No era mi cita (Decisiones cuestionables nº 1) 22 #2
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22 #2

Laura se va acercando poco a poco mientras hablamos.

En algún momento nuestras rodillas se rozan bajo la mesa y, un rato después, nuestros hombros también terminan tocándose, aunque ninguno parece tener intención de apartarse.

Seguimos hablando, aunque ahora percibo algo distinto entre nosotros.

Cuando levanta la vista y nuestras miradas se encuentran, siento exactamente la misma certeza que tuve aquella noche en Central Park: no quiero estar en ningún otro sitio.

Le aparto con suavidad un mechón de pelo que le ha caído sobre la cara y veo que ella me mira directamente a los ojos.

—¿Qué pasa? —me pregunta.

Sonrío ligeramente.

—Nada.

Laura entrecierra los ojos.

—Eso es mentira.

—Empiezo a pensar que pasas demasiado tiempo con Kim.

—Es contagiosa… —responde divertida.

Su sonrisa no desaparece y, mientras la miro, tengo la sensación de que por fin estamos dejando atrás las semanas más difíciles. No porque hayamos olvidado lo ocurrido, sino porque hemos dejado de luchar contra lo que sentimos.

Me inclino hacia ella y la beso. Ella se acerca un poco más a mí y apoya una mano sobre mi pecho, mientras entre nuestros cuerpos desaparece por completo la distancia.

Durante unos minutos, solo existen sus labios, su cercanía y la sensación de que esta vez no estamos fingiendo nada, ahora solo estamos ella y yo.

Me inclino hacia ella y la beso. Al principio lo hago despacio, casi con cuidado, porque no quiero precipitar nada, pero Laura responde acercándose más a mí y apoyando una mano sobre mi pecho, justo encima del corazón, y ese gesto termina de desarmarme.

La siento tan cerca que me cuesta recordar por qué he pasado tanto tiempo intentando convencerme de que podía vivir sin ella.

—Arthur... —murmura contra mi boca.

Me separo lo suficiente para mirarla.

—¿Estás bien? —susurro entre besos

Laura no aparta la vista de mí. Sus dedos se cierran despacio sobre mi camisa, arrugando la tela entre ambos.

—Sí y no quiero que pares —responde en voz baja.

Vuelvo a besarla con más intensidad y Laura se acomoda sobre mí, a horcajadas, mientras mis manos suben por su espalda con lentitud.

La beso en la boca, en la mandíbula, en el cuello, y ella inclina la cabeza para darme más espacio mientras su respiración empieza a romperse junto a mi oído.

Se sienta encima de mí, con las piernas a ambos lados de mi cuerpo, las manos en mi pecho y sin dejar de mirarme.

Le acaricio la cintura por encima de la ropa y noto cómo se estremece.

—¿Estás bien? —le pregunto, deteniéndome un segundo.

Laura deja escapar una risa suave, casi temblorosa.

—Si sigues preguntándome si estoy bien cada diez segundos, voy a empezar a pensar que tus habilidades románticas han sido sustituidas por un manual de instrucciones.

Sonrío contra su cuello.

—Estoy intentando no arruinarlo.

—Pues deja de pensar tanto —me dice, bajando la boca hasta la mía—. Solo quédate conmigo y déjate llevar.

Eso sí sé hacerlo o, al menos, quiero aprender.

La beso otra vez mientras mis manos bajan hasta sus muslos.

Laura se mueve sobre mí con un roce lento que me deja sin aire.

La noto cálida, viva y completamente presente.

Ella me desabrocha los primeros botones de la camisa con dedos algo torpes y cuando su palma encuentra mi piel, cierro los ojos un instante.

—Me vuelves loco —confieso.

Laura se detiene y me mira.

—Eso ha sonado muy poco propio de ti.

—Estoy probando cosas nuevas —susurro con una media sonrisa.

—Me gusta esta en concreto.

Me río, pero la risa se pierde cuando vuelve a besarme.

A partir de ahí todo se vuelve más lento e inevitable.

La ropa empieza a sobrar poco a poco, sin brusquedad, entre besos, caricias y pequeñas pausas para mirarnos.

Le bajo la blusa por los hombros y beso la piel que queda al descubierto.

Laura se estremece, me sujeta la nuca y murmura mi nombre con deseo y me hace perder el poco control que me quedaba.

Me detengo solo lo necesario para asegurarme de que seguimos en el mismo lugar.

—Laura, mírame —le digo deteniéndome para asegurarme de que ambos estamos donde deseamos.

—Estoy aquí —me responde abriendo los ojos y eso me atraviesa.

Está aquí a pesar de todo, de mis errores, del informe, de la distancia… Está aquí porque es lo que quiere y esa certeza cambia todo.

