No eras parte del plano (Todo lo que construimos nº 1) CAPÍTULO 2 #3
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CAPÍTULO 2 #3

Colgué. No cené. Abrí el correo de Quim.

Asunto: Biblioteca. Tres archivos adjuntos.

Ningún “hola”. Ninguna disculpa. Ningún gesto simpático donde pudiera colocar mi enfado con comodidad.

Solo planos corregidos, una nota sobre cargas, dos alternativas de circulación y una frase al final: “No estoy intentando quitarte la obra. Estoy intentando que respire”.

—Cena algo que no venga de una bandeja de reunión.

—Te odio.

—Claro. Huye hacia un Excel.

—Tengo que colgar.

No contesté. Afuera pasó una moto y su luz cruzó el cristal del coche en una línea amarilla.

Me habría gustado decirle que exageraba.

Que yo era una profesional adulta en un proyecto complejo y no una niña contando monedas encima de la mesa de la cocina.

Pero tenía un recibo de parking en la mano y lo estaba doblando en cuatro como hacía mi madre con las facturas.

—Sí. Estamos hablando de que alguien ha tocado un plano y tú has sentido que te tocaban la infancia.

—No sabes ni de qué estamos hablando.

Miré el móvil igual que si me hubiera insultado.

—No eres papá —dijo Nil.

Nil suspiró. No de paciencia. De familia.

En nuestra familia los silencios no descansaban; se quedaban de pie, mirando.

Mi padre nos había enseñado que equivocarse costaba una casa, una cuenta corriente y años de escuchar a tu madre fingir que no pasaba nada mientras estiraba una tortilla para cuatro.

Yo había convertido aquello en método. Listas, presupuestos, comprobaciones dobles, correos con copia.

Control. Una palabra preciosa hasta que llega alguien como Quim Fusté y te demuestra que controlar también puede ser una forma elegante de tener miedo.

—Eso es empezar en tu idioma.

—No he dicho nada.

—No empieces.

—Sandra.

Ahí sí me reí de verdad. Después me quedé callada.

En la pantalla seguía abierta la imagen de la biblioteca, las líneas rojas, la letra inclinada de Quim.

Nil no dijo nada durante unos segundos. Oí de fondo una televisión baja, una cuchara contra un plato, vida normal.

En mi coche olía a papel caliente y a cansancio.

—Qué putada.

—Competente.

—¿Bueno o guapo?

—Han metido a un interiorista.

Me reí. Poco. Lo justo para que él supiera que seguía viva y lo bastante mal como para que no me creyera del todo.

Nil tenía ese talento incómodo de reconocerme por los huecos entre frases.

Mi padre también lo hacía antes de equivocarse con todo lo demás.

Esa comparación me fastidió, así que cambié de tema.

—Eso no es comida. Eso es manipulación con mantequilla.

—He comido un cruasán de reunión.

—Dime que has cenado.

Nil me llamó a las nueve y diecisiete. Lo supe porque mi móvil llevaba toda la tarde al once por ciento y aun así tuvo energía para recordarme que había gente que no trabajaba con edificios muertos. Contesté sin ganas, apoyando la cabeza en el reposacabezas.

Aquella noche no volví directamente a casa.

Hice algo bastante más triste: bajé al parking, me senté dentro del coche y abrí otra vez la foto de los planos marcados.

El parabrisas tenía una película de polvo finísimo, de ese que parece inocente hasta que pasas el dedo y te deja una raya perfecta.

Me quedé mirando la raya igual que si pudiera explicarme algo.

No lo hizo. Las cosas útiles de verdad nunca explican nada cuando una las mira desde el asiento del conductor con el abrigo puesto y la dignidad por el suelo.

***

CAPÍTULO 3

La reunión de coordinación empezó con quince minutos de retraso, una bandeja de cruasanes intacta y Marc Batller diciendo “seamos prácticos”, que era la frase que utilizaba cuando quería saltarse media realidad.

Dejé la tablet sobre la mesa y abrí mi libreta. No confiaba en reuniones donde había bollería. La bollería servía para que todo pareciera menos agresivo mientras alguien te cambiaba un plazo imposible por otro peor.

Estaban en la biblioteca, porque Marc insistía en reunirse en los espacios “vivos” del proyecto. Me era una forma preciosa de decir que no quería subir a la caseta de obra porque olía a sudor, pintura y café malo.

Clara había llegado desde el estudio con un vestido azul oscuro, una carpeta fina y esa calma suya que no era calma: era presión bien planchada. Se sentó junto a mí, me tocó apenas el borde del brazo y no dijo nada. Ese gesto, en Clara, significaba no muerdas a nadie delante de los clientes.

Quim llegó el último.

Con casco.

Lo noté. También noté que el casco le quedaba un poco alto, igual que si su pelo se negara a colaborar con la seguridad laboral. No dijo nada. A veces una demuestra madurez evitando una frase fácil. A veces solo está de más cansada.

Marc abrió la reunión.

—Tenemos que salir de aquí con una línea clara. Biblioteca, comedor y patio. La familia quiere entender hacia dónde vamos.

La familia, presente en forma de dos primos con apellidos largos y paciencia corta, asintió.

