No eras parte del plano (Todo lo que construimos nº 1)
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CAPÍTULO 1
Si hubiera sabido que aquel rotulador rojo iba a arruinarme la semana, el proyecto y parte de la capacidad de dormir sin pensar en la boca de Quim Fusté, quizá habría llegado cinco minutos más tarde.
No llegué tarde. Ese fue el problema. A las siete y ocho de la mañana, antes de que Casa Batller terminara de despertarse, encontré las marcas rojas encima de mis planos.
Demoler tabique. Abrir paso visual. Modificar circulación. Cambiar revestimiento.
Cuatro frases. Cuatro heridas limpias sobre un año de trabajo. La letra era inclinada, segura, ofensivamente tranquila. La clase de letra de alguien que todavía no sabía que en una obra antigua cada ocurrencia puede costar dinero, permisos y ganas de vivir.
Dejé el café sobre una mesa plegable. El cartón estaba blando por abajo y la manga de mi camisa tenía una mancha marrón justo donde no podía esconderla con la chaqueta. Un martes precioso para empezar a odiar a un desconocido.
—¿Quién ha tocado esto?
Jordi, el encargado, entró con una carpeta bajo el brazo y restos de yeso en la barba. Se detuvo al verme. Jordi tenía una virtud rara en una obra: no fingía entusiasmo. Si algo iba mal, ya estaba calculando cuánto cemento, cuántos insultos y cuántas llamadas iba a costar.
—Vinieron ayer por la tarde —dijo.
—¿Quiénes?
—Gente de la propiedad.
Apreté la mandíbula. La propiedad nunca era una persona cuando había problemas. Era una forma cómoda de que nadie tuviera que mirar a nadie a los ojos.
—¿Marc?
—Marc no estaba. O yo no lo vi.
No ayudaba.
Cogí el móvil con los dedos manchados de polvo. Primera llamada. Nada. Segunda. Tampoco. A la tercera, Marc Batller contestó con un mensaje, que era su manera de evitar conversaciones sin parecer cobarde.
Sube a la biblioteca. Estamos aquí.
Estamos.
Odiaba los plurales ambiguos. En una obra, un plural ambiguo podía significar un retraso de tres semanas, cuarenta mil euros de más o un señor con mocasines opinando sobre una pared maestra.
Me puse el casco y salí al pasillo. Casa Batller olía a cal vieja, madera húmeda y café recalentado.
También a metal caliente, porque en la planta baja alguien había empezado a cortar una pieza que no debía cortarse hasta el miércoles.
Lo sabía por el sonido. Después de catorce meses allí, distinguía una radial impaciente de una radial justificada.
La finca tenía esa belleza agotada de los edificios que han sobrevivido a demasiadas reformas.
Las vidrieras seguían proyectando manchas verdes y ámbar sobre la escalera, pero las protecciones de cartón mataban parte del efecto.
El mármol estaba cubierto con tableros, las barandillas con espuma, los techos con polvo.
A veces un cliente miraba aquel desastre y decía que tenía alma.
Yo solía sonreír porque no se me permitía contestar que las almas también soltaban escombros.
Subí a la primera planta.
La biblioteca estaba más llena de lo admisible para una reunión no anunciada. Marc, dos inversores, una mujer de la familia Batller que siempre llevaba bolsos que costaban más que mi primer coche, y un hombre junto a la ventana revisando planos con una taza vacía al lado.
El desconocido no levantó la cabeza enseguida. Eso, de entrada, me molestó menos de lo que debería. La gente que entraba en Casa Batller solía mirar alrededor buscando una frase de escaparate que decir. Él no. Él era estar comprobando si el edificio merecía la fama que otros le habían dado.
Camisa blanca. Mangas remangadas. Barba de dos días.
Un bolígrafo mordido entre los dedos. No llevaba casco, lo cual ya era una declaración de principios bastante pobre.
Tenía los antebrazos manchados de grafito y una vena marcada junto a la muñeca.
Me fijé en eso sin permiso y me odié un poco por la precisión.
Marc sonrió al verme.
Supe entonces que el día no iba a mejorar.
—Buenos días.
—Eso está por decidir.
La mujer del bolso soltó una risa pequeña. Marc no. Marc había trabajado conmigo el tiempo suficiente para reconocer una amenaza con botas de seguridad.
—Sandra, quiero presentarte a Quim Fusté.
Ahí estaba.
Quim Fusté.
El nombre me encajó antes de que él levantara la vista.
Revistas de interiores, premios, entrevistas donde decía cosas como escuchar el espacio mientras algún cliente recortaba la página y se la mandaba a su arquitecta a las once de la noche.
Había visto demasiadas cocinas imposibles nacer de frases de Quim Fusté impresas en papel satinado.
Él me miró. No sonreí. Tenía ojeras reales, de las feas, no de las interesantes. Eso lo hacía menos manejable. Y más peligroso, por alguna razón completamente inútil.
—Sandra —dijo.
No preguntó.
—La que firma los planos que alguien ha usado esta mañana como mantel.
Marc carraspeó.
—Quim se incorpora para revisar la propuesta de interiores.
Dejé la carpeta sobre la mesa con más cuidado del necesario.
—¿Revisar qué parte?
Marc dudó un instante. Fue mínimo, pero lo vi.
—Toda.
Toda.
