CAPÍTULO 7
La aprobación condicionada duró exactamente treinta y seis horas.
Me pareció incluso generosa.
El lunes, a las ocho y veintidós, Jordi me llamó desde la planta noble con una frase que ninguna arquitecta quería escuchar antes de haber terminado el primer café.
—Tienes que ver esto.
No dijo “hay una incidencia”.
No dijo “igual es una tontería”.
No dijo ninguna de esas mentiras útiles que la gente de obra utiliza para ganar tiempo mientras el problema termina de decidir si será caro o muy caro.
Dijo tienes que ver esto.
Dejé el vaso sobre una repisa, me limpié los dedos en el pantalón y subí dos plantas con el casco mal colocado.
Había dormido poco, otra vez. Tenía la boca seca, una marca de la almohada en la mejilla que había descubierto en el espejo del ascensor de mi edificio y una sensación pegajosa de domingo mal aprovechado.
Había comido con mi madre.
Eso explicaba bastante.
Mi madre me había servido canelones, me había preguntado si estaba delgada, si dormía, si seguía sola y si de verdad hacía falta trabajar tantos sábados.
Había contestado sí, no, depende y no empieces, en ese orden.
Nil se había reído con la boca llena y luego me había robado el último trozo de pan porque en mi familia el cariño siempre había tenido algo de saqueo.
Después, al volver a casa, había abierto el portátil.
Solo para revisar una cosa.
Cinco horas después seguía allí, con la televisión encendida sin sonido y una hoja de cálculo ocupándole media vida.
Por eso, cuando llegó al comedor y vio a Jordi de pie frente a la moldura descubierta, supo que no iba a gustarle lo que venía.
—Dime que no se ha roto nada.
Jordi se rascó la nuca. Tenía polvo en una ceja y cara de hombre al que le gustaría estar arreglando una terraza vulgar en vez de una finca con memoria, clientes y demasiadas opiniones.
—No exactamente.
—Eso es peor que sí.
Quim estaba allí.
Claro que estaba allí.
Agachado junto al hueco, con una linterna pequeña entre los dientes y una carpeta abierta sobre las rodillas. Llevaba una camiseta negra bajo la chaqueta de trabajo y el pelo aplastado por un lado, igual que si se hubiera peinado con la mano y mala fe.
No levantó la cabeza.
—Hay otra capa detrás.
Me acerqué.
—¿Otra moldura?
Quim se quitó la linterna de la boca.
—No. Pintura.
Eso sí me hizo callar.
Jordi iluminó el interior del hueco. Detrás del estuco era un fragmento mínimo, apenas una curva azulada, una línea vegetal, restos de algo que no pertenecía a ninguna de las reformas documentadas. A primera vista no impresionaba. Precisamente por eso prometía problemas.
Lo prometedor siempre costaba dinero.
Me agaché y noté el tirón en la rodilla izquierda. No dijo nada. A los treinta y cuatro una empezaba a tener un cuerpo que opinaba sobre las decisiones laborales.
—¿Quién ha tocado esto?
—Nadie —dijo Jordi—. Salió al limpiar el borde. Muy poco.
Quim me pasó la linterna sin rozarla.
Miré dentro.
La pintura estaba sucia, casi comida por el tiempo, pero había intención. Color. Mano. Una delicadeza absurda escondida detrás de décadas de soluciones baratas.
Durante unos segundos, olvidé a Marc, a Clara, la segunda fase y la frase todo por escrito.
Solo pensó en el edificio.
En alguien pintando aquello en 1906 sin saber que un día tres personas cansadas, con botas de seguridad y café malo, iban a mirarlo igual que si acabara de respirar.
—Hay que parar el trabajo en este paño —dijo.
Jordi asintió, aliviado de que alguien dijera lo evidente.
Quim no dijo nada.
Eso empezó a preocuparle.
—¿Qué?
Él tardó en contestar.
—Si paramos, Marc va a pedir una alternativa para no tocarlo.
—Pues se le da.
—Y si la alternativa es taparlo otra vez.
Aparté la linterna.
—No vamos a taparlo.
—Lo sé.
—Entonces no empieces una pelea que ya he ganado.
Quim se incorporó despacio. Tenía una mancha gris en la mandíbula y un corte nuevo, muy fino, en el nudillo. No sabía trabajar sin hacerse daño. Ese detalle me irritó más de lo razonable.
—No estoy peleando contigo.
La frase no sonó como antes.
No había juego.
No había elástico.
Había cansancio.
Miré a Jordi.
—Documenta todo. Fotos, vídeo, medidas. Que nadie siga picando ahí hasta que hable con Patrimonio.
—Ya.
—Y que nadie avise a Marc antes que yo.
Jordi miró a Quim.
Quim miró el suelo.
Sentí que algo pequeño se desplazaba dentro de la mañana.
—¿Qué habéis hecho?
—Yo no he llamado a Marc —dijo Jordi.
Quim guardó la linterna en el bolsillo.
—Le escribí anoche.
Lo miré.
Una gota cayó en algún sitio del patio. Ploc. Luego otra.
—¿Por qué?
—Porque ya había señales de pintura y necesitábamos decidir si hoy abríamos más cata o esperábamos.
—¿Y se lo preguntaste a Marc?
—Le informé.
Solté una risa seca. Fea. De las que no ayudan a nadie.
—Después de decir que todo por escrito.
—Precisamente.
—Todo por escrito conmigo.
Jordi dio un paso atrás con la cámara en la mano.
—Voy a... Hacer fotos desde allí.
Nadie intentó retenerlo.
Esperé a que saliera del comedor.
—No puedes saltarme en decisiones técnicas.
