CAPÍTULO 5 #2
Me aparté primero. Necesitaba moverme, tocar algo que no fuera él.
Cogí la pieza original de carpintería y la puse al lado del nogal.
Las vetas no coincidían del todo, pero dialogaban.
Odié pensar la palabra dialogaban porque sonaba a memoria de proyecto, y en ese momento lo único que dialogaba de verdad era mi respiración con la distancia hasta su boca.
Dos palabras. Ninguna brillante. Ninguna útil.
—Lo intento.
Quim bajó la mirada a su mano. Luego a mí.
La frase salió antes de que pudiera revisarla. Los dos la oímos. Las muestras, las estanterías y el folleto mordido por la humedad también.
—Sensato sería que no metieras las manos donde no debes.
—Bruta.
Pegué la tirita con más fuerza de la necesaria. Él soltó una risa baja.
—Era que necesitabas recordártelo.
—Ya lo sé.
—Está en tu mano.
—La tirita —dije.
No levanté la vista. Sabía lo que pasaba cuando una levantaba la vista en una habitación estrecha, con olor a barniz, después de una frase así.
Había películas enteras construidas sobre mujeres que levantaban la vista en el momento equivocado.
Yo era arquitecta. Confiaba en las estructuras, no en los impulsos.
La gasa se detuvo un segundo sobre su pulgar.
—No he dicho que no los quiera.
—Ves, por eso no mereces cuidados.
—Menos que escucharte hablar de presupuesto.
—¿Duele?
Le limpié el corte. Él no hizo ningún comentario. Esa fue su mayor provocación.
Me obedeció. Eso no debería haber tenido ningún efecto físico. Era una mano. Piel, hueso, una herida pequeña, una alianza inexistente. Pero Quim Fusté obedeciendo en silencio era una imagen lo bastante rara como para que mi cuerpo la archivara donde no debía.
—Dame la mano o manchas la muestra recuperada y entonces sí te denuncio.
—Sandra.
—Dame la mano.
Abrí el botiquín de pared. Tenía tiritas, gasas, una botella de alcohol casi vacía y un folleto de prevención de riesgos con una esquina mordida por la humedad. Saqué una gasa.
—También.
—Es sangre.
—Es barniz seco.
Miró su mano como si fuera un documento menor.
—Estás sangrando.
No sonreí. Él tampoco, pero se le movió algo en la cara. Me irritó reconocerlo: estaba cansado. No de esa manera estética de los hombres que creen que dos ojeras son personalidad, sino cansado de verdad. Tenía la camisa arrugada en la cintura, polvo en un hombro y un corte pequeño en el pulgar.
—Procuro elegir bien las ventanas.
—Un día vas a decir una frase así delante de la persona equivocada y te van a tirar por una ventana protegida.
Me quedé mirándolo.
—Porque quería ver si lo rechazabas por miedo o por criterio.
—Entonces ¿por qué lo tienes en la mano?
—Sí.
—Y pesa visualmente.
—También.
—El roble es caro.
—El roble es bonito —dijo.
Quim levantó una muestra. Roble ahumado, de más oscuro. La luz fluorescente lo volvía casi negro. Al lado había nogal, fresno, dos laminados que alguien había tenido la osadía de llamar premium y una pieza recuperada de la carpintería original.
—Claro que lo sabes.
—Lo sé.
—Necesito decidir el tono de la madera para la biblioteca antes de mañana.
Dejé la carpeta sobre una caja de tiradores históricos. La caja estaba escrita a mano: NO TIRAR, IMPORTANTES, aunque por dentro contenía tres piezas rotas y un tornillo que no pertenecía a nadie.
—Me escondo.
—La mujer que lleva diez horas aguantando a Marc.
—Trabajo.
—La directora técnica.
—Depende de quién pregunte.
—¿Te escondes o trabajas? —pregunté.
No debería haberme sorprendido. Últimamente Quim estaba en todos los sitios donde yo necesitaba estar sola. Era una forma de plaga con buen abrigo.
Quim estaba allí cuando entré.
La sala de muestras estaba en la parte menos noble de Casa Batller, lo cual la hacía mucho más honesta que el resto.
Una habitación alargada, sin gracia, con estanterías metálicas, cajas mal etiquetadas y el olor mezclado de madera, polvo, barniz antiguo y café derramado en algún año que nadie recordaba.
Al salir, no pensé nada digno. Pensé que un recibo de taxi dentro de la libreta seguía en mi mano, que tenía hambre de comida y de otra cosa que no quería nombrar y que Quim caminaba a mi lado sin invadir el pasillo.
Eso me fastidió más que una frase bonita.
La distancia justa siempre es más peligrosa que el descaro.
Cerré la carpeta y él recogió sus notas. Abajo golpearon una puerta metálica; arriba alguien arrastró un cubo. La obra siguió con su ruido vulgar, recordándome que el cuadro de cargas no iba a resolverse porque a mí me costara respirar normal a medio metro de Quim.
Antes de irse, Quim tuvo la decencia irritante de no convertir el momento en nada. Apartó una bolsa de tornillos sin etiqueta, me dejó espacio para pasar y no hizo comentario sobre mi cara. Los gestos pequeños son una forma muy sucia de quedarse en una cabeza ajena.
