No era mi cita (Decisiones cuestionables nº 1) 21 #2
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Cuando vuelvo a levantar la vista, veo que Arthur sigue observándome.

No sonríe, ni intenta convertir mi respuesta en una victoria.

Simplemente asiente despacio, como si entendiera exactamente lo que estoy diciendo y también lo que todavía no estoy preparada para decir.

Y eso, más que cualquier disculpa o cualquier promesa, consigue que algo dentro de mí empiece a colocarse de nuevo en su sitio.

No obstante, no significa que todo esté arreglado, ni que haya olvidado lo que ha ocurrido, pero sí significa que estamos dejando de escondernos detrás de las cosas que no nos atrevíamos a decir.

Después de cenar salimos del restaurante sin decidir adónde vamos, aunque, por una vez, ninguno parece tener prisa por terminar la noche.

Nueva York sigue rugiendo a nuestro alrededor.

Los taxis avanzan entre el tráfico, la gente ocupa las aceras y las conversaciones se mezclan mientras todos parecen dirigirse a algún sitio con más prisa que nosotros.

Cuando llegamos a la esquina, Arthur se detiene y me mira.

—¿Quieres que te pida un taxi? —me pregunta metiéndose una mano en el bolsillo del abrigo.

—Prefiero caminar un poco.

—Entonces caminemos —responde sin discutirlo—. ¿Tienes algún destino en mente?

Miro hacia el norte antes de volver la vista hacia él.

—Central Park —le propongo.

—Me parece una buena idea —asiente con la cabeza.

—No recuerdo haberte pedido opinión.

—Estoy intentando practicar eso de la comunicación positiva —me responde con una sonrisa en los labios.

—Pues te está quedando un poco raro —bromeo.

—Era un riesgo que estaba dispuesto a asumir.

La conversación me arranca una sonrisa y seguimos caminando uno al lado del otro.

No vamos cogidos de la mano ni actuamos como una pareja reconciliada.

Sin embargo, tampoco nos comportamos como dos personas que acaban de despedirse para siempre.

La sensación es extraña, porque parece que estamos en medio de algo que todavía no tiene nombre, pero que tampoco se parece a una despedida.

Cuando llegamos al parque, el ruido de la ciudad queda algo más lejano y noto cómo mi cabeza empieza a relajarse por primera vez en todo el día. Arthur camina a mi lado con las manos en los bolsillos y la mirada puesta en el sendero.

—¿Puedo preguntarte una cosa? —dice al cabo de un rato.

—Depende de la pregunta.

—Esa es una respuesta prudente —me responde con una sonrisa.

—Estoy aprendiendo de ti —le digo alzando una ceja de forma cómica.

—Eso debería preocuparnos bastante a los dos.

Me río por lo bajo.

—Pregunta —le animo.

Arthur se detiene junto a uno de los caminos iluminados y se vuelve hacia mí.

—¿Por qué has venido esta noche?

La respuesta parece sencilla cuando la pienso, pero decirla en voz alta resulta bastante más complicado.

—Porque necesitaba saber una cosa.

Arthur espera.

—¿Cuál?

Respiro hondo antes de responderle.

—Necesitaba saber si todavía podía mirarte sin sentir que me había perdido a mí misma por el camino.

Su expresión cambia ligeramente, aunque no intenta ocultarlo.

—¿Y qué has descubierto?

—Que sigo aquí —le digo dando un paso hacia él.

Arthur mantiene la mirada fija en la mía y asiente despacio.

—Me alegro.

—No significa que todo esté arreglado.

—Lo sé.

—Ni que vaya a ser fácil.

Arthur esboza una sonrisa mientras sigue caminando a mi lado.

—La verdad es que contigo nunca ha sido fácil —comenta mirándome de reojo.

Giro la cabeza hacia él y entrecierro los ojos.

—Ten cuidado —le advierto.

—Era un cumplido —se defiende levantando ligeramente las manos.

—Pues ha sonado sospechosamente ambiguo.

Arthur deja escapar una risa.

—Entonces tendré que esforzarme más la próxima vez.

—Eso implica que estás planeando una próxima vez.

