No era mi cita (Decisiones cuestionables nº 1) 15
66%

15

Laura

—No pienso ir —anuncio dejando las tijeras sobre la mesa.

Pamela levanta la vista de su café y arquea una ceja.

—Esa frase suele acabar fatal.

—No voy a cambiar de opinión —insisto cruzándome de brazos.

—Eso mismo dijiste cuando Arthur te propuso la relación falsa —me recuerda Kim sin apartar la vista del portátil.

—Y mira dónde estamos ahora —añade Violet mientras acomoda unas muestras de tela sobre la mesa.

—Exacto —confirma Eve con una sonrisa tranquila.

Las cuatro me observan y yo las observo a ellas con la sensación de que ninguna de las 4 parece dispuesta a ponerse de mi parte.

—No entiendo por qué estáis tan encantadas con esta situación —protesto.

—No lo estamos—aclara Kim cerrando el portátil—. Estamos encantadas contigo porque intentas fingir que no te afecta.

—Qué apoyo tan inspirador —resoplo.

—Ya sabes que siempre damos lo mejor de nosotras mismas —replica Pamela llevándose una mano al pecho.

—Habla por ti —murmura Kim.

—Hablo por todas.

—No te hemos elegido portavoz —le recuerda Violet.

—Fue una elección espiritual —insiste Pamela.

—Eso no existe —añade Kim.

—Existe en mi corazón.

Cierro los ojos un segundo.

—Dios mío —suelto negando con la cabeza.

—Eso también lo digo mucho cuando estoy contigo —me informa Pamela.

—Voy a dejar de invitarte a mi estudio.

—No lo harás, porque soy el alma de este grupo —insiste Pam.

—¡De eso nada! Eres el motivo por el que necesitamos normas —le recuerdo.

Las demás empiezan a reírse y Pamela parece orgullosa, lo cual resulta preocupante.

—Laura —interviene Eve apoyando los codos sobre la mesa—, intenta olvidarte de Pamela durante un momento.

—Ojalá pudiera.

—Es solo un evento —me recuerda Eve.

—Un evento donde estará Mark.

Pamela señala hacia mí con el dedo índice.

—Y ahí está el verdadero problema.

—Gracias por tu análisis profesional —le suelto apretando los labios.

—No hace falta que me des las gracias.

—No te las estaba dando —alzo una ceja.

—Lo tengo claro.

—Entonces deja de responder como si sí.

Kim se masajea la sien.

—Empiezo a entender por qué Arthur parece tan cansado últimamente.

—Traicionera —declaro señalándola.

—No, realista.

Violet deja una carpeta sobre la mesa y me observa.

—Hace un año habrías cancelado en cuanto supieras que iba Mark.

No le respondo, porque tiene razón y eso me molesta.

—Probablemente —admito al final.

—Hace seis meses también —añade Eve.

—También —asiento levemente con la cabeza.

—Entonces algo ha cambiado —concluye Violet.

—No necesariamente.

Las cuatro me miran a la vez y eso es muy mal asunto.

—Vale —resoplo al final—. Quizá sí ha cambiado algo.

—Gracias —dice Pamela apoyándose contra el respaldo de la silla—. Pensaba que íbamos a estar aquí hasta la jubilación.

—¿Podrías no dramatizar durante cinco minutos? —le pregunto.

—Podría.

—¿Y?

—Que no quiero.

Eve intenta contener la risa, pero fracasa.

—Lo que te preocupa ya no es Mark —dice Kim con tranquilidad.

La frase cae sobre la mesa y todas me observan.

—Claro que me preocupa Mark —reconozco

—Un poco, sí —admite Eve.

—Pero no es lo principal —añade Violet.

—Ah, ¿no?

—No —responde Pamela antes de dar un sorbo a su café—. Lo principal mide casi de metro noventa, lleva trajes caros y tiene problemas de control.

—Pamela...

—¿Qué?

—Voy a tirarte esta carpeta a la cabeza.

—Arthur no te dejaría.

Las cuatro empiezan a reírse y yo también y eso es lo que me preocupa.

El evento se celebra en una de esas terrazas cubiertas de Manhattan, donde todo el mundo parece conocer a alguien importante. Nada más entrar, una camarera nos ofrece una copa. Arthur acepta una y yo me tomo dos segundos para replantearme si he hecho bien en venir hasta aquí.

—Todavía puedes huir —comenta Arthur a media voz mientras avanzamos entre los invitados.

—Agradezco que sigas alimentando mis peores impulsos —le digo en un susurro y tratando de no borrar la sonrisa de los labios, por si alguien nos interrumpe por sorpresa.

—Solo intento ofrecer alternativas —me responde encogiéndose de hombros.

—Eso no es propio de ti.

—Boston me ha cambiado.

Lo miro y alzo una ceja.

—No utilices Boston como excusa para todo —le advierto alzando una ceja.

—Tú también lo haces.

—Es distinto.

—Por supuesto.

Resoplo, Arthur sonríe y durante unos segundos consigo olvidarme de por qué estoy aquí.

Pero parece que el universo tiene otros planes para mí, porque apenas cinco minutos después veo a Mark junto a una de las mesas altas hablando con varias personas.

A su lado está su prometida, rubia, elegante y perfectamente integrada en este entorno.

Durante un instante siento el viejo reflejo, que aparece antes de que pueda razonar, por el que me comparo con ella, me siento insegura y me hago la absurda pregunta de «¿Qué tiene ella que no tenga yo?

». Por suerte, todo eso dura solo dos segundos o quizás tres.

Después, desaparece porque yo ya sé la respuesta y no tiene nada que ver conmigo, ni nunca lo tuvo.

—Laura.

La voz de Arthur me devuelve al presente. Lo miro y veo que no me está observando con lástima, ni intenta distraerme, ni tampoco rescatarme. Simplemente está esperando, dándome espacio para decidir qué quiero hacer y eso me ayuda mucho.

—Estoy bien —le digo.

Arthur asiente y no dice nada más, porque no hace falta.

Mark me ve unos minutos después y su gesto cambia de inmediato lo suficiente para que me dé cuenta. Se acerca acompañado de su prometida. Yo dejo la copa sobre una mesa, mientras Arthur permanece a mi lado tranquilo y sin intervenir, simplemente se queda donde yo necesito que esté.

—Laura —me saluda Mark con una sonrisa algo tensa.

—Hola, Mark.

—Me alegro de verte.

—Igualmente —suelto una mentira piadosa pero educada.

—Soy Natalie —me saluda su prometida extendiendo la mana.

—Laura —le respondo de forma correcta.

Natalie es agradable, algo que me resulta inconveniente, porque es mucho más fácil odiar a alguien cuando se comporta como un idiota.

—He oído hablar mucho de ti —dice ella.

—Espero que nada denunciable.

Natalie se ríe, Mark también y eso rebaja un poco la tensión.

—¿Y tú debes de ser Arthur? —pregunta Mark girándose hacia él.

—Arthur Parks —le saluda ofreciéndole la mano.

—Encantado —le responde Mark.

Durante un instante se observan mutuamente con el tipo de educación que utilizan los hombres cuando están evaluando a otro sin admitir que lo hacen. La escena apenas dura un segundo, después ambos vuelven a sonreír y la tensión desaparece tan rápido como ha hecho acto de presencia.

—Os he visto en algunas publicaciones últimamente —comenta Natalie mirando de Arthur a mí.

—Es difícil escapar de internet —respondo con una pequeña sonrisa.

—Eso parece —coincide ella.

La conversación continúa unos minutos más.

Hablamos del evento, del trabajo y de algunas anécdotas sin demasiada importancia.

Todo resulta mucho más normal de lo que esperaba.

Pero entonces me doy cuenta de que no estoy intentando impresionar a Mark, porque no necesito demostrarle que estoy mejor sin él, ni que se arrepienta de nada.

Durante mucho tiempo he imaginado este momento de mil formas distintas.

Pensaba que sentiría rabia, tristeza o ganas de hacerle ver todo lo que había perdido.

Sin embargo, la realidad es mucho más sencilla.

Mientras él habla, descubro que llevo varios minutos pensando en Arthur.

La constatación me golpea con tanta claridad que casi me distrae de la conversación.

Mark termina de contar una anécdota y Natalie se ríe.

Yo también sonrío y entonces él me mira de una manera más atenta y sincera.

—Pareces feliz —dice finalmente.

La frase me sorprende, porque no hay reproche en su voz, ni nostalgia, ni arrepentimiento, simplemente parece una observación honesta.

—Lo soy —admito sin haber tenