No eras parte del plano (Todo lo que construimos nº 1) CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

—Estaba pensando que tu humedad necesita un pintor y que tú necesitas dormir.

—Lo estabas pensando.

—No te he preguntado.

—No voy a liarme con él.

Comí otro trozo de tortilla.

Tenía razón. Yo usaba distancia, horarios, ironía, competencia, trabajo. Usaba todo lo que no pareciera necesidad. Y Quim, de alguna manera irritante, se había colocado justo en medio de esa maquinaria con las manos en los bolsillos y una marca roja sobre mis planos.

—Sandra.

Nil arqueó una ceja.

—No uso personas.

—Y tú puedes usarlo a él contra el edificio.

—El problema es que Marc puede usarlo contra mí.

—Entonces el problema no es que sea bueno.

Nil asintió, igual que si esa fuera la parte que ya esperaba.

—Pero ve cosas que yo no veo.

—Bien.

—No.

—¿Más que tú?

—Sí.

La pregunta era sencilla. Eso la volvía peligrosa.

—¿Él es bueno?

Nil señaló los planos.

Me reí pese a mí misma. Poco. Lo justo para que el salón dejara de parecer una sala de espera.

—Soy familia. La amabilidad me la salto cuando hace falta.

—Qué imagen tan amable.

—Claro que existe. Tú no ligas. Tú abres una carpeta mental con riesgos, plazos, daños estructurales y posibles humillaciones.

—Eso no existe.

—Sé que cuando alguien te gusta de verdad, te vuelves administrativa.

—No sabes nada.

El tenedor se quedó quieto en mi mano.

—No creo que sea el problema. Creo que es el primer tío en mucho tiempo que no te compra la versión eficiente de ti.

Nil sonrió con la boca cerrada.

—Como si estuvieras dejando que me estrelle en orden alfabético.

—¿Cómo?

—No digas vale así.

—Vale.

—Quim Fusté no es el problema —dije al final.

Cogí el plato. La tortilla estaba fría por los bordes y de más hecha por dentro, que era la manera de Nil de cocinar con amor y miedo a intoxicarnos. Comí un trozo. Me supo a infancia, a domingo por la noche y a alguien ocupándose de algo sin pedirme que lo agradeciera con una confesión.

—Me da igual.

—No tengo hambre.

—Come.

Nil partió la tortilla con un tenedor y me tendió un plato.

Abrí la boca para negarlo. La cerré. Había días en que una podía gastar energía en defender mentiras pequeñas y días en que ni siquiera eso.

—Pienso que cuando alguien toca un plano tuyo, tú no ves un cambio. Ves una grieta en la pared de casa.

—Pero lo piensas.

—No he dicho que lo sea.

—Casa Batller no es aquello —dije.

Sí me acordaba. Tenía quince años. Mi padre había aceptado una reforma muy grande con un margen muy pequeño.

Luego vinieron los cambios, los retrasos, los pagos que no llegaban, los materiales adelantados, las llamadas que mi madre contestaba con voz de oficina aunque estuviera llorando en la cocina.

Durante meses cenamos con la radio encendida para no oír cómo mi padre sumaba números en una libreta.

—Mientes fatal.

—No.

—¿Te acuerdas de la obra de Sant Andreu? —preguntó.

No hacía falta explicar más. En nuestra familia, las humedades tenían biografía. Empezaban como una mancha, seguían como una excusa y terminaban como una factura que alguien no podía pagar.

—Nunca se fue.

—¿Ha vuelto a salir?

Nil siguió mi mirada.

Apoyé la cabeza contra la pared. El yeso estaba frío.

Mi piso tenía una humedad pequeña en la esquina del techo que llevaba meses prometiéndome arreglar.

Cada vez que la miraba pensaba en presupuestos, en pintores, en mi padre diciendo esto lo hago yo en un sábado y luego tardando seis meses en dejar una pared peor de como estaba.

—Claro. Estás en una experiencia de bienestar.

Nil miró el salón: planos en el suelo, zapatos tirados junto a la puerta, taza con té frío, una chaqueta sobre una silla y yo con la misma camiseta desde las seis.

—No me amarga la semana.

—Sandra, soy tu hermano. Buscar en internet al hombre que te amarga la semana entra en mis funciones.

—No hagas eso.

Levanté la cabeza.

—Lo he buscado.

—No es famoso.

—¿Es por el famoso interiorista?

Me quitó un plano de encima del muslo y se sentó en el sofá. Tenía el pelo mojado por la ducha y una sudadera del instituto con una mancha de rotulador. Durante un segundo me dio una envidia absurda: él tenía una vida donde las manchas tenían explicación.

—Eso no es cenar. Eso es pedir auxilio con fibra.

—He comido una manzana.

—¿Has cenado?

Dejó la tortilla en la cocina. Oí cómo abría armarios con una confianza ofensiva, encontraba un plato, cerraba la puerta de la nevera con un suspiro y volvía al salón.

Nil era profesor de secundaria y tenía esa mezcla de paciencia y brutalidad que solo desarrollan las personas que han explicado la Revolución Industrial a adolescentes un viernes a última hora.

—Y aun así tomaste una decisión mejor que muchas sobria.

—Tenía fiebre.

—Puedo. Me diste llave.

