No era mi cita (Decisiones cuestionables nº 1) 17
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Laura

Arthur no me responde de inmediato, sino que se limita a quedarse quieto frente a mí mientras me observa con una expresión que no sé cómo interpretar. Hace unas semanas habría pensado que estaba calculando una respuesta, pero ahora no estoy segura de nada.

—Te he hecho una pregunta —le digo apretando la carpeta contra mi pecho.

Arthur exhala despacio antes de acercarse un par de pasos más a mí.

—Laura...

—¡No empieces!

La frase me sale más seca de lo que pretendía o, tal vez, tan seca como pretendía y Arthur se detiene.

—Déjame explicártelo —me ruega.

—Eso es precisamente lo que llevas haciendo semanas, ¿no?

Su mandíbula se tensa y la mía también, porque esto me duele mucho más de lo que esperaba.

—No es lo que crees —trata de justificarse.

—Perfecto —respondo levantando ligeramente la carpeta—. Porque llevo una hora intentando averiguar qué es lo que tengo que creer exactamente.

Arthur se pasa una mano por su nuca, un gesto que le he visto hacer muchas veces, pero ahora ya no me resulta entrañable.

—Pedí información profesional —empieza a explicarse.

—¿Antes o después de decidir que querías volver a verme?

Mi pregunta le impacta de lleno, lo sé porque tarda demasiado en responder.

—Laura...

—No —le interrumpo negando con la cabeza—. No vuelvas a hacerlo.

—¿Hacer qué?

—Intentar responder a mi pregunta con otra explicación.

Arthur me observa durante unos segundos.

—Después —admite finalmente.

Aunque esperaba esa respuesta, escucharla en voz alta me hace daño.

—Gracias por la sinceridad —aprieto los labios.

—No estoy intentando mentirte.

—Ya es un poco tarde para eso.

Arthur da otro paso hacia mí.

—Nunca quise hacerte daño.

Me río, aunque es una risa amarga.

—¿Sabes qué es lo más fascinante de esa frase?

—Laura...

—No, en serio, es fascinante —. Lo señalo con la carpeta—. Porque estoy convencida de que dices la verdad.

Arthur baja la vista un instante.

—La digo.

—Lo tengo claro.

Creerle es precisamente el problema, porque sé que durante todo este tiempo no se ha sentado en su despacho a pensar cómo manipularme, porque él no funciona así. Para Arthur Parks todo tiene una explicación lógica, un plan, un motivo o un procedimiento.

—Solo quería volver a verte —admite finalmente.

Su confesión me golpea cuando menos preparada estoy.

—Eso es todo —añade sosteniéndome la mirada.

—No —le interrumpo.

—Laura...

—No es todo —insisto negando con la cabeza, aunque más despacio esta vez—. Porque una persona normal habría llamado para explicarse.

—No era tan sencillo.

—Claro que lo era.

Arthur deja escapar una pequeña carcajada amarga.

—Para ti quizá.

—Arthur, llamar a alguien y preguntarle lo que sea que quieras saber es mucho más sencillo que investigarlo —insisto de nuevo.

—No lo entiendes —su respuesta me hace abrir mucho los ojos.

—Pues explícamelo.

Él se queda callado unos segundos y después se acerca otro paso a mí.

—Toda mi vida he resuelto los problemas así.

—Gracias por confirmar exactamente lo que acabo de decir.

—No estoy hablando de eso.

—Yo sí.

La conversación empieza a subir de intensidad, a pesar de que no estamos gritando ni levantamos mucho la voz. Sin embargo, ambos sabemos que estamos llegando al centro del problema.

—No eras un problema que resolver —dice Arthur.

—Entonces deja de actuar como si lo fuera.

Por primera vez se queda sin saber qué responderme y eso me rompe, porque Arthur siempre tiene una respuesta.

—¿Sabes qué es lo peor? —pregunto después de unos segundos.

Arthur sigue observándome.

—Dime.

—Que durante semanas he pensado que había algo bonito en todo esto.

Su expresión cambia un poco.

—Laura...

—Pensaba que era una casualidad absurda —Me obligo a continuar—. Una fotografía, una cita equivocada, un acuerdo ridículo, Boston… Todo.

Arthur cierra los ojos un instante al escuchar todo lo que le digo.

—Muchas cosas sí fueron casualidad.

—Ya no sé cuáles.

Suelto antes de poder contener mi respuesta, porque es cierta, ese es el verdadero problema y no el informe, ni Cassandra, ni el correo, sino la duda, la maldita duda.

—Ya no sé qué parte fue real.

Arthur me mira fijamente.

—Lo nuestro ha sido real.

Su respuesta llega tan rápido que parece que la ha arrancado de algún sitio que normalmente mantiene cerrado. Durante una fracción de segundo me cuesta respirar, porque deseo creerle y eso me enfurece todavía más.

—No puedes decir eso ahora.

—Puedo porque es verdad.

—No.

—Laura.

Niego con la cabeza.

—No puedes aparecer después de todo esto y decidir qué parte era real y cuál no.

Arthur se queda inmóvil y por primera vez desde que empezó la conversación parece completamente perdido. Eso debería hacerme sentir mejor, pero no lo hace.

—Cuando Mark me dejó —empiezo a decir bajando la voz— tardé meses en entender que el problema no era que eligiera a otra persona.

Arthur no dice nada y se limita a escucharme.

—Lo que me destrozó fue sentir que alguien había tomado decisiones sobre mi vida sin contar conmigo.

—Laura... —me interrumpe, pero sigo hablando.

—Y ahora descubro que tú también decidiste cosas por mí —añado negando con la cabeza.

—No es lo mismo.

—¿No? —pregunto alzando las cejas.

—No —niega con la cabeza y da un paso hacia mí—. Nunca he decidido por ti.

—¿Seguro? —. Levanto la carpeta y la pongo frente a él—. Porque yo no tuve opción de decidir si quería que investigaras mi vida, ni que buscaras información sobre mí. No pude decidir nada de eso.

Arthur se queda quieto y en ese instante sé que he ganado la discusión, porque no tiene argumentos, porque esta vez la verdad no está de su lado y ambos lo sabemos.

—¿Qué quieres hacer? —me pregunta finalmente.

Su pregunta me rompe un poco más, porque sé qué debería responderle, pero no quiero hacerlo, aunque lo hago igualmente.

—Terminar todo esto.

Arthur no se mueve, ni siquiera parpadea.

—Laura...

—No más eventos —empiezo, pero paro para tragar saliva—. Ni más citas, ni más fotos, ni más fingir delante de otros, ni nada más.

La expresión de Arthur se endurece, aunque no está enfadado, sino dolido, algo que casi consigue que me arrepienta de lo que he dicho.

—¿Eso es lo que quieres?

—No —niego con la cabeza —. Pero es lo que necesito.

Arthur mantiene la mirada fija en mí durante varios segundos y no me interrumpe, ni intenta negociar nada, aunque eso resulta peor, porque conozco a Arthur y sé cómo funciona.

Él siempre encuentra una forma de arreglar las cosas, pero en esta ocasión no.

Esta vez simplemente parece un hombre que acaba de comprender que no puede solucionar el problema.

—Laura... —dice finalmente.

Su voz suena más cansada de lo habitual.

—No hagas esto.

La petición me golpea de lleno, porque una parte de mí querría acercarme a él y olvidar el informe, el correo y toda esta conversación. Pero precisamente por eso tengo que marcharme.

—No me estás pidiendo que no me vaya —le digo sujetando la carpeta contra mi pecho—. Me estás pidiendo que haga como si esto no hubiera pasado.

—No es eso —me responde negando con la cabeza.

—Entonces ¿qué es?

Él abre la boca, pero la vuelve a cerrar y me da la sensación de que es incapaz de encontrar las palabras adecuadas, algo totalmente nuevo para él.

—No lo sé —admite al final.

Su sinceridad me hace daño, porque sé que no está fingiendo.

—Yo tampoco sé muchas cosas ahora mismo —respondo tragando saliva—. Pero sí sé una.