No le di la razón en voz alta. Tampoco hacía falta regalarle tanto. Pero el correo de Patrimonio quedaba delante de nosotros, tozudo, y algo cedió por dentro. Muy poco. Lo suficiente para que me enfadara conmigo.
Quim no discutió. Miró la barandilla cubierta un segundo, porque también era necesitar darle trabajo a las manos. Dejó que la frase quedara ahí, sin remate. A veces aceptar una parte de culpa golpea más que ganar otra pelea.
—Lo sé.
—Esa frase ya la usaste antes de callarte media verdad. —murmuré, con me pesaba el cuello.
—No voy a decidir por ti.
Cuando volvimos a quedarnos solos, me picaba la piel debajo del casco.
Quim apoyó las manos en la mesa. No me tocó.
Ni siquiera se acercó. A veces la tensión no necesita piel; le basta con una persona que baja la voz cuando todo alrededor sigue haciendo ruido.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
Marc apareció con su sonrisa de administrador de incendios y dejó la pantalla con manchas en mitad de la mesa, con la fe absurda de que el orden exterior pudiera tapar el desastre. Habló de plazos, relato y confianza inversora. Yo contesté con números. Quim corrigió un dato técnico sin mirarme.
Lo molesto era eso: Quim no solo me atraía cuando estaba cerca.
También me atraía cuando trabajaba bien.
Cuando veía el cambio de circulación sin convertirlo en espectáculo.
Cuando me pasaba un correo sin asunto sin rozarme.
Yo estaba preparada para resistirme a un hombre guapo; no a un hombre útil.
Una parte de mí esperaba una salida fácil: beso o pelea. Casa Batller no concedía esas comodidades. Seguimos hablando de el ascensor histórico, de costes y de permisos, usando palabras normales para tapar una conversación que ya no era normal desde hacía rato.
La frase se me escapó sin pasar por ningún filtro profesional.
Quim se quedó quieto. Yo también. En otra planta sonó una radial, tarde, fuera de ritmo.
El edificio tuvo la mala educación de seguir funcionando mientras yo calculaba cómo no acercarme.
En ese momento la llave del cuarto técnico me pareció una prueba ridícula de que seguíamos en una obra.
—Eso lo dices porque si hablamos de planos no tienes que admitir dónde estás mirando. —murmuré, con me pesaba el cuello.
—Eso dices cuando estás fabricando una defensa. —murmuré, con me escocían los ojos.
—Estoy trabajando.
—Estás buscando dónde esconder la respuesta. —murmuré, con se me pegaba la camisa a la piel.
Quim se movió apenas. No lo bastante para justificar que yo retrocediera, sí lo suficiente para que notara un lápiz mordido entre los dos y una zona exacta de mi cuerpo que decidió no comportarse. Me concentré en la galería interior. Fracasé de una manera bastante silenciosa.
Volvimos al asunto técnico. Calculamos la humedad del pasillo norte, contrastamos medidas y dejamos que el edificio nos contradijera en directo. Quim no ganó todas las frases. Yo tampoco. Eso era lo peor: juntos veíamos mejor, y esa clase de evidencia no se podía archivar en una carpeta cómoda.
Me habría gustado ofenderme de forma limpia. No pude. Quim me miraba sin hacerme pequeña y me ardía una respuesta detrás de los dientes. Me obligaba a admitir que no todo lo que protegía era proyecto; una parte era miedo viejo y otra, cansancio acumulado.
—Una cata de yeso es más directa que tú. —murmuré, con me pesaba el cuello.
—No psicoanalices una baldosa, por favor. —murmuré, con me escocían los ojos.
—No quieres discutir porque esto ya venía de antes. —murmuré, con me dolía una uña rota.
—No tengo energía para pelear por una muestra —dije, aunque por dentro ya llevaba diez minutos haciéndolo. —murmuré, con se me pegaba la camisa a la piel.
Recuerdo mejor los objetos que mi propia cara: una silla coja, una goma de borrar gris, una esquina de plano levantada por la humedad. Nada de aquello era romántico. Precisamente por eso lo creyó mi cuerpo antes que mi cabeza.
Quim tardó en responder. Tenía esa manía peligrosa de no rellenar los huecos.
Yo prefería las respuestas rápidas porque no dejaban sitio para arrepentirse, ni para mirar, ni para notar que me temblaba la paciencia, no las manos por una razón que no se reducía a laboral.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
—En una obra mirar ya es empezar a tocar.
—No he tocado nada. Todavía.
—No toques eso.
La obra señalaba la galería interior. Yo señalaba plazos, costes, normativa. Nada de eso explicaba por qué la opinión de Quim empezaba a pesar donde antes solo pesaba mi criterio.
La escena no tuvo nada de cinematográfica.
Había el plano doblado por una esquina, polvo en el borde de la mesa y me temblaba la paciencia, no las manos.
Quizá por eso quedó. Las cosas importantes rara vez empiezan con música; empiezan con alguien llegando tarde, una luz horrible y una frase que ya no puedes retirar.
***