No era mi cita (Decisiones cuestionables nº 1) 24
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Arthur

El evento de esta noche se celebra en el rooftop de uno de los hoteles boutique de Foster Hospitality, un edificio elegante entre Bryant Park y la Quinta Avenida, lo bastante alto para que Manhattan parezca una maqueta con luces brillantes alrededor de la terraza.

El espacio está preparado con mucho gusto y ninguna discreción.

Hay mesas altas vestidas con manteles claros, sofás bajos junto a las cristaleras, pequeñas barras de cócteles en los extremos y varias pantallas donde aparece la campaña que Laura ha creado para el lanzamiento.

Las plantas en grandes maceteros separan las zonas de conversación sin cortar las vistas y, entre los invitados, circulan camareros con bandejas con cócteles y aperitivos diminutos, que obligan a fingir que una persona adulta puede cenar con algo del tamaño de un botón.

Hace unos meses habría encontrado todo esto perfectamente razonable. De hecho, habría recorrido la terraza calculando quién debía hablar con quién, qué socio necesitaba otra copa y qué frase convenía soltar delante del cliente adecuado para que la noche pareciera espontánea sin serlo en absoluto.

Ahora estoy junto a una columna, con una copa que apenas he tocado y la mirada fija en Laura Wells, que está al otro lado de la terraza, hablando con Amanda Foster y dos directivos de la agencia que colaboran con Parks & Associates en otra campaña.

Lleva un vestido claro, el pelo suelto y una sonrisa profesional, que empieza siendo amable y acaba consiguiendo que todo el mundo quiera escucharla un minuto más.

La observo con orgullo, porque está aquí porque ha conseguido una campaña importante, porque ha defendido su propuesta y porque Foster Hospitality ha entendido algo que a mí me costó bastante más: Laura no necesita que nadie la convierta en excepcional, porque ya lo es.

—Estás haciendo esa cosa otra vez —dice Rita a mi lado.

Aparto la vista de Laura con esfuerzo.

—¿El qué?

Rita tiene una copa de agua con gas en una de sus manos y me mira con el cansancio elegante de una mujer que lleva demasiados años organizando mis defectos en carpetas invisibles.

—La cosa de mirarla como si todos los invitados fueran un estorbo entre tú y ella.

—No hago eso.

—Arthur, llevo diez minutos observándote observarla.

—Eso suena preocupante.

—Lo es para mí, que no cobro suplemento por gestionar relaciones entre enamorados.

Bebo un trago para ganar tiempo, aunque Rita y yo sabemos que no sirve de nada.

—Solo estoy orgulloso de ella —reconozco finalmente al.

Rita mira hacia Laura justo en el momento en el que Amanda Foster se ríe de algo que ella acaba de decir y uno de los directivos señala la pantalla principal con evidente interés.

—Tienes motivos —me responde Rita—. La campaña es brutal.

—Sí, es brutal porque es suya.

—Eso también deberías decírselo a ella.

—Lo haré —asiento con la cabeza.

—Sí, pero hazlo antes de que Pamela te arrastre hasta el centro de la terraza para interrogarte en público, a ser posible.

Sigo la dirección de su mirada y veo que Pamela Davies se acerca con Eve, Violet y Kim.

Las cuatro vienen juntas con una coordinación que no me resulta tranquilizadora.

Pamela lleva una copa en la mano y una expresión de satisfacción que, después de haberla visto en acción, considero legalmente imprudente.

—Arthur Parks —me saluda Pamela al llegar—. Hombre oficialmente integrado en el caos.

—Buenas noches, Pamela.

—No uses ese tono de abogado educado conmigo. Esta noche estamos celebrando a Laura y eso exige que tu emoción sea visible.

Kim se coloca a su lado y me observa con los brazos cruzados.

—Tampoco hace falta que se desmaye sobre la barra —añade Kim.

—Gracias, Kim —digo.

Ella estrecha los ojos.

—No te estaba defendiendo, solo ha sido una aclaración logística —me aclara.

Eve sonríe con dulzura y me ofrece una tregua visual.

—Lo que Kim quiere decir es que estamos contentas por Laura.

—Lo que Kim quiere decir —corrige Violet mientras mira a su amiga— es que está contenta por Laura, pero no quiere expresarlo con un lenguaje que pueda usar alguien con sentimientos normales.

Kim bebe un sorbo de su copa.

—Exacto —asiente al hablar.

Pamela señala a Laura, que sigue conversando junto a las pantallas de la campaña.

—Mírala. Está impresionante. Profesional, segura, guapísima y con cero necesidad de que ningún hombre le explique nada.

—Eso último me parece especialmente importante —respondo.

—Has aprendido —me contesta Kim arqueando una ceja.

—Con dolor.

—Ese es el mejor método —me confirma.

Pamela se inclina un poco hacia mí.

—Quiero que sepas que hoy me caes mejor que la semana pasada.

—Gracias. Creo…

—No lo estropees.

—Haré lo posible —asiento al hablar.

—No, Arthur. Harás algo mejor —dice Pamela con una sonrisa peligrosa—. Harás lo sensato.

Kim mira al techo.

—Esto en boca de Pamela tiene una credibilidad limitada.

Violet se ríe y Eve intenta disimularlo escondiéndose detrás de su copa.

Laura se acerca entonces y la conversación cambia de inmediato. No porque las demás se callen, cosa que sería estadísticamente improbable, sino porque toda la energía de la terraza parece recolocarse alrededor de ella.

