No era mi cita (Decisiones cuestionables nº 1) 18
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Arthur

La primera reunión del día empieza a las ocho de la mañana, la siguiente es a las nueve y media, así que antes de que llegue la hora de comer ya he firmado dos contratos, revisado varias propuestas y respondido más correos de los que cualquier persona debería recibir en una sola mañana.

Todo funciona igual que siempre: los clientes siguen llamando, los proyectos avanzan y la empresa sigue creciendo.

Sin embargo, yo no consigo quitarme la sensación de que algo está fuera de sitio.

—¿Me estás escuchando o estás practicando alguna nueva técnica de meditación? —me pregunta Rita desde el otro lado de mi mesa.

—Claro que te estoy escuchando —le digo alzando la vista hacia ella.

—Mentira —me responde arqueando una de sus cejas finas y perfectamente delineadas.

—Adoro tu confianza en mí.

Rita deja una carpeta sobre la mesa y se apoya ligeramente en el respaldo de la silla.

—Acabo de preguntarte tres veces si quieres mover la presentación al jueves o al viernes —me dice cruzándose de brazos.

—Al jueves.

—Perfecto —asiente con la cabeza y toma nota en su agenda.

—¿Ves? Estaba prestando atención.

—Ha sido suerte —corrige ella sin pestañear.

No digo nada, porque tiene razón.

—Estás insoportable —me dice Rita antes de soltar un suspiro.

—Gracias —le respondo apretando los labios.

—No era un cumplido —me avisa ella cerrando su agenda.

—Lo he tenido claro en todo momento.

—Menos mal. Empezaba a preocuparme.

Abro la carpeta con la esperanza de que eso dé por terminada esta conversación, pero no funciona, porque Rita sigue donde está.

—¿Necesitas algo más? —le pregunto alzando una ceja.

—Sí —asiente ella con la cabeza.

—Temía esa respuesta —chasqueo la lengua.

—Laura ha dejado de venir.

La frase me impacta, porque sé que es cierto. Ya no aparece por la oficina, ni encuentro mensajes suyos cuando miro el teléfono… Resulta increíble la cantidad de espacio que puede ocupar una persona sin darte cuenta hasta que desaparece de golpe y ves el enorme vacío que te rodea.

—Ya lo sé —respondo.

—Pues no lo parece —me contesta sosteniéndome la mirada.

—Rita... ¿Qué quieres exactamente?

Ella se encoge de hombros.

—Que dejes de actuar como si no hubiera pasado nada.

—Porque no ha pasado nada.

Rita se queda mirándome unos segundos.

—Eso ha sonado ridículo incluso para ti.

No le respondo porque tiene razón.

A la una del mediodía tengo una comida de negocios con varios clientes y con Michael Harper, uno de los socios más veteranos del despacho.

Hace unos meses esta reunión me habría parecido perfecta, porque, aunque el restaurante está lleno, los clientes están satisfechos, los números son excelentes y el acuerdo saldrá adelante.

Todo debería hacerme sentir bien, pero no lo hace.

—Parks.

La voz de Michael me obliga a volver a la mesa.

—¿Qué pasa? —le pregunto elevando la mirada hasta su cara.

—Llevas un rato mirando por la ventana.

—¡Qué exagerado! Solo echaba un vistazo a las vistas de la ciudad desde aquí.

—Llevas diecisiete minutos para ser exactos —me responde Michael comprobando la hora en su reloj de muñeca.

—¡Qué exagerado!

Michael se ríe y da un sorbo a su copa.

—¿Problemas? —me pregunta arqueando una ceja.

—No.

—Otra mentira.

—Hoy todo el mundo está muy inspirado —digo negando con la cabeza.

—O quizá es que eres muy evidente.

Resoplo y observo que Michael deja la copa sobre la mesa y se reclina ligeramente en la silla.

—Te conozco desde hace doce años —empieza a decir.

