23
Laura
La pantalla no reconoce mi portátil a la primera, por supuesto.
Porque nada puede expresar mejor que «soy una profesional preparada para presentar una campaña importante» como estar de rodillas junto a una mesa carísima, peleándote con un cable HDMI delante de tres personas que podrían cambiar el futuro de tu negocio en un abrir y cerrar de ojos.
—No se preocupe, pasa constantemente —dice uno de los miembros del equipo de Foster Hospitality desde el otro lado de la mesa.
Sonrío sin levantar la cabeza.
—Eso me tranquilizaría más si no estuviera ocurriéndome justo ahora.
Amanda Foster suelta una risa breve y deja su bloc de notas sobre la mesa.
—Tenemos tiempo, Laura.
Ojalá mi sistema nervioso compartiera esa opinión.
Por suerte, consigo que la pantalla parpadee y aparezca mi presentación.
Así que me pongo en pie con toda la dignidad que puede conservar una mujer que hace cinco segundos estaba medio tirada por el suelo.
Me aliso la blusa, cojo la carpeta y miro de reojo la primera diapositiva donde está todo: mi propuesta, mi forma de entender los espacios y mi trabajo.
Nada de Arthur, ni de Parks & Associates, ni de puertas abiertas por otra persona.
Solo yo, una sala de reuniones con gente importante y una campaña que he preparado hasta saberme de memoria incluso las partes que no pienso decir en voz alta.
Amanda se acomoda en su silla y me dedica una sonrisa profesional.
—Cuando quieras.
Asiento, respiro hondo y doy un paso hacia la pantalla.
—Gracias por recibirme —digo colocándome junto a la pantalla—.
He preparado una propuesta para el lanzamiento de primavera de Foster Hospitality centrada en una idea sencilla: que el cliente no solo reserve una habitación, sino que sienta que está entrando en una experiencia reconocible desde el primer contacto con la marca —explico con un tono de voz bastante más firme de lo que me siento por dentro.
En la pantalla aparece la primera diapositiva del proyecto.
No hay flores, ni adornos bonitos, ni frases vacías sobre lujo.
Hay una línea visual limpia, una propuesta de tono para la campaña y un recorrido pensado para acompañar al cliente desde el primer anuncio hasta el momento en que cruza la puerta del hotel.
Amanda se inclina ligeramente hacia delante y decido tomar ese gesto como una buena señal y no como la reacción de una mujer que acaba de detectar una errata en tamaño gigante.
—No quiero que Foster parezca otro hotel caro de Manhattan —continúo señalando la imagen principal—.
Ya tenéis buenos espacios, buenas habitaciones y una ubicación que se vende casi sola.
Lo que falta es una campaña que convierta todo eso en una historia clara.
Algo que una clienta vea en redes, en una newsletter o en la web y reconozca de inmediato como Foster.
Uno de los miembros del equipo, un hombre con traje gris y expresión poco impresionable, entrelaza los dedos sobre la mesa.
—Eso suena bien, pero necesitamos que la campaña pueda aplicarse a distintos hoteles sin perder coherencia —dice mientras mira la pantalla—. No todos los espacios tienen el mismo público ni presupuesto.
—Por eso he dividido la propuesta en dos líneas de trabajo —respondo pasando a la siguiente diapositiva—.
Una campaña principal para reforzar la identidad de Foster Hospitality y adaptaciones específicas para los hoteles boutique con más personalidad propia.
La base es la misma, pero el mensaje cambia según el tipo de cliente que queréis atraer.
Me hacen muchas preguntas sobre inversión publicitaria, calendario de lanzamiento, contenido para redes, tono de marca, métricas y posibles colaboraciones con perfiles de lifestyle, que no parezcan elegidos por alguien que solo ha abierto Instagram dos veces en su vida.
Las respondo una por una desde el conocimiento real de quien ha preparado propuestas hasta tarde, ha rehecho presentaciones enteras por un cambio de enfoque y sabe que una campaña bonita no sirve de nada si no vende, no conecta y no se puede ejecutar sin que el equipo acabe odiándola.
A mitad de la presentación, Amanda deja de mirar sus notas y empieza a observar la pantalla con atención. Eso me da más seguridad que cualquier elogio que pudiera hacerme.
Cuando termino, bajo el mando de la presentación y apoyo las manos sobre la carpeta para no moverlas más de la cuenta. El corazón me late desbocado en del pecho, pero, por suerte, mi expresión es tranquila.
Amanda se queda pensativa unos segundos antes de mirar a su equipo.
—Quiero esta campaña para el lanzamiento de primavera —sentencia con una tranquilidad que casi me descoloca.
Me quedo quieta por fuera, al menos, porque por dentro una versión mucho menos profesional de mí acaba de lanzar confeti imaginario sobre la mesa de reuniones.
—¿Perdón? —pregunto sin poder evitarlo.
Amanda sonríe, esta vez de una forma mucho más clara.
—Queremos trabajar contigo, Laura. La propuesta tiene personalidad, es viable y entiende muy bien lo que Foster necesita comunicar ahora mismo.
Intento responder algo elegante, profesional y propio de una mujer que no está a punto de empezar a dar saltos de alegría.
—Me alegra mucho oír eso —digo al final con una serenidad que no sé de dónde ha salido—. Creo que podemos construir una campaña muy sólida.