—No puedes entrar así.

No contesté porque estaba sentada en el suelo del salón, con el portátil en la mesa baja, tres planos abiertos y un calcetín que no era igual al otro. No estaba en mi mejor momento estético. Tampoco profesional, pero eso intentaba esconderlo mejor.

—Antes de que empieces —dijo desde la entrada—, una emergencia también incluye que tu nevera parezca una escena del crimen con lácteos.

Nil apareció en mi piso con una tortilla envuelta en papel de aluminio y la llave de repuesto que juraba no utilizar nunca salvo emergencia.

Al salir, no pensé nada digno. Pensé que un trozo de cinta de carrocero pegado a mi manga seguía en mi mano, que me sudaba la palma contra la carpeta y que Quim caminaba a mi lado sin invadir el pasillo.

Eso me fastidió más que una frase bonita.

La distancia justa siempre es más peligrosa que el descaro.

Cerré la carpeta y él recogió sus notas. Abajo golpearon una puerta metálica; arriba alguien arrastró un cubo. La obra siguió con su ruido vulgar, recordándome que el falso techo no iba a resolverse porque a mí me costara respirar normal a medio metro de Quim.

Antes de irse, Quim tuvo la decencia irritante de no convertir el momento en nada. Apartó un presupuesto impreso con una mancha de aceite, me dejó espacio para pasar y no hizo comentario sobre mi cara. Los gestos pequeños son una forma muy sucia de quedarse en una cabeza ajena.

No le di la razón en voz alta. Tampoco hacía falta regalarle tanto. Pero la humedad del pasillo quedaba delante de nosotros, tozudo, y algo cedió por dentro. Muy poco. Lo suficiente para que me enfadara conmigo.

Quim no discutió. Miró la silla coja un segundo, porque también era necesitar darle trabajo a las manos. Dejó que la frase quedara ahí, sin remate. A veces aceptar una parte de culpa golpea más que ganar otra pelea.

—Lo sé.

—Eso no me tranquiliza tanto como crees.

—No voy a decidir por ti.

Cuando volvimos a quedarnos solos, tenía hambre de comida y de otra cosa que no quería nombrar. Quim apoyó las manos en la mesa. No me tocó. Ni siquiera se acercó. A veces la tensión no necesita piel; le basta con una persona que baja la voz cuando todo alrededor sigue haciendo ruido.

Marc apareció con su sonrisa de administrador de incendios y dejó la bolsa de tornillos en mitad de la mesa, con la fe absurda de que el orden exterior pudiera tapar el desastre. Habló de plazos, relato y confianza inversora. Yo contesté con números. Quim corrigió un dato técnico sin mirarme.

Lo molesto era eso: Quim no solo me atraía cuando estaba cerca.

También me atraía cuando trabajaba bien.

Cuando veía la viga escondida bajo el falso techo sin convertirlo en espectáculo.

Cuando me pasaba el olor a serrín húmedo sin rozarme.

Yo estaba preparada para resistirme a un hombre guapo; no a un hombre útil.

Una parte de mí esperaba una salida fácil: beso o pelea. Casa Batller no concedía esas comodidades. Seguimos hablando de el cambio de circulación, de costes y de permisos, usando palabras normales para tapar una conversación que ya no era normal desde hacía rato.

La frase se me escapó sin pasar por ningún filtro profesional.

Quim se quedó quieto. Yo también. En otra planta sonó una radial, tarde, fuera de ritmo.

El edificio tuvo la mala educación de seguir funcionando mientras yo calculaba cómo no acercarme.

Respiré mirando la carpeta negra, que era más seguro que mirarle la boca.

—Qué útil. Otra frase para no decir lo que de verdad estás pensando.

—Eso es tu forma elegante de pedir distancia.

—Estoy trabajando.

—Estás intentando ganar una discusión que todavía no he abierto.

Quim se movió apenas. No lo bastante para justificar que yo retrocediera, sí lo suficiente para que notara una bolsa de tornillos sin etiqueta entre los dos y una zona exacta de mi cuerpo que decidió no comportarse. Me concentré en el baño antiguo. Fracasé de una manera bastante silenciosa.

Volvimos al asunto técnico. Medimos la cata de la biblioteca, contrastamos medidas y dejamos que el edificio nos contradijera en directo. Quim no ganó todas las frases. Yo tampoco. Eso era lo peor: juntos veíamos mejor, y esa clase de evidencia no se podía archivar en una carpeta cómoda.

Me habría gustado ofenderme de forma limpia. No pude. Quim me miraba sin hacerme pequeña y se me pegaba la camisa a la piel. Me obligaba a admitir que no todo lo que protegía era proyecto; una parte era miedo viejo y otra, cansancio acumulado.

—He tratado con juntas imposibles menos orgullosas.

—No uses el pavimento para explicar mi infancia.

—No es la pieza. Eso lo sabes tú también.

—No empecemos —dije, tarde y mal, porque yo ya había empezado antes de abrir la puerta.

Recuerdo mejor los objetos que mi propia cara: la muestra de latón envejecido, la chaqueta de Quim colgada donde no tocaba, una esquina de plano levantada por la humedad. Nada de aquello era romántico. Precisamente por eso lo creyó mi cuerpo antes que mi cabeza.