No eras parte del plano (Todo lo que construimos nº 1) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

El viernes llegó con una gotera nueva, dos muestras de madera equivocadas y una llamada de Marc Batller a las ocho menos diez.

Estaba en la planta baja, de pie junto a un palé de baldosas, intentando convencer a un proveedor de que “similar” no significaba “del mismo color si una cerraba mucho los ojos”.

—Necesito ver la propuesta antes de la reunión —dijo Marc por teléfono.

—La verá en la reunión.

—Prefiero evitar sorpresas.

Miré una baldosa beige que no era beige, sino un beige apagado y triste.

—Entonces no rehabilite edificios antiguos.

Hubo un silencio.

No de los buenos.

—Sandra.

Marc decía su nombre como quien cerraba una carpeta.

—La propuesta está trabajada —añadí—. Incluye la moldura, mantiene los límites técnicos y mejora el recorrido. Pero no voy a mandarla por partes para que se convierta en una cadena de opiniones antes de tiempo.

Al otro lado, Marc respiró por la nariz.

—Espero que estés segura.

No lo estaba.

—Lo estoy.

Colgué antes de que mi voz pudiera delatar nada.

Quim apareció cinco minutos después con una bolsa de cruasanes aplastados, el pelo mojado por la lluvia y una expresión que decía claramente que había perdido algo.

—¿Qué has perdido?

Él se detuvo.

—Buenos días a ti también.

—Quim.

—El pendrive.

Cerré los ojos.

—Dime que no es el pendrive con la presentación.

—No es el pendrive con la presentación.

Abrí los ojos.

—¿Es mentira?

—Sí.

Durante tres segundos, no hablé. No porque no tuviera nada que decir, sino porque había demasiadas posibilidades y ninguna pasaba el filtro penal.

—Lo tenía en el bolsillo interior de la chaqueta —explicó él—. Luego compré café. Luego llovía. Luego discutí con un taxista.

—Qué viaje tan completo hacia la incompetencia.

—Tengo copia en el portátil.

—Empieza por ahí la próxima vez.

—Quería ser transparente.

—La transparencia está sobrevalorada cuando casi me matas del susto.

La escena tenía poco de elegante: él con la chaqueta mojada, yo con una baldosa horrible en la mano y Jordi al fondo fingiendo revisar un nivel para no reírse. Mucho mejor así. Las escenas elegantes empezaban a darle alergia.

Subieron a la oficina temporal. Quim conectó el portátil y tardó cuatro minutos eternos en encontrar el archivo correcto porque tenía el escritorio lleno de carpetas llamadas “final”, “final bueno”, “este sí” y “no enseñar”.

—Necesitas ayuda profesional —dije.

—Lo sé.

—Con los archivos.

—También.

No sonrió al decirlo.

Lo miré de reojo. Había ahí un cansancio raro, uno que no venía solo de dormir poco.

Quim era más desordenado de lo que aparentaba.

No bohemio. Desordenado de verdad. De los que funcionan a base de impulsos, notas sueltas, noches largas y pequeños desastres que luego convierten en encanto si nadie mira tan cerca.

Yo, que ordenaba hasta los cargadores por longitud, sintió una mezcla de horror y curiosidad.

La presentación estaba bien.

Muy bien.

Demasiado bien para haber salido de aquel escritorio criminal.

La moldura era integrada sin convertirla en atracción de parque temático.

La biblioteca respiraba sin perder su peso.

El patio dejaba de ser un hueco bonito y empezaba a funcionar como centro de la planta.

Había metido condiciones técnicas en cada apartado, y Quim no las había escondido.

Las había incorporado como parte del valor.

Eso me desarmó un poco.

—No has eliminado mis notas —dijo.

—Eran buenas.

—Algunas eran feas.

—También eran buenas.

No supe qué hacer con un reconocimiento tan poco decorado. Lo dejó ahí, encima de la mesa, junto a los cruasanes aplastados.

La reunión empezó a las doce en punto.

Marc llegó con la mujer del bolso caro, los dos primos y un hombre nuevo que nadie presentó hasta pasados diez minutos.

Se llamaba Albert Miró, consultor externo, y tenía la sonrisa medida de quien llevaba años cobrando por convertir decisiones incómodas en presentaciones limpias.

Lo detecté enseguida y decidió odiarlo con moderación profesional.

Clara se conectó por videollamada desde el estudio. Su imagen apareció en la pantalla, impecable, con una luz que no merecía nadie.

—Adelante —dijo Marc.

Empecé.

No con una frase de escaparate. Con el problema.

Mostró la moldura, las catas, los riesgos de taparla, las opciones de integración y el impacto en plazo. Habló más despacio de lo habitual. Menos defensiva. No porque estuviera tranquila, sino porque había decidido no regalarle a nadie la imagen de una mujer peleando por miedo.

Quim continuó después. Usó menos palabras de revista.

Habló de recorrido, de luz y de cómo la intervención podía hacer visible la historia sin convertirla en decoración.

En un momento se equivocó de diapositiva y mostró una imagen descartada donde alguien había escrito, probablemente él, “de más postureo”.

Me quedé helada.

El primo joven tosió.

La mujer del bolso arqueó una ceja.

Quim miró la pantalla.

—Esa no era.

Contra todo pronóstico, tuve que morderme el interior de la mejilla para no reírse.

Marc no se rió.

Albert Miró anotó algo.

Aparté la mirada.

