No era mi cita (Decisiones cuestionables nº 1) 16
68%

16

Arthur

La primera señal de que el día va a ser una absoluta basura aparece antes incluso de que llegue a mi despacho.

—Buenos días —me saluda Rita cuando salgo del ascensor, aunque no levanta la vista de la tableta que tiene entre las manos, ni sonríe, ni parece especialmente contenta de verme. Eso ya debería preocuparme.

—Por tu tono deduzco que no son buenos —le digo.

Rita alza la mirada.

—Depende de cómo definas «buenos».

—No me gusta cuando empiezas una frase así.

—A mí tampoco me gusta lo que viene después.

«Perfecto, parece que el día empieza con buen pie», me digo para mí y echo a andar hacia mi despacho. Rita me sigue, otra señal preocupante.

—¿Qué ha pasado? —le pregunto mientras camino.

—Un empleado de marketing ha cometido un error —me responde acelerando el paso para ponerse a mi lado.

Abro la puerta de mi despacho.

—Eso ocurre constantemente.

—Pero este error te interesa especialmente —me dice dejando la tableta sobre la mesa para que la vea.

Miro la pantalla y siento cómo algo se me hunde en el estómago, porque reconozco el correo inmediatamente, la fecha, el asunto y el nombre de la persona que jamás debería haber recibido una copia: Laura.

—¡Maldita sea! ¿Cuándo ha pasado esto? —pregunto elevando la voz.

—Esta noche.

Me paso una mano por mi nuca.

—¿Y ella lo ha abierto?

—No lo sé… Pero tampoco estoy segura de que no lo haya abierto —añade Rita y ese alivio efímero desaparece.

—¿Quién ha sido? —le pregunto furioso.

—Un becario que probablemente está replanteándose su futuro profesional.

Me dejo caer en la silla, porque sé qué correo es el que ha recibido Laura. Es uno que envié hace semanas, antes de Boston y antes de otras muchas cosas... Pedí un informe sobre ella. No es nada ilegal, pero visto desde fuera… puede parecer otra cosa y tal vez Laura también lo veo igual.

—Arthur.

Levanto la vista y veo que Rita sigue observándome.

—¿Quieres contarme qué demonios está pasando?

—No especialmente.

—Qué pena.

Resoplo, porque los dos sabemos que no va a marcharse hasta conseguir una respuesta.

—Pedí información sobre Laura.

—Eso ya lo sé.

—¿Cómo?

—Porque fui yo quien organizó parte del informe.

Tiene razón, había olvidado ese pequeño detalle.

—Entonces no entiendo por qué me lo preguntas.

—Porque quiero saber si tú entiendes el problema.

La miro unos segundos.

—Era información profesional.

—Al principio…

Esa precisión me resulta molesta, porque vuelve a tener razón. Rita siempre la tiene y me jode.

—Sí.

—¿Y después?

Aparto la vista hacia la ventana.

—Después seguí buscando excusas para verla.

Rita se cruza de brazos.

—Eso es distinto.

—Ya… —asiento lentamente con la cabeza.

—¿Ella lo sabe?

No respondo, porque esa es la cuestión, debería habérselo contado y no lo hice.

A las once de la mañana sigo sin haber avanzado prácticamente nada de trabajo.

Tengo contratos abiertos, correos pendientes, dos reuniones importantes y no consigo concentrarme en ninguna.

Miro el teléfono y no tengo nada. Lo vuelvo a mirar diez minutos después y tampoco.

La ausencia de mensajes de Laura empieza a preocuparme mucho más que cualquier discusión.

Un golpe en la puerta me obliga a levantar la vista.

—Adelante.

Kim entra con prisa y eso me hace adivinar que no viene a hablar del tiempo.

—Hola —dice tomando asiento frente a mi mesa.

—¿Qué haces aquí? —pregunto desconcertado por verla en mi despacho.

—Tengo que hablar contigo —me explica.

—Tu cara no anuncia nada bueno.

—La tuya tampoco —me responde mirándome a los ojos.

—Vamos directos al grano.

—Perfecto.

Kim apoya las manos sobre mi mesa

—¿Moviste hilos con Laura?

