No era mi cita (Decisiones cuestionables nº 1) Epílogo
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Epílogo

Pamela

Hay mujeres que llegan a una boda en los Hamptons con un vestido cómodo, una sonrisa educada y la intención de no complicarse la vida.

Yo no soy de esas … Yo soy de las que llega con un vestido que me queda muy bien siempre que no intente respirar, unos tacones que deberían incluir un seguro médico y una relación por mensajes con Ethan Davies que, según Laura, se ha convertido en «una inversión emocional de alto riesgo».

Sinceramente, me parece una acusación bastante atrevida por parte de una mujer que terminó enamorada de Arthur Parks después de sentarse en la mesa equivocada.

Pero tengo claro que mis amigas tienen una memoria muy selectiva cuando les conviene.

La recepción de la boda se celebra en el jardín de una casa enorme frente al mar, de esas que parecen diseñadas para recordarle al resto de la humanidad que está tomando malas decisiones inmobiliarias.

Hay mesas perfectamente colocadas, flores de colores claros, música en directo y camareros que se mueven entre los invitados con bandejas de champán.

Todo tiene el típico elegante y veraniego de las bodas caras, donde nada parece colocado al azar y hasta los camareros se mueven con más seguridad que yo.

Intento recordarme que estoy aquí por trabajo…

más o menos. Esta boda pertenece al ámbito profesional de mi empresa, pero mi presencia se ha vuelto bastante menos neutral desde que Ethan Davies empezó a escribirme hace meses.

Al principio fueron mensajes sobre horarios, proveedores y detalles de la ceremonia.

Después llegaron bromas sobre el novio, comentarios sobre su familia y una conversación absurdamente larga sobre si una boda con violonchelo era elegante o parecía el funeral de alguien.

Ethan escribe bien. Ese es el primer problema. También sabe seguirme el ritmo. Ese es el segundo problema. Pero nunca nos hemos visto en persona y ese, para mi desgracia, es el problema que lleva semanas dando vueltas dentro de mi cabeza.

Violet aparece a mi lado con una carpeta pegada al pecho y expresión de mujer que lleva demasiadas horas impidiendo que una boda carísima se convierta en un desastre.

—No mires el móvil otra vez —me dice Violet mientras revisa la distribución de una de las mesas—. Vas a desgastar la pantalla antes del baile.

Bloqueo el teléfono de inmediato.

—No estaba mirando el móvil —respondo con una dignidad muy poco convincente.

Violet me observa con una ceja levantada.

—Pamela, llevas media hora consultándolo con cara de estar esperando que un mensaje te cambie la vida.

—Eso es muy exagerado —contesto y me guardo el teléfono en el bolso.

Violet baja la mirada hacia mis tacones y después vuelve a mirarme a la cara.

—Te has puesto esos zapatos para verlo.

—Me he puesto estos zapatos porque me estilizan y porque sufrir por estética sigue siendo una tradición femenina muy extendida —respondo alisándome la falda del vestido.

Violet suspira, aunque se le escapa una sonrisa.

—Solo te pido que no hagas nada impulsivo—me advierte mientras coloca bien una tarjeta con el nombre de un invitado en una de las mesas.

Me llevo una mano al pecho.

—Me ofende que tengas tan poca fe en mí.

—No es falta de fe, Pamela —replica Violet alzando una ceja—. Es experiencia.

Mi móvil vibra dentro del bolso justo cuando estoy a punto de contestarle algo brillante. Lo saco con una rapidez poco compatible con la imagen de mujer serena que estoy intentando venderle, pero me da igual. Al mirar la pantalla veo que Ethan me ha escrito un mensaje corto y directo.

Ethan:

Ya has llegado?

Mi estómago se encoge de forma muy poco profesional.

Pamela:

Estoy en el jardín,

fingiendo que sé moverme entre

personas a los que no se le arruga la ropa.

Ethan tarda menos de un minuto en contestar.

Ethan:

Eso es una habilidad de alto nivel.

Pamela:

No te emociones.

Estoy compensando esa supuesta

habilidad con un dolor real de pies.

Ethan:

Entonces tendré que invitarte

a una copa cuando te encuentre.

Me quedo mirando la pantalla y Violet reaparece a mi lado con una rapidez que me hace sospechar que las organizadoras de bodas desarrollan poderes sobrenaturales.

—Eso no es una cara de trabajo —me dice inclinándose para intentar mirar la pantalla.

Aparto el móvil.

—Es una cara de saber adaptarme a las necesidades del cliente.

Violet cruza los brazos.

—Pamela —me advierte solo con decir mi nombre.

—Ya ha llegado —admito bajando la voz.

A Violet se le iluminan los ojos con un interés inmediato.

—¿Ethan? —pregunta ella.

—No digas su nombre con ese tono —le advierto.

Violet finge inocencia mientras acomoda la carpeta contra el pecho.

—¿Qué tono?

—El tono de mujer que está deseando verme meter la pata y finge que solo está trabajando.

Violet mira alrededor antes de volver a centrarse en mí.

—Estoy organizando una boda en los Hamptons, he tenido que mediar en una guerra familiar por la distribución de las mesas y la madre de la novia ha cambiado de opinión sobre las flores dos veces en una hora —me explica con calma—. Necesito algo de entretenimiento.

—Me alegra saber que mi vida sentimental tiene ese valor recreativo para ti—contesto.

Violet me sonríe sin culpa.

—Para eso están las amigas, ¿no?

