No eras parte del plano (Todo lo que construimos nº 1) CAPÍTULO 4 #3
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CAPÍTULO 4 #3

Quim tardó en responder. Tenía esa manía peligrosa de no rellenar los huecos. Yo prefería las respuestas rápidas porque no dejaban sitio para arrepentirse, ni para mirar, ni para notar que tenía el labio mordido de no contestar a Marc por una razón que no se reducía a laboral.

—No lo preguntaría si no pudieras decirme que pare.

—Si lo preguntas así, me desmontas media defensa.

—¿Puedo?

La incidencia tenía un nombre limpio: el hueco del montacargas. El resto era más sucio. Yo empezaba a dejar que Quim formara parte de la solución, y eso me molestaba casi más que el problema.

La escena no tuvo nada de cinematográfica.

Había el zumbido del fluorescente, polvo en el borde de la mesa y tenía el labio mordido de no contestar a Marc.

Quizá por eso quedó. Las cosas importantes rara vez empiezan con música; empiezan con alguien llegando tarde, una luz horrible y una frase que ya no puedes retirar.

***

Al salir, no pensé nada digno. Pensé que el olor a serrín húmedo seguía en mi mano, que tenía polvo en la comisura de la boca y que Quim caminaba a mi lado sin invadir el pasillo. Eso me fastidió más que una frase bonita. La distancia justa siempre es más peligrosa que el descaro.

Cerré la carpeta y él recogió sus notas. Abajo golpearon una puerta metálica; arriba alguien arrastró un cubo. La obra siguió con su ruido vulgar, recordándome que el presupuesto de iluminación no iba a resolverse porque a mí me costara respirar normal a medio metro de Quim.

Antes de irse, Quim tuvo la decencia irritante de no convertir el momento en nada. Apartó la linterna de Jordi, me dejó espacio para pasar y no hizo comentario sobre mi cara. Los gestos pequeños son una forma muy sucia de quedarse en una cabeza ajena.

No le di la razón en voz alta. Tampoco hacía falta regalarle tanto. Pero el ascensor histórico quedaba delante de nosotros, tozudo, y algo cedió por dentro. Muy poco. Lo suficiente para que me enfadara conmigo.

Quim no discutió. Miró la carpeta negra un segundo, porque también era necesitar darle trabajo a las manos. Dejó que la frase quedara ahí, sin remate. A veces aceptar una parte de culpa golpea más que ganar otra pelea.

—Lo sé.

—También dijiste eso cuando elegiste no contarme lo otro. —murmuré, con se me pegaba la camisa a la piel.

—No voy a decidir por ti.

Cuando volvimos a quedarnos solos, llevaba el sujetador marcándome la espalda desde las ocho. Quim apoyó las manos en la mesa. No me tocó. Ni siquiera se acercó. A veces la tensión no necesita piel; le basta con una persona que baja la voz cuando todo alrededor sigue haciendo ruido.

Marc apareció con su sonrisa de administrador de incendios y dejó la junta del pavimento en mitad de la mesa, con la fe absurda de que el orden exterior pudiera tapar el desastre. Habló de plazos, relato y confianza inversora. Yo contesté con números. Quim corrigió un dato técnico sin mirarme.

Lo molesto era eso: Quim no solo me atraía cuando estaba cerca. También me atraía cuando trabajaba bien. Cuando veía la barandilla protegida sin convertirlo en espectáculo. Cuando me pasaba una silla coja sin rozarme. Yo estaba preparada para resistirme a un hombre guapo; no a un hombre útil.

Una parte de mí esperaba una salida fácil: beso o pelea. Casa Batller no concedía esas comodidades. Seguimos hablando de el contrato de dirección, de costes y de permisos, usando palabras normales para tapar una conversación que ya no era normal desde hacía rato.

La frase se me escapó sin pasar por ningún filtro profesional.

Quim se quedó quieto. Yo también. En otra planta sonó una radial, tarde, fuera de ritmo.

El edificio tuvo la mala educación de seguir funcionando mientras yo calculaba cómo no acercarme.

Miré el cristal cubierto porque mirarlo a él era peor.

—Y tú subes la voz cuando quieres que no se note que me estás mirando la boca. —murmuré, con se me pegaba la camisa a la piel.

—Eso dices cuando necesitas treinta segundos más. —murmuré, con me latía el cansancio en las sienes.

—Estoy trabajando.

—Estás calculando una salida —dijo.

Quim se movió apenas. No lo bastante para justificar que yo retrocediera, sí lo suficiente para que notara mi uña rota contra el papel entre los dos y una zona exacta de mi cuerpo que decidió no comportarse. Me concentré en la junta del pavimento. Fracasé de una manera bastante silenciosa.

Volvimos al asunto técnico. Repasamos la barandilla protegida, contrastamos medidas y dejamos que el edificio nos contradijera en directo. Quim no ganó todas las frases. Yo tampoco. Eso era lo peor: juntos veíamos mejor, y esa clase de evidencia no se podía archivar en una carpeta cómoda.

Me habría gustado ofenderme de forma limpia. No pude. Quim me miraba sin hacerme pequeña y tenía la espalda rígida. Me obligaba a admitir que no todo lo que protegía era proyecto; una parte era miedo viejo y otra, cansancio acumulado.

—Hay pavimentos históricos con menos capas que tú. —murmuré, con se me pegaba la camisa a la piel.

—No conviertas cada decisión técnica en un informe sobre mi carácter. —murmuré, con me latía el cansancio en las sienes.

—No quieres pelear porque sabes que la muestra es la excusa. —murmuré, con me pesaba el cuello.

—No quiero convertir esto en otra guerra —dije, y la mentira casi se oyó caer. —murmuré, con me escocían los ojos.

Recuerdo mejor los objetos que mi propia cara: la funda del casco llena de yeso, un post-it que nadie reconocía, una esquina de plano levantada por la humedad. Nada de aquello era romántico. Precisamente por eso lo creyó mi cuerpo antes que mi cabeza.

Quim tardó en responder. Tenía esa manía peligrosa de no rellenar los huecos. Yo prefería las respuestas rápidas porque no dejaban sitio para arrepentirse, ni para mirar, ni para notar que me escocían los ojos de mirar planos por una razón que no se reducía a laboral.

—Te lo pregunto porque quiero que puedas negarte.

—Eso es muy poco elegante por tu parte.

—¿Puedo?

Podíamos discutir la escalera de servicio durante media hora sin despeinarnos. Lo difícil era admitir que, cuando él señalaba algo, yo ya no escuchaba solo al rival.

La escena no tuvo nada de cinematográfica.

Había el metro abierto sobre la mesa, polvo en el borde de la mesa y me picaba la piel debajo del casco.

Quizá por eso quedó. Las cosas importantes rara vez empiezan con música; empiezan con alguien llegando tarde, una luz horrible y una frase que ya no puedes retirar.

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