—Aquello no se podía esconder detrás de una decisión técnica.
—Todo lo que afecta a una cata es técnico.
—Era un aviso al cliente.
—No. Era marcar territorio.
Quim se quedó quieto.
Ahí sí.
Había dado.
No en un lugar noble, seguramente. Pero había dado.
—No necesito marcar territorio —dijo.
—Claro que sí. Todos lo hacemos. La diferencia es que tú finges que lo tuyo es visión.
Quim apretó la mandíbula. No contestó enseguida. Agradecí, con una parte pequeña y estúpida de mí, que no soltara una frase brillante.
—Ayer Marc me pidió una valoración previa —dijo él—. No quería que esta mañana llegáramos sin criterio.
—¿Te la pidió a ti?
—Sí.
La palabra cayó sencilla.
Sin defensa.
Por eso dolió más.
Sentí el impulso infantil de decir algo hiriente. Algo sobre revistas, ego, camisas blancas o clientes que preferían escuchar a hombres con barba antes que a mujeres con los planos en la mano. Tenía material de sobra. Muchísimo.
No lo usó.
No porque fuera mejor persona.
Porque estaba de más cansada para desperdiciar munición en el objetivo equivocado.
—A partir de ahora —dijo—, si Marc te pide una valoración de algo que afecta a mi dirección técnica, me copias.
—De acuerdo.
—No me digas de acuerdo igual que si me hicieras un favor.
—No lo hago.
—Pues mejora la cara.
Quim se pasó la mano por el pelo. Le dejó más polvo.
—No sé qué cara quieres que ponga.
La respuesta salió torpe.
Casi ridícula.
Y por eso me enfadó menos.
Bajé la mirada al hueco de la pared.
—Una que no parezca que ya estás a tres movimientos de ventaja.
—No lo estoy.
—No te creo.
—Ya.
El ya fue bajo. No resignado. Algo peor. Como si no le sorprendiera.
Quise preguntarle cuánta gente no le creía habitualmente y por qué estaba tan acostumbrado. No lo hice. Otra vez.
El móvil de Quim vibró sobre la caja de herramientas.
Marc.
El nombre apareció en la pantalla boca arriba, luminoso, inoportuno.
Lo vi.
Quim también.
Ninguno se movió.
—Contesta —dije.
—No.
—Qué maduro.
—Si contesto ahora, vamos a discutir peor.
Eso era verdad.
También era la primera decisión sensata que le veía tomar desde que había aparecido en mi obra.
El teléfono dejó de vibrar.
Volví a vibrar tres segundos después.
Me froté la frente.
—Ponlo en altavoz.
Quim me miró.
—¿Seguro?
—No. Pero ponlo.
Quim aceptó la llamada.
La voz de Marc salió clara, educada, cara.
—Quim, necesito saber si esto nos cambia el discurso del viernes.
Cerré los ojos.
El discurso.
No el muro.
No la pintura.
No el edificio.
El discurso.
Quim me miró antes de responder. Por lo menos eso.
—Estoy conmigo. Lo está valorando ella.
Hubo un silencio al otro lado.
Pequeño.
Suficiente.
—Perfecto —dijo Marc—. Sandra, entonces te escucho.
Me entraron ganas de contestar que qué detalle tan moderno, escuchar a la arquitecta responsable de la obra. En cambio, respiró y habló con la cara de quien no quisiera morder el teléfono.
—Hay indicios de pintura original detrás del estuco. Paramos intervención en ese paño, documentamos y consultamos con Patrimonio. Hasta entonces no se toma ninguna decisión de integración, ocultación ni comunicación externa.
—Necesitamos agilidad.
—Necesitamos no hacer una barbaridad con testigos.
Quim bajó la cabeza.
No llegó a sonreír.
Pero casi.
Marc no.
—Esta tarde paso por la obra.
—Estaremos aquí.
Colgué antes de preguntar si el plural le era bien.
Durante un momento no hablaron.
La pintura seguía allí, mínima, escondida, ajena al pulso absurdo de los vivos.
Quim guardó el móvil.
—Gracias.
—No te he defendido.
—No he dicho eso.
Miré el hueco.
—He defendido el procedimiento.
—Ya.
—Y la pintura.
—También.
—Y un poco el sentido común, aunque no me gusta presumir.
Esta vez Quim sí sonrió. Muy poco. Casi con la boca cerrada.
Me aparté antes de que aquello pudiera convertirse en otra cosa. No una escena bonita. No una tensión evidente. Solo otra cosa. Algo que le quitaba precisión a la rabia.
Por la tarde, Marc llegó con Albert Miró y una tablet que no necesitaba.
Albert llevaba zapatos blancos.
En una obra.
Decidí que no podía confiar en nadie que eligiera zapatos blancos para mirar una cata abierta.
—Esto es una oportunidad magnífica de relato —dijo Albert, inclinándose hacia el hueco sin acercarse de más.
Jordi, al fondo, murmuró algo en catalán que preferí no traducir.
Marc observó la pintura. No la miró como Quim. Ni como Sandra. La miró como se mira un activo que todavía no ha elegido categoría.
—¿Cuánto nos retrasa?
—No lo sabemos —respondí.
—Necesito un rango.
—Una semana si Patrimonio autoriza integración sencilla. Tres o cuatro si exige estudio específico. Más si aparece continuidad detrás del paño.
Albert levantó un dedo.
—Quizá podemos trabajar con una narrativa de descubrimiento progresivo.
—Quizá podemos no tocar nada hasta saber qué es —dije.
Marc me miró.
Clara no estaba allí para advertirle con la mano.
Quim sí.