Me alejo antes de que pueda seguir analizándome. Cruzo el jardín con una copa de champán en la mano, aunque todavía no he bebido, pero tenerla en la mano me da algo que hacer con los dedos y, además, me ayuda a parecer sofisticada también en esta situación.

La música cambia a una canción más lenta y los invitados se reparten entre la barra y las mesas del cóctel.

La casa se alza al fondo con sus ventanales abiertos al jardín, mientras el mar queda al fondo, oscuro y tranquilo.

Entonces lo veo, está junto a la barra principal, de espaldas a parte del jardín, hablando con un camarero.

Lleva un traje oscuro, la camisa blanca algo abierta en el cuello y una postura relajada.

Tiene el pelo castaño, un poco revuelto por la brisa, y apoya una mano sobre la barra mientras escucha lo que le dice el camarero.

Mi cabeza toma una decisión antes de que mi sentido común pueda presentar alegaciones. Ese es Ethan, tiene que ser él, porque si ese hombre no es Ethan, el universo está siendo cruel de una manera innecesaria conmigo.

Me quedo quieta unos segundos. Después recuerdo que pensar nunca me ha dado grandes resultados, porque me lleva a calcular riesgos, imaginar consecuencias y acabar haciendo lo mismo que habría hecho una mujer sensata, lo cual me parece una forma tristísima de pasar una boda en los Hamptons.

Así que camino hacia él, pero a mitad de trayecto, el móvil vuelve a vibrar dentro de mi bolso.

Podría ser Ethan diciéndome dónde está o Violet recordándome que conserve algo de dignidad.

También podría ser Laura desde Manhattan, guiada por ese instinto nuevo de mujer enamorada que ahora cree poder detectar desastres a distancia.

No miro el mensaje y cuando llego a la barra, el hombre se gira.

Tiene unos ojos claros, una boca peligrosa y una forma de mirarme que no ayuda a ninguna de mis funciones básicas.

Su mirada se pasea por mi cara con algo a medio camino entre la curiosidad y un descaro educado que me deja claro que debería haber elegido unos zapatos más cómodos para poder huir.

—Hola —dice él con una calma irritantemente atractiva y una voz grave y muy masculina, algo que tampoco me ayuda en absoluto.

—Hola —respondo intentando sonar adulta y no exactamente igual que una mujer que acaba de olvidar cómo se respira.

Él baja un instante la vista hacia mi copa y luego vuelve a mirarme.

—¿Nos conocemos? —pregunta con una media sonrisa.

Esa pregunta debería detenerme, hacerme pensar y activar alguna alarma interna con la voz de Kim diciéndome que no sea idiota. Pero el hombre sigue mirándome, el ambiente acompaña, la música insiste y yo decido que quizá Ethan está bromeando.

—Todavía no —respondo acercándome un poco más—. Pero llevamos meses hablando.

Él arquea las cejas con interés.

—Eso suena muy prometedor —dice sin apartar los ojos de mí.

—Porque lo es —contesto sosteniéndole la mirada.

Deja su copa sobre la barra y se gira del todo hacia mí.

—Entonces quizá debería preocuparme —comenta con una sonrisa seductora.

—Probablemente —respondo.

Su atención cae sobre mí de una forma tan directa que el champán que no he bebido parece subirme de golpe a la cabeza.

—En ese caso, quizá deberías decirme tu nombre —dice él.

—Pamela —le respondo con una sonrisa.

Algo cambia en su cara, aunque no sé qué significa, pero tampoco le doy tiempo a explicarlo, porque hay música de fondo, estamos en un ambiente preciosos, llevo meses hablando con Ethan Davies y el hombre que tengo frente a mí no deja de observarme con una sonrisa que no tiene nada de inocente.

Así que hago lo que cualquier mujer sensata evitaría hacer en una boda llena de gente: me acerco y lo beso.

Al principio noto su sorpresa, aunque dura muy poco, porque después su mano se posa en mi cintura y la mía acaba aferrada a la solapa de su chaqueta.

El beso deja de parecer un error en cuanto él responde de forma intensa, segura y completamente absurda para dos personas que, en teoría, acaban de verse por primera vez. También es espectacular.

Me besa en mitad de una boda, junto a una barra llena de copas y a pocos metros de una familia que probablemente ha pagado una fortuna para que todo salga perfecto.

Yo debería apartarme, hacer una broma, recuperar la compostura y confirmar de una vez que estoy besando al hombre correcto, pero no hago nada de eso.

Porque sus labios se mueven contra los míos con una seguridad que me deja sin argumentos, aprieta los dedos un poco más en mi cintura y durante unos segundos me parece una idea brillante no pensar en nada.

Cuando por fin me separo, él sigue mirándome con la respiración algo agitada y una sonrisa que no promete nada bueno.

—Pamela —dice una voz a mi espalda con mucho cuidado.

Me giro despacio y veo que Violet está a unos pasos de mí, pálida y con la carpeta apretada contra el pecho. A su lado hay un hombre que se parece muchísimo al que acabo de besar, aunque su expresión es menos divertida y bastante más horrorizada. El estómago se me cae directamente sobre el césped.

Violet mira al hombre de la barra, después al que está a su lado y por último vuelve a mirarme.

—Pamela, ese no es Ethan —dice Violet en voz baja.

La copa se me queda rígida entre los dedos y compruebo que el hombre de la barra no aparta los ojos de mí.

Violet respira hondo antes de decir la frase que convierte mi noche en una catástrofe con vistas al mar.

—Es Nick Davies —añade con una prudencia inútil—. Su hermano.

***