CAPÍTULO 2 #2
—No me conoces lo suficiente para hacer diagnósticos.
Me giré. Su cara estaba muy cerca. Tenía una mancha negra bajo el pulgar y una hebra de pelo pegada a la frente por la humedad. No era un genio insoportable. Era un hombre que había dormido poco y aun así seguía mirando el problema hasta que el problema se cansaba.
—A veces lo haces igual.
—No estoy cargando. Estoy dirigiendo.
—No puedes cargar con todas las reparaciones antiguas de este edificio.
Quim bajó la voz.
El viento movió una lámina suelta. Jordi estaba a unos metros, hablando por teléfono con alguien de mantenimiento. La cubierta nos dejó un trozo de intimidad fea: dos rodillas sobre tela asfáltica, una claraboya empañada, el ruido de la ciudad debajo.
—Entonces ponte casco.
—Cuando dices nada con esa cara, suelen caer vigas.
—Nada.
—¿Qué?
Quim lo notó.
La frase me golpeó más de lo necesario. Pensé en mi padre antes de poder evitarlo. En facturas escondidas, en llamadas que no se devolvían, en una reforma que se vendió como oportunidad hasta que se convirtió en deuda. Aparté la vista hacia las medianeras.
—Una mentira con presupuesto bajo.
—Una reparación temporal.
—Alguien lo tapó desde dentro.
Quim pasó el dedo por el borde de la junta. La yema salió negra.
—Y alguien lo sabía.
—Sí.
—Esto lleva meses entrando —dije.
Me arrodillé. El pantalón crujió en la rodilla.
Quim se colocó a mi lado. Demasiado cerca otra vez.
Esta vez no por provocación, sino porque no había sitio.
La cubierta caía hacia un canalón estrecho y, si uno de los dos se movía mal, el otro acababa en una posición poco profesional y difícil de explicar.
—Aquí.
Jordi señaló una junta abierta junto a una claraboya.
La trampilla de acceso a cubierta se abrió con un quejido húmedo. Arriba, Barcelona estaba gris y baja, con las antenas recortadas contra una mañana sin ganas. La cubierta olía a lluvia antigua, a tela asfáltica caliente y a ese polvo negro que se mete debajo de las uñas aunque lleves guantes.
No sonrió. Yo tampoco. El problema fue que ninguno necesitó sonreír para que la escalera pareciera estrecharse.
—De nada.
—Gracias.
Retiré la pierna de golpe.
Se agachó. Sin ceremonia. Sin convertirlo en un gesto bonito. Sujetó la tela con dos dedos y la liberó con cuidado. Sus nudillos rozaron mi tobillo por accidente o por una de esas decisiones minúsculas que no se podían denunciar en ningún informe.
—No he dicho que no.
—Puedo sola.
—Espera.
En el rellano del tercero, se me enganchó el bajo del pantalón en una astilla del pasamanos.
Subimos por la escalera de servicio. La de mármol seguía protegida, dormida debajo del cartón y de las huellas de botas.
La de servicio, en cambio, no fingía nada: pintura desconchada, barandilla fría, un olor a cerrado que se pegaba a la lengua.
Quim subió detrás de mí. No muy cerca. Lo justo para que yo supiera que estaba ahí y para que mi cuerpo decidiera registrar cada escalón con una conciencia absurda.
Jordi hizo un ruido que podía ser tos o risa. No le pregunté porque no tenía fuerzas para descubrir que también se entretenía con nosotros.
—Me sale solo. Si me esforzara, dolería más.
—¿Te esfuerzas o te sale solo?
Lo miré.
—La humedad tampoco ha pedido permiso —dijo Quim.
—La cubierta no entraba en esta fase.
Me pasé una mano por la nuca. Tenía el pelo recogido con un lápiz porque había perdido la goma hacía dos horas. O quizá la goma había decidido empezar una vida nueva en un lugar con menos reuniones.
—Cubierta.
Jordi lo señaló con la linterna igual que si acabara de aprobar un examen desagradable.
—Cubierta.
Quim, que estaba agachado junto al rodapié con una muestra de madera apoyada sobre la rodilla, levantó la cabeza.
—Es peor.
—No me hagas feliz tan pronto.
—No es tubería —dijo.
A las doce y veinte, el borde húmedo había bajado dos centímetros por la pared de la biblioteca y tenía la forma exacta de una decisión cara. Jordi llegó con una escalera, una linterna y una cara que en cualquier otro hombre habría sido pesimismo, pero en él era información técnica.
La mancha no esperó a que termináramos el café. Creció despacio, con esa mala educación que tienen los problemas de obra cuando ya saben que les estás mirando.
Al salir, no pensé nada digno. Pensé que una silla coja seguía en mi mano, que tenía polvo en la comisura de la boca y que Quim caminaba a mi lado sin invadir el pasillo. Eso me fastidió más que una frase bonita. La distancia justa siempre es más peligrosa que el descaro.
Cerré la carpeta y él recogió sus notas. Abajo golpearon una puerta metálica; arriba alguien arrastró un cubo. La obra siguió con su ruido vulgar, recordándome que la reunión con Marc no iba a resolverse porque a mí me costara respirar normal a medio metro de Quim.
