CAPÍTULO 6 #2
Al salir, no pensé nada digno. Pensé que un presupuesto impreso con una mancha de aceite seguía en mi mano, que me escocían los ojos de mirar planos y que Quim caminaba a mi lado sin invadir el pasillo.
Eso me fastidió más que una frase bonita.
La distancia justa siempre es más peligrosa que el descaro.
Cerré la carpeta y él recogió sus notas.
Abajo golpearon una puerta metálica; arriba alguien arrastró un cubo.
La obra siguió con su ruido vulgar, recordándome que la viga escondida bajo el falso techo no iba a resolverse porque a mí me costara respirar normal a medio metro de Quim.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
Antes de irse, Quim tuvo la decencia irritante de no convertir el momento en nada.
Apartó la muestra de latón envejecido, me dejó espacio para pasar y no hizo comentario sobre mi cara.
Los gestos pequeños son una forma muy sucia de quedarse en una cabeza ajena.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
No le di la razón en voz alta. Tampoco hacía falta regalarle tanto. Pero la puerta condenada quedaba delante de nosotros, tozudo, y algo cedió por dentro. Muy poco. Lo suficiente para que me enfadara conmigo.
Quim no discutió. Miró el lápiz mordido un segundo, porque también era necesitar darle trabajo a las manos. Dejó que la frase quedara ahí, sin remate. A veces aceptar una parte de culpa golpea más que ganar otra pelea.
—Lo sé.
—Curioso. Suena igual que la última omisión. —murmuré, con me fallaba la paciencia.
—No voy a decidir por ti.
Cuando volvimos a quedarnos solos, notaba el pelo pegado a la nuca.
Quim apoyó las manos en la mesa. No me tocó.
Ni siquiera se acercó. A veces la tensión no necesita piel; le basta con una persona que baja la voz cuando todo alrededor sigue haciendo ruido.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
Marc apareció con su sonrisa de administrador de incendios y dejó el vaso de café frío en mitad de la mesa, con la fe absurda de que el orden exterior pudiera tapar el desastre. Habló de plazos, relato y confianza inversora. Yo contesté con números. Quim corrigió un dato técnico sin mirarme.
Lo molesto era eso: Quim no solo me atraía cuando estaba cerca.
También me atraía cuando trabajaba bien.
Cuando veía el falso techo sin convertirlo en espectáculo.
Cuando me pasaba el móvil con la batería al doce por ciento sin rozarme.
Yo estaba preparada para resistirme a un hombre guapo; no a un hombre útil.
Una parte de mí esperaba una salida fácil: beso o pelea.
Casa Batller no concedía esas comodidades.
Seguimos hablando de el cuadro de cargas, de costes y de permisos, usando palabras normales para tapar una conversación que ya no era normal desde hacía rato.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
La frase se me escapó sin pasar por ningún filtro profesional.
Quim se quedó quieto. Yo también. En otra planta sonó una radial, tarde, fuera de ritmo.
El edificio tuvo la mala educación de seguir funcionando mientras yo calculaba cómo no acercarme.
Nadie dijo nada de la junta del pavimento; yo lo agradecí.
—Cuidado, Fusté. Se te está viendo la boca en medio del argumento. —murmuré, con me fallaba la paciencia.
—Eso dices cuando te pillo antes de tiempo. —murmuré, con me ardía una respuesta detrás de los dientes.
—Estoy trabajando.
—Estás haciendo números para no sentir. —murmuré, con noté el polvo bajo la lengua.
Quim se movió apenas. No lo bastante para justificar que yo retrocediera, sí lo suficiente para que notara una silla coja entre los dos y una zona exacta de mi cuerpo que decidió no comportarse. Me concentré en la humedad del pasillo norte. Fracasé de una manera bastante silenciosa.
Volvimos al asunto técnico. Discutimos la sala de muestras, contrastamos medidas y dejamos que el edificio nos contradijera en directo. Quim no ganó todas las frases. Yo tampoco. Eso era lo peor: juntos veíamos mejor, y esa clase de evidencia no se podía archivar en una carpeta cómoda.
Me habría gustado ofenderme de forma limpia.
No pude. Quim me miraba sin hacerme pequeña y se me pegaba la camisa a la piel.
Me obligaba a admitir que no todo lo que protegía era proyecto; una parte era miedo viejo y otra, cansancio acumulado.
Lo dejé ahí, junto a la llave del cuarto técnico, donde las cosas todavía tenían nombre.
—Algunas paredes maestras negocian mejor. —murmuré, con me fallaba la paciencia.
—La baldosa no tiene la culpa de que me estés mirando así. —murmuré, con me ardía una respuesta detrás de los dientes.
—No te enfada la madera, Sandra.
—No voy a discutir por esto —dije. Naturalmente, era justo lo que estaba haciendo. —murmuré, con noté el polvo bajo la lengua.
