CAPÍTULO 5
Clara Nogués no levantó la voz cuando le conté lo de la moldura.
Eso era lo que la hacía peligrosa.
Otras socias del estudio gritaban, exageraban, convertían una incidencia en un drama de pasillo y luego se les pasaba con un café.
Clara no. Clara escuchaba. Dejaba que la información se asentara.
Colocaba las gafas junto al portátil, cruzaba las manos y te miraba como si fueras una grieta estructural que todavía no sabía si reparar o demoler.
Estaba sentada al otro lado de su despacho con el bajo del pantalón manchado, la garganta seca y una carpeta llena de fotografías impresas deprisa.
—¿Cuánto retraso? —preguntó Clara.
No preguntó si era bonito. Ni valioso. Ni emocionante.
Clara no era insensible. Era socia. Había diferencia, aunque algunos días costaba verla.
—Depende de Patrimonio. Si aceptan integración rápida, una semana. Si piden informe específico, tres. Si aparece algo más detrás...
No terminó la frase.
Clara sí.
—Nos vamos al mes.
Me pasé una mano por la frente. Tenía polvo bajo una uña. Me di cuenta en ese momento y me pareció una prueba ridícula de que mi vida no estaba ocurriendo en despachos.
—Marc quiere propuesta el viernes.
—Marc quiere muchas cosas.
La frase, dicha por Clara, no sonó a broma. Sonó a advertencia.
—Ayer me dijiste que no pareciera rígida.
—Y hoy te digo que no parezcas improvisada.
—Qué margen tan generoso.
Clara se quitó las gafas.
—Sandra, escúchame bien. Casa Batller puede hacerte socia, pero no porque trabajes más que nadie. Eso ya lo haces. Puede hacerte socia si demuestras que sabes dirigir cuando el proyecto deja de obedecer.
Odiaba que Clara tuviera razón con frases tan poco decorativas.
Miré el despacho. Todo en Clara era elegido por una mujer que no necesitaba demostrar nada: una mesa despejada, una lámpara buena, un abrigo colgado con precisión casi ofensiva.
Yo, en cambio, llevaba siempre demasiadas cosas encima.
Carpetas, cargadores, llaves, recibos arrugados, hambre mal gestionada.
—Marc está evaluando algo —dijo.
Clara no respondió enseguida.
Ese segundo bastó.
Me incliné hacia delante.
—¿Qué no me has contado?
—No tengo información cerrada.
—Esa frase es una puerta cerrada con perfume.
Clara suspiró.
—La propiedad habla de una segunda fase. Más edificios. Más inversión. Quieren saber quién puede liderarla.
Me bajó el calor de la cara.
—¿Quién puede liderarla dentro del estudio?
—Entre otros.
Entre otros.
Otro plural ambiguo.
—Quim.
Clara mantuvo la mirada.
No hizo falta decir sí.
El despacho se volvió más pequeño. Escuché un teléfono sonar fuera, pasos en el pasillo, alguien riéndose junto a la impresora. Todo muy normal. La vida siempre tenía el mal gusto de seguir haciendo ruido cuando una entendía que estaba compitiendo sin haber aceptado las reglas.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde hace poco.
—Clara.
—Desde antes de que Marc lo verbalizara contigo.
—Qué forma tan bonita de decir que lo sabías.
Clara no se defendió. Eso me enfadó más.
—No podía decirte algo que aún no estaba formalizado.
—Pero sí podías decirme que no convirtiera a Quim en enemigo.
—Porque era verdad.
Me levanté. La silla chirrió contra el suelo.
—Me estáis pidiendo que colabore con alguien que puede quitarme exactamente lo que llevo años intentando conseguir.
—Te estoy pidiendo que no pierdas por parecer incapaz de colaborar.
La frase dio en el centro.
Pensé en su padre otra vez. En la palabra riesgo dicha demasiadas veces con voz de hombre optimista.
En mi madre mirando extractos bancarios sin querer preguntar.
En mí, prometiéndome, con una edad estúpida para hacer promesas tan grandes, que nunca dependería de una decisión mal calculada de otra persona.
Y allí estaba.
Otra vez.
Otra persona. Otra decisión. Otra mesa.
Solo que ahora la persona tenía barba de dos días, perdía lápices y defendía molduras cuando no le convenía.
—No voy a perder esto —dijo.
Clara se puso las gafas de nuevo.
—Entonces deja de actuar igual que si defender tu sitio significara morder todo lo que se acerca.
Recogí las fotos.
—A veces funciona.
—A veces espanta a quien podría ayudarte.
No respondí. No podía. Había frases que una no contestaba porque contestarlas exigía revisar demasiadas cosas.
Volví a Casa Batller a las cuatro y media con una tormenta encima que aún no había empezado a caer. Barcelona tenía esa luz amarilla y sucia de las tardes en que el cielo parece un techo mal pintado.
Quim estaba en el comedor, sentado sobre una caja de herramientas, hablando con Jordi. No llevaba la camisa blanca. Llevaba una camiseta gris bajo una chaqueta de trabajo que no le sentaba especialmente bien. Mejor. Necesitaba menos estética y más utilidad.
—Tenemos que hablar —dije.
Jordi levantó ambas manos.
—Yo tengo que medir una cosa en una planta muy lejana.
Jordi se fue antes de que nadie le respondiera.
Quim se puso de pie.
—Eso ha sonado mal.
—Lo es.
