19
Laura
El problema de tener cuatro mejores amigas es que resulta prácticamente imposible hundirse en paz y eso lo descubro un martes por la mañana cuando llaman a mi puerta a las nueve y dos minutos, ni un minuto antes, ni dos minutos después.
Una puntualidad tan extrañamente específica que debería haberme servido para identificar inmediatamente a la culpable.
Cuando abro la puerta todavía en pijama, me encuentro a Pamela sujetando dos cafés gigantes en vasos de cartón y una bolsa de papel.
—He traído desayuno y una personalidad insoportable —anuncia mientras entra en mi apartamento sin esperar a que la invite a pasar, aunque a estas alturas eso es una tontería—. Me ha parecido que necesitabas ambas cosas.
—Las leyes existen por una razón —protesto cerrando la puerta tras ella.
—Las leyes solo son sugerencias —puntualiza.
—Eso no es verdad.
—Depende bastante del barrio —replica mientras se dirige a la cocina.
Deja los cafés sobre la encimera y empieza a sacar la bollería de la bolsa con la concentración propia de quien está organizando una operación de rescate.
—¿Cómo has entrado?
—El portero me conoce —responde sin levantar la vista de lo que está haciendo.
—Eso no responde a mi pregunta —le contesto cruzándome de brazos.
—Le he regalado una de mis sonrisas —me cuenta sonriendo de nuevo.
—Eso me preocupa más.
Ella me señala con un cruasán.
—Supongo —dice encogiéndose de hombros.
Me apoyo en la encimera y la observo moverse por mi cocina con una familiaridad que ya ni siquiera me sorprende.
Han pasado casi dos semanas desde la discusión con Arthur.
Dos semanas durante las que me he refugiado en el trabajo, he aceptado más proyectos de los que debería para mantenerme cuerda y me he impuesto una norma muy sencilla: no preguntar por él a nadie.
Sin embargo, la norma funciona aproximadamente igual de bien que todas las decisiones importantes que he tomado últimamente.
—Tienes cara de estar pensando en él —comenta Pamela mientras quita la tapa de plástico al vaso de cartón de uno de los cafés para ponerse azúcar.
—Buenos días para ti también.
—No era una crítica.
—Pues ha sonado exactamente igual —resoplo.
Pamela se encoge de hombros y da un sorbo a su café poniéndome el otro vaso delante de mí.
—Porque llevo años perfeccionando la técnica.
Dos horas después estoy terminando una videollamada con un cliente mientras Pamela trabaja desde mi sofá porque, según sus propias palabras, «la solidaridad femenina requiere wifi y acceso a snacks gratuitos o subvencionados por tu mejor amiga».
La reunión sale mejor de lo esperado y cuando cierro el portátil me quedo mirando la pantalla durante unos segundos, intentando asimilar lo que acaba de pasar.
He conseguido la campaña de una cadena de hoteles boutique que llevaba meses valorando distintas propuestas y ha acabado eligiendo la mía.
Pero lo mejor de todo es que la he conseguido por mis propios medios y no porque alguien me haya recomendado, ni por que Arthur haya movido algún hilo desde las sombras.
Me han elegido porque les ha gustado mi trabajo, porque les ha convencido mi propuesta y he hecho bien mi trabajo.
La sensación que me recorre tiene algo de alivio, pero es mucho más que eso. Es orgullo del bueno, el que llevaba demasiado sin permitirme sentir.
—¿Cómo ha ido? —me pregunta Pamela desde el sofá.
Levanto la vista hacia ella.
—He conseguido el proyecto.
Pamela se incorpora tan rápido que casi tira el portátil al suelo.
—¿Hablas en serio?
—Completamente.
—¡Sabía que te elegirían!
—Tú crees que me elegirían, aunque propusiera decorar hoteles con cactus fluorescentes.
—Porque tengo fe en ti.
—No, porque tienes un criterio preocupante.
—Las dos cosas pueden ser verdad —me responde y se acerca para abrazarme justo cuando suena el timbre.
—Dios mío. Han llegado las demás —digo cerrando los ojos.
Pamela sonríe con evidente satisfacción.
—Te dije que habíamos organizado una intervención emocional.
Abro la puerta y me encuentro exactamente la escena que esperaba: Kim lleva una carpeta bajo el brazo, Eve aparece cargada con una bolsa de comida y Violet sostiene una planta enorme que parece ocupar medio rellano.