Recuerdo mejor los objetos que mi propia cara: la chaqueta de Quim colgada donde no tocaba, un trozo de cinta de carrocero pegado a mi manga, una esquina de plano levantada por la humedad.
Nada de aquello era romántico. Precisamente por eso lo creyó mi cuerpo antes que mi cabeza.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
Quim tardó en responder. Tenía esa manía peligrosa de no rellenar los huecos.
Yo prefería las respuestas rápidas porque no dejaban sitio para arrepentirse, ni para mirar, ni para notar que me sudaba la palma contra la carpeta por una razón que no se reducía a laboral.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
—La de hombre que va a decir algo que cree útil y acaba siendo carísimo. —murmuré, con se me pegaba la camisa a la piel.
—¿Cuál?
—Tienes esa cara.
El asunto oficial era la humedad del pasillo norte. El privado, no. El privado tenía que ver con Quim, con mi orgullo y con esa zona peligrosa donde trabajar bien juntos empezaba a parecer otra clase de intimidad.
La escena no tuvo nada de cinematográfica.
Había la chaqueta de Quim colgada donde no tocaba, polvo en el borde de la mesa y llevaba el sujetador marcándome la espalda desde las ocho.
Quizá por eso quedó. Las cosas importantes rara vez empiezan con música; empiezan con alguien llegando tarde, una luz horrible y una frase que ya no puedes retirar.
***
Al salir, no pensé nada digno. Pensé que un recibo de taxi dentro de la libreta seguía en mi mano, que tenía hambre de comida y de otra cosa que no quería nombrar y que Quim caminaba a mi lado sin invadir el pasillo.
Eso me fastidió más que una frase bonita.
La distancia justa siempre es más peligrosa que el descaro.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
Cerré la carpeta y él recogió sus notas. Abajo golpearon una puerta metálica; arriba alguien arrastró un cubo. La obra siguió con su ruido vulgar, recordándome que la barandilla protegida no iba a resolverse porque a mí me costara respirar normal a medio metro de Quim.
Antes de irse, Quim tuvo la decencia irritante de no convertir el momento en nada. Apartó la funda del casco llena de yeso, me dejó espacio para pasar y no hizo comentario sobre mi cara. Los gestos pequeños son una forma muy sucia de quedarse en una cabeza ajena.
No le di la razón en voz alta. Tampoco hacía falta regalarle tanto. Pero el plano de circulación quedaba delante de nosotros, tozudo, y algo cedió por dentro. Muy poco. Lo suficiente para que me enfadara conmigo.
Quim no discutió. Miró la llave del cuarto técnico un segundo, porque también era necesitar darle trabajo a las manos. Dejó que la frase quedara ahí, sin remate. A veces aceptar una parte de culpa golpea más que ganar otra pelea.
—Lo sé.
—Eso no me tranquiliza tanto como crees. —murmuré, con me pesaba el cuello.
—No voy a decidir por ti.
Cuando volvimos a quedarnos solos, me picaba la piel debajo del casco.
Quim apoyó las manos en la mesa. No me tocó.
Ni siquiera se acercó. A veces la tensión no necesita piel; le basta con una persona que baja la voz cuando todo alrededor sigue haciendo ruido.
El falso techo volvió a meterse en la conversación sin pedir permiso.
Marc apareció con su sonrisa de administrador de incendios y dejó la escalera de servicio en mitad de la mesa, con la fe absurda de que el orden exterior pudiera tapar el desastre. Habló de plazos, relato y confianza inversora. Yo contesté con números. Quim corrigió un dato técnico sin mirarme.
Lo molesto era eso: Quim no solo me atraía cuando estaba cerca.
También me atraía cuando trabajaba bien.
Cuando veía el presupuesto de iluminación sin convertirlo en espectáculo.
Cuando me pasaba una goma de borrar gris sin rozarme.
Yo estaba preparada para resistirme a un hombre guapo; no a un hombre útil.
Una parte de mí esperaba una salida fácil: beso o pelea. Casa Batller no concedía esas comodidades. Seguimos hablando de la escalera de servicio, de costes y de permisos, usando palabras normales para tapar una conversación que ya no era normal desde hacía rato.
La frase se me escapó sin pasar por ningún filtro profesional.
Quim se quedó quieto. Yo también. En otra planta sonó una radial, tarde, fuera de ritmo.
El edificio tuvo la mala educación de seguir funcionando mientras yo calculaba cómo no acercarme.
El zumbido del fluorescente quedó entre los dos, absurdo y útil.
—Qué útil. Otra frase para no decir lo que de verdad estás pensando. —murmuré, con me pesaba el cuello.
—Eso es tu forma elegante de pedir distancia. —murmuré, con me escocían los ojos.
—Estoy trabajando.
—Estás intentando ganar una discusión que todavía no he abierto. —murmuré, con se me pegaba la camisa a la piel.