La palabra no hizo ruido al caer, pero la sentí en la espalda.
Un año de permisos, reuniones, catas, informes y discusiones con proveedores que te llamaban guapa hasta que veían el sello del estudio.
Un año llegando antes que todos, yéndome después, defendiendo cada solución como si fuera mía porque, en cierto modo, lo era.
Quim abrió uno de los planos marcados. Sus dedos rozaron el papel justo sobre una línea que yo había dibujado a las dos de la mañana. Me molestó que tuviera manos bonitas para estropear cosas.
—La biblioteca no funciona.
Ni siquiera fingió suavidad.
Apoyé ambas manos en la mesa. Noté una astilla diminuta bajo la palma. No la retiré. El dolor pequeño ayudaba a no mirar su boca.
—La biblioteca funciona perfectamente.
—La circulación es mala. La entrada queda encajada, el patio desaparece y la luz natural muere contra un mueble que nadie va a usar como crees.
Lo irritante no era el tono. Era la precisión.
—Es una biblioteca de una finca modernista, no un lobby de hotel.
—Ahora mismo parece una sala donde se viene a pedir perdón por tener dinero.
El inversor más joven sonrió. Error. Lo miré y encontró algo urgente en su teléfono.
—Esa sala tiene valor histórico.
Quim pasó una página. No me miró al responder.
—Y una distribución torpe.
—Qué alivio que hayas tardado diez minutos en entender un edificio que llevamos catorce meses abriendo por dentro.
Entonces sí me miró. Directo. Sin el brillo cómodo de quien quiere resultar simpático. La mirada me cayó en la boca antes de volver a los ojos. Medio segundo. Suficiente para que el cuerpo hiciera una tontería que mi cerebro no autorizó.
—No he venido a entender lo que ya habéis decidido. He venido a ver lo que todavía puede mejorar.
Me habría gustado que sonara arrogante. Era mucho más fácil pelearse con un arrogante puro. Pero había algo en su forma de decirlo que sonaba a hambre profesional. Y yo reconocía el hambre, aunque viniera de alguien que estaba tocando mi proyecto con las manos sucias y una calma indecente.
La reunión siguió durante cuarenta minutos.
Marc habló de visibilidad, los inversores de valor añadido, la mujer del bolso de “experiencia de usuario”, una frase que anoté mentalmente para odiarla después con más calma.
Quim intervino poco, pero cada vez que lo hizo movió algo. Una decisión. Una mirada. Una certeza.
Cuando por fin salieron, la biblioteca quedó con el olor del café caro y la tensión sin barrer.
Quim se quedó revisando planos.
También.
—La biblioteca no se toca así —dije.
Él dejó el bolígrafo encima del papel. Tenía la punta mordida. Pequeño dato desagradable. Humano. Molesto.
—No he dicho “así”.
—Has dicho que no funciona.
—Porque no funciona.
—Tienes una forma muy eficiente de no caer bien.
—Y tú una forma muy intensa de proteger decisiones mejorables.
Cerré la carpeta.
Aquella discusión no tenía nada de brillante. Tenía algo peor: Quim había visto antes de poder fingir sorpresa una grieta que yo llevaba meses rodeando con cinta bonita.
—Ponte casco la próxima vez —dije al salir.
Quim bajó la vista hacia el casco que descansaba en la silla, intacto, inútil.
—Se me ha olvidado.
—Eso explica muchas cosas.
Caminé hacia la escalera sin mirar atrás. Llegué al rellano y me detuve solo un segundo, lo justo para escuchar cómo él soltaba una risa baja, casi cansada.
No le gustó. Ni la risa ni la punzada de duda que me dejó debajo del casco.
Quim Fusté había entrado en mi obra sin pedir permiso. Lo verdaderamente incómodo era que, en dos o tres puntos concretos, caros y difíciles de defender, podía tener razón.
Y, mientras abría el portátil para contestar a Clara, odié todavía más la parte pequeña y práctica de mí que pensó que quizá era justo lo que necesitaba.
Lo odié un poco por entender la diferencia.
—Entonces la llevaré sin que lo parezca.
—No quiero.
—A las once —dijo—, si quieres, llevo la parte de materiales.
Quim se apartó un poco y el aire volvió a su tamaño normal.
El móvil de Jordi volvió a sonar desde el pasillo. Una puerta golpeó abajo. La obra despertó del todo, con taladros, voces, pasos y ese olor a café malo que era siempre cuando el día ya se había torcido.
—No. Necesitas que no te lo destrocen delante.
—No necesito que lo vendas por mí.
Me quedé quieta. El elogio no venía envuelto. No tenía la forma de algo que pudiera rechazar con facilidad.
—He venido porque Marc me pidió salvar un proyecto que él mismo estaba dispuesto a convertir en catálogo de hotel. Luego he visto tus planos y he entendido que alguien llevaba un año haciendo el trabajo difícil sin venderlo bien.
—Claro.
La frase debería haberme aliviado. No lo hizo.
—No he venido por ti.
—Quim, si has venido a demostrar que soy rígida, felicidades. Ya tienes un punto en el acta.
Quise contestar algo brillante. Solo encontré cansancio.
—Y suele hacerlo antes que tú.
—Mi mandíbula tiene derecho a opinar.
Lo miré. Él no sonrió. Eso fue peor.