La pregunta llega tan directa que tardo un segundo en responder, lo que es un error, porque Kim detecta la duda inmediatamente.

—Mierda —maldice.

—No es lo que parece —trato de explicarme alzando las palmas de las manos hacia ella.

—Arthur, esa frase nunca mejora una situación.

Tiene razón otra vez.

—Escúchame, por favor —le ruego.

—No. Escúchame tú a mí —. Su tono sigue siendo tranquilo, aunque eso es lo que le hace resultar incómodo.

—¿Has investigado cosas sobre ella?

—Sí.

—¿Buscaste excusas para acercarte a ella?

—... —dudo y no le respondo.

—Eso también es un sí —concluye ella.

Me masajeo la mandíbula.

—No estaba intentando manipularla.

—¿Seguro? —me pregunta alzando una ceja.

La pregunta me impacta más de lo que esperaba, porque no sé responderla tan rápido como debería y Kim al verlo, niega lentamente con la cabeza.

—Ahí está el problema —dice negando con la cabeza.

—No sabes de qué hablas —insisto.

—Creo que sí.

Se echa un poco hacia adelante para quedarse cara a cara conmigo.

—Arthur, si has hecho con Laura lo mismo que haces con tus clientes, significa que no te importa una mierda, ni sientes nada por ella.

Aprieto la mandíbula.

—Kim.

—No he terminado —eleva la voz sosteniéndome la mirada—. Si has analizado la situación, buscado información y movido piezas para conseguir el resultado que querías, no estás viviendo una historia de amor.

Se queda callada un instante.

—Estás gestionando una crisis.

La frase me impacta de lleno y lo peor es que no sé si me duele porque es injusta o porque una parte de mí teme que tenga razón.

Kim se marcha pocos minutos después y yo me quedo solo en el despacho mirando la puerta cerrada.

La conversación sigue dando vueltas en mi cabeza, pero no por lo que ha dicho, sino por cómo lo ha dicho.

Kim no estaba enfadada, ni me juzgaba, simplemente estaba describiendo algo que ella veía con claridad y eso lo hace aún peor.

Me levanto de la silla y me acerco a la ventana.

Durante años he resuelto problemas exactamente igual: analizo, busco información, preparo escenarios y encuentro soluciones.

Eso es lo que hago y lo que siempre me ha funcionado, pero el problema es que Laura no es un cliente y hace tiempo que dejó de ser una situación que pudiera gestionar desde la distancia.

Saco el teléfono del bolsillo y busco su nombre.

Esta vez no pienso darle más vueltas. Voy a llamarla para contárselo y explicarle exactamente qué pasó y por qué lo hice, aunque me mande a la mierda después.

Así que cojo aire, pulso el botón de llamada, aunque no llega ni a sonar, porque inmediatamente me aparece una notificación en la pantalla avisándome que he recibido un mensaje de Cassandra Blake.

«Lo que me faltaba», me digo para mí cerrando los ojos un segundo, pero ignoro el mensaje.

Mi teléfono vuelve a vibrar, después otra vez y una tercera. Así que decido abrir la conversación y acabar cuanto antes con el tema.

Cassandra:

¿Sigues evitando mis mensajes?

Arthur:

Intento proteger mi estabilidad mental.

La respuesta aparece casi inmediatamente.

Cassandra:

Siempre tan encantador.

Arthur:

¿Qué quieres?

Cassandra:

Hablar de Laura.

Aprieto la mandíbula.

Arthur:

No.

Cassandra:

Eso ha sonado a que estás bastante nervioso.

Arthur:

Déjala fuera de esto.

Enseguida aparecen los tres puntos que me indican que me está escribiendo, pero desaparecen y, tras unos segundos, vuelven a aparecer. Cuando llega el siguiente mensaje, algo dentro de mí se tensa.

Cassandra:

Creo que Laura debería saber

cómo empezó realmente vuestra historia.

Me pongo en pie.

Arthur:

No hagas ninguna tontería.

Cassandra:

Qué curioso,

ahora sí pareces preocupado.