Le enseñó las fotos, el correo de Clara, el resumen de riesgos. Habló rápido. Demasiado. Cuando estaba nerviosa se volvía precisa, casi quirúrgica. Era su manera de no parecerlo.
Quim escuchó sin interrumpir.
Eso me puso peor.
—¿Sabías lo de la segunda fase? —preguntó al final.
La pregunta no estaba en el plan. Salí antes de que pudiera domesticarla.
Quim tardó de más.
No mucho.
Pero de más.
—Sé que la propiedad está valorando ampliar el proyecto —dijo.
Sentí una presión bajo las costillas.
—No he preguntado eso.
—No sé nada cerrado.
—Otra vez esa frase.
—Sandra.
—No uses mi nombre para ganar tiempo.
Quim apretó la mandíbula. Por primera vez pareció molesto de verdad, no provocado, no divertido.
—Me dijeron que podía haber una segunda fase. Y que querían ver cómo funcionaba mi intervención aquí.
—¿Cuándo?
—Antes de entrar.
El comedor se quedó quieto.
Todavía no podía llamarlo traición. Pero dejó una astilla pequeña, bien metida.
Miré la moldura descubierta porque no quería mirarlo a él.
—O sea que sabías que esto también era una prueba para ti.
—Sí.
—Y no pensaste que quizá era relevante decírmelo.
—No sabía que también te estaban evaluando a ti.
—Claro.
—No lo sabía.
Mi voz cambió. No suplicó. No adornó. Solo se volvió más áspera.
Quise creerlo. Quiso creerlo antes de poder fingir sorpresa, quizá porque la alternativa convertía cada conversación de los últimos días en algo sucio.
—Tenemos que presentar la moldura el viernes —dijo él—. Si no, Marc la usará como retraso y no como valor.
—No cambies de tema.
—No lo cambio. Intento que no pierdas el proyecto por enfadarte conmigo en el orden equivocado.
La frase fue fea.
Fea y útil.
Di un paso atrás. Le temblaba un poco la mano. Muy poco. Lo suficiente para que cerrara los dedos sobre la carpeta.
—No me des lecciones de supervivencia profesional.
—No era una lección.
—Pues practica el tono.
Trabajaron igual.
Porque eso era lo humillante de la vida adulta: una podía estar dolida, furiosa o a punto de cometer un error emocional, y aun así había que preparar una propuesta con planos, memoria y estimación económica.
La lluvia empezó a las seis. Primero contra las lonas del patio. Luego más fuerte, golpeando los plásticos, buscando rendijas, colándose por algún sitio que Jordi maldijo desde abajo.
Y Quim montaron una mesa improvisada en el comedor. Calculaba impacto técnico. Él dibujaba una integración sobria de la moldura en el eje visual de la sala. Discutieron menos. No porque estuvieran de acuerdo, sino porque ambos estaban ocupados evitando otra conversación.
A las ocho, tenía los pies fríos y el estómago vacío.
Quim sacó una bolsa de papel arrugada de su mochila.
—Tengo un bocadillo.
—No quiero tu bocadillo.
—No te lo he ofrecido. Estoy informando de mis recursos.
Lo partió en dos igualmente y dejó una mitad sobre la mesa, lejos de mí, como quien alimenta a un animal desconfiado.
Lo miré.
—Eso es manipulación.
—Es fuet.
—Eso no ayuda.
Tardó tres minutos en cogerlo.
El pan estaba blando. El fuet de más salado. Le supo a gloria.
Quim comía de pie, mirando la moldura. Tenía los hombros caídos. No era estrella. Era un hombre que había dormido poco, se había cortado el pulgar y llevaba demasiadas horas intentando no empeorar una situación que en parte había provocado.
—No quiero quitarte nada —dijo.
Masticé despacio.
—Eso ya lo dijiste.
—No sé decirlo mejor.
Eso sí le sonó a verdad.
No una verdad suficiente.
Pero verdad.
Limpí una miga de la carpeta.
—Entonces trabaja como si fuera verdad.
Quim asintió una vez.
Sin sonrisa, sin réplica.
Eso debería haberme tranquilizado. En cambio, me dejó más alerta.
Aquello empezaba a ser el problema: cada vez que no pasaba nada, mi cuerpo encontraba una forma nueva de recordármelo.
No pasó nada.
Al salir de la sala, Quim se quedó apagando la luz. Yo avancé por el pasillo con la muestra bajo el brazo.
Pero pensé en ello. En su mano dentro de la mía. En la forma en que había dejado que lo curara sin convertirlo en una escena. En cómo la intimidad a veces no necesitaba piel descubierta, sino una tirita mal puesta y dos personas fingiendo que solo hablaban de nogal.
—No pensaba.
—No te acostumbres.
—Y tú sabes obedecer cuando estás sangrando.
—¿Ves? —dijo—. Sabes arriesgar cuando el riesgo viene con una tabla de costes.
Esta vez sí sonrió. Poco. La sala siguió siendo fea, estrecha y mal iluminada, pero durante unos segundos tuvo algo parecido a una temperatura propia.
—Entonces me gusta.
—Mucho.
—Eso te duele.
Lo miré de reojo.
—Lo ajustamos en iluminación decorativa.
—El presupuesto se mueve.
—Se la damos.
—Patrimonio pedirá muestra.
—Marc confunde viejo con no fotografiable.
—Marc dirá que parece viejo.
—Y herrajes recuperados donde se pueda.
—Con acabado mate.
—Sí.
Quim se colocó a mi lado.
—Nogal lavado —dije.