—Eso implica que estoy intentando aprender de mis errores.

—Ahora sí ha sonado mejor.

—Voy progresando.

—No te emociones. Aún estás en periodo de prueba.

La sonrisa de Arthur aún se hace más evidente.

—Es la mejor noticia que he recibido en semanas.

Su respuesta me hace reír y durante unos segundos volvemos a mirarnos sin apartar la vista de los ojos del otro. Antes esa intensidad me ponía nerviosa porque tenía la sensación de que Arthur siempre estaba analizando algo, ahora, en cambio, me pone nerviosa por razones muy distintas.

—¿Puedo besarte? —me pregunta finalmente a media voz.

Su pregunta me sorprende, pero no porque quiera besarme, sino por el simple hecho de hacérmela sin acercarse y sin dar nada por supuesto. Simplemente espera mi respuesta y ese gesto significa mucho más de lo que probablemente imagina.

—Sí.

Arthur se acerca despacio y cuando sus labios encuentran los míos, no hay prisa ni necesidad de demostrar nada a nadie.

No estamos interpretando un papel, ni hay fotógrafos, ni clientes, ni una historia que sostener delante del mundo.

Ahora solo estamos él y yo tomando una decisión que esta vez sí hemos elegido ambos.

El beso empieza suave, casi tímido, y poco a poco se vuelve más cálido cuando apoyo una mano sobre su pecho y noto cómo él contiene la respiración durante un instante.

No se parece al beso ni a nada de lo que hicimos en Boston.

Aquella noche todo estaba mezclado con deseo, confusión y una necesidad urgente de dejar de pensar. Lo de hoy es más consciente y sincero.

Cuando nos separamos, Arthur apoya la frente contra la mía y deja escapar un suspiro.

—No quiero volver a estropearlo.

—Entonces deja de intentar controlarlo todo.

Arthur esboza una sonrisa.

—Haré lo posible.

—Arthur.

—Tienes razón —corrige inmediatamente—. No lo haré.

—Mucho mejor.

Su risa consigue que yo vuelva a sonreír antes de que pueda evitarlo.

Cuando llego a casa, todavía noto el beso en la boca. Se que esa es una frase muy ridícula, pero es totalmente cierta.

Dejo el bolso sobre la silla, me quito los zapatos y abro el chat de «Decisiones cuestionables» antes de arrepentirme.

Laura:

He tenido una cita con el hombre correcto.

La respuesta de Pamela llega en menos de tres segundos.

Pamela:

¿Y seguía teniendo esa cara de hombre

que parece una mala idea y lo sabe?

Me dejo caer en el sofá riéndome sola.

Violet:

Pamela, por favor.

Kim:

La pregunta es vulgar, pero pertinente.

Eve:¿Estás bien?

Miro la pantalla y me quedo unos segundos contemplando los mensajes de mis amigas. Sin querer, vuelvo a pensar en la cena, en la conversación que acabamos de tener, en el paseo por Central Park y en la forma en que Arthur me ha preguntado si podía besarme antes de hacerlo. Entonces sonrío.

Laura:

Sí, pero esta vez de verdad.

Pamela:

Necesito detalles.

Kim:

Necesita dormir.

Violet:

Necesita procesarlo.

Eve:

Necesita estar contenta.

Me quedo leyendo los mensajes de mis amigas con una sonrisa cada vez más difícil de disimular.

Probablemente tengan razón y necesite un poco de todo lo que acaban de recomendarme, porque todavía hay muchas cosas que pensar y muchas otras que resolver.

Aun así, por primera vez en semanas, no siento ese nudo constante en el estómago, ni la necesidad de prepararme para que algo salga mal.

Lo que siento ahora es distinto y todavía no estoy segura de cómo llamarlo.

Dejo el móvil sobre la mesa, me acomodo en el sofá y apoyo la cabeza en el respaldo mientras la sonrisa sigue ahí, tranquila y obstinada en mis labios. Por una vez, no intento corregirla ni buscarle una explicación. Esta noche me conformo solo con disfrutarla, mañana ya me preocuparé del resto.