No era mi cita (Decisiones cuestionables nº 1) 20
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Arthur

Tengo claro que he tomado una decisión absurda mucho antes de estar sentado en el coche, aparcado a media manzana de la entrada y observando cómo los clientes entran y salen del restaurante mientras el reloj del salpicadero avanza con una lentitud exasperante.

Laura está ahí dentro. Lo sé porque el maître me ha enviado un mensaje hace unos minutos.

«La señorita Wells ya ha llegado».

Una frase breve y completamente inocente que, por algún motivo, llevo varios minutos releyendo como si escondiera un significado que no existe, porque la realidad es bastante más simple: Laura ha llegado y yo sigo fuera. Eso resume bastante bien la situación en la que nos encontramos.

Justo en ese momento, mi teléfono vibra sobre el asiento del copiloto y me sobresalta. Al mirar la pantalla veo que es Rita y respondo antes de que siga insistiendo.

—Dime que me llamas por una emergencia de la empresa —le pido mientras apoyo un brazo sobre la ventanilla.

—No, no hay ninguna emergencia, lo siento —responde ella sin el menor remordimiento.

—Entonces voy a colgar.

—Estás sentado dentro del coche mirando la puerta del restaurante, ¿verdad? —pregunta Rita.

Miro el parabrisas.

—Empiezo a sospechar que alguien te informa de todos mis movimientos.

—No me hace falta ningún espía. Llevas una semana comportándote de una forma bastante poco sutil.

—Eso es ofensivo.

—Y completamente cierto.

Resoplo y Rita guarda silencio unos segundos antes de volver al ataque.

—¿Vas a entrar?

La pregunta parece sencilla, pero realmente no lo es.

—No lo sé.

—Arthur, acabas de decir la frase más inquietante que te he escuchado en años —me suelta casi de carrerilla después de una pausa.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Me lo había parecido —miento y Rita se ríe.

—¿Qué estás esperando exactamente?

Apoyo la cabeza contra el respaldo y observo la entrada del restaurante una vez más.

—No quiero volver a hacerlo.

—¿Hacer qué? —pregunta ella con más seriedad.

—Decidir por ella.

La respuesta tarda un instante en llegar.

—Eso es nuevo.

—Ya…

—Y sorprendentemente sano.

—No te acostumbres.

Esta vez sí se ríe y con ganas.

—¿La quieres?

La pregunta me pilla desprevenido, no porque no sepa la respuesta, sino porque la conozco perfectamente.

—Sí —admito sin pensarlo y esa palabra me sale sola, sin necesidad de analizarla ni envolverla en explicaciones inteligentes.

—Entonces deja de pensar como abogado —me responde después de estar callada unos segundos.

—¿Y cómo se supone que tengo que pensar?

—Como una persona normal.

—Eso no suena demasiado bien.

—Lo imaginaba —resopla.

La llamada termina poco después y yo sigo dentro de mi coche.

Durante unos minutos continúo observando la entrada del restaurante, viendo cómo la gente entra, sale, ríe y sigue con su vida sin saber que yo estoy aquí intentando reunir el valor necesario para tomar una decisión.

Sin embargo, justo en ese momento, entiendo algo que hasta ahora no me había permitido admitir: si entro en ese restaurante, Laura tendrá que reaccionar y decidir que hacer conmigo enfrentándose a una situación que yo he creado otra vez.

Sin embargo y precisamente porque quiero verla y porque llevo días imaginando esa conversación, sé que no puedo presentarme esperando que ella gestione las consecuencias de mis actos.

No, no puedo hacerlo otra vez y menos de esa manera.

Salgo del coche y empiezo a caminar sin un destino muy claro. No voy hacia la puerta del restaurante, aunque tampoco me alejo demasiado, pero necesito moverme antes de cambiar de opinión.

La calle está llena de gente que parece tener las cosas mucho más claras que yo.

Parejas que entran en restaurantes, grupos de amigos que discuten sobre dónde cenar y turistas que miran los edificios como si Nueva York acabara de aparecer esta mañana.

Yo, en cambio, llevo diez minutos intentando decidir qué hacer con mi vida. Resulta humillante.

Finalmente, termino entrando en una pequeña papelería que hay en la siguiente esquina.

—Buenas—me saluda una mujer de unos cincuenta años cuando cruzo la puerta.

—Hola.

—Tiene cara de necesitar ayuda —me dice la mujer tras observarme unos segundos.

—¿Tanto se nota?

—Un poco....

«Perfecto», me digo para mí soltando un resoplido.

—Necesito una tarjeta.

—¿De cumpleaños?

—No.

—¿De aniversario?

—Tampoco.

La dependienta se apoya sobre el mostrador.

—Entonces estamos entrando en territorio peligroso.

—Me temo que sí.

Ella sonríe.

—Creo que lo que necesita está en el pasillo tres.

Unos segundos después estoy delante de una estantería llena de tarjetas que parecen escritas por personas convencidas de que todos los problemas emocionales pueden resolverse con flores impresas y frases inspiradoras, pero eso no me ayuda, por lo que termino escogiendo una tarjeta completamente blanca.

