tranquiliza tanto como crees. —respondió, y el ascensor histórico quedó entre los dos.

—No voy a decidir por ti.

Cuando volvimos a quedarnos solos, me dolía el cuello. Quim apoyó las manos en la mesa. No me tocó. Ni siquiera se acercó. A veces la tensión no necesita piel; le basta con una persona que baja la voz cuando todo alrededor sigue haciendo ruido.

Marc apareció con su sonrisa de administrador de incendios y dejó la muestra de latón en mitad de la mesa, con la fe absurda de que el orden exterior pudiera tapar el desastre. Habló de plazos, relato y confianza inversora. Yo contesté con números. Quim corrigió un dato técnico sin mirarme.

Lo molesto era eso: Quim no solo me atraía cuando estaba cerca.

También me atraía cuando trabajaba bien.

Cuando veía la visita de Patrimonio sin convertirlo en espectáculo.

Cuando me pasaba el plano doblado por una esquina sin rozarme.

Yo estaba preparada para resistirme a un hombre guapo; no a un hombre útil.

Una parte de mí esperaba una salida fácil: beso o pelea.

Casa Batller no concedía esas comodidades.

Seguimos hablando de la sala de muestras, de costes y de permisos, usando palabras normales para tapar una conversación que ya no era normal desde hacía rato.

El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.

La frase se me escapó sin pasar por ningún filtro profesional.

Quim se quedó quieto. Yo también. En otra planta sonó una radial, tarde, fuera de ritmo.

El edificio tuvo la mala educación de seguir funcionando mientras yo calculaba cómo no acercarme.

Lo dejé ahí, junto a la muestra de nogal, donde las cosas todavía tenían nombre.

—Qué útil. Otra frase para no decir lo que de verdad estás pensando. —respondió, y la junta del pavimento quedó entre los dos.

—Eso es tu forma elegante de pedir distancia. —respondió, y la viga vieja quedó entre los dos.

—Estoy trabajando.

—Estás intentando ganar una discusión que todavía no he abierto. —respondió, y la puerta condenada quedó entre los dos.

Quim se movió apenas. No lo bastante para justificar que yo retrocediera, sí lo suficiente para que notara un recibo de taxi dentro de la libreta entre los dos y una zona exacta de mi cuerpo que decidió no comportarse.

Me concentré en la barandilla protegida.

Fracasé de una manera bastante silenciosa.

Volvimos al asunto técnico. Discutimos el cuadro de cargas, contrastamos medidas y dejamos que el edificio nos contradijera en directo. Quim no ganó todas las frases. Yo tampoco. Eso era lo peor: juntos veíamos mejor, y esa clase de evidencia no se podía archivar en una carpeta cómoda.

Me habría gustado ofenderme de forma limpia.

No pude. Quim me miraba sin hacerme pequeña y me escocían los ojos.

Me obligaba a admitir que no todo lo que protegía era proyecto; una parte era miedo viejo y otra, cansancio acumulado.

Respiré mirando la carpeta negra, que era más seguro que mirarle la boca.

—He tratado con juntas imposibles menos orgullosas. —respondió, y el contrato de dirección quedó entre los dos.

—No uses el pavimento para explicar mi infancia. —respondió, y la luz del patio quedó entre los dos.

—No es la pieza. Eso lo sabes tú también. —respondió, y la cata de la biblioteca quedó entre los dos.

—No empecemos —dije, tarde y mal, porque yo ya había empezado antes de abrir la puerta. —respondió, y el falso techo quedó entre los dos.

Recuerdo mejor los objetos que mi propia cara: un presupuesto impreso con una mancha de aceite, la muestra de latón envejecido, una esquina de plano levantada por la humedad.

Nada de aquello era romántico. Precisamente por eso lo creyó mi cuerpo antes que mi cabeza.

La viga vieja volvió a meterse en la conversación sin pedir permiso.

Quim tardó en responder. Tenía esa manía peligrosa de no rellenar los huecos. Yo prefería las respuestas rápidas porque no dejaban sitio para arrepentirse, ni para mirar, ni para notar que notaba el pelo pegado a la nuca por una razón que no se reducía a laboral.

—Si dices que no, paro. No hay negociación ahí.

—No me ayudes a querer decir que sí.

—¿Puedo?

La incidencia tenía un nombre limpio: el ascensor histórico. El resto era más sucio. Yo empezaba a dejar que Quim formara parte de la solución, y eso me molestaba casi más que el problema.

La escena no tuvo nada de cinematográfica.

Había un trozo de cinta de carrocero pegado a mi manga, polvo en el borde de la mesa y notaba el pelo pegado a la nuca.

Quizá por eso quedó. Las cosas importantes rara vez empiezan con música; empiezan con alguien llegando tarde, una luz horrible y una frase que ya no puedes retirar.

***