CAPÍTULO 6 #3
Quim se movió apenas. No lo bastante para justificar que yo retrocediera, sí lo suficiente para que notara la carpeta negra de Marc entre los dos y una zona exacta de mi cuerpo que decidió no comportarse. Me concentré en la cornisa rota. Fracasé de una manera bastante silenciosa.
Volvimos al asunto técnico. Calculamos la humedad del pasillo norte, contrastamos medidas y dejamos que el edificio nos contradijera en directo.
Quim no ganó todas las frases. Yo tampoco.
Eso era lo peor: juntos veíamos mejor, y esa clase de evidencia no se podía archivar en una carpeta cómoda.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
Me habría gustado ofenderme de forma limpia.
No pude. Quim me miraba sin hacerme pequeña y me ardía una respuesta detrás de los dientes.
Me obligaba a admitir que no todo lo que protegía era proyecto; una parte era miedo viejo y otra, cansancio acumulado.
El día siguió alrededor de la junta del pavimento, sin ninguna consideración por mí.
—He tratado con juntas imposibles menos orgullosas. —murmuré, con me pesaba el cuello.
—No uses el pavimento para explicar mi infancia. —murmuré, con me escocían los ojos.
—No es la pieza. Eso lo sabes tú también. —murmuré, con me dolía una uña rota.
—No empecemos —dije, tarde y mal, porque yo ya había empezado antes de abrir la puerta. —murmuré, con se me pegaba la camisa a la piel.
Recuerdo mejor los objetos que mi propia cara: un post-it que nadie reconocía, la cinta roja de Patrimonio, una esquina de plano levantada por la humedad. Nada de aquello era romántico. Precisamente por eso lo creyó mi cuerpo antes que mi cabeza.
Quim tardó en responder. Tenía esa manía peligrosa de no rellenar los huecos.
Yo prefería las respuestas rápidas porque no dejaban sitio para arrepentirse, ni para mirar, ni para notar que me temblaba la paciencia, no las manos por una razón que no se reducía a laboral.
El contrato de dirección volvió a meterse en la conversación sin pedir permiso.
—La de hombre que va a decir algo que cree útil y acaba siendo carísimo. —respondió, y el correo de Patrimonio quedó entre los dos.
—¿Cuál?
—Tienes esa cara.
La excusa técnica era la galería interior. La verdad era menos presentable: cada decisión compartida abría una grieta pequeña en mi costumbre de hacerlo todo sola.
La escena no tuvo nada de cinematográfica.
Había el plano doblado por una esquina, polvo en el borde de la mesa y me temblaba la paciencia, no las manos.
Quizá por eso quedó. Las cosas importantes rara vez empiezan con música; empiezan con alguien llegando tarde, una luz horrible y una frase que ya no puedes retirar.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
***
Me miró. No sonrió del todo. Y por primera vez desde que llegó a la obra, lo que sentí no fue solo ganas de echarlo. Fue curiosidad. Una curiosidad peligrosa, de las que luego se disfrazan de trabajo para poder quedarse más tiempo.
—Eso lo sabe desde los nueve años.
—Tu hermana es más lista que tú.
Cuando se fue, Quim y yo nos quedamos mirando el hueco por donde había desaparecido.
Él tenía una expresión rara, un poco más blanda, casi avergonzada.
Yo podría haber dicho algo amable. Preguntarle si siempre lo cuidaban así.
Hacer una pregunta normal, de persona que no convierte cada gesto en una amenaza.
—No es confianza. Es experiencia.
—Gracias por la confianza.
—No la líes.
Quim volvió con la carpeta. Júlia le dio un golpecito en el pecho con el dorso de la mano.
Me cayó bien. Eso también me molestó.
—No. A veces lo insulto gratis. Es saludable.
—¿Siempre lo defiendes así?
No me gustó que dijera justo lo que yo estaba empezando a sospechar. La gente frívola es fácil. Les pones un límite, les enseñas una partida de presupuesto y se marchan a buscar una lámpara más brillante. Quim no. Quim se quedaba donde dolía el edificio. Y, últimamente, también donde me dolía a mí.
—No. Solo menos frívolo.
—Eso no lo hace menos invasivo.
—Pero si toca algo, suele ser porque lo ha mirado veinte veces antes.
—Eso ya lo he detectado sin asesoría externa.
—Mi hermano puede ser insoportable —dijo.
Júlia se quedó conmigo junto a la barandilla protegida. Abajo, en el patio, un operario arrastraba un saco con un ruido feo. La luz de la mañana atravesaba las vidrieras y caía sobre el cartón del suelo sin pedir permiso a nadie.
—Lo sé, por eso hablo claro.
—Estoy aquí.
Quim levantó la vista.
—Casi nunca.
—¿Y lo está?
—No te fíes de esa cara —me dijo Júlia mientras Quim revisaba unos papeles con Jordi—. La pone cuando quiere parecer más seguro de lo que está.
Había algo doméstico en verlos juntos. No bonito.
Doméstico. Júlia le quitó a Quim una mota de yeso del hombro con un gesto rápido, de hermana cansada de repetirlo desde pequeños.
Él puso cara de soportarlo por contrato sanguíneo.
Esa tontería me hizo más daño del previsto.
Yo estaba acostumbrada a Quim dentro de Casa Batller: brillante, irritante, peligroso para mis plazos.
No estaba preparada para verlo como alguien que había tenido fiebre, malas notas, una madre llamándole pesado y una hermana capaz de desmontarlo con dos palabras.
—Cobro suplemento —añadió Júlia.
—Necesito defensa jurídica para hablar contigo antes de las diez.
—No sabía que necesitabas defensa jurídica para mirar muestras —dije.
Quim apareció detrás de ella con dos cafés. Le dio uno sin preguntarle cómo lo tomaba. A mí no me trajo. Me pareció bien. Me pareció fatal. Las dos cosas ocuparon un sitio absurdo en mi cabeza.
—Entonces sí, es él.
Júlia sonrió. No era una sonrisa dulce. Era una sonrisa de abogada que ya había cobrado a gente más peligrosa que yo.
—Tu hermano no firma. Invade.
—Soy Júlia —dijo—. Vengo a asegurarme de que mi hermano no ha firmado nada que luego me haga perder una mañana.
La primera vez que vi a Júlia Fusté pensé que Quim había salido mal repartido en su familia: a ella le habían dado toda la capacidad de parecer normal.
Llegó a Casa Batller un viernes con una gabardina beige, unas zapatillas blancas imposibles de mantener limpias en una obra y una carpeta legal debajo del brazo.
Jordi la miró los zapatos como quien presencia una tragedia anunciada.
***