Expliqué primero. Hablé de estructura, de circulación, de elementos protegidos, de plazos de autorización. Clara no me interrumpió, pero en dos ocasiones anotó algo con el bolígrafo. Conocía a Clara: cuando anotaba durante una intervención tuya, no siempre era porque estuviera de acuerdo.

Quim no habló hasta que Marc le pidió opinión.

—La propuesta de Sandra sostiene bien el edificio —dijo.

Mantuve la cara quieta.

No esperaba aquello.

—Pero lo sostiene de más —continuó él—. No hay una experiencia clara. La gente entra, ve cosas bonitas, se pierde un poco y acaba en salas correctas. Correctas no bastan para este proyecto.

Ahí estaba.

El golpe no había sido frontal. Había llegado envuelto en un elogio, lo cual era peor. Los elogios con cuchillo eran una especialidad peligrosa.

—No estamos diseñando una atracción turística —respondí.

—Tampoco un expediente administrativo visitable.

Uno de los primos sonrió. Clara no. Marc sí, pero con cuidado.

Cerré la mano alrededor del bolígrafo. Noté la marca en los dedos.

Pensé en su padre apretando facturas sobre la mesa de la cocina.

Pensé en todas las veces que alguien había llamado prudencia a lo que luego otros llamaban miedo.

La rabia le subió limpia, antigua, mucho menos profesional de lo que habría querido.

—Mi trabajo es asegurar que el edificio no se convierta en una postal cara con problemas ocultos.

Quim bajó la voz. No mucho.

—Y el mío es evitar que una rehabilitación con alma acabe pareciendo una disculpa.

Clara intervino antes de que contestara.

—Quizá hay un punto intermedio.

Clara hablaba distinto a ellos. Más lenta, menos brillante, con frases que no buscaban remate. Tenía la fea costumbre de parecer adulta en habitaciones llenas de egos.

—Sandra tiene razón en los límites técnicos. Quim tiene razón en que la planta noble necesita una lectura más ambiciosa. La pregunta es qué cambios aportan valor sin abrir una guerra con Patrimonio.

Marc se apoyó en el respaldo de la silla.

—Eso es exactamente lo que necesitamos.

Miré a Clara.

No me gustó ese equilibrio.

Clara me devolvió una mirada mínima: sobrevive.

Durante la siguiente hora revisamos propuestas. La puerta que Quim quería cambiar, al final, no se cambió. Se desmontaría, se limpiaría y se recolocaría con otro marco. Lo propuse sin mirar de más a Quim. Quim no dijo “te lo dije”. Eso también fue extraño.

El patio interior sí cambió. Se aceptó abrir una visual parcial hacia la biblioteca, siempre que las catas confirmaran que el paramento no escondía nada delicado. Introdujo cinco condiciones. Quim aceptó tres, discutió una y se guardó una mueca en la última.

—La iluminación no puede esperar al final —dijo él.

—La iluminación no puede decidir la estructura —respondí.

—No decide. Revela.

Me giré hacia Clara.

—¿Ves? Esto es lo que pasa cuando alguien da entrevistas.

Clara suspiró con discreción. Uno de los primos tosió para esconder una risa. Marc se frotó la frente.

La reunión terminó con una decisión que no quería y, aun así, no podía llamar derrota: prepararían una propuesta conjunta en cuarenta y ocho horas. Biblioteca, comedor, patio. Técnica y concepto. Dirigiría la parte arquitectónica. Quim la intervención interior.

Conjunta.

La palabra le sentó peor que el café de máquina.

Cuando todos empezaron a levantarse, Clara me retuvo con una mano sobre la carpeta.

—Un minuto.

Me quedé.

Quim también, a unos metros, recogiendo sus papeles con deliberada lentitud. Marc salió hablando por teléfono. Los primos desaparecieron hacia la escalera, encantados de haber sobrevivido a algo que seguramente contarían como “una reunión intensa”.

—No puedes permitir que te arrastre al cuerpo a cuerpo todo el tiempo —dijo Clara.

Miré hacia la ventana. En la calle, un camión de reparto pitaba porque alguien había bloqueado el carril. Barcelona entera era una obra mal coordinada.

—No me arrastra.

Clara no sonrió.

—Entonces dejas que se note de más que vas voluntaria.

Eso dolió más de lo previsto.

—No me gusta.

—No tiene que gustarte. Tiene que funcionarte.

Tragué saliva. Tenía la garganta seca. Demasiado café, poco desayuno, mucho orgullo.

—Marc lo escucha más que a mí.

—Marc escucha lo que cree que puede vender. Tú tienes que conseguir que tu rigor también parezca vendible.

—No soy un producto.

Clara cerró la carpeta.

—En este proyecto, todos lo somos un poco.

No sonó cínico. Sonó cansado. Ahí estaba la voz de Clara de verdad, debajo de la socia impecable: una mujer de treinta y seis años que también había pagado cosas para llegar a una silla concreta y no pensaba dejar que fingiera que el talento bastaba.

—Te quieren evaluar con este proyecto —añadió Clara, más bajo.

La miré.

—¿Quién?

—El estudio. La propiedad. Todo el mundo que importa cuando hay dinero y prestigio encima de la mesa.

Sentí una presión fría en el estómago.

—Eso ya lo sé.

—No. Sabes que quieres ser socia. No sé si has entendido que pueden decidir que eres brillante, pero difícil.