No eras parte del plano (Todo lo que construimos nº 1) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Llegué a Casa Batller antes de las siete con una bolsa de supermercado en una mano y la sensación de haberme dejado parte del cerebro en la almohada.

La bolsa contenía dos yogures, una manzana golpeada y una caja de ibuprofenos que no recordaba haber comprado. En algún punto entre la farmacia y la obra, mi vida se había convertido en eso: comida que no apetecía y analgésicos preventivos.

No había nadie en la planta noble todavía. Solo el vigilante en la entrada, una radio vieja sonando en la caseta y el eco de una gotera en algún lugar que prefería no localizar antes de desayunar.

Abrí la biblioteca y me quedé quieta.

Quim estaba sentado en el suelo.

No en una silla. En el suelo, con los planos extendidos sobre el mármol protegido, un café a medio beber, una cinta métrica, tres muestras de madera y los cordones de una bota desatados.

La imagen no encajaba con la versión de revista. Bien. Las versiones de revista eran útiles para encender chimeneas.

—¿Has pasado aquí la noche?

Él levantó la cabeza. Tenía peor cara que el día anterior. No peor de forma atractiva. Peor de verdad. Piel apagada, ojeras hundidas y un mechón levantado en un ángulo francamente absurdo.

—No.

Miré los planos, el café frío y la chaqueta doblada como almohada junto a la pared.

—Mentir también requiere cierta preparación.

—Dormí una hora.

—Eso no es dormir. Es perder el conocimiento brevemente.

Quim se pasó una mano por la cara. Tenía una pequeña mancha de lápiz en la mejilla. Decidí no decírselo. A veces una persona necesitaba conservar alguna ventaja moral.

—No conseguía que encajara la biblioteca con el patio sin destrozarte medio proyecto.

—Qué detalle. Casi humano.

Él no contestó. Señaló un plano.

—He reducido la apertura. No toca el tramo protegido. La luz entra igual, pero el recorrido no queda tan teatral.

Dejé la bolsa sobre una silla y me agaché sin demasiada elegancia. Me crujió una rodilla. Quim lo oyó. No dijo nada. Agradecí esa pequeña muestra de instinto de supervivencia.

El suelo estaba frío incluso a través de la tela del pantalón. Quim seguía a su lado, tan cerca para una revisión técnica y no lo bastante cerca para poder acusarlo de nada. Noté el calor de su brazo antes de notar la línea que él señalaba en el plano.

Eso era lo peligroso de Quim: discutía con medidas, pero invadía por temperatura.

La propuesta era más contenida que la anterior.

Menos brillante, más difícil de vender en una imagen, pero más respetuosa con el edificio.

También conservaba una parte de la idea de Quim que habría preferido seguir odiando: la biblioteca dejaba de ser una sala cerrada y empezaba a conversar con el patio.

Qué horror, pensar con palabras de interiorista.

—Esto es mejor —dijo.

Quim me miró.

—¿Perdona?

—No lo arruines.

—No, no. Quiero recordarlo. Has dicho que es mejor.

—He dicho que esto es mejor. No tú.

—Matiz importante.

—Fundamental.

Saqué la manzana de la bolsa. Estaba peor de lo que recordaba. Le di un mordisco igualmente. Quim miró la manzana, luego los yogures, luego la caja de ibuprofenos.

Fui consciente, tarde y con muy poca dignidad, de que él había mirado su boca antes que la manzana. No mucho. Lo justo para que el mordisco le pareciera de pronto una decisión íntima y absurda.

Masticó con más rabia de la necesaria.

—¿Ese es tu desayuno?

—No opines sobre mi alimentación si quieres conservar una relación laboral mínimamente operativa.

—No iba a opinar.

—Tu cara ha opinado.

—Mi cara lleva años yendo por libre.

Ese comentario no era brillante. Era tonto. Bastante tonto. Le salió con cansancio, casi sin buscar efecto. Lo preferí a las frases bien afiladas.

Trabajamos en el suelo durante más de una hora.

Terminé con el pantalón manchado de polvo y una esquina de plano pegada al antebrazo por culpa del sudor.

Quim perdió el lápiz dos veces. La segunda lo tenía detrás de la oreja.

Cuando me lo señaló, él se quedó tan quieto que por un momento pareció un niño pillado haciendo algo inútil.

—Me pasa mucho —admitió.

—¿Perder objetos que llevas encima?

—Perder objetos. Llaves. Gafas. La paciencia. Clientes importantes.

La última frase no sonó como chiste.

Levanté la vista, pero él ya estaba marcando una sección.

Ahí estaba otra grieta. Pequeña, mal tapada. No iba a tocarla. No todavía.

A las nueve llegó Marc con demasiada energía para un hombre que no había olido polvo hasta la noche anterior.

—Qué imagen tan bonita —dijo desde la puerta—. Coordinación real.

Me levanté antes de poder fingir sorpresa. Casi pisa una muestra de madera.

—Estamos trabajando.

—Eso veo.

Quim siguió sentado un segundo más. Luego se incorporó, se limpió la mano en el pantalón y solo consiguió extenderse más polvo. Marc lo miró con una mezcla de fascinación y cálculo. Quim sucio también vendía, por lo visto.

—Necesito algo potente para el viernes —dijo Marc—. La familia quiere sentir que el proyecto avanza.

Noté cómo se me cerraba el estómago.

—El proyecto avanza cuando se hacen bien las cosas, no cuando se enseñan bonitas.

Marc sonrió con paciencia de cliente.

