CAPÍTULO 2
A media mañana, tenía polvo en los ojos, la espalda rígida y dos versiones distintas de la biblioteca abiertas en la pantalla.
La suya y la de Quim.
La de Quim no era mejor.
Me lo repetí varias veces mientras ampliaba el plano al doscientos por cien, igual que si el zoom pudiera modificar la realidad.
La propuesta de Quim era más vistosa, más vendible, más de esas cosas que quedaban preciosas en una presentación y luego se rompían contra los conductos, las catas arqueológicas y la señora de Patrimonio que te respondía correos los jueves a las seis y veinte con una sola frase: “No se autoriza”.
Pero había dos cosas que sí estaban mejor resueltas.
Dos.
Eso bastaba para arruinarme la mañana.
La oficina temporal ocupaba un antiguo dormitorio de servicio en la segunda planta.
Tenía un radiador que no funcionaba, tres alargadores cruzados por el suelo y una ventana que daba al patio interior, donde a esa hora un operario cantaba muy bajo una canción que no identificaba.
El sonido llegaba mezclado con golpes, agua corriendo por una manguera y el pitido constante de una máquina elevadora en la calle.
Abrí el correo de Clara y volví a cerrarlo sin leerlo entero. Clara había escrito “necesito actualización”, “propuesta de coordinación” y “sería conveniente”. Tres maneras educadas de decir trabaja más y que no se note que te molesta.
Alguien llamó a la puerta.
No contesté.
La puerta se abrió igualmente.
Quim Fusté entró con una carpeta bajo el brazo, el casco puesto esta vez y una mancha de grafito en la muñeca. No tenía pinta de hombre arrepentido. Era un hombre que había decidido cumplir la normativa solo para que no pudieran echársela en cara.
—He traído alternativas.
—Tengo una puerta. Podrías haber esperado al consentimiento.
—He llamado.
—Eso no es consentimiento. Es ruido previo.
Él dejó la carpeta sobre la mesa. No la empujó hacia mí. Bien. Al menos no era de los que invadían centímetros igual que si el mobiliario también les perteneciera.
—Son tres opciones. Una toca de más. Una no toca casi nada y no sirve de mucho. La tercera puede que te enfade menos.
—Vaya forma de entrar.
—No intento seducirte.
Levanté la vista.
Quim también pareció darse cuenta de la frase, porque se frotó la mandíbula con dos dedos y miró hacia la ventana.
—Profesionalmente —añadió.
—Qué alivio.
No sonreí. Quim solo abrió la carpeta y sacó un plano lleno de anotaciones a lápiz.
No usaba rotulador rojo. Usaba lápiz blando, casi sucio, con flechas torcidas y comentarios que no parecían pensados para impresionar a un cliente.
Eso también me molestó. Era más fácil despreciar un render bonito que un plano trabajado.
Me obligué a mirar como arquitecta, no como persona invadida.
La tercera opción mantenía las estanterías principales, recuperaba la relación con el patio y desplazaba la zona de lectura hacia una franja donde la luz podía entrar sin convertir la sala en un escaparate. Técnica y económicamente era una pesadilla moderada, no absoluta.
—Esto implica mover instalaciones.
—Sí.
—Abrir cata en el lateral.
—También.
—Revisar climatización.
—Lo sé.
—Entonces no es una alternativa. Es una lista de problemas con buena caligrafía.
Quim miró sus propias notas. La caligrafía no era buena. Era irregular, rápida, con una erre casi infantil.
—Mi letra es horrible.
No quería reírme. No llegué a reírme. Pero algo se me movió en la cara y él lo vio.
Se me notó.
Mal asunto.
—No te acostumbres —dije.
—A qué.
—A que te dé la razón en algo que no he dicho.
Trabajamos de pie, porque las sillas de la oficina eran peores que una denuncia.
Quim marcaba posibilidades, respondía con límites.
Él hablaba con frases más largas cuando hablaba de materiales, y más torpes cuando intentaba hablar de plazos.
Ahí era algo menos pulido. Una impaciencia real, casi fea.
No le gustaba justificar por qué una idea costaba lo que costaba.
No le gustaba esperar autorizaciones. Se notaba.
—Tú diseñas igual que si todo el mundo fuera a decir que sí —dije.
Quim apoyó el lápiz en la mesa.
—No. Diseño igual que si mereciera la pena preguntar.
—En mi trabajo, preguntar tarde cuesta dinero.
—Y en el mío, no preguntar nunca cuesta algo peor.
No añadió qué.
Estuve a punto de pedirle que lo aclarara. No lo hice. La intimidad profesional también era una trampa. Una persona te contaba una pérdida, tú la entendías un poco, y cuando querías darte cuenta estabas justificando sus errores en una reunión.
—Necesito datos —dije—. No frases.
Quim asintió. Sorprendentemente, no discutió.
Sacó una libreta pequeña del bolsillo trasero.
Tenía las esquinas dobladas y una mancha antigua de café en la tapa.
Apuntó tres mediciones, dos referencias de materiales y una duda sobre iluminación.
Observé su manera de escribir: rápido, sin cuidado, igual que si la página no tuviera que convencer a nadie.
—¿Siempre trabajas en papel?
—Cuando no quiero mentirme.
—Eso ha sonado a entrevista de revista.
