No eras parte del plano (Todo lo que construimos nº 1) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

El correo de Clara llegó a las siete y seis de la mañana.

No tenía asunto.

En Clara, aquello ya venía con mala leche.

Lo leí en la cocina de mi piso, de pie, con una tostada quemada en un plato y la cafetera haciendo un ruido que era una queja personal.

Llevaba la camisa por dentro solo por la mitad.

En el espejo pequeño de la entrada me había visto una marca de sábana en la mejilla y había decidido que la autoridad profesional también podía tener textura.

Clara no pedía una reunión. La imponía.

Necesito verte antes de que vayas a obra. Ocho treinta. Estudio.

Ni buenos días. Ni por favor. Ni una amenaza clara.

Prefería saber por dónde venía el golpe.

Llegué al estudio con doce minutos de retraso porque el metro se paró entre dos estaciones y porque una señora con un carrito decidió discutir con la puerta automática. No había heroísmo en llegar tarde. Solo sudor en la nuca y esa sensación de empezar el día debiéndole algo a todo el mundo.

Clara me esperaba en la sala pequeña, no en su despacho.

No ayudaba.

Sobre la mesa había tres carpetas. Una negra, una gris y una azul. Clara tenía un café intacto delante. Cuando Clara no bebía el café, sabía que la reunión ya venía torcida de antes.

—Siéntate.

Me senté. No porque quisiera obedecer. Porque la rodilla izquierda volvió a crujir y no le apetecía convertirlo en un gesto dramático.

—La propiedad ha pedido una propuesta preliminar para dos fincas más —dijo Clara.

No lo adornó.

Miré las carpetas.

—¿Dos?

—Una cerca de Còrsega. Otra en Gràcia.

—No hemos terminado Casa Batller.

—Lo sé.

—No sabemos todavía qué alcance tendrá la pintura.

—Lo sé.

—Entonces esto es absurdo.

Clara abrió la carpeta gris.

—Es dinero.

La palabra salió fea. Sin perfume. Me gustó menos por eso. Porque era verdad.

Dentro había planos antiguos, fotografías de fachadas sucias, notas de catastro y una estimación inicial que alguien había hecho de más deprisa.

Vi una escalera con barandilla de hierro, un patio estrecho, galerías cerradas con aluminio barato.

Vio posibilidades. También vio humedades, permisos, vecinos enfadados y seis meses de vida triturados.

—¿Por qué me enseñas esto a mí?

Clara me miró por encima de las gafas.

—Porque no quiero que te enteres por Marc.

Ahí había algo parecido a cuidado. Mal disimulado. Clara lo practicaba poco y le salía seco.

—¿Y Quim?

Clara no contestó enseguida.

Apoyé la espalda en la silla.

—Claro.

—Quim también está en la conversación.

—Qué casualidad más bien vestida.

—No empieces.

Empecé igual. Por dentro, al menos.

Clara empujó la carpeta negra hacia mí.

—No te estoy diciendo que confíes en él. Te estoy diciendo que no conviertas cada movimiento en una prueba de traición. Hay diferencia.

Abrí la carpeta. Las fotos estaban mal impresas. Una tenía una mancha de tóner en mitad del patio. Me pregunté quién había preparado aquello y por qué seguía teniendo trabajo.

—¿La propiedad quiere que compitamos?

—La propiedad quiere ver quién aguanta la escala.

—Eso es competir con frases de gimnasio.

Clara suspiró. Se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz. Por primera vez en semanas pareció cansada de verdad. No elegante-cansada. Cansada de dormir con el móvil cerca de la almohada.

—Sandra, escucha. Tú sabes sostener un proyecto. Lo haces mejor que casi nadie en el estudio. Pero cuando algo se sale de lo previsto, tu primer impulso es levantar un muro. Y a veces el muro protege. Otras veces te deja sola dentro.

Miré la tostada quemada que aún recordaba en su cocina. Había salido sin comer.

—No necesito una metáfora arquitectónica antes de las nueve.

—Lo digo en serio. No como frase de escaparate.

Eso dolió más.

Clara cerró la carpeta azul. No la abrió. Me dejó ahí, igual que si contuviera algo que todavía no debían mirar.

—Hoy no vas a obra directa. Vas a ir a ver la finca de Còrsega con Marc, Albert y Quim.

—¿Albert?

—Sí.

Hice una mueca.

—Pensaba que los castigos tenían límite legal.

Clara no sonrió.

—No te pelees con Albert por deporte. No te pelees con Marc por orgullo. Y no uses a Quim como termómetro de todo lo que puede salir mal.

—¿Alguna instrucción más? ¿Respiro cada cuatro frases?

—Come algo.

Me quedé callada.

Eso sí fue inesperado.

Clara volvió a ponerse las gafas.

—Tienes mala cara.

—Gracias.

—No lo decía por bonito o feo.

—Pues menos mal.

La reunión terminó sin gran frase. Clara me dio las carpetas y le señaló una mancha en la manga. Bajé al portal con los papeles contra el pecho y una irritación difícil de colocar.

Quim me esperaba fuera, sentado en el bordillo, con dos cafés en el suelo y el pelo húmedo.

No dijo nada al verla.

Aquello fue lo primero raro.

Lo segundo fue que era peor que yo.

—Clara también te ha matado a primera hora —dije.

Quim me pasó un café.