Respiro hondo, porque sé perfectamente qué está haciendo. De hecho, lleva años haciéndolo. Le gusta encontrar el punto donde alguien pierde el control para después seguir presionando.

Arthur:

No te metas en esto.

Su respuesta tarda en llegarme mucho más esta vez.

Cassandra:

Llegas tarde.

Intento llamar a Laura inmediatamente, pero no me responde. Le escribo también, pero nada. Pruebo una segunda vez y sigue sin contestar. Resoplo y empiezo a caminar por el despacho mientras observo la pantalla y pasan los minutos sin saber nada de ella.

La sensación que me recorre el cuerpo no se parece a nada que me resulte familiar, porque no es enfado, ni frustración…

sino miedo y odio reconocerlo, porque hace años que no tengo miedo de perder a nadie.

Justo en ese momento, mi teléfono vuelve a vibrar, lo cojo tan rápido que casi se me cae de las manos.

Sin embargo, al mirar la pantalla veo que tampoco es Laura, sino Rita.

—Dime que tienes buenas noticias —le pido nada más responder.

—Ojalá.

Me apoyo contra el borde de la mesa.

—¿Qué ha pasado?

—Laura ha llamado hace unos minutos.

Se me acelera el pulso al escuchar lo que me dice.

—¿A quién?

—A recepción.

—¿Y?

—Preguntó por un informe.

Ya sé qué informe es, lo sé antes incluso de que continúe.

—Rita... —empiezo a decir, aunque me interrumpe.

—Arthur, lo ha visto.

Cierro los ojos, porque llevo todo el día intentando evitar exactamente eso.

—¿Estás segura?

—Completamente.

—¡Maldita sea! —maldigo cabreado.

Rita se queda callada unos segundos, pero después vuelve a hablar.

—Escúchame con atención —me dice mi asistente.

—No estoy de humor —le ladro.

—Precisamente por eso —me señala, por lo que me obligo a guardar silencio—. Si vas a hablar con ella, no intentes venderle una versión bonita de la historia.

—No pensaba hacerlo.

—Bien —. Hace una pequeña pausa—. Porque esta vez no necesitas convencerla de nada. Solo necesitas decir la verdad.

Colgamos unos segundos después, aunque yo sigo inmóvil en mitad del despacho, porque por primera vez desde que empezó toda esta historia no tengo ninguna estrategia, ni un plan brillante, ni una solución escondida en la manga…

Solo tengo una conversación que llevo semanas retrasando y la sensación cada vez más clara de que quizá ya sea tarde.

Quince minutos después estoy atravesando Manhattan en coche, aunque el tráfico avanza despacio y los semáforos parecen eternos.

Durante todo el trayecto solo puedo pensar en que debería habérselo contado mucho antes, cuando lo que sucedió en Boston todavía estaba reciente y aún tenía la posibilidad de explicarlo sin que pareciera una confesión forzada por las circunstancias.

Llego a la oficina poco después de las nueve y el edificio está prácticamente vacío.

Cruzo el vestíbulo con paso firme y entro en el ascensor.

Mientras el ascensor sube, siento el estómago encogido.

Cuando las puertas se abren, salgo al pasillo y veo que Laura está frente a mi despacho con una carpeta entre las manos, aunque no pasea de un lado a otro, ni mira el móvil, ni parece enfadada y eso es lo que más me inquieta.

Conozco su enfado y el brillo desafiante que aparece en sus ojos cuando quiere pelear.

Pero esto es distinto, aunque mucho peor.

Tiene el gesto tranquilo, pero hay algo roto en su expresión que me hace pararme en seco.

Laura levanta la vista cuando me ve acercarme.

—Hola, Arthur —dice con una calma que no me gusta nada.

—Laura...

Ella niega suavemente con la cabeza antes de que pueda continuar.

—No. Esta vez déjame hablar a mí.

Me quedo quieto, porque sé qué va a pasar ahora, llevo horas esperándolo. Laura aprieta los dedos alrededor de la carpeta y me sostiene la mirada. Cuando vuelve a hablar, su voz suena igual de tranquila.

—¿Cuántas de nuestras casualidades las preparaste tú?