La tumbo con cuidado sobre el sofá y me inclino sobre ella, apoyando una mano junto a su cabeza. Laura me atrae hacia sí, impaciente, y nos besamos mientras su cuerpo se adapta al mío con una naturalidad que me hace olvidar cualquier pensamiento inútil.

Cuando entro en ella, lo hago despacio, Laura cierra los ojos y deja escapar un suspiro largo que siento en todo el cuerpo.

Me quedo quieto un instante, sosteniéndola, respirando contra su cuello.

Laura abre los ojos y me acaricia la cara y no necesito nada más.

Empiezo a moverme con calma, muy despacio, atento a su respiración, a sus manos en mi espalda y a la forma en que su cuerpo responde al mío.

Laura me rodea con las piernas la cintura y me besa con una entrega que no tiene nada que ver con la urgencia de Boston.

Aquello fue deseo acumulado, necesidad, caída… pero esto es elección.

En algún momento, Laura cambia de posición y vuelve a colocarse sobre mí.

Se mueve con un ritmo pausado y mientras apoya las manos en mi pecho, baja la cabeza para besarme.

La sujeto por la cintura, no para guiarla, sino para sentirla y recordarme que esta vez no tengo que dirigir nada, solo estar, quererla y dejar que me quiera también.

—No apartes la mirada —me pide y yo la miro cómo se mueve sobre mí, cómo se agita su respiración, cómo se deja ir poco a poco, sin esconderse y sin convertir esto en una batalla ni en una prueba.

Cuando el placer empieza a crecer entre los dos, Laura apoya la frente contra la mía y me besa.

La abrazo con fuerza, sintiendo cómo su cuerpo tiembla contra el mío, y dejo que el mío la siga hasta ese punto donde ya no hay palabras útiles.

Sino solo su nombre en mi boca, sus manos aferrándose a mí y la certeza de que no quiero volver a fingir nada con ella.

Al final, estallamos de placer a la vez susurrándonos nuestros nombres y que nos queremos.

Y en ese instante, me doy cuenta de que todo lo demás carece de importancia.

Después permanecemos abrazados en el sofá, con la respiración todavía alterada y la ciudad extendida al otro lado de los ventanales.

Laura tiene la mejilla apoyada sobre mi pecho y yo le acaricio el pelo despacio, sin decir nada durante un rato, porque, por primera vez, no siento la necesidad de llenar el momento con explicaciones.

—Esto no arregla todos tus errores, Parks —me dice a media voz levantando la cabeza y con una sonrisa suave.

—Me lo imagino —le respondo acariciándole la mejilla con los dedos.

—Bien.

—Pero espero que cuente como un buen comienzo.

Laura finge pensarlo.

—Digamos que ha sido una disculpa bastante convincente.

Me río y la beso en la frente.

—Intentaré mantener el nivel.

—No intentes controlar también eso.

—Tienes razón —respondo, rodeándola con más fuerza con mis brazos—. Me limitaré a estar aquí.

Laura vuelve a apoyar la cabeza sobre mi pecho.

—Eso sí puedes hacerlo.

Y por una vez, no necesito prometer nada, simplemente quedarme a su lado sin más estrategia que la verdad.

Horas más tarde permanecemos juntos en el sofá del apartamento. Laura tiene la cabeza apoyada sobre mi hombro y yo la rodeo con un brazo mientras contemplamos las luces de Manhattan al otro lado de los ventanales.

—¿En qué piensas? —me pregunta Laura levantando ligeramente la cabeza para mirarme.

Contemplo durante unos segundos el perfil de la ciudad antes de volver la vista hacia ella.

—Pienso en que no sé hacerlo perfecto.

Laura frunce ligeramente el ceño.

—¿El qué?

—Esto. Nosotros.

Su expresión se suaviza al instante.

—Arthur...

—Lo digo en serio. Seguramente volveré a equivocarme alguna vez.

—Eso ya lo sabía.

—Gracias por la confianza —bromeo y una sonrisa divertida aparece en sus labios.

—No era un cumplido.

Me río y ella también. Después se incorpora un poco para poder mirarme mejor.

—¿Sabes una cosa?

—Depende de lo que vayas a decir —le contesto encogiéndome de hombros.

—No quiero nada perfecto —me suelta sin rastro de duda en sus palabras.

—¿No?

Laura niega con la cabeza.

—Quiero algo real.

La observo durante unos segundos y me doy cuenta de que no siento ninguna necesidad de corregir esa respuesta, ni mejorarla, ni convertirla en algo más seguro, porque tiene razón.

Lo que necesitábamos nunca fue perfecto, porque lo que necesitábamos era esto: algo imperfecto, sincero y elegido por los dos.

Y al fin tengo la sensación de que estamos construyéndolo juntos.