—Esa suele ser la elección de la gente que necesita decir algo importante —me dice la dependienta al ver la tarjeta que he elegido cuando paso por caja.

—Empiezo a sospechar que todo el mundo sabe más de mi vida que yo mismo.

—También suele pasar.

Un rato después, acabo sentado en una cafetería casi vacía con un café delante y la tarjeta abierta sobre la mesa.

Llevo años negociando contratos, convenciendo a clientes muy difíciles y hablando frente a auditorios llenos.

Sin embargo, escribir unas pocas líneas para Laura me resulta mucho más complicado que cualquiera de esas cosas.

Escribo varias versiones de lo que quiero decirle, pero todas las acabo tachando.

Apoyo el bolígrafo sobre la mesa y me obligo a empezar otra vez.

Esta vez escribo despacio sin estrategias, ni argumentos, ni intentando convencer a nadie.

Cuando termino, releo el texto una única vez y lo dejo así.

No es brillante, ni perfecto, pero por primera vez es totalmente sincero.

Doblo la tarjeta y la guardo dentro del sobre y después pago el café y regreso al restaurante.

El mismo maître me reconoce nada más verme entrar.

—Señor Parks.

—Necesito pedirle un favor.

El hombre inclina ligeramente la cabeza.

—Claro, dígame.

—Quiero que esto llegue a Laura Wells cuando termine su reunión —le digo entregándole el sobre que tengo entre los dedos.

El maître mira el nombre escrito en el sobre y después vuelve a mirarme.

—¿Y usted?

Durante unos segundos observo el interior del restaurante, pero no la veo desde donde estoy. Desde aquí solo alcanzo a ver mesas ocupadas, camareros moviéndose entre ellas y personas disfrutando de una velada normal.

—Yo me voy.

El hombre tarda unos segundos en asentir.

—Entendido —dice finalmente.

—Gracias.

—Buena suerte, señor Parks.

Sonrío levemente.

—No creo que esto tenga nada que ver con la suerte —le respondo con una leve sonrisa.

—Entonces espero que tenga que ver con algo mejor.

Asiento una vez y me marcho sin mirar atrás. No porque no quiera verla, sino precisamente porque quiero verla y porque esta vez la decisión tiene que ser suya.

A la mañana siguiente, llego a la oficina antes de las ocho y durante unos minutos consigo convencerme de que voy a dedicar el día exclusivamente al trabajo, aunque mi propósito dura hasta que veo a Rita acercarse por el pasillo y por su expresión, sé que trae malas noticias.

—No me gusta esa cara —le digo antes de que llegue hasta mi despacho.

—A mí tampoco me gusta la tuya últimamente, pero ambos estamos haciendo sacrificios.

—¿Qué pasa?

Rita me entrega una carpeta.

—Cassandra está aquí.

Me detengo en seco.

—¿Por voluntad propia?

—Mucho me temo que sí.

—Qué forma tan desagradable de empezar el día.

Rita intenta ocultar una sonrisa.

—Te está esperando en la sala tres.

—¿Ha dicho qué quiere?

—Solo dice que no piensa irse hasta que hable contigo.

—Maravilloso —ironizo.

—Sí, yo también he pensado lo mismo.

Me aflojo un poco la corbata mientras camino hacia la sala de reuniones.

—¿Quieres que llame a seguridad? —me pregunta Rita.

—La oferta es tentadora.

—Te creo.

—Pero puedo ocuparme yo.

Rita asiente.

—Procura no cometer ningún delito.

—Intentaré controlarme.

—Eso también me preocupa.

La dejo atrás y continúo hacia la sala tres.

Cuando abro la puerta, Cassandra ya está sentada junto a la ventana.

Como siempre va perfectamente arreglada, vestida con ropa elegante y cuidada hasta el más mínimo detalle.

Va igual que siempre, de esa manera que durante años consiguió impresionarme.

Ahora, en cambio, solo me recuerda a una etapa de mi vida que ya no me interesa recuperar.

—Arthur —me saluda con una sonrisa estudiada.

Entro en la sala y cierro la puerta detrás de mí.

—Hola —le respondo con tono seco.

—Pensaba que tardarías más en venir.

—Y yo que te cansarías antes de esperar.

Deja escapar una pequeña risa, aunque yo continúo serio y eso parece molestarle bastante. Cruza una pierna sobre la otra y deja el bolso sobre la mesa con una calma que siempre ha utilizado como arma.

—Te noto tenso —comenta observándome con atención.

—Y yo te noto persistente.

—Nunca te había molestado eso.

—Antes cometía muchos errores.

Ella sonríe.

—¿Y ahora ya no?

—Ahora intento aprender de ellos.

La respuesta parece incomodarla.

—¿Qué quieres, Cassandra? —le pregunto a bocajarro, porque no tengo ninguna intención de alargar esta conversación.

—Quiero entender qué está pasando —me responde entrelazando las manos frente a ella.

—No —le digo sentándome al otro lado de la mesa de donde está ella.

