Capítulo 8. Todo bien. Sí. Bien
Ruby
Estaba bien. Sí, se encontraba bien. No pasaba nada. Él estaba afectado por el accidente, amigos heridos, fallecidos. Era un hombre decente y empático. Y entonces, ¿por qué sentía que se había creado una barrera entre los dos?
Un mensaje le saltó al móvil. Carla. Preguntaba si podía llamarla. Ella le contestó que sí. Ya estaba en la habitación. Salió y llamó a la de Valeria, que pasó en pijama a la suya.
—Carla me va a llamar. Pondré el manos libres.
Lo puso y se saludaron.
—¿Alguna novedad?
—Sí, la verdad, estoy preocupada y a la vez feliz.
He hablado con una chica del equipo de producción de una serie en la que él intervino, me dijo que tenía un archivo y que me lo iba a enviar.
Os lo paso. Lo he visto y es muy claro. Se ve que la chica estaba haciendo un vídeo para sus redes sociales y el tipo no se dio cuenta de que estaba grabando. Os advierto que es muy desagradable.
—Podemos avisar a un abogado. Hablar con él para ver si hay posibilidades.
—Ya he contactado con una, no es de estas que ganan miles de dólares, pero cree en la causa. Le enviaré los datos. Y os digo algo, quizá cuando levantemos el caso saldrán más. Aunque posiblemente quedes expuesta, Ruby.
—Lo sé. Es algo inevitable. Podemos hablar con la abogada para que intente preservar nuestra intimidad en lo posible. No quiero que nadie de mi alrededor se vea perjudicado.
—Procuraremos total discreción, pero él tiene muy buenos abogados, seguramente dirán cosas feas de todas. Os aviso cuando esté todo más avanzado. Le di tu teléfono a la abogada, espero que no te moleste, Ruby.
—No, está bien. Hablaré con ella.
Colgaron y vieron el vídeo, el tipo había acorralado a la chica y se había sobrepasado de mala manera. Valeria lo quitó.
—No quiero seguir viendo más. Qué cabrón.
—Lo es. Me dan ganas de filtrar el vídeo, aunque no debo porque estropearía la causa. Espero que se den prisa para que deje de hacer eso.
—De todas formas, esa gente suele estar muy protegida, Ruby. No será fácil, lo sabes.
—Lo sé. Pero si conseguimos que sea la última vez que lo hace, estaré satisfecha. Y si tengo que buscarme otro trabajo, tampoco pasará nada. Acepto el pago.
—No puedes renunciar a tu sueño por ese desgraciado.
—Y procuraré no hacerlo. Iremos viendo. Descansa, que luego me cuesta borrar esas ojeras.
—Y tú también. Sé que… has estado distante con Charlie. Ambos lo habéis estado.
—Solo tonteamos, en realidad, no hay nada importante con él.
—¿Por qué no me lo creo?
—Márchate, Valeria, de verdad. Necesito descansar.
Val le dio un abrazo y se pasó a su habitación.
Miró el móvil. No es que esperase que él le fuera a enviar un mensaje, porque sí, se habían distanciado y puede que fuera porque ella le dijo que despacio.
O puede que él se lo hubiera replanteado.
Como tampoco quería hablar, no había forma de saberlo.
Con un bufido impaciente, dio un puñetazo a la almohada y procuró relajarse, aunque tardó en quedarse dormida. Al día siguiente ella iba a ser la que llevase ojeras. Antes de las seis de la mañana, le sonó el móvil. Frunció el ceño.
—Ruby, soy tu padre.
—Ya. Me has despertado.
—¿Qué es eso de presentar una demanda? ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no nos lo has contado?
—¿A qué te refieres?
—¡Mira el periódico! Está en todos los portales digitales. Ya vimos que el actor te acusaba de querer… aprovecharte, pero esto… ¿Qué has hecho?
—¿En serio, papá? No sé qué habrán publicado, pero ¿crees antes a un extraño que tu propia hija?
—Es un actor de… muchos años. Tiene un óscar.
—¿Y eso lo hace ser una buena persona? Me voy, no puedo escucharte.
Colgó, casi con ganas de gritar de rabia.
Dejó el teléfono y se puso la ropa de deporte.
Necesitaba correr, gritar, salir. Empezó rápido, tal y como había entrenado con sus hermanos, pero luego aumentó el ritmo.
Corría por la playa como si estuviera en una película de acción.
Llegó hasta el final, jadeando y llorando de rabia.
No podía ser. No podía creerlo. Su propio padre. Claro… ¡qué esperaba!
Gritó al mar y dos gaviotas salieron volando.
Acabó por descalzarse y meter los pies en la orilla.
Mierda, ese tío iba a por todas y empezaba ya la campaña de desacreditación.
