CAPÍTULO 7 #2
No la tocó. No dijo nada. Solo se movió un poco hacia la mesa y abrió la carpeta con las fotos, igual que si quisiera darle un lugar concreto donde apoyar la frase siguiente.
Fue un gesto práctico.
Casi invisible.
Lo usé.
—Aquí están las imágenes, las medidas y la ubicación exacta. Si esto se conserva, puede mejorar el valor patrimonial de la propuesta. Si lo tapamos o lo usamos como excusa estética antes de tiempo, nos metemos en un problema técnico y posiblemente legal.
Marc pasó las fotos.
Albert dejó de sonreír tanto.
Bien.
A veces la palabra legal tenía más poder que la palabra patrimonio.
La visita terminó sin decisión definitiva, que en una obra era una victoria bastante modesta, pero victoria. Marc aceptó esperar informe preliminar. Albert propuso una reunión de comunicación. Fingí no oírlo. Quim recogió las muestras en silencio.
Cuando todos se fueron, Jordi encendió una luz provisional. La bombilla parpadeó tres veces y luego quedó fija.
—Voy a cerrar el paño —dijo—. Que nadie meta mano hasta mañana.
Asentí.
Quim se quedó a su lado, mirando la pintura.
—Has estado bien —dijo.
No lo miré.
—No me evalúes.
—No era eso.
—Todo el mundo evalúa algo últimamente.
Quim aceptó el golpe sin defenderse.
—Tienes razón.
Ese era el problema con él cuando dejaba de provocar: se volvía más difícil colocarlo en el sitio del enemigo.
Me quité el casco. Tenía el pelo pegado a la frente y un dolor detrás de los ojos que iba a necesitar ibuprofeno, silencio y posiblemente una vida distinta.
—No me vuelvas a dejar fuera de una conversación con Marc.
—No lo haré.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
La respuesta fue sencilla.
No supe qué hacer conmigo.
Así que hizo lo único que sabía hacer cuando algo se movía debajo de sus pies: abrió la carpeta, sacó el plano y empezó a trabajar.
Quim se sentó en el suelo, al otro lado del hueco, sin pedir permiso.
Esta vez no lo eché. Durante los siguientes veinte minutos me convencí de que no significaba nada.
Al salir, no pensé nada digno. Pensé que un post-it que nadie reconocía seguía en mi mano, que tenía polvo en la comisura de la boca y que Quim caminaba a mi lado sin invadir el pasillo. Eso me fastidió más que una frase bonita. La distancia justa siempre es más peligrosa que el descaro.
Cerré la carpeta y él recogió sus notas.
Abajo golpearon una puerta metálica; arriba alguien arrastró un cubo.
La obra siguió con su ruido vulgar, recordándome que el falso techo no iba a resolverse porque a mí me costara respirar normal a medio metro de Quim.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
Antes de irse, Quim tuvo la decencia irritante de no convertir el momento en nada. Apartó un recibo de taxi dentro de la libreta, me dejó espacio para pasar y no hizo comentario sobre mi cara. Los gestos pequeños son una forma muy sucia de quedarse en una cabeza ajena.
No le di la razón en voz alta. Tampoco hacía falta regalarle tanto. Pero la junta del pavimento quedaba delante de nosotros, tozudo, y algo cedió por dentro. Muy poco. Lo suficiente para que me enfadara conmigo.
Quim no discutió. Miró la llave del cuarto técnico un segundo, porque también era necesitar darle trabajo a las manos. Dejó que la frase quedara ahí, sin remate. A veces aceptar una parte de culpa golpea más que ganar otra pelea. El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
—Lo sé.
—También dijiste eso cuando elegiste no contarme lo otro. —respondió, y la entrega de renders quedó entre los dos.
—No voy a decidir por ti.
Cuando volvimos a quedarnos solos, llevaba el sujetador marcándome la espalda desde las ocho.
Quim apoyó las manos en la mesa. No me tocó.
Ni siquiera se acercó. A veces la tensión no necesita piel; le basta con una persona que baja la voz cuando todo alrededor sigue haciendo ruido.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
Marc apareció con su sonrisa de administrador de incendios y dejó la junta del pavimento en mitad de la mesa, con la fe absurda de que el orden exterior pudiera tapar el desastre.