—Eso explica muchos de tus defectos —bromeo en un intento de desviar el tema, pero Michael es demasiado hábil y no lo consigo.

—Entre otras cosas, explica que sé cuándo tienes cara de haber cometido una estupidez —continúa diciendo.

—Gracias por el apoyo moral.

—Ya sabes que siempre intento ayudar.

—¡Eso no es cierto! —le digo con una media sonrisa.

—Correcto.

Durante unos segundos observamos cómo los clientes continúan hablando entre ellos, pero después Michael vuelve a mirarme.

—¿Es por una mujer?

—¿Tan evidente resulta? —le pregunto girándome para mirarle.

—Muchísimo.

—Empiezo a echar de menos cuando la gente me tenía miedo —le respondo ajustándome la corbata.

—Eso nunca funcionó tan bien como pensabas.

Niego con la cabeza y Michael sonríe.

—¿Qué has hecho? —me pregunta de forma tan directa, que suelto una carcajada resignada al escucharle.

—La pregunta correcta sería qué no hice —le aclaro.

—Por tu cara, diría que la has liado bastante...

—Bastante se queda corto —resoplo.

Michael espera y al final termino contándoselo. No todo, pero sí lo suficiente. Le hablo del informe, de Laura, de la discusión, del final del acuerdo… Cuando termino, permanece unos segundos en silencio antes de apoyar los antebrazos sobre la mesa.

—Vaya.

—No pareces impresionado —añado.

—Porque llevo años diciéndote exactamente lo mismo.

—Eso es mentira.

—Arthur, gestionas a las personas igual que gestionas a las empresas.

La frase me resulta incómodamente familiar, porque Kim me dijo algo parecido y ahora Michael también, por lo que empiezo a sospechar que el problema no son ellos.

—No es lo mismo —trato de justificarme.

—Claro que no —me responde con una pequeña sonrisa—. Las empresas no tienen sentimientos.

Bajo la vista hacia la mesa y Michael aprovecha el momento.

—No puedes querer a alguien y al mismo tiempo intentar controlar todas las variables.

—No intentaba controlarla —me justifico.

—¿Seguro?

La pregunta queda suspendida sobre nuestras cabezas, aunque no le respondo, porque cualquier respuesta que diga va a sonar mal.

—La querías cerca —dice asintiendo lentamente.

—Sí.

—Eso lo entiendo —. Hace una pausa antes de continuar—. Lo que no entiendo es por qué decidiste hacer de todo menos decírselo.

No tengo una buena respuesta para eso y supongo que ese es el problema, porque si la tuviera, Laura seguiría hablando conmigo.

Cuando regreso a la oficina son casi las siete.

La planta donde está mi despacho está medio vacía y, por primera vez en todo el día, no hay nadie que espere algo de mí.

Así que entro en mi despacho, me quito la americana y la dejo sobre una silla y me siento.

Me recuesto hacia atrás y respiro hondo.

Ahora, el silencio que me rodea me resulta extraño, antes me gustaba, pero ahora no tanto.

Saco el teléfono y abro la conversación con Laura.

Los últimos mensajes que intercambiamos siguen ahí hablando de Boston, otros no son más que bromas y discusiones absurdas…

Me doy cuenta de que estoy sonriendo, aunque mi sonrisa desaparece casi tan rápido como aparece y empiezo a escribirle.

Arthur:

¿Podemos hablar?

Lo releo y lo borro. Unos segundos después, lo intento otra vez.

Arthur:

He estado pensando en…

También lo borro y a la tercera vez que lo intento, ni siquiera termino la frase, porque de repente entiendo algo que llevo semanas evitando admitir: no tengo ni idea de qué hacer.

Durante toda mi vida siempre he tenido una estrategia o he sabido hacia dónde dirigirme, pero esta vez no tengo ni idea.

Escribirle podría empeorar las cosas, llamarla también, esperar tampoco me parece una gran opción…

Así que por primera vez no soy capaz de encontrar una solución lógica.

Ahora mismo lo único que tengo claro es que quiero volver a verla con todas mis fuerzas.

Sin embargo, estoy empezando a entender que querer algo no significa tener derecho a conseguirlo.

Lanzo un suspiro y dejo el teléfono boca abajo sobre la mesa e intento concentrarme en cualquier cosa que la mantenga alejada de mi pensamiento.

Así que abro un contrato, leo el mismo párrafo varias veces y, cuando llego al final, me doy cuenta de que no he entendido ni una sola palabra.

Vuelvo a cerrar el documento y apoyo la espalda en la silla.

«Perfecto, mi productividad está alcanzando niveles espectaculares», me digo para mí y chasqueo la lengua.

Me levanto y camino hasta la ventana, donde todo continúa como siempre: los coches avanzan por la avenida, los semáforos cambian de color y la gente continúa con sus vidas sin mostrar el menor interés por mis problemas personales.

De repente, el teléfono vibra sobre la mesa.

Lo miro por pura costumbre y descubro que es Cassandra otra vez.

Cansado de ella y de sus mensajes, abro la conversación.

Cassandra:

¿Sigues enfadado?

Me quedo mirando la pantalla unos segundos antes de bloquear el teléfono y dejarlo otra vez sobre la mesa sin la menor intención de responderle, pero justo en ese momento entiendo algo que no he sido capaz de ver hasta ahora: durante años Cassandra ocupó un espacio importante en mi vida.

Fue una preocupación constante, una complicación recurrente y una persona cuya opinión parecía tener más peso del que merecía.

Ahora apenas pienso en ella, porque el problema nunca fue Cassandra, sino Laura.

No obstante, ni siquiera estoy seguro de que pueda llamarlo problema, porque es una persona.

Eso, a pesar de que parece una diferencia nimia, empiezo a sospechar que lo he olvidado.

Media hora después sigo dando vueltas por el despacho sin haber hecho nada útil.

Hasta que harto de continuar enrocado en lo mismo, cojo las llaves y salgo, aunque no tengo ganas de volver a casa, termino en ella igualmente con la certeza de que mi capacidad para tomar malas decisiones continúa funcionando a pleno rendimiento.

Cuando entro en mi apartamento, dejo las llaves en la consola de la entrada, me aflojo la corbata, camino hacia el salón y veo una taza sobre la encimera, que recuerdo que la utilizó Laura la última vez que estuvo aquí.

Me acerco despacio hasta ella y me descubro sonriendo al recordar la discusión absurda que tuvimos sobre la cena.

Laura insistía en que la pasta era una solución perfectamente válida para cualquier situación, en cambio yo defendía que una alimentación equilibrada requería algo más de planificación.

Según ella, aquello demostraba que tenía el alma de una hoja de cálculo y yo le decía que con eso demostraba que ella era un desastre a nivel organizativo.

La conversación terminó con Laura riéndose de las ocho variedades distintas de agua mineral que encontró en mi cocina y yo todavía sigo convencido de que aquello fue una invasión de mi privacidad.

Me dejo caer en el sofá, apoyo los codos sobre las rodillas y suspiro.

Lo curioso es que no echo de menos Boston, ni el hotel, ni tampoco el sexo.

Lo que echo de menos son cosas mucho más pequeñas como verla entrar en una habitación y cambiar por completo la energía del lugar.

También echo en falta sus mensajes y las discusiones absurdas que acababan convirtiéndose en conversaciones que ninguno de los dos quería terminar.

Y, por primera vez desde que se marchó, dejo de pensar en cómo recuperarla, porque quizá ese haya sido siempre mi error.

Siempre estoy pensando en cómo arreglar las cosas, como conseguir un resultado…

Michael y Kim tenían razón: querer a alguien no significa que puedas decidir qué tiene que suceder después.