No era mi cita (Decisiones cuestionables nº 1) 24 #2
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Laura se ríe y yo me quedo mirándola, justo antes de que Amanda Foster nos llame desde la zona de la pantalla principal para empezar la presentación.

La presentación empieza con Amanda agradeciendo la asistencia, hablando del lanzamiento de primavera y destacando la colaboración entre Foster Hospitality, Parks & Associates y Laura Wells.

Cuando me da la palabra, explico la parte estratégica sin apropiarme de nada que no me pertenece.

Hablo de posicionamiento, de alcance, de una campaña pensada para conectar con un público que quiere experiencias sin que alguien se las venda de forma evidente. Después miro a Laura.

—Pero la voz de esta campaña no la he creado yo —reconozco ante los presentes en esta terraza—. La ha creado Laura Wells.

Laura se acerca al micrófono y empieza a hablar sin mirar sus notas.

Explica la campaña con claridad, centrándose en lo que quiere transmitir Foster Hospitality: una experiencia reconocible, elegante y cercana desde el primer contacto con el cliente.

Habla de la web, de redes, de newsletters y de cómo la marca puede diferenciarse sin parecer fría ni distante.

La gente la escucha con atención. Amanda asiente varias veces y algunos invitados hacen fotos de la pantalla.

—También tengo que reconocer que esta campaña empezó, de alguna manera, con una cita que no era una cita —dice con una sonrisa girándose hacia mí

Algunas personas se ríen, yo levanto una ceja y Laura disfruta claramente de mi incomodidad.

—Me senté en la mesa equivocada —continúa mirando al público—. Fue un error bastante inoportuno en aquel momento, aunque ahora empiezo a pensar que algunas equivocaciones tienen mejor criterio que nosotros.

Las risas aumentan y oigo a Pamela aplaudir desde el fondo.

—¡Eso es verdad! —grita y veo de reojo que Kim la mira con horror.

Laura baja del pequeño estrado unos minutos después y vuelve a mi lado.

—Has disfrutado haciéndome pasar vergüenza —le digo en voz baja sin poder apartar la mirada de ella.

—Muchísimo —responde ella con una sonrisa impecable—. Ha sido muy terapéutico.

—Me alegra contribuir a tu bienestar.

—Eres generoso en la derrota.

—Lo que has dicho ha sido cierto.

Laura me mira mientras acepta la copa que le ofrezco.

—¿Lo de que algunas equivocaciones tienen mejor criterio que nosotros?

—No, lo de que empezó con una cita equivocada.

Ella ladea la cabeza.

—Técnicamente, tú no eras mi cita.

—No —admito acercándome un poco—. Pero fuiste la mejor equivocación que se ha cruzado en mi camino.

Laura intenta mantener la compostura, pero la sonrisa la delata.

—Eso casi ha sonado romántico.

—Casi…

—Tendrás que practicar más.

—Pienso hacerlo —admito.

La terraza sigue llena de gente, pero Laura y yo encontramos un rincón junto a una jardinera alta, lo bastante apartado para hablar sin dejar de formar parte del evento.

Ella apoya la espalda contra la barandilla y yo me coloco delante, bastante cerca, pero sin tocarla.

La tensión entre nosotros ya no tiene la urgencia caótica del principio.

Ahora es algo más cómoda y también más peligrosa, porque no nace de lo prohibido ni de la mentira sino de saber exactamente lo que queremos.

—Gracias por lo de Cassandra —me dice a media voz.

—No lo hice por ella.

—Lo sé.

—Ni tampoco por quedar bien.

—También lo sé.

—Sino porque era verdad.

Laura deja la copa sobre una mesa cercana y me mira de una manera que me atraviesa.

—Me ha gustado oírlo.

—Me alegro.

—Pero que conste que no necesitaba que me defendieras.

—Lo sé. Estabas defendida antes de que yo abriera la boca —me rio.

—Me gusta como suena eso —sonríe ella también.

—Estoy mejorando.

—No te vengas arriba.

Ambos nos reímos abiertamente. Después, Laura se acerca un poco más y me arregla el cuello de la camisa con los dedos, un gesto breve que consigue que toda la terraza pierda interés de golpe para mí.

—Te queda bien ser mi cita de verdad —dice.

—A ti te queda bien no necesitar una.

—Eso también ha sonado peligrosamente bien.

—Estoy teniendo una noche inspirada —alzo una ceja en un gesto coqueto.

Laura me mira los labios durante un segundo que dura bastante más de lo razonable.

—Arthur —susurra.

—Dime —musito yo también.

—Estamos en un evento profesional.

—Soy consciente.

—Hay clientes.

—También soy consciente.

—Entonces deja de mirarme así.

—No estoy haciendo nada.

—Eso es mentira.

—Solo intento practicar el autocontrol.

Laura sonríe.

—Pues practícalo mejor.

Me acerco lo justo para que solo ella pueda oírme y le susurro al oído.

—Cuando salgamos de aquí, lo dejaré de practicar.

Sus mejillas se colorean apenas un poco y esa reacción me parece más peligrosa que cualquier provocación.

—Muy profesional, Parks.

—Nunca he dicho que sea perfecto.

—Menos mal.

Amanda la reclama un minuto después para presentar a un directivo de otro hotel del grupo.

Laura se aleja, pero antes de hacerlo roza mi mano con la suya.

El contacto dura un instante y me deja con una sonrisa que Rita detecta desde el otro lado de la terraza y levanta la copa de agua a modo de brindis irónico.

Al verlo, niego con la cabeza con una media sonrisa.

La noche avanza entre conversaciones, felicitaciones y gente que intenta apropiarse de cinco minutos de Laura. No intervengo y solo la observo hacer lo que sabe hacer, conquistar a los asistentes y volver de vez en cuando a mi lado con una sonrisa que ya no tengo que fingir que no espero.

Cerca de medianoche, cuando la terraza empieza a vaciarse, Laura se acerca con el bolso en una mano y los tacones en la otra.

—No voy a hacer preguntas —digo mirando sus zapatos.

—Buena decisión. Mis pies han presentado una dimisión formal.

—¿Y la has aceptado?

—Con efecto inmediato.

Le ofrezco el brazo y ella lo acepta sin pensarlo.

Bajamos por el ascensor entre dos parejas que comentan la campaña y un camarero que transporta una caja de botellas vacías.

Laura apoya la cabeza un momento en mi hombro, cansada y feliz.

Me gusta verla así, aunque me gusta más aún saber que no tengo que retener este instante para que signifique algo.

Cuando salimos a la calle, Manhattan conserva ese pulso veraniego que hace que incluso las aceras parezcan una prolongación de la noche. Laura se calza de nuevo con un gesto resignado y me mira.

—¿Adónde vamos ahora?

—Pensaba preguntarte si quieres cenar —respondo.

Laura arquea una ceja.

—Depende.

—Eso suena a trampa…

—Lo es un poco —dice ella mientras da un paso hacia mí—. ¿Esta vez eres tú mi cita?

La miro y no puedo evitar que mi cabeza vuele hasta aquella mesa equivocada, en todas las mentiras que vinieron después y en las veces que intenté controlar algo que solo podía elegirse. Después sonrío.

—Esta vez, sí.

Laura entrelaza sus dedos con los míos.

—Entonces vamos.