—¿No?

—No quieres entender nada. Nunca has tenido especial interés en entender a nadie.

La sonrisa desaparece ligeramente de sus labios.

—Sigues siendo encantador.

—Y tú sigues evitando responder preguntas sencillas.

Durante unos segundos Cassandra me sostiene la mirada con esa paciencia calculada que siempre ha utilizado cuando cree que tiene ventaja.

—Laura —dice finalmente.

Apoyo la espalda en la silla sin apartar los ojos de ella.

—Laura —repite, como si la respuesta estuviera escondida dentro del nombre.

—¿Qué pasa con Laura? —le pregunto.

Cassandra inclina ligeramente la cabeza.

—Que has cambiado.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Porque estoy respondiendo a la que realmente importa —replica ella con tranquilidad.

Resoplo y me paso una mano por la mandíbula.

—Cassandra...

Le digo intentando reunir una paciencia que hace rato que se me ha terminado.

—Arthur, llevamos años conociéndonos —me recuerda ella.

—Eso tampoco es precisamente una ventaja.

Cassandra ignora el comentario y continúa observándome.

—Nunca habías reaccionado así por nadie.

—No creo que eso sea asunto tuyo.

Ella apoya un brazo sobre la mesa.

—Lo era cuando utilizabas vuestra relación para limpiar tu imagen.

La frase consigue que me incorpore ligeramente hacia delante.

—No vuelvas a hablar de ella de esa manera —le advierto mirándola directamente.

—Vaya —me contesta arqueando una ceja.

—Lo digo en serio —insisto señalándola con el dedo índice.

—Ya me he dado cuenta.

La pequeña sonrisa que aparece en sus labios deja claro que ha venido buscando exactamente esa reacción. La diferencia es que la conversación ya no está avanzando en la dirección que esperaba.

—Escúchame bien. Laura no es una estrategia de comunicación, ni una herramienta profesional ni una campaña de imagen. No es ninguna de esas cosas —le explico apoyando los antebrazos sobre la mesa y la miro fijamente.

Cassandra permanece callada, esperando que continúe.

—Y lo que ocurrió entre nosotros tampoco tiene nada que ver contigo.

Ella deja escapar una risa breve.

—Curioso.

Frunzo ligeramente el ceño.

—¿Qué tiene de curioso?

—Que es la primera vez que te escucho hablar de alguien sin convertirlo en una negociación.

Su observación me deja callado unos segundos, no porque sea errónea, sino precisamente porque no lo es.

—La conversación ha terminado —digo finalmente.

Cassandra se reclina en la silla.

—¿Así de fácil?

—Sí.

Ella recoge el bolso con calma.

—Te está cambiando.

—Eso espero —le digo sin pensar.

Cassandra se queda inmóvil, porque claramente no esperaba escuchar esa respuesta.

—Antes no habrías dicho eso.

—Antes hacía muchas cosas que ahora no haría.

Nos observamos durante unos segundos más. Después ella se pone en pie y se coloca el bolso sobre el hombro.

—¿Sabes qué es lo peor de todo esto? —pregunta antes de dirigirse a la puerta.

—Estoy seguro de que vas a decírmelo igualmente —respondo levantándome también.

Una sonrisa divertida cruza su rostro.

—Que creo que estás enamorado de ella de verdad.

La afirmación queda suspendida sobre nuestras cabezas. Hace unos meses habría discutido e intentado convertir la conversación en algo menos personal. Sin embargo ,ahora ya no me interesa hacerlo.

—Sí —admito simplemente.

Cassandra parpadea.

—Vaya.

—Exacto.

Por primera vez desde que ha entrado en esta sala parece no tener preparada una respuesta a eso, algo que me resulta muy satisfactorio.

—Adiós, Arthur —dice abriendo la puerta.

—Adiós —le suelto sin más mientras la veo alejarse por el pasillo y me sorprende descubrir que no siento absolutamente nada. Solo la certeza de que esa etapa de mi vida terminó hace mucho tiempo y de que he tardado más de la cuenta en admitirlo.

Esa noche vuelvo a casa más tarde de lo habitual y cuando entre en el apartamento voy directamente hacia la cocina. Abro la nevera, saco una botella de agua y mientras desenrosco el tapón, el teléfono vibra sobre la encimera.

El corazón se me acelera incluso antes de mirar la pantalla, porque sé perfectamente quién deseo que sea y porque llevo días repitiéndome la mentira de que no importa, pero me importa muchísimo.

Dejo la botella a un lado, cojo el teléfono y veo que hay un mensaje nuevo de Laura.

Trago saliva y me limito a observar su nombre en la pantalla.

Abro la conversación y veo solo una frase:

Laura:

Mañana en la misma mesa.

Si llegas tarde, pediré postre sin ti.

Leo el mensaje varias veces con una sonrisa en los labios. A pesar de que sé que no es una reconciliación, ni un perdón, es una oportunidad. Supongo que la tarjeta de color blanco que le escribí, me ha ayudado y no pienso desperdiciar esta oportunidad.