CAPÍTULO 1 #2
—Me has acusado con la mandíbula.
—No te he acusado.
—No he movido tu plano —dijo.
Cuando se fue, la biblioteca quedó rara de callada. Afuera, un camión descargaba algo metálico. Dentro, Quim seguía a medio metro de mí, con las manos en los bolsillos y esa calma que empezaba a parecer menos soberbia y más estrategia.
—Voy a buscar la lista —dijo.
Jordi miró al techo con la expresión de quien acababa de quedar atrapado en una discusión de pareja sin haber recibido invitación.
—No. Pero la necesitas antes de las once.
—No te he pedido ayuda.
—Y una respuesta a Patrimonio con contexto técnico, no defensiva.
Quim asintió.
—Bien. Pues vamos a hacer algo feo pero útil: control de accesos manual, lista de personas y fotos de estado real antes de tocar nada.
Cerré los ojos un segundo. Solo uno. En una obra había frases que deberían llevar casco.
—Porque Marc dijo que afeaban.
—Entonces necesito que alguien me diga por qué no hay cámaras en una finca con más seguros que enchufes.
—No hay cámaras en esa zona —contestó Jordi.
—Necesito revisar cámaras —dije.
Quim leyó lo justo antes de apartar la mirada. Tuvo la decencia de fingir que no.
Sandra, Marc acaba de pedirme informe urgente. No improvises. Y no mates a nadie hasta las once.
El móvil vibró en su mano. Nuevo mensaje de Clara.
Y lo sabía. Jordi podía olvidar cumpleaños, facturas y el nombre de cualquier material que no pudiera tocar, pero cerraba puertas igual que si dentro guardara a sus hijos.
—Lo sé —dije.
—Yo cierro la planta cuando bajo.
Jordi soltó aire por la nariz.
No lo acusó. Eso casi fue peor. Una acusación habría sido fácil de responder. La lógica, en cambio, tenía la mala educación de no pedir disculpas.
—O mientras estabas hablando conmigo en la escalera —dijo Quim.
—Alguien ha entrado después de que yo saliera.
Sentí un pinchazo pequeño, limpio, justo debajo del esternón.
Bajé la vista al plano. Tenía razón. Otra vez. El plano era orientado hacia la puerta. Yo no lo había dejado así.
—No lo digo por eso. Desde ahí no se ven mis marcas salvo que el plano estuviera girado.
—Ya lo veo.
—La foto está hecha desde el umbral —dijo.
Quim se acercó para mirar la pantalla. No pidió permiso.
Tampoco me rozó, pero el aire entre su hombro y el mío se estrechó de una forma absurda.
Olía a jabón caro, a lana de abrigo y a polvo viejo.
Me dio rabia saberlo. Me dio más rabia aún que ese dato inútil se me quedara dentro mientras intentaba pensar como una profesional.
Veinte minutos. La obra llevaba abierta tres cuartos de hora. Eso reducía la lista de personas a trabajadores, técnicos, alguien de la propiedad o alguien con demasiadas ganas de joder antes del desayuno.
—Hace veinte minutos.
—¿Hace cuánto?
No miré a Quim. Noté que él sí me miraba a mí.
—Del mío tampoco —respondió Jordi.
—Eso no salió de mi equipo —dije.
Jordi me tendió el móvil. La pantalla tenía una grieta en la esquina y una funda con una pegatina de la ITV.
En la imagen se veía la biblioteca desde el ángulo peor posible: la barandilla tapada con plástico, el suelo cubierto de cartón, una de las lámparas históricas bajada sobre una mesa, las marcas rojas de Quim en mis planos en primer término.
Era que hubiéramos entrado en un edificio protegido con una excavadora y poca autoestima.
—¿Qué foto?
La palabra foto cayó peor que si hubiera dicho denuncia. En una obra, una foto nunca era una foto. Era una prueba, una amenaza, una manera de sacar una conversación del sitio donde debía estar y ponerla en un correo con copia a gente que no se manchaba los zapatos.
—Que no toquemos nada de la biblioteca hasta nueva visita. Han recibido una foto.
—¿Qué quieren? —pregunté.
Me giré de golpe. El café, que seguía en la mesa plegable, hizo una pequeña ola dentro del vaso. Quim lo vio. Por supuesto que lo vio. Ese hombre tenía una vocación indecente por detectar los sitios donde una se descomponía con cierta dignidad.
—Patrimonio ha llamado —dijo.
Jordi volvió a entrar cinco minutos después con dos cascos colgando de una mano y cara de hombre que preferiría estar discutiendo con una radial antes que con tres personas tituladas.
Al salir, no pensé nada digno. Pensé que una muestra de nogal seguía en mi mano, que me dolía el cuello y que Quim caminaba a mi lado sin invadir el pasillo. Eso me fastidió más que una frase bonita. La distancia justa siempre es más peligrosa que el descaro.
Cerré la carpeta y él recogió sus notas. Abajo golpearon una puerta metálica; arriba alguien arrastró un cubo. La obra siguió con su ruido vulgar, recordándome que la viga escondida bajo el falso techo no iba a resolverse porque a mí me costara respirar normal a medio metro de Quim.