—Lo sé. Me he dado asco.
Esta vez sí soltó una risa breve. Un error pequeño, pero audible.
Quim no aprovechó la victoria. Solo siguió apuntando.
Preferí no darle demasiada importancia.
A las doce y veinte, Jordi entró para avisar de que habían encontrado humedad en el falso techo del pasillo norte. Sentí una punzada detrás del ojo. La humedad no llegaba a ser una incidencia; era una especie invasora.
—Voy —dijo.
Quim recogió sus papeles.
—Voy contigo.
—No hace falta.
—Claro que no. Pero si esa humedad afecta a la biblioteca, prefiero verla antes de dibujar tonterías.
Era una respuesta razonable.
Odiaba las respuestas razonables cuando venían de una persona que le caía mal por motivos todavía en construcción.
Caminaron por el pasillo entre sacos de mortero, cables sujetos con bridas y puertas numeradas con cinta.
En un punto tuvieron que apartarse para dejar pasar a dos operarios cargando una ventana antigua envuelta en plástico.
Quim se pegó a la pared. También. Quedaron tan cerca durante apenas un segundo.
Quim estaba tan cerca para una conversación sobre planos.
No lo bastante como para justificar apartarme, sí lo suficiente para notar el calor de su brazo a través de la manga.
Eso fue lo peor: no hubo nada escandaloso.
Solo una distancia mal calculada, una mesa llena de polvo y mi cuerpo comportándose igual que si alguien hubiera bajado la voz en una habitación cerrada.
Olía a jabón barato, grafito y café.
No a perfume caro.
Le molestó por una razón completamente absurda.
También me molestó notar que el olor se le quedaba en la parte baja de la garganta. No era agradable ni limpio. Era Quim tan cerca en un pasillo estrecho, y eso no debería haber tenido ningún tipo de información útil para mi cuerpo.
Mi cuerpo, por supuesto, decidió archivarlo todo: el roce de la manga, la barba mal afeitada, la respiración contenida de él cuando se apartó para dejar pasar la ventana.
—Cuidado —dijo él.
Bajé la vista. Una punta de metal sobresalía del suelo junto a su bota.
—La he visto.
—Después de pisarla no cuenta.
—Tú céntrate en no perder el casco.
Quim se tocó el casco igual que si acabara de recordar que lo llevaba.
—Me aprieta.
—Qué tragedia.
—Tengo la cabeza grande.
—Eso sí lo había notado.
Jordi los esperaba bajo una mancha oscura que se extendía junto a una moldura. Dejé de pensar en cascos, cabezas grandes y olor a café.
La humedad era peor de lo que era desde lejos.
—Esto viene de arriba —dijo.
Jordi asintió.
—Y no es de ayer.
Quim se quedó callado. Miraba la mancha sin la superioridad de antes. Sin frase. Sin gesto para revista.
Bien.
Por fin.
Un problema real.
Saqué fotos, pedí mediciones, revisé mentalmente el calendario y noté cómo el día se partía en dos. La biblioteca tendría que esperar. Marc no iba a querer esperar. Clara tampoco. Quim seguramente menos.
Y aun así, cuando se giró, él estaba mirando la moldura dañada con una seriedad que no encajaba del todo con el hombre que había entrado esa mañana con alternativas y frases molestas.
—No podemos tapar esto —dijo él.
Fruncí el ceño.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
No sonó a desafío, sino a alivio.
Miré la mancha otra vez. Llevaba años leyendo problemas en las paredes y entendí que Quim acababa de leer el mismo aviso.
Pero a las doce y cuarenta y siete, en una escalera de servicio que olía a humedad y pintura vieja, lo único que yo sabía era que Quim Fusté tenía una manera muy irritante de tocar solo cuando era necesario.
A las tres, Marc aprobaría la reparación. A las cuatro, Patrimonio pediría fotos. A las cinco, Clara diría que habíamos hecho lo correcto.
Bajamos de la cubierta con el pantalón manchado, una avería nueva y el brazo todavía caliente en el sitio exacto donde me había sujetado.
Esa vez no sonó a burla. Sonó a algo peor: reconocimiento.
—Nunca lo he dudado.
—Yo mando.
—Tú haces estructura. Yo materiales.
Él se limpió la mano en el pantalón.
—Necesito una propuesta técnica en una hora.
Miré la junta abierta. La humedad. La ciudad. Luego a Quim.
—Hay presupuesto de emergencia, pero Marc quiere aprobarlo antes de las tres.
Jordi volvió con el móvil en alto.
—Ya está.
Me soltó.
—Ya está —dije.
No me soltó enseguida. Tampoco apretó más. Esperó a que yo recuperara el equilibrio, y aquella espera, tan mínima, tan correcta, me incomodó más que cualquier comentario suyo.
Asentí.
—¿Estás bien?
Ese sí fue un golpe limpio. Me levanté de golpe. La suela resbaló sobre una zona húmeda y Quim me agarró del antebrazo antes de que pudiera caer. No fue romántico. Fue reflejo. Aun así, sus dedos se cerraron alrededor de mi piel con una firmeza que me dejó sin una respuesta útil.
—No creo que sepas qué hacer con las cosas guardadas.
—Guárdatela.
—Una observación peligrosa.
—¿Entonces?
—No era un diagnóstico.