Quim corrigió la diapositiva sin ponerse rojo, pero le vi la oreja izquierda. La tenía un poco roja. Descubrir que Quim Fusté podía avergonzarse de una diapositiva mal puesta me pareció información peligrosa e inútil.

La presentación siguió.

Al final, hubo un silencio largo.

Conocía los silencios de obra. El silencio antes de una mala noticia. El silencio antes de un presupuesto. El silencio de un cliente que quiere algo pero no quiere pagarlo.

Este era una mezcla desagradable de los tres.

Marc entrelazó los dedos.

—Es una propuesta sólida.

No dijo buena.

Sólida.

La palabra de los clientes cuando algo les interesa pero ya están preparando la tijera.

—Pero necesitamos controlar el relato —añadió Albert, estrenándose.

Lo miré.

—¿El relato de una moldura?

Clara cerró los ojos en la pantalla. Muy poco. Pero la vi.

Albert sonrió.

—El relato del proyecto. Si lo presentamos como incidencia, parece retraso. Si lo presentamos como hallazgo, parece valor.

—Eso acabamos de explicar.

—Sí, pero quizá necesita una dirección creativa más clara.

Ahí estaba.

Sentí que algo se tensaba en la mesa.

Quim también lo notó. No me miró, pero dejó el bolígrafo.

Marc intervino con suavidad.

—Albert nos ayudará a preparar la comunicación de la segunda fase.

Segunda fase.

La frase cayó al fin en abierto.

No moví un músculo.

Clara, en la pantalla, tampoco.

Quim bajó la mirada un segundo. Uno. Pero lo vi.

Lo vi y se le quedó dentro.

—¿Qué segunda fase? —preguntó.

Marc sonrió igual que si aquello no fuera una bomba, sino un detalle administrativo.

—Aún estamos valorando escenarios. No hay nada cerrado.

La misma frase. Otra vez. Nada cerrado. Información bastante cerrada para todos menos para mí.

—Pues para no haber nada cerrado —dije—, parece que hay consultor.

Clara intervino desde la pantalla.

—Quizá no es el momento.

—Estoy de acuerdo —dijo Marc.

Por supuesto.

Nunca era el momento cuando la pregunta molestaba al que tenía dinero.

Quim habló entonces.

—La propuesta de hoy responde a Casa Batller. La segunda fase no debería contaminar esta decisión.

Giré apenas la cabeza hacia él.

No supe si agradecerlo o desconfiar más.

Marc sostuvo mi mirada un instante.

—Precisamente por eso necesitamos ver cómo trabajáis bajo presión.

Vosotros.

Noté frío en los dedos.

La reunión terminó con una aprobación condicionada: seguir adelante con la integración de la moldura, ajustar presupuesto, preparar una versión vendible para la familia y revisar impacto de calendario. Aprobación, sí. Victoria, no. Las victorias de Marc siempre venían con letra pequeña.

Cuando todos se fueron, me quedé en la biblioteca recogiendo papeles. Clara ya había cortado la videollamada. Jordi hablaba con un operario en el pasillo. La lluvia golpeaba las ventanas con una insistencia cansada.

Quim no se marchó.

—Sandra.

Metí la tablet en la funda.

—No.

—No sabes qué voy a decir.

—Sí lo sé. Vas a decir que no sabías lo de Albert, que la segunda fase no está cerrada, que no querías que esto pasara así y que Marc juega sus cartas.

Quim guardó silencio.

—¿Me he dejado algo?

—Que tienes razón en estar enfadada.

La frase me pilló mal colocada.

Habría preferido defensa. Excusa. Chulería. Algo que pudiera empujar de vuelta.

—No necesito permiso.

—No te lo estoy dando.

Cerré la cremallera de la funda con demasiada fuerza.

—Dime una cosa. ¿Tú sabías que podían enfrentarnos por la segunda fase?

Quim tardó.

Otra vez.

Y ese retraso dijo de más.

—Sabía que mi trabajo aquí podía abrirme esa puerta —respondió—. No sabía que la tuya dependía de cerrarme el paso.

Dolió.

No porque fuera cruel.

Porque sonó honesto.

Respiré hondo. Olía a polvo mojado, café frío y madera vieja. Casa Batller entera era estar escuchando.

—Entonces tenemos un problema.

Quim asintió.

—Sí.

No hubo réplica brillante.

No hubo sonrisa.

No hubo tensión bonita.

Solo dos personas adultas, cansadas, de más ambiciosas para fingir que aquello no importaba.

Me colgué la bolsa al hombro.

—A partir de ahora, todo por escrito.

Quim encajó la frase sin moverse.

—De acuerdo.

Caminé hacia la puerta.

Antes de salir, se detuvo.

No debería haber preguntado.

Lo hice igualmente.

—¿Dónde estaba el pendrive?

Quim miró hacia la mesa, luego hacia su chaqueta.

—En el bolsillo de fuera.

—¿El que has revisado tres veces?

—Sí.

Cerré los ojos un segundo.

—Eres un desastre.

—En algunas áreas concretas.

—En muchas.

Esta vez él sonrió apenas. Cansado, sin victoria.

Salí antes de que la sonrisa hiciera daño en un lugar que no tocaba.

Bajé la escalera sola, con los planos bajo el brazo y el sonido de la lluvia acompañándome hasta la entrada.

Habían salvado la moldura y ganado la propuesta.

También habían descubierto que alguien movía piezas fuera del plano, y ninguno de los dos sabía todavía para quién jugaba.