Habló de plazos, relato y confianza inversora.
Yo contesté con números. Quim corrigió un dato técnico sin mirarme.
Me agarré a el polvo en la mesa para no contestar de más.
Lo molesto era eso: Quim no solo me atraía cuando estaba cerca.
También me atraía cuando trabajaba bien.
Cuando veía la viga escondida bajo el falso techo sin convertirlo en espectáculo.
Cuando me pasaba una baldosa suelta sin rozarme.
Yo estaba preparada para resistirme a un hombre guapo; no a un hombre útil.
Una parte de mí esperaba una salida fácil: beso o pelea.
Casa Batller no concedía esas comodidades.
Seguimos hablando de el cambio de circulación, de costes y de permisos, usando palabras normales para tapar una conversación que ya no era normal desde hacía rato.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
La frase se me escapó sin pasar por ningún filtro profesional.
Quim se quedó quieto. Yo también. En otra planta sonó una radial, tarde, fuera de ritmo.
El edificio tuvo la mala educación de seguir funcionando mientras yo calculaba cómo no acercarme.
La caja de tiradores quedó entre los dos, absurdo y útil.
—Y tú subes la voz cuando quieres que no se note que me estás mirando la boca. —respondió, y la memoria de materiales quedó entre los dos.
—Eso dices cuando necesitas treinta segundos más. —respondió, y el ascensor histórico quedó entre los dos.
—Estoy trabajando.
—Estás calculando una salida —dijo.
Quim se movió apenas. No lo bastante para justificar que yo retrocediera, sí lo suficiente para que notara la cinta roja de Patrimonio entre los dos y una zona exacta de mi cuerpo que decidió no comportarse. Me concentré en el baño antiguo. Fracasé de una manera bastante silenciosa.
Volvimos al asunto técnico. Repasamos el cuadro de cargas, contrastamos medidas y dejamos que el edificio nos contradijera en directo. Quim no ganó todas las frases. Yo tampoco. Eso era lo peor: juntos veíamos mejor, y esa clase de evidencia no se podía archivar en una carpeta cómoda.
Me habría gustado ofenderme de forma limpia. No pude. Quim me miraba sin hacerme pequeña y me dolía una uña rota. Me obligaba a admitir que no todo lo que protegía era proyecto; una parte era miedo viejo y otra, cansancio acumulado.
—Hay pavimentos históricos con menos capas que tú. —respondió, y la humedad del pasillo quedó entre los dos.
—No conviertas cada decisión técnica en un informe sobre mi carácter. —respondió, y la junta del pavimento quedó entre los dos.
—No quieres pelear porque sabes que la muestra es la excusa. —respondió, y la viga vieja quedó entre los dos.
—No quiero convertir esto en otra guerra —dije, y la mentira casi se oyó caer. —respondió, y el plano de circulación quedó entre los dos.
Recuerdo mejor los objetos que mi propia cara: una bolsa de tornillos sin etiqueta, una silla coja, una esquina de plano levantada por la humedad. Nada de aquello era romántico. Precisamente por eso lo creyó mi cuerpo antes que mi cabeza.
Quim tardó en responder. Tenía esa manía peligrosa de no rellenar los huecos.
Yo prefería las respuestas rápidas porque no dejaban sitio para arrepentirse, ni para mirar, ni para notar que me escocían los ojos de mirar planos por una razón que no se reducía a laboral.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
—No es una herramienta. Es un aviso. —murmuré, con me pesaba el cuello.
—No conviertas mi nombre en un plano de evacuación.
—Sandra.
Sobre el papel, el problema era el ascensor histórico. Lo demás no cabía en ningún acta: Quim empezaba a contaminar mis decisiones incluso cuando yo seguía escribiéndolo mentalmente en la columna de obstáculos.
La escena no tuvo nada de cinematográfica.
Había un trozo de cinta de carrocero pegado a mi manga, polvo en el borde de la mesa y me picaba la piel debajo del casco.
Quizá por eso quedó. Las cosas importantes rara vez empiezan con música; empiezan con alguien llegando tarde, una luz horrible y una frase que ya no puedes retirar.
***