Antes de irse, Quim tuvo la decencia irritante de no convertir el momento en nada. Apartó la muestra de latón envejecido, me dejó espacio para pasar y no hizo comentario sobre mi cara. Los gestos pequeños son una forma muy sucia de quedarse en una cabeza ajena.
No le di la razón en voz alta. Tampoco hacía falta regalarle tanto. Pero la muestra de lino quedaba delante de nosotros, tozudo, y algo cedió por dentro. Muy poco. Lo suficiente para que me enfadara conmigo.
Quim no discutió. Miró la caja de tiradores un segundo, porque también era necesitar darle trabajo a las manos. Dejó que la frase quedara ahí, sin remate. A veces aceptar una parte de culpa golpea más que ganar otra pelea.
—Lo sé.
—Esa frase ya la usaste antes de callarte media verdad.
—No voy a decidir por ti.
Cuando volvimos a quedarnos solos, me sudaba la palma contra la carpeta. Quim apoyó las manos en la mesa. No me tocó. Ni siquiera se acercó. A veces la tensión no necesita piel; le basta con una persona que baja la voz cuando todo alrededor sigue haciendo ruido.
Marc apareció con su sonrisa de administrador de incendios y dejó el plano doblado en mitad de la mesa, con la fe absurda de que el orden exterior pudiera tapar el desastre. Habló de plazos, relato y confianza inversora. Yo contesté con números. Quim corrigió un dato técnico sin mirarme.
Lo molesto era eso: Quim no solo me atraía cuando estaba cerca.
También me atraía cuando trabajaba bien.
Cuando veía la cata de la biblioteca sin convertirlo en espectáculo.
Cuando me pasaba el móvil con la batería al doce por ciento sin rozarme.
Yo estaba preparada para resistirme a un hombre guapo; no a un hombre útil.
Una parte de mí esperaba una salida fácil: beso o pelea. Casa Batller no concedía esas comodidades. Seguimos hablando de el replanteo de la suite piloto, de costes y de permisos, usando palabras normales para tapar una conversación que ya no era normal desde hacía rato.
La frase se me escapó sin pasar por ningún filtro profesional. Quim se quedó quieto. Yo también. En otra planta sonó una radial, tarde, fuera de ritmo. El edificio tuvo la mala educación de seguir funcionando mientras yo calculaba cómo no acercarme.
—Eso lo dices porque si hablamos de planos no tienes que admitir dónde estás mirando.
—Eso dices cuando estás fabricando una defensa.
—Estoy trabajando.
—Estás buscando dónde esconder la respuesta.
Quim se movió apenas. No lo bastante para justificar que yo retrocediera, sí lo suficiente para que notara una silla coja entre los dos y una zona exacta de mi cuerpo que decidió no comportarse. Me concentré en el cuadro de cargas. Fracasé de una manera bastante silenciosa.
Volvimos al asunto técnico. Repasamos la galería interior, contrastamos medidas y dejamos que el edificio nos contradijera en directo. Quim no ganó todas las frases. Yo tampoco. Eso era lo peor: juntos veíamos mejor, y esa clase de evidencia no se podía archivar en una carpeta cómoda.
Me habría gustado ofenderme de forma limpia. No pude. Quim me miraba sin hacerme pequeña y me fallaba la paciencia. Me obligaba a admitir que no todo lo que protegía era proyecto; una parte era miedo viejo y otra, cansancio acumulado.
—Una cata de yeso es más directa que tú.
—No psicoanalices una baldosa, por favor.
—No quieres discutir porque esto ya venía de antes.
—No tengo energía para pelear por una muestra —dije, aunque por dentro ya llevaba diez minutos haciéndolo.
Recuerdo mejor los objetos que mi propia cara: la chaqueta de Quim colgada donde no tocaba, un trozo de cinta de carrocero pegado a mi manga, una esquina de plano levantada por la humedad. Nada de aquello era romántico. Precisamente por eso lo creyó mi cuerpo antes que mi cabeza.
Quim tardó en responder. Tenía esa manía peligrosa de no rellenar los huecos. Yo prefería las respuestas rápidas porque no dejaban sitio para arrepentirse, ni para mirar, ni para notar que me picaba la piel debajo del casco por una razón que no se reducía a laboral.
—No es una herramienta. Es un aviso.
—No digas mi nombre para moverme de sitio.
—Sandra.
Lo que podía explicar en una reunión era la viga escondida bajo el falso techo. Lo que no podía explicar era esa manía nueva de preguntarme qué habría visto Quim antes de que yo terminara de mirar.
La escena no tuvo nada de cinematográfica.
Había el móvil con la batería al doce por ciento, polvo en el borde de la mesa y me picaba la piel debajo del casco.
Quizá por eso quedó. Las cosas importantes rara vez empiezan con música; empiezan con alguien llegando tarde, una luz horrible y una frase que ya no puedes retirar.
***
Lo leí tres veces. Después apagué el móvil porque me quedaba un cuatro por ciento y porque una mujer sensata no responde a un correo así desde un parking, con hambre, rabia y la boca de un desconocido metida donde no la habían llamado.