—Más o menos.

—¿Qué significa más o menos?

—Que tenía razón en algunas cosas y eso me ha fastidiado el desayuno.

Acepté el vaso. Estaba tibio.

—Este café está triste.

—Lo he comprado hace veinte minutos. Me he sentado. Se me ha olvidado dártelo.

No sonaba a frase. Sonaba a despiste real. A Quim se me había ido la cabeza mirando una acera mojada y dos vasos de cartón.

Bebí igual.

—Vamos tarde.

—Sí.

—¿Sabes dónde vamos?

—A una finca que probablemente no deberíamos querer.

Miré las carpetas.

—Eso es lo peor.

Quim se levantó. Esta vez no respondió con ingenio. Se limpió la mano en el pantalón y miró hacia la calle.

—No. Lo peor es que creo que ya la queremos.

Al salir, no pensé nada digno. Pensé que la chaqueta de Quim colgada donde no tocaba seguía en mi mano, que me escocían los ojos de mirar planos y que Quim caminaba a mi lado sin invadir el pasillo.

Eso me fastidió más que una frase bonita.

La distancia justa siempre es más peligrosa que el descaro.

Cerré la carpeta y él recogió sus notas. Abajo golpearon una puerta metálica; arriba alguien arrastró un cubo. La obra siguió con su ruido vulgar, recordándome que la lista de proveedores no iba a resolverse porque a mí me costara respirar normal a medio metro de Quim.

Antes de irse, Quim tuvo la decencia irritante de no convertir el momento en nada.

Apartó una bolsa de tornillos sin etiqueta, me dejó espacio para pasar y no hizo comentario sobre mi cara.

Los gestos pequeños son una forma muy sucia de quedarse en una cabeza ajena.

El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.

No le di la razón en voz alta. Tampoco hacía falta regalarle tanto. Pero el contrato de dirección quedaba delante de nosotros, tozudo, y algo cedió por dentro. Muy poco. Lo suficiente para que me enfadara conmigo.

Quim no discutió. Miró la pantalla con manchas un segundo, porque también era necesitar darle trabajo a las manos. Dejó que la frase quedara ahí, sin remate. A veces aceptar una parte de culpa golpea más que ganar otra pelea.

—Lo sé.

—Esa frase ya la usaste antes de callarte media verdad. —respondió, y el presupuesto de iluminación quedó entre los dos.

—No voy a decidir por ti.

Cuando volvimos a quedarnos solos, notaba el pelo pegado a la nuca.

Quim apoyó las manos en la mesa. No me tocó.

Ni siquiera se acercó. A veces la tensión no necesita piel; le basta con una persona que baja la voz cuando todo alrededor sigue haciendo ruido.

La humedad del pasillo volvió a meterse en la conversación sin pedir permiso.

Marc apareció con su sonrisa de administrador de incendios y dejó la cinta roja en mitad de la mesa, con la fe absurda de que el orden exterior pudiera tapar el desastre. Habló de plazos, relato y confianza inversora. Yo contesté con números. Quim corrigió un dato técnico sin mirarme.

Lo molesto era eso: Quim no solo me atraía cuando estaba cerca. También me atraía cuando trabajaba bien. Cuando veía la visita de Patrimonio sin convertirlo en espectáculo. Cuando me pasaba un correo sin asunto sin rozarme. Yo estaba preparada para resistirme a un hombre guapo; no a un hombre útil.

Una parte de mí esperaba una salida fácil: beso o pelea. Casa Batller no concedía esas comodidades. Seguimos hablando de la sala de muestras, de costes y de permisos, usando palabras normales para tapar una conversación que ya no era normal desde hacía rato.

La frase se me escapó sin pasar por ningún filtro profesional.

Quim se quedó quieto. Yo también. En otra planta sonó una radial, tarde, fuera de ritmo.

El edificio tuvo la mala educación de seguir funcionando mientras yo calculaba cómo no acercarme.

Miré el borde del plano porque mirarlo a él era peor.

—Eso lo dices porque si hablamos de planos no tienes que admitir dónde estás mirando. —respondió, y el plano de circulación quedó entre los dos.

—Eso dices cuando estás fabricando una defensa. —respondió, y la puerta condenada quedó entre los dos.

—Estoy trabajando.

—Estás buscando dónde esconder la respuesta. —respondió, y el contrato de dirección quedó entre los dos.

Quim se movió apenas. No lo bastante para justificar que yo retrocediera, sí lo suficiente para que notara un lápiz mordido entre los dos y una zona exacta de mi cuerpo que decidió no comportarse. Me concentré en la barandilla protegida. Fracasé de una manera bastante silenciosa.

Volvimos al asunto técnico. Revisamos la viga escondida bajo el falso techo, contrastamos medidas y dejamos que el edificio nos contradijera en directo.

Quim no ganó todas las frases. Yo tampoco.

Eso era lo peor: juntos veíamos mejor, y esa clase de evidencia no se podía archivar en una carpeta cómoda.

Me habría gustado ofenderme de forma limpia. No pude. Quim me miraba sin hacerme pequeña y me escocían los ojos. Me obligaba a admitir que no todo lo que protegía era proyecto; una parte era miedo viejo y otra, cansancio acumulado.

—Una cata de yeso es más directa que tú. —respondió, y la cata de la biblioteca quedó entre los dos.