¿Y cómo se había enterado? Si llegaba a más, no trabajaría en su vida.
Se dejó caer sentada, con las manos tapando su cara.
No quería llorar, tenía tanta rabia que estaba temblando.
Y sí, sabía que esto podía pasar y se había preparado, pero no para que sus padres no la creyeran.
Ambos eran militares de carrera, sus hermanos estaban en distintos cuerpos e incluso Caleb quería dedicarse a la política.
Aunque suponía que esto los podría perjudicar, dejar que un tipo así se fuera de rosistas no estaba en sus planes.
Alguien llegó corriendo y se sentó junto a ella. Se giró.
—¿Ruby? No sabía que salías a correr… espera, ¿qué te pasa?
Charlie se sentó a su lado. Ella negó. Con los padres tan increíbles que tenía, no lo comprendería.
—Cosas familiares. Me marcho a ducharme.
—¿Pero están bien? ¿Puedo ayudarte en algo? —preguntó él. Lo miró. De verdad estaba preocupado. Se encogió de hombros.
—Ya te dije que eran militares y que no hay nada de malo en serlo, a menos que, como ellos, tengas una mentalidad excesivamente conservadora.
Estamos investigando a más personas afectadas y, por lo visto, el tipo se está revolviendo, como las serpientes.
No tengo ni idea de cómo se ha enterado, pero ha debido de avisar a todos los medios.
—¿Qué ha hecho?
—Mi padre me llamó a las seis. Hacía casi dos meses que no hablaba con él y fue para… para preguntarme qué había hecho porque salía en los periódicos. No… no para apoyarme.
Charlie pasó su brazo por el hombro. La abrazó, a pesar de que ella se resistió, porque no quería echarse a llorar, hundirse. Se envaró, pero él no la soltó. Al contrario, masajeaba su cuello con afecto.
—Contactaremos con un abogado, Ruby. Yo…
—No, tú no, Charlie. Me valgo y me sobro para solucionar mis problemas. No somos nada, solo compañeros, y no tienes que hacer nada por mí —dijo enfadada. Él la soltó al instante. Por su rostro pasó una expresión de dolor que disimuló en segundos. Se levantó.
—Tienes razón en una cosa. No somos nada, o no lo éramos. Pero suelo ayudar a la gente de mi alrededor si puedo, sean o no sean algo. Suerte con ello.
Se marchó y ella se abrazó. Era lo mejor.
Si… si lo relacionaban con ella, lo mismo le jodían la carrera.
Si tenía que hundirse, lo haría ella solita.
Se levantó con una presión en el pecho. El dolor de la decepción era demasiado fuerte.
Volvió al hotel, se duchó y se preparó para el trabajo.
Ni siquiera quería ver los diarios, y justo antes de salir, su amiga golpeó la puerta. Le abrió.
—¿Has leído los diarios? Eso ha sido una filtración. Pero ¡qué hijo de puta!
—No los he leído pero mi padre ya me ha llamado para decirme que los estaba avergonzando.
Valeria la miró asombrada. —¿En serio?
—Ya ves. Viva la familia. ¿Qué ponen?
—Nada agradable. ¿Cómo se han enterado de que esa chica tenía un vídeo?
—Es gente poderosa y, si está en esa peli en la que han invertido millones de dólares, no esperarás que la productora o quien sea los pierda. Es mejor difamar a la gente que echar a un actor.
—Ya veo. ¿Sabes algo de Carla?
—No. La llamo.
Intentaron llamarla varias veces, pero no contestó al móvil. Luego, les envió un mensaje diciéndoles que lo dejaba porque no iban a ganar. No lo comprendieron. O sí.
—Quizá la han amenazado o… le han pagado para dejarlo.
—¿Y qué hago? —dijo mirando las cosas horribles que decían de ella, aunque era peor lo de la otra chica, la del vídeo.
—Buscar un abogado, te ayudaré.
—Lo mismo si lo dejo pasar, la gente se olvida. Puede que sea lo que busca y así nos dejará en paz.
—¿Y seguirá abusando de chicas jóvenes?
—No quiero eso, y lo sabes. Pero dime, ¿qué narices puede hacer alguien como yo contra alguien como él? Le respalda toda la industria, joder. No seas ilusa, Val, que la vida te ha dado suficientes hostias como para saber que esto no funciona así.
Valeria dio un respingo. —Vaya, no pensaba que fueras tan cínica. Pero es tu decisión. Si no quieres hacer nada, no lo hagas. Me marcho a desayunar.
Cerró la puerta y ella dio una patada a la silla. Encima su amiga se había enfadado con ella. Pero era la cruda realidad. Ella no era nadie y cualquier cosa que dijera, sería su palabra contra la de él. No había caso. Solo rezaba porque la gente se olvidase pronto de ese escándalo.