CAPÍTULO 8 #2
—No psicoanalices una baldosa, por favor. —respondió, y el falso techo quedó entre los dos.
—No quieres discutir porque esto ya venía de antes. —respondió, y la memoria de materiales quedó entre los dos.
—No tengo energía para pelear por una muestra —dije, aunque por dentro ya llevaba diez minutos haciéndolo. —respondió, y el ascensor histórico quedó entre los dos.
Recuerdo mejor los objetos que mi propia cara: una silla coja, una goma de borrar gris, una esquina de plano levantada por la humedad. Nada de aquello era romántico. Precisamente por eso lo creyó mi cuerpo antes que mi cabeza. El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
Quim tardó en responder. Tenía esa manía peligrosa de no rellenar los huecos.
Yo prefería las respuestas rápidas porque no dejaban sitio para arrepentirse, ni para mirar, ni para notar que me sudaba la palma contra la carpeta por una razón que no se reducía a laboral.
La muestra de lino volvió a meterse en la conversación sin pedir permiso.
—Lo tuyo con la elegancia está poco resuelto. —murmuré, con se me pegaba la camisa a la piel.
—Podría. También podría tirarme por el hueco del ascensor y ambas cosas me parecen igual de elegantes. —murmuré, con me fallaba la paciencia.
—Podrías pedir ayuda.
Lo que podía explicar en una reunión era el cuadro de cargas. Lo que no podía explicar era esa manía nueva de preguntarme qué habría visto Quim antes de que yo terminara de mirar.
La escena no tuvo nada de cinematográfica.
Había el metro abierto sobre la mesa, polvo en el borde de la mesa y me sudaba la palma contra la carpeta.
Quizá por eso quedó. Las cosas importantes rara vez empiezan con música; empiezan con alguien llegando tarde, una luz horrible y una frase que ya no puedes retirar.
***
Al salir, no pensé nada digno. Pensé que el cristal protegido con cartón seguía en mi mano, que me dolía el cuello y que Quim caminaba a mi lado sin invadir el pasillo. Eso me fastidió más que una frase bonita. La distancia justa siempre es más peligrosa que el descaro.
Cerré la carpeta y él recogió sus notas.
Abajo golpearon una puerta metálica; arriba alguien arrastró un cubo.
La obra siguió con su ruido vulgar, recordándome que la reunión con Marc no iba a resolverse porque a mí me costara respirar normal a medio metro de Quim.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
Antes de irse, Quim tuvo la decencia irritante de no convertir el momento en nada. Apartó mi uña rota contra el papel, me dejó espacio para pasar y no hizo comentario sobre mi cara. Los gestos pequeños son una forma muy sucia de quedarse en una cabeza ajena.
No le di la razón en voz alta. Tampoco hacía falta regalarle tanto. Pero la cata de la biblioteca quedaba delante de nosotros, tozudo, y algo cedió por dentro. Muy poco. Lo suficiente para que me enfadara conmigo. La cata abierta quedó entre los dos, absurdo y útil.
Quim no discutió. Miró el fluorescente del pasillo un segundo, porque también era necesitar darle trabajo a las manos. Dejó que la frase quedara ahí, sin remate. A veces aceptar una parte de culpa golpea más que ganar otra pelea.
—Lo sé.
—Curioso. Suena igual que la última omisión. —respondió, y la muestra de lino quedó entre los dos.
—No voy a decidir por ti.
Cuando volvimos a quedarnos solos, me picaba la piel debajo del casco. Quim apoyó las manos en la mesa. No me tocó. Ni siquiera se acercó. A veces la tensión no necesita piel; le basta con una persona que baja la voz cuando todo alrededor sigue haciendo ruido. No lo dije. Me guardé esa parte.
Marc apareció con su sonrisa de administrador de incendios y dejó el lápiz mordido en mitad de la mesa, con la fe absurda de que el orden exterior pudiera tapar el desastre. Habló de plazos, relato y confianza inversora. Yo contesté con números. Quim corrigió un dato técnico sin mirarme.
Lo molesto era eso: Quim no solo me atraía cuando estaba cerca.