La miro, después miro la planta y tras unos segundos vuelvo a mirarla a ella.
—¿Por qué traes una planta? —le pregunto a Violet mirando la enorme maceta que sostiene entre los brazos.
Violet baja la vista hacia la monstera y se encoge ligeramente de hombros.
—Me puse nerviosa en la floristería —me cuenta.
—Eso explica menos de lo que imaginas —le respondo mientras aparto un par de hojas que casi me tapan en la cara.
—Me pareció apropiada —insiste Violet, como si aquello aclarara algo.
—Es una monstera —señalo.
—Sí, las monsteras transmiten esperanza —afirma ella con absoluta convicción.
Pamela aparece detrás de mí con una taza de café y negando con la cabeza.
—Se inventa estas cosas constantemente —comenta mirando a las demás.
—No me las invento —protesta Violet, ofendida.
Pamela resopla.
—Violet, te las inventas muchísimo.
Pocos minutos después, las cinco estamos repartidas por el salón y la conversación empieza hablando de trabajo, pasa por varios temas irrelevantes y termina donde tenía claro que acabaría: Arthur.
—Voy a decir algo impopular —anuncia Kim mientras deja la taza sobre la mesa de centro.
Pamela levanta una ceja desde el sofá.
—Eso reduce muchísimo las posibilidades.
Kim decide ignorarla y vuelve la vista hacia mí.
—Sigues teniendo razón.
—¿En qué parte exactamente? —le pregunto mirándola por encima de mi vaso de cartón con café.
—En la manipulación —responde ella sin rodeos.
—Gracias.
Kim asiente.
—Pero...
Pamela levanta una mano inmediatamente.
—Ahí está el problema. Siempre hay un pero.
—Porque la vida tiene matices —replica Kim con paciencia.
Pamela hace una mueca.
—Qué frase tan decepcionante.
Kim rueda los ojos antes de continuar.
—Laura tiene derecho a estar enfadada.
—Lo estoy —confirmo apoyando la espalda en el sofá.
—Y Arthur se equivocó.
—Mucho —añado.
—Pero sigo preguntándome si Arthur es únicamente eso.
La pregunta queda suspendida sobre nuestras cabezas unos segundos, hasta que Eve es la primera en hablar.
—Yo también me lo pregunto —admite mientras deja su taza sobre la mesa.
Me giro hacia ella con indignación.
—Gracias por vuestro apoyo.
—Te estamos apoyando —protesta Eve levantando las manos.
—No, estáis defendiendo al enemigo.
—Estamos intentando ser objetivas —insiste ella.
—Eso es todavía peor.
Pamela interviene antes de que la discusión siga creciendo.
—Tengo una pregunta importante.
Todas la miramos al mismo tiempo, porque cuando dice eso, nunca es buena señal.
—¿Qué pasa ahora? —pregunto con resignación.
Pamela se inclina hacia delante.
—¿El sexo era tan bueno?
La reacción es inmediata, Violet deja escapar un gemido desesperado, Kim se lleva una mano a la frente, Eve casi se atraganta con el café y yo cierro los ojos.
—Pamela...
—Es una pregunta legítima —se defiende ella.
—No lo es.
—Claro que sí —insiste señalándome con el dedo índice con absoluta convicción—Porque existen comportamientos imperdonables y comportamientos que requieren una evaluación más profunda.
—No puedo creer que estés diciendo eso.
—Yo tampoco —admite Violet desde el otro extremo del sofá.
Sonrío agradecida.
—Gracias.
Violet se encoge de hombros.
—Pero reconozco que tengo curiosidad.
La conversación continúa durante más de una hora en la que discutimos y nos reímos a partes iguales.
Pamela intenta crear una clasificación oficial de delitos románticos que, según ella, debería enseñarse en los institutos, Kim amenaza con marcharse tres veces, porque sostiene que esa lista es una pérdida de tiempo, Eve intenta mediar entre ambas con una paciencia admirable y Violet fracasa estrepitosamente en su intento de poner orden.
Lo sorprendente es que, mientras las escucho discutir, me doy cuenta de que estoy mejor, no feliz, porque eso es algo distinto, pero sí mejor.
A pesar de que sigo enfadada y dolida con Arthur y continúo pensando en él más de lo que me gustaría.
Sin embargo, también sigo trabajando, avanzando y continúo construyendo una vida que no gira alrededor de una relación falsa que terminó convirtiéndose en algo que ninguno de los dos supo manejar y eso es mucho más de lo que imaginaba.
Dos días después cuando estoy saliendo de una reunión en Midtown recibo una llamada desde un número desconocido. Normalmente no suelo contestar, porque en los últimos meses he aprendido que los números desconocidos suelen traer problemas, aun así respondo.
—¿Laura Wells? —pregunta una voz femenina al otro lado.
—Depende de quién pregunte.
La mujer se ríe.
—Eso parece una respuesta razonable. Soy Amanda Foster, directora creativa de Foster Hospitality.
Me detengo en mitad de la acera, porque conozco perfectamente ese nombre. Foster Hospitality es una compañía que gestiona hoteles boutique por todo el país y son precisamente los clientes que acaban de aceptar mi propuesta.
—Hola —respondo intentando sonar profesional y no como alguien que acaba de recibir una descarga eléctrica.
—Te llamo porque hemos revisado tu presentación completa y queremos ampliar el proyecto.
—¿Ampliarlo? —parpadeo sorprendida.
—Sí, nos gustaría que te cupases de tres ubicaciones más.
Durante unos segundos me quedo completamente inmóvil, a pesar de que la ciudad continúa con su ritmo incesante a mi alrededor.
—¿Sigues ahí?
—Sí, perdona. Es que no esperaba eso.
—Nos has impresionado mucho.
Me suelta la frase de forma directa, sin matices y sin ningún tipo de conexión con Arthur y, precisamente por eso, significa tanto.
Esa noche celebro la noticia cenando sola en el sofá con comida tailandesa que, aunque tengo claro que no es la celebración más glamurosa de la historia, no me importa.
Mientras ceno reviso algunas ideas para el proyecto cuando aparece una noticia en redes sobre Arthur.
Mi pulgar deja de hacer scroll y se detiene automáticamente en la pantalla.
La fotografía que aparece pertenece a una publicación empresarial, en la que aparece Arthur en un evento del sector junto a varios socios con su habitual traje oscuro.
Parece igual que siempre de seguro, elegante e impecable.
Lo observo unos segundos y después sigo leyendo.
Precisamente en ese momento es cuando sucede algo que me remueve por dentro, porque no echo de menos las fotografías, ni los eventos, ni fingir que somos una pareja, lo que echo de menos es al hombre que discutía conmigo, al que se burlaba de mis horarios de trabajo, al que me escribía mensajes absurdos, y al que parecía olvidarse de ser Arthur Parks cuando estábamos a solas. Darme cuenta de eso lo complica todo.
El viernes por la tarde recibo un correo de Amanda Foster, porque quiere reunirse conmigo en persona para hablar de la ampliación del proyecto.
Quedamos para las siete, pero cuando veo la dirección a donde tengo que acudir, tardo unos segundos en reaccionar, porque conozco ese restaurante.
Es el mismo restaurante donde Arthur y yo tuvimos aquella primera cita falsa.
Al instante, estoy tentada de proponer otro sitio, pero finalmente no lo hago porque sería ridículo. Nueva York tiene millones de personas y Arthur no es el propietario del restaurante. Además, yo soy una adulta funcional, en teoría, y no debo comportarme así.
Llego diez minutos antes de la hora acordada y me encuentro con que el restaurante está bastante lleno.
—Bienvenida, señorita Wells —me saluda sonriente el maître consultando la mesa en la que debo sentarme.
—Gracias.
—Por aquí, por favor.
Lo sigo y me detengo poco después, porque reconozco la mesa inmediatamente. Es la misma donde Arthur y yo empezamos todo.
—Creo que hay un error —le digo.
El maître me mira confundido.
—¿Perdón?
—Esta mesa...
—Ha sido solicitada específicamente para usted.
Frunzo el ceño.
—¿Por quién?
El hombre consulta la reserva.
—Por el señor Parks.
Mi corazón da un golpe incómodo contra las costillas.
—¿Arthur Parks? —pregunto con la voz entrecortada.
—Sí, señorita Wells.
Durante unos segundos me quedo inmóvil mirando la mesa e intentando entender qué significa aquello.
—¿Va a venir?
El maître parece sorprendido.
—No, señorita. El señor Parks hizo la reserva esta mañana y pidió que estuviera disponible para usted.
Lo miro, después observo la mesa y después vuelvo a mirar la silla vacía que hay al otro lado. Arthur no está, aunque no ha organizado una emboscada, solo ha reservado la mesa, pero… ¿para qué?