—Necesitamos ambas.

Quim, por una vez, no aprovechó para colocarse del lado cómodo.

—La propuesta de Sandra tiene que sostenerlo. Si forzamos una imagen, nos cargamos el espacio.

No lo miré.

No quiso darle importancia.

Falló.

Marc cambió apenas la expresión. Muy poco. Pero vi la evaluación. Marc observaba cómo discutían, cuándo coincidían, quién cedía, quién vendía mejor una idea. Con Marc casi nada pasaba por accidente.

—Bien —dijo—. Entonces sorprendedme sin asustarme.

Cuando se fue, recogí los planos con más fuerza de la necesaria.

—Está mirando de más.

Quim se ató por fin la bota.

—Es cliente. Mirar viene incluido.

—No así.

Él levantó la cabeza.

—¿Cómo?

Dudé. No quería sonar paranoica. No quería contarle a Quim que Clara había usado la palabra evaluar. No quería darle munición.

—Como si estuviéramos haciendo una prueba.

Quim se quedó serio.

Demasiado serio.

Durante un segundo pareció que iba a decir algo. Luego bajó la mirada hacia el plano.

—Todos los proyectos grandes son una prueba.

Mentira no era.

Pero tampoco era toda la verdad.

Mi móvil vibró. Nil otra vez.

Nil: Mamá insiste con el domingo.

Sandra: Estoy en una obra.

Nil: Eso no es un país extranjero.

Sandra: Casi.

Nil: Dice que lleves a alguien.

Miré a Quim, que estaba peleándose con una cinta métrica que se negaba a recogerse.

Sandra: Antes me tiro por el hueco del ascensor.

Nil: Dramática. Papá estaría orgulloso.

La frase me dejó un sabor raro.

Papá.

Bloqueé el móvil sin contestar. Quim había conseguido que la cinta métrica cediera, pero ahora tenía un corte fino en el pulgar.

—Sangras —dije.

—Poco.

—Eso es una medida médica muy seria.

Buscó un pañuelo en la bolsa. Solo encontró el ticket del supermercado y una servilleta arrugada. Se la dio. Quim la aceptó sin hacer comentario sobre la manzana triste, los yogures o su botiquín portátil.

—Gracias.

La palabra salió sencilla. Sin ironía.

Volví al plano.

La mañana continuó con menos frases y más trabajo. Eso debería haberme tranquilizado. No lo hizo. El silencio con Quim no resultaba incómodo de la forma correcta. Tenía de más esfuerzo dentro. Como si los dos estuvieran pendientes de no decir ciertas cosas.

Al mediodía, Jordi apareció con una mala noticia: la cata del comedor lateral había sonado hueca.

Cerré los ojos.

—Qué alegría.

Quim recogió el casco.

Esta vez se lo puso sin que nadie tuviera que recordárselo.

Bajaron juntos.

En el comedor, el aire era más frío. Una lona se movía con la corriente que entraba desde una ventana mal sellada. Jordi golpeó el muro con los nudillos. El sonido era hueco, claro, casi insolente.

—Esto no estaba en planos —dijo él.

Apoyé la mano en la pared. Noté la rugosidad bajo los dedos, la pintura vieja, una vibración mínima cuando Jordi volvió a golpear.

—Abrimos una cata pequeña.

El operario cortó con cuidado. Cayó polvo. No el polvo fino de cada día, sino uno más oscuro, guardado, con olor a pared cerrada de más tiempo.

Tosí. Quim le ofreció la servilleta que antes había usado para el corte. Estaba manchada de sangre.

—Ni de broma.

Él miró la servilleta.

—Cierto. Mala propuesta.

Por detrás del revestimiento apareció una moldura antigua.

Primero una curva.

Luego restos de color.

Verde apagado. Un azul casi perdido. Un dorado sucio que no quería rendirse del todo.

Dejé de pensar en Marc, en Clara, en la sociedad, en Quim y en la manzana golpeada.

Durante unos segundos solo estuvo el edificio.

Casa Batller, sacando algo que alguien había tapado con prisa y mal gusto.

—Joder —murmuró Jordi.

Quim no dijo nada.

Ese silencio sí lo entendí.

Era respeto, no cálculo.

Sentí una punzada inesperada. No emoción bonita. Algo más físico. La razón por la que había elegido aquel trabajo antes de que el trabajo se convirtiera en una carrera de fondo contra clientes, costes y gente diciendo “solo es una pared”.

Una pared rara vez era solo una pared.

Nunca lo era.

—Hay que documentarlo —dije.

—Y defenderlo —añadió Quim.

Lo miré.

Tenía polvo en el pelo, una gota de sangre seca en el pulgar y la mancha de lápiz todavía en la cara.

No era la estrella del interiorismo de las revistas.

Era alguien capaz de perder una tarde entera por una moldura que nadie le había pedido salvar.

Aquello me molestó más de lo razonable.

Luego abrí el adjunto más caro.

Sonreí. No mucho. Lo suficiente para odiarme un poco.

Q.

he revisado la junta de cubierta. Te adjunto dos opciones. La conservadora es correcta. La otra es mejor, más cara y te va a enfadar.

Sandra,

Me quedé sola con los planos. Abrí el correo de Quim porque había entrado hacía veinte minutos y yo había fingido no verlo.

Cuando se fue, una hora después, dejó media tortilla en la nevera, el plato fregado y una frase en el aire que no supe dónde guardar: no te compra la versión eficiente de ti.

—Lo he aprendido de ti.

—No cambies de tema.