Antes de irse, Quim tuvo la decencia irritante de no convertir el momento en nada. Apartó el móvil con la batería al doce por ciento, me dejó espacio para pasar y no hizo comentario sobre mi cara. Los gestos pequeños son una forma muy sucia de quedarse en una cabeza ajena.
No le di la razón en voz alta. Tampoco hacía falta regalarle tanto. Pero algo cedió por dentro, muy poco, lo justo para que me enfadara conmigo. A veces un edificio te enseña una grieta y tú decides llamarla junta de dilatación para no asumir el arreglo.
Quim no discutió. Peor: dejó que la frase quedara ahí, sin remate, porque aceptar una parte de culpa fuera más útil que ganar otra pelea.
—Lo sé.
—También dijiste eso cuando elegiste no contarme lo otro.
—No voy a decidir por ti.
Cuando volvimos a quedarnos solos, me picaba la piel debajo del casco. Quim apoyó las manos en la mesa. No me tocó. Ni siquiera se acercó. A veces la tensión no necesita piel; le basta con una persona que baja la voz cuando todo alrededor sigue haciendo ruido.
Marc apareció con su sonrisa de administrador de incendios. Habló de plazos, de relato y de confianza inversora. Yo le contesté con números. Quim corrigió un dato técnico sin mirarme. Clara, si estaba cerca, hizo esa pausa mínima que usaba cuando ya había visto el problema antes que nadie.
Lo molesto era eso: Quim no solo me atraía cuando estaba cerca.
También me atraía cuando trabajaba bien.
Cuando veía el falso techo sin convertirlo en espectáculo.
Cuando me pasaba el plano doblado por una esquina sin rozarme.
Yo estaba preparada para resistirme a un hombre guapo; no a un hombre útil.
Una parte de mí esperaba una salida fácil: beso o pelea. Casa Batller no concedía esas comodidades. Seguimos hablando de el cuadro de cargas, de costes y de permisos, usando palabras normales para tapar una conversación que ya no era normal desde hacía rato.
La frase se me escapó sin pasar por ningún filtro profesional. Quim se quedó quieto. Yo también. En otra planta sonó una radial, tarde, fuera de ritmo, con el edificio riéndose de esas dos versiones de mí: la que mandaba y la que quería acercarse.
—Y tú subes la voz cuando quieres que no se note que me estás mirando la boca.
—Eso dices cuando necesitas treinta segundos más.
—Estoy trabajando.
—Estás calculando una salida —dijo.
Quim se movió apenas. No lo bastante para justificar que yo retrocediera, sí lo suficiente para que notara un recibo de taxi dentro de la libreta entre los dos y una zona exacta de mi cuerpo que decidió no comportarse.
Me concentré en la humedad del pasillo norte.
Fracasé de una manera bastante silenciosa.
Volvimos al asunto técnico. Comparamos la carpintería original, contrastamos medidas y dejamos que el edificio nos contradijera en directo. Quim no ganó todas las frases. Yo tampoco. Eso era lo peor: juntos veíamos mejor, y esa clase de evidencia no se podía archivar en una carpeta cómoda.
Me habría gustado ofenderme de forma limpia. No pude. Quim me miraba sin hacerme pequeña, y eso desordenaba más que cualquier provocación. Me obligaba a admitir que no todo lo que protegía era proyecto; una parte era miedo viejo, orgullo aprendido y cansancio acumulado.
—Hay pavimentos históricos con menos capas que tú.
—No conviertas cada decisión técnica en un informe sobre mi carácter.
—No quieres pelear porque sabes que la muestra es la excusa.
—No quiero convertir esto en otra guerra —dije, y la mentira casi se oyó caer.
Recuerdo mejor los objetos que mi propia cara: un presupuesto impreso con una mancha de aceite, la muestra de latón envejecido, una esquina de plano levantada por la humedad. Nada de aquello era romántico. Precisamente por eso lo creyó mi cuerpo antes que mi cabeza.
Quim tardó en responder. Tenía esa manía peligrosa de no rellenar los huecos. Yo prefería las respuestas rápidas porque no dejaban sitio para arrepentirse, ni para mirar, ni para notar que me temblaba la paciencia, no las manos por una razón que no se reducía a laboral.
—La de hombre que va a decir algo que cree útil y acaba siendo carísimo.
—¿Cuál?
—Tienes esa cara.
Sobre el papel, el problema era el falso techo. Lo demás no cabía en ningún acta: Quim empezaba a contaminar mis decisiones incluso cuando yo seguía escribiéndolo mentalmente en la columna de obstáculos.
La escena no tuvo nada de cinematográfica.
Había un post-it que nadie reconocía, polvo en el borde de la mesa y tenía polvo en la comisura de la boca.
Quizá por eso quedó. Las cosas importantes rara vez empiezan con música; empiezan con alguien llegando tarde, una luz horrible y una frase que ya no puedes retirar.
***