—¿Me estoy perdiendo algo importante? —pregunta Laura al llegar a mi lado.

—Pamela acaba de recomendarme sensatez —respondo.

Laura abre mucho los ojos.

—Eso sí es grave.

—Qué poca fe tenéis en mí —añade Pamela llevándose una mano al pecho.

—Tenemos experiencia —replica Kim.

Laura se ríe y me mira.

—Amanda quiere que hagamos una pequeña presentación en diez minutos. Algo breve.

—¿Quieres que hable yo?

—Quiero que hables tú de la colaboración en el pasado con la agencia —dice Laura acercándose un poco más—. De mi trabajo hablo yo.

La frase no suena a advertencia, sino a confianza, algo que me encanta viniendo de ella en este contexto.

—Perfecto —respondo.

Laura sonríe.

—Mira qué bien. Una conversación adulta sin contrato de por medio.

—Eso también merece brindis —añade Pamela alzando su copa.

—Pamela, si brindas por cada pequeño avance de esta pareja, no llegarás al discurso de Laura—le advierte Violet.

—Estoy dispuesta a correr ese riesgo.

Antes de que pueda responder, una voz conocida aparece a mi derecha.

—Vaya. Parece que al final todo ha salido de maravilla.

Cassandra Blake se detiene junto a nosotros con un vestido oscuro, una copa intacta y una calma estudiada que antes habría tenido algún efecto sobre mí, pero que hoy solo parece fuera de lugar. Ni Laura ni yo nos tensamos, algo que me parece mucho mejor que cualquier victoria.

—Cassandra —la saludo.

Ella mira a Laura con una sonrisa mínima.

—Enhorabuena por la campaña. Ha sido una evolución interesante, teniendo en cuenta cómo empezó todo.

Pamela se mueve un paso y ceo cómo Kim la sujeta del brazo con discreción. Laura, en cambio, se limita a sonreír.

—Gracias. La verdad es que me gusta bastante cómo ha terminado.

—Supongo que algunas oportunidades llegan de formas curiosas —le responde Cassandra inclinando la cabeza.

Reconozco la intención de Cassandra de volver a sembrar la duda sobre Laura. Quiere hacer creer que Laura está aquí por mí, pero esta vez no lo consigue.

—Esta oportunidad llegó porque Laura presentó una campaña excelente —digo sin elevar la voz—. Parks & Associates participa en la parte estratégica del lanzamiento, pero el concepto, la propuesta y la ejecución creativa son suyos.

—No pretendía insinuar otra cosa —me responde Cassandra mirándome.

—Claro que sí —responde Kim antes de que nadie pueda detenerla.

Pamela suelta una risa breve y Laura baja la vista un segundo para ocultar una sonrisa.

—Me alegra verte tan seguro —añade Cassandra ignorándolas y volviendo a centrar la atención en mí.

—Lo estoy —contesto, mirando a Laura—. Y no porque esta relación sea útil para mi imagen ni para mi trabajo.

Laura levanta la vista hacia mí. Estamos en mitad del evento, con gente alrededor y una presentación a punto de empezar, pero esta vez no tengo ganas de medir mis palabras ni de fingir que lo nuestro es algo que deba esconderse. Quiero que ella lo escuche y si alguien más lo oye, tampoco pasa nada.

—Estoy seguro porque Laura es la mujer de la que estoy enamorado —digo con calma—. Eso no forma parte de ninguna estrategia.

—Entiendo —responde Cassandra con el gesto cambiado.

—No creo que sea necesario entenderlo —añado—. Basta con respetarlo.

Cassandra sostiene mi mirada un instante y después sonríe con la profesionalidad de quien acaba de perder una partida y no piensa reconocerlo delante de nadie.

—Entonces os deseo suerte.

—Gracias —dice Laura—. Pero esta vez no creo que dependa de la suerte.

Cuando Cassandra se aleja, Pamela solo aguanta dos segundos sin hablar.

—Necesito sentarme o aplaudir —dice, señalándonos a Laura y a mí con la copa—. Todavía no he decidido cuál de las dos opciones me haría parecer menos ridícula.

Kim la observa de reojo.

—Aplaudir sería bastante peor para todos —responde con sequedad.

Laura se vuelve hacia mí. En su cara todavía queda sorpresa, pero también hay algo que hace que me cueste apartar la mirada.

—No esperaba que dijeras algo así delante de tanta gente —me dice Laura, mirándome todavía sorprendida.

—Lo sé —respondo.

—Tú odias hacer ese tipo de cosas —añade ella, sin dejar de mirarme.

—Depende de lo que esté diciendo —contesto acercándome un poco más a ella y ella continúa mirándome a los ojos.

—Arthur...

—Si he aprendido algo contigo —le digo— es que algunas cosas no se protegen mejor escondiéndolas.

Pamela hace un sonido extraño a mi izquierda.

—Perdón —murmura Pamela, tocándose la cara con cuidado para no estropearse el maquillaje—. Estoy intentando no emocionarme porque había venido preparada para vigilarte, no para aplaudirte.

Eve le pasa una servilleta con una sonrisa tierna.

—Pamela, ya te has emocionado.

Ella acepta la servilleta y levanta la barbilla.

—Pero con dignidad.

Kim baja la vista hacia la copa de Pamela y arquea una ceja.

—Estás llorando encima de los canapés.