—Nuestro equipo legal preparará los documentos esta semana —añade Amanda mientras cierra su cuaderno—. Me gustaría que empezáramos cuanto antes con la planificación del lanzamiento.
—Por supuesto —respondo con una sonrisa—. Esta tarde os enviaré una versión ampliada del calendario de campaña y una propuesta de primeras acciones.
—Perfecto —dice ella levantándose y tendiéndome la mano—. Enhorabuena, Laura.
Le estrecho la mano y esta vez no tiemblo, a pesar de que acabo de conseguir la campaña más importante de mi carrera.
Cuando salgo del edificio, Nueva York está en plena actividad. Taxis, gente con prisa, repartidores cruzando pasos de peatones y una señora discutiendo con alguien por teléfono sobre una ensalada que claramente no cumplía sus expectativas. Todo sigue igual menos yo.
Me detengo junto a la acera, cojo el móvil y veo un mensaje de Arthur.
Arthur:
Hoy triunfas.
Cuando acabes, quiero saberlo todo.
Me quedo mirando la pantalla con una sonrisa que intento controlar, aunque lo hago tarde y mal.
Laura:
Lo he conseguido.
Su respuesta llega casi al instante.
Arthur:
Nunca lo dudé.
Me río sola en mitad de la calle y una mujer que pasa a mi lado me mira con cara de haber visto cosas peores en esta ciudad.
Antes de seguir hablando con Arthur, me guardo el móvil en el bolso, porque quiero saborear esto unos segundos sin convertirlo en mensaje, ni ponerlo inmediatamente en manos de otra persona.
Lo mejor de todo esto es que Arthur no ha abierto esta puerta por mí, ni ha negociado en segundo plano. Esta vez lo he conseguido yo sola y por mis propios medios. No obstante, eso no implica que no quiera compartirlo con él, al contrario, compartirlo es aún más bonito.
Camino hacia una cafetería cercana con la intención de comprar algo que se parezca remotamente a un desayuno digno, pero me detengo al ver a Mark al otro lado de la puerta, con un abrigo oscuro y un café en la mano. No está Natalie con él y al verme, se queda parado junto a la entrada.
Podría fingir que no lo he visto, cruzar la calle o hacer lo que habría hecho hace unas semanas: prepararme para demostrarle que estoy bien, pero no tengo ganas ni necesidad.
—Laura —dice él al verme—. Hola.
—Hola, Mark —respondo con educación.
Su mirada baja un segundo hacia la carpeta que llevo en la mano.
—¿Vienes de una reunión?
—Sí. Una importante.
—¿Ha ido bien?
Su pregunta parece sincera, aunque eso ya no me descoloca.
—Muy bien. He conseguido el proyecto.
—Me alegro por ti. De verdad —me dice con una media sonrisa.
—Gracias.
Nos quedamos frente a frente unos segundos, aunque lo raro es que no me pongo nerviosa. Antes, una conversación inesperada con Mark habría tenido poder suficiente para estropearme el día entero. Ahora solo es una conversación en mitad de una mañana que ya era importante antes de que él apareciera.
Mark mira hacia la calle y después vuelve a fijarse en mí.
—Pareces feliz —me dice sin rastro de reproche.
Hace un tiempo habría deseado que me viera así, lo lamentara y entendiera que perderme tenía consecuencias. Ahora solo me parece un comentario.
—Lo estoy —respondo con una sonrisa tranquila—. Pero no necesitaba que tú lo vieras para saberlo.
Mark asiente despacio.
—Supongo que me lo merezco.
—No es un castigo, solo la verdad.
Él baja la vista hacia su café.
—Cuídate, Laura.
—Tú también —me despido y echo andar sin mirar atrás, porque él ya no forma parte de mi presente.
A mitad de la manzana saco el móvil y escribo en el chat de «Decisiones cuestionables».
Laura:
¡He conseguido la campaña!
La respuesta de Pamela entra antes de que tenga tiempo de respirar.
Pamela:
Sabía que ibas a conseguirla!
Estoy intentando reaccionar con madurez,
pero me está costando muchísimo.
Kim:
Eso ya es más madurez de la que esperaba.
Eve:
Laura, enhorabuena.
Estoy sonriendo sola en una tienda de cuadros
y la dependienta empieza a mirarme raro.
Violet:
Esta noche se celebra.
Tu casa.
Vino.
Comida.
Nada de excusas.
Pamela:
Me parece perfecto.
También podemos dedicar unos minutos
a hablar de Ethan Davies
y de la boda en los Hamptons.
Kim:
Eso no tiene nada que ver
con la campaña de Laura.
Pamela:
Tiene que ver con
mi bienestar emocional.
Violet:
Pamela, todavía
no conoces a ese hombre.
Pamela:
Precisamente por eso el
margen de idealización sigue intacto.
Eve:
Eso suena preocupante,
pero muy tú.
Kim:
No acepto que esta conversación
derive hacia un hombre que
Pamela aún no conoce.
Pamela:
No acepto críticas de mujeres que
reciben mensajes de abogados enemigos.
Durante un instante, el chat se queda quieto, pero poco después aparece Kim de nuevo.
Kim:
Bruce Hill no es mi enemigo.
Es simplemente algo molesto
con corbata, sin más…
Violet: