21
Laura
Tardo casi veinte minutos en decidir qué ponerme, porque según voy sacando ropa del armario, la descarto inmediatamente.
Cuando me miro al espejo con el vestido negro que he elegido me parece una mala idea.
Los vaqueros tampoco me convencen, porque parecen demasiado informales para una cita que llevo días intentando no considerarla como una cita.
Descarto la blusa azul en cuanto me acuerdo de un comentario de Pamela en el que me dijo que ese color me hacía parecer «la protagonista de una novela romántica que está a punto de tomar una decisión cuestionable».
Y teniendo en cuenta el historial de nuestro grupo de amigas, no es precisamente un comentario tranquilizador.
Al final, me decido por unos pantalones claros y una blusa sencilla.
Nada espectacular ni que parezca elegido después de veinte minutos de dudas frente al armario, sino solo ropa normal para una mujer que va a cenar con un hombre que le complica la vida más de lo que desearía o, al menos, de eso trato de convencerme.
El teléfono vibra cuando estoy saliendo del apartamento, miro la pantalla y veo que, por supuesto, es Pam.
Pamela:¿Ya has salido?
Laura:
Sí.
Pamela:¿Has comprobado que esta vez
vas a cenar con el hombre correcto?
Laura:Solo unas siete veces.
Pamela:Perfecto.
Empiezas a comportarte como una adulta funcional.
Laura:
Desaparece.
Pamela:No puedo, estoy
demasiado implicada en esta historia.
Guardo el móvil antes de que siga escribiendo, porque conozco a mis amigas y especialmente a Pamela y sé que, si le doy cinco minutos más, es capaz de presentarse en el restaurante disfrazada de camarera para espiarnos.
Cuando llego al restaurante me recibe el mismo maître de la última vez. Reconozco la entrada, las mesas e incluso la sensación que me encoge el estómago cada vez que vengo a este lugar. La diferencia es que hoy sé a quién me voy a encontrar al otro lado de la mesa.
—Buenas noches, señorita Wells —me saluda el maître con una sonrisa.
—Espero que esta vez la reserva no haya sido una sorpresa.
—Creo que hoy todo está bastante más claro —me responde con una sonrisa.
—Eso sería una novedad.
Me acompaña hasta la misma mesa de nuestra primera cita, que empezó con una confusión y terminó cambiando mi vida. Cuando me acerco, veo que Arthur ya ha llegado y se pone en pie en cuanto me ve. Al verlo, algo se calma dentro de mí y lo odio un poco por eso.
—Hola —dice él.
—Hola —le digo sin hacer el menor ademán de acercarme para darle un beso.
Arthur espera a que me siente antes de volver a sentarse él en su silla. Después, ambos nos quedamos callados durante unos segundos y tengo la sensación de que ambos tratamos de encontrar una forma razonable de empezar la conversación. Finalmente soy yo quien rompe el hielo.
—Tengo que reconocer una cosa.
Arthur arquea una ceja.
—Eso suena peligroso.
—He estado a punto de no venir.
—Yo también.
—¿En serio? —le pregunto sorprendida.
Arthur asiente.
—Llegué hasta la puerta del restaurante.
—¿Y después?
—Después decidí que presentarme sin darte opción a elegir sería repetir exactamente el mismo error.
La respuesta me deja sin palabras por un momento, porque es la primera vez que lo escucho hablar de eso sin intentar defenderse, ni tratar de convencerme de nada, simplemente reconociéndolo.
—Sé que te hice daño —añade jugando distraídamente con el pie de la copa de agua.
—Sí.
—Y sé que pedir perdón no va a cambiar lo que pasó.
—Tampoco —le respondo y aprieto los labios.
Asiente despacio.
—Pero necesitaba decírtelo igualmente.
Lo observo durante unos segundos y veo que tiene peor cara que la última vez que nos vimos. Hay cansancio alrededor de sus ojos y algo en su expresión que ya no transmite la misma seguridad de siempre.
Lo extraño es que debería hacerme sentir mejor, porque, después de todo, sigo enfadada con él, pero no es así, porque mientras lo miro sentado al otro lado de la mesa, una parte de mí sigue recordando por qué me enamoré de él.
Y otra parte, bastante menos sensata, tiene ganas de alargar la mano y buscar la suya por encima del mantel.
Eso es precisamente lo que hace que todo resulte tan complicado. Arthur siempre consigue complicarlo todo, incluso cuando se limita a estar sentado delante de mí.
—Leí la nota —le digo finalmente.
—Lo imaginé.
—Era bastante mejor que tus discursos habituales.
—Intentaré tomármelo como un cumplido —me responde con una sonrisa.
—No lo hagas, porque sigue siendo una crítica, ¿eh?
—Mucho mejor. Empiezo a reconocer el terreno.
Su respuesta me arranca una carcajada pequeña, pero sincera y él también sonríe.
Y durante un instante volvemos a parecer nosotros y no una pareja falsa formada por dos desconocidos enfadados, sino nosotros, los mismos que discutían por tonterías o hablaban durante horas a solas o los que se besaron en Boston, porque ya no sabían dónde acababa la farsa y dónde empezaba la realidad.
Y eso es lo que realmente me da miedo, porque nunca me preocupó la mentira que nos inventamos al principio, sino todo lo que vino después, cuando dejamos de actuar y empezamos a comportarnos como nosotros mismos.
El camarero se acerca para tomar nota y los dos agradecemos la interrupción con una educación sospechosa.
—¿Les apetece empezar con algo para compartir? —pregunta mientras sostiene la libreta.
—¿Quieres elegir tú? —me pregunta Arthur.
—¿Me estás cediendo el control del menú? —pregunto, fingiendo alarma.
—Sí, estoy evolucionando.
—Eso dicen todos antes de recaer.
El camarero intenta no sonreír, pero Arthur sí sonríe.
—Prometo no cuestionar tu decisión.
—Eso es muchísimo poder.
—Estoy intentando ser valiente.
Pido un entrante para compartir y, cuando el camarero se marcha, ya no podemos escondernos detrás del menú.
—Hay cosas que necesito decirte —empiezo, apoyando las manos sobre la mesa.
Arthur asiente y deja la copa de agua donde estaba.
—Te escucho.
No dice «adelante», ni «explícate», ni se prepara para responder. Solo me escucha.
—Me enfadé por el informe —digo—. Por supuesto que me enfadé. Pero no fue solo eso.
—Me imagino… —reconoce bajando la mirada hasta sus manos que tiene cruzadas sobre la mesa.
—No, creo que ahora lo sabes. Antes, no estoy tan segura.
Arthur acepta la corrección sin apartar la mirada.
—Tienes razón.
Suelto un suspiro antes de continuar hablando.
—Lo que me dolió fue volver a sentir que alguien estaba moviendo piezas de mi vida sin contar conmigo.
Mark tomó decisiones mientras yo creía que teníamos una relación.
Tú buscaste información, calculaste escenarios y te convenciste de que era algo normal, porque así funcionan las cosas en tu mundo.
Arthur baja la vista un segundo.
—Sí.
—Y no quiero volver a estar con alguien que decida por mí, aunque crea que lo hace por una razón lógica.
—No quiero ser esa persona para ti.
La frase no suena bonita, sino seria y quizá por eso me afecta más.
—Entonces necesito condiciones —le digo.
Arthur levanta la vista.
—Dímelas.
—Sin negociar.
—Sin negociar —acepta inmediatamente.
—Primera: si quieres algo de mí, me lo dices. No lo diseñas ni lo organizas sin consultarlo conmigo antes.
—De acuerdo —asiente con la cabeza.
—Segunda: nada de usar nuestra relación, o lo que sea que esto sea, como herramienta profesional.
—De acuerdo.
—Tercera: si volvemos a intentarlo, iremos despacio. No quiero volver a ser una mentira solo porque nos besemos bien.
La comisura de su boca se mueve apenas en un inicio de sonrisa, aunque consigue contenerla.
—Nos besamos bastante bien.
—Arthur —le llamo la atención.
—Perdón. Ha sido mal momento para bromear.
—Muy mal momento —le confirmo.
—Pero es un dato cierto.
Intento mantenerme seria, aunque fracaso a medias.
—No me hagas reír cuando estoy imponiendo límites.
—Lo siento.
—No pareces muy arrepentido —le digo mirándole de reojo.
—Estoy trabajando en ello.
La tensión se afloja un poco, lo justo para respirar y Arthur apoya las manos sobre la mesa, sin acercarlas a las mías.
—Yo también necesito decir algo —me interrumpe antes de que continúe hablando.
—Adelante.
—Tengo miedo de querer algo que no pueda controlar.
La respuesta me sorprende más de lo que esperaba. No porque nunca hubiera pensado que Arthur sentía algo parecido, sino porque jamás lo había escuchado admitirlo de una forma tan directa.
—¿Y qué vas a hacer con eso? —le pregunto observándolo por encima de la mesa.
Arthur deja escapar una pequeña risa y niega con la cabeza.
—Probablemente me equivoque alguna vez —admite con honestidad—. No creo que exista otra forma de aprender.
—Eso no resulta especialmente tranquilizador —le digo arqueando una ceja.
—Lo sé —responde con una media sonrisa—. Pero al menos voy a intentar que ese miedo no vuelva a convertirse en una excusa para tomar decisiones por ti.
Lo observo durante unos segundos y me sigue resultando extraño tener frente a mí a un Arthur Parks reconociendo que no tiene todas las respuestas.
Lleva tanto tiempo intentando controlar todo lo que ocurre a su alrededor, que verlo admitir sus propios límites casi le hace parecer una persona distinta y eso me asusta un poco más que su versión habitual.
Arthur juega unos segundos con la copa antes de volver a hablar.
—Boston fue real.
—Sí —digo después de tragar saliva.
—No te lo digo para presionarte —aclara mirándome directamente.
—Ya.
—Pero tampoco quiero fingir que no sucedió.
Bajo la vista hacia la mesa mientras los recuerdos aparecen con una facilidad irritante en mi cabeza y tengo muy claro que nada de aquello se pareció a una actuación.
—Yo tampoco quiero fingirlo —admito al final.