Arthur espera mientras sigo hablando.

—Necesito salir de aquí.

Durante un instante parece que va a acercarse, pero finalmente se queda donde está.

—¿Y ahora qué? —pregunta.

—Ahora volvemos a nuestras vidas.

—Laura...

—No puedo seguir fingiendo que todo está bien.

—Nunca quise que te sintieras utilizada —me responde y deja escapar el aire lentamente.

—Ah…

—Entonces entiendes que...

—No —le interrumpo antes de que termine—. Entiendo que no querías hacerme daño, pero lo que ya no sé es si entiendes por qué lo has hecho.

La frase lo deja callado otra vez. Arthur siempre tiene una respuesta para todo, pero esta vez no parece encontrar ninguna.

—Adiós, Arthur —me despido apretando la carpeta entre mis manos.

Su expresión cambia al escucharme, aunque no intenta detenerme, simplemente asiente una vez y eso es lo que acaba de romperme, porque una parte de mí había esperado que luchara, que insistiera o que me diera una razón para quedarme, pero no lo hace y quizá sea lo correcto, pero a mí me duele mucho.

El trayecto en ascensor se convierte en una tortura, porque me deja demasiado tiempo a solas conmigo misma.

Cuando las puertas se abren en el vestíbulo, salgo a la calle y empiezo a caminar sin rumbo fijo porque necesito moverme y pensar o dejar de pensar, no sé muy bien qué es lo que necesito realmente en este momento.

Mi teléfono vibra dentro del bolso, pero lo ignoro, pero vuelve a vibrar varias veces e imagino quiénes son las responsables.

Cuando finalmente saco el móvil, encuentro treinta y dos mensajes en el chat, por lo que abro la conversación del grupo de mis amigas.

Pamela:¿Sigues viva?

Violet:Pamela, siempre preguntas lo mismo, tía.

Pamela:Es una pregunta razonable.

Kim:No lo es.

Eve:Yo también quiero saber

si Laura está bien.

Pamela:¿Ves?

Apoyo popular.

A pesar de todo, al leer los mensajes una sonrisa aparece en mis labios, porque mis amigas son imposibles y me conocen mejor que nadie. Así que me detengo junto a un escaparate cerrado y empiezo a escribir.

Laura:Chicas, he hecho algo adulto.

La respuesta llega antes incluso de que termine de guardar el móvil.

Pamela:Dios mío.

Kim:Eso nunca augura buenas noticias…

Violet:¿Qué has hecho?

Eve:Ahora estoy preocupada.

Me muerdo el interior de la mejilla y vuelvo a escribirles.

Laura:Me siento fatal.

Durante unos segundos nadie responde, hasta que aparece el mensaje de Pamela.

Pamela:Vale.

Definitivamente era algo adulto.

Violet:¿Quieres que vayamos a buscarte?

Eve:Puedo llevar helado.

Pamela:Yo también puedo llevar helado.

Kim:Eso es mentira.

Te lo comerías antes de llegar.

Pamela:No puedes demostrarlo.

Laura:He terminado con Arthur.

Esta vez el chat se queda callado, algo muy inquietante, mucho más que los treinta y dos mensajes que me he encontrado antes por leer. Finalmente, aparece la respuesta de Kim.

Kim:¿Estás segura?

Miro la pantalla mientras trato de encontrar una respuesta, porque la verdad es complicada. Una parte de mí sigue enfadada, otra triste y una tercera parte querría estar ahora mismo en cualquier lugar excepto aquí.

Laura:No.

Los tres puntos, que me indican que alguien me está respondiendo, aparecen inmediatamente.

Eve:A veces puedes hacer lo correcto

y sentirte fatal al mismo tiempo.

Miro la frase durante varios segundos, porque odio admitir que tiene razón, aunque probablemente la tiene.

Lanzo un suspiro y guardo el móvil. Después levanto la vista hacia las luces de Manhattan con la sensación de que la idea de perder a Arthur me duele mucho más que el enfado que siento hacia él y eso es lo que más me preocupa.