También me atraía cuando trabajaba bien.
Cuando veía la cata de la biblioteca sin convertirlo en espectáculo.
Cuando me pasaba el metro abierto sobre la mesa sin rozarme.
Yo estaba preparada para resistirme a un hombre guapo; no a un hombre útil.
Una parte de mí esperaba una salida fácil: beso o pelea.
Casa Batller no concedía esas comodidades.
Seguimos hablando de el replanteo de la suite piloto, de costes y de permisos, usando palabras normales para tapar una conversación que ya no era normal desde hacía rato.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
La frase se me escapó sin pasar por ningún filtro profesional.
Quim se quedó quieto. Yo también. En otra planta sonó una radial, tarde, fuera de ritmo.
El edificio tuvo la mala educación de seguir funcionando mientras yo calculaba cómo no acercarme.
Respiré mirando la puerta sin rematar, que era más seguro que mirarle la boca.
—Cuidado, Fusté. Se te está viendo la boca en medio del argumento. —respondió, y la viga vieja quedó entre los dos.
—Eso dices cuando te pillo antes de tiempo. —respondió, y el plano de circulación quedó entre los dos.
—Estoy trabajando.
—Estás haciendo números para no sentir. —respondió, y la entrega de renders quedó entre los dos.
Quim se movió apenas. No lo bastante para justificar que yo retrocediera, sí lo suficiente para que notara el olor a serrín húmedo entre los dos y una zona exacta de mi cuerpo que decidió no comportarse. Me concentré en el cuadro de cargas. Fracasé de una manera bastante silenciosa.
Volvimos al asunto técnico. Comparamos el baño antiguo, contrastamos medidas y dejamos que el edificio nos contradijera en directo. Quim no ganó todas las frases. Yo tampoco. Eso era lo peor: juntos veíamos mejor, y esa clase de evidencia no se podía archivar en una carpeta cómoda.
Me habría gustado ofenderme de forma limpia.
No pude. Quim me miraba sin hacerme pequeña y me ardía una respuesta detrás de los dientes.
Me obligaba a admitir que no todo lo que protegía era proyecto; una parte era miedo viejo y otra, cansancio acumulado.
Miré la cata abierta porque mirarlo a él era peor.
—Algunas paredes maestras negocian mejor. —respondió, y la luz del patio quedó entre los dos.
—La baldosa no tiene la culpa de que me estés mirando así. —respondió, y la cata de la biblioteca quedó entre los dos.
—No te enfada la madera, Sandra.
—No voy a discutir por esto —dije. Naturalmente, era justo lo que estaba haciendo. —respondió, y la memoria de materiales quedó entre los dos.
Recuerdo mejor los objetos que mi propia cara: la carpeta negra de Marc, el cristal protegido con cartón, una esquina de plano levantada por la humedad. Nada de aquello era romántico. Precisamente por eso lo creyó mi cuerpo antes que mi cabeza.
Quim tardó en responder. Tenía esa manía peligrosa de no rellenar los huecos.
Yo prefería las respuestas rápidas porque no dejaban sitio para arrepentirse, ni para mirar, ni para notar que me temblaba la paciencia, no las manos por una razón que no se reducía a laboral. No lo dije. Me guardé esa parte.
—Lo tuyo con la elegancia está poco resuelto. —respondió, y la puerta condenada quedó entre los dos.
—Podría. También podría tirarme por el hueco del ascensor y ambas cosas me parecen igual de elegantes. —respondió, y la muestra de lino quedó entre los dos.
—Podrías pedir ayuda.
En el informe figuraba la carpintería original. En mi cabeza, en cambio, figuraba Quim entrando donde yo no lo había invitado y dejando marcas que no se borraban con una versión nueva del plano.
La escena no tuvo nada de cinematográfica.
Había la linterna de Jordi, polvo en el borde de la mesa y tenía polvo en la comisura de la boca.
Quizá por eso quedó. Las cosas importantes rara vez empiezan con música; empiezan con alguien llegando tarde, una luz horrible y una frase que ya no puedes retirar.
***