No eras parte del plano (Todo lo que construimos nº 1) CAPÍTULO 2 #4
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CAPÍTULO 2 #4

Brillante, pero difícil.

Una frase de esas que se quedaban pegadas.

Clara se marchó antes de que encontrara una respuesta que no sonara infantil.

Quim seguía junto a la mesa, guardando una regla metálica en la carpeta. No miraba. O fingía no hacerlo.

—No digas nada —advertí.

—No iba a decir nada.

—Eso ya es algo.

Quim cerró la carpeta. En vez de lanzar una réplica, se quedó un momento mirando la biblioteca. Era menos cómodo cuando no estaba provocando.

—A mí también me han llamado difícil —dijo.

Recogí su tablet.

—Qué sorpresa.

—No fue un cumplido.

No sonreí.

La frase quedó ahí, imperfecta, sin remate.

Tuve el impulso raro de preguntarle quién se lo había dicho y cuándo. Lo enterró enseguida. No le convenía saber cosas de Quim Fusté que no fueran útiles para rebatirlo.

—Tenemos cuarenta y ocho horas —dije.

—Lo sé.

—Y no pienso hacer una propuesta que no pueda defender técnicamente.

—Yo no pienso firmar una propuesta cobarde.

Debería haberle molestado.

Le molestó.

También la despertó un poco.

—Entonces vamos a dormir poco —dije.

Quim se colocó el casco bajo el brazo. Otra vez con el casco bajo el brazo.

—Tú ya ibas a dormir poco antes de conocerme.

No contesté. La frase era cierta, y precisamente por eso no pensaba regalarle una respuesta.

Al salir, no pensé nada digno. Pensé que mi uña rota contra el papel seguía en mi mano, que me picaba la piel debajo del casco y que Quim caminaba a mi lado sin invadir el pasillo. Eso me fastidió más que una frase bonita. La distancia justa siempre es más peligrosa que el descaro.

Cerré la carpeta y él recogió sus notas. Abajo golpearon una puerta metálica; arriba alguien arrastró un cubo. La obra siguió con su ruido vulgar, recordándome que el replanteo de la suite piloto no iba a resolverse porque a mí me costara respirar normal a medio metro de Quim.

Antes de irse, Quim tuvo la decencia irritante de no convertir el momento en nada.

Apartó el móvil con la batería al doce por ciento, me dejó espacio para pasar y no hizo comentario sobre mi cara.

Los gestos pequeños son una forma muy sucia de quedarse en una cabeza ajena.

El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.

No le di la razón en voz alta. Tampoco hacía falta regalarle tanto. Pero la cata de la biblioteca quedaba delante de nosotros, tozudo, y algo cedió por dentro. Muy poco. Lo suficiente para que me enfadara conmigo.

Quim no discutió. Miró un post-it torcido un segundo, porque también era necesitar darle trabajo a las manos. Dejó que la frase quedara ahí, sin remate. A veces aceptar una parte de culpa golpea más que ganar otra pelea.

—Lo sé.

—Curioso. Suena igual que la última omisión.

—No voy a decidir por ti.

Cuando volvimos a quedarnos solos, notaba el pelo pegado a la nuca. Quim apoyó las manos en la mesa. No me tocó. Ni siquiera se acercó. A veces la tensión no necesita piel; le basta con una persona que baja la voz cuando todo alrededor sigue haciendo ruido.

Marc apareció con su sonrisa de administrador de incendios y dejó la funda del portátil en mitad de la mesa, con la fe absurda de que el orden exterior pudiera tapar el desastre. Habló de plazos, relato y confianza inversora. Yo contesté con números. Quim corrigió un dato técnico sin mirarme.

Lo molesto era eso: Quim no solo me atraía cuando estaba cerca.

También me atraía cuando trabajaba bien.

Cuando veía el hueco del montacargas sin convertirlo en espectáculo.

Cuando me pasaba el plano doblado por una esquina sin rozarme.

Yo estaba preparada para resistirme a un hombre guapo; no a un hombre útil.

Una parte de mí esperaba una salida fácil: beso o pelea. Casa Batller no concedía esas comodidades. Seguimos hablando de la cornisa rota, de costes y de permisos, usando palabras normales para tapar una conversación que ya no era normal desde hacía rato.

La frase se me escapó sin pasar por ningún filtro profesional.

Quim se quedó quieto. Yo también. En otra planta sonó una radial, tarde, fuera de ritmo.

El edificio tuvo la mala educación de seguir funcionando mientras yo calculaba cómo no acercarme.

En ese momento la caja de tiradores me pareció una prueba ridícula de que seguíamos en una obra.

—Cuidado, Fusté. Se te está viendo la boca en medio del argumento.

—Eso dices cuando te pillo antes de tiempo.

—Estoy trabajando.

—Estás haciendo números para no sentir.

Quim se movió apenas. No lo bastante para justificar que yo retrocediera, sí lo suficiente para que notara un recibo de taxi dentro de la libreta entre los dos y una zona exacta de mi cuerpo que decidió no comportarse.

Me concentré en el ascensor histórico. Fracasé de una manera bastante silenciosa.

Volvimos al asunto técnico. Marcamos la luz del patio, contrastamos medidas y dejamos que el edificio nos contradijera en directo. Quim no ganó todas las frases. Yo tampoco. Eso era lo peor: juntos veíamos mejor, y esa clase de evidencia no se podía archivar en una carpeta cómoda.

Me habría gustado ofenderme de forma limpia. No pude. Quim me miraba sin hacerme pequeña y me latía el cansancio en las sienes. Me obligaba a admitir que no todo lo que protegía era proyecto; una parte era miedo viejo y otra, cansancio acumulado.

—Algunas paredes maestras negocian mejor.

—La baldosa no tiene la culpa de que me estés mirando así.

—No te enfada la madera, Sandra.

—No voy a discutir por esto —dije. Naturalmente, era justo lo que estaba haciendo.

Recuerdo mejor los objetos que mi propia cara: un presupuesto impreso con una mancha de aceite, la muestra de latón envejecido, una esquina de plano levantada por la humedad.

Nada de aquello era romántico. Precisamente por eso lo creyó mi cuerpo antes que mi cabeza.

El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.

Quim tardó en responder. Tenía esa manía peligrosa de no rellenar los huecos. Yo prefería las respuestas rápidas porque no dejaban sitio para arrepentirse, ni para mirar, ni para notar que me sudaba la palma contra la carpeta por una razón que no se reducía a laboral.

—Lo tuyo con la elegancia está poco resuelto.

—Podría. También podría tirarme por el hueco del ascensor y ambas cosas me parecen igual de elegantes.

—Podrías pedir ayuda.

En el informe figuraba el baño antiguo. En mi cabeza, en cambio, figuraba Quim entrando donde yo no lo había invitado y dejando marcas que no se borraban con una versión nueva del plano.

La escena no tuvo nada de cinematográfica.

Había una silla coja, polvo en el borde de la mesa y llevaba el sujetador marcándome la espalda desde las ocho.

Quizá por eso quedó. Las cosas importantes rara vez empiezan con música; empiezan con alguien llegando tarde, una luz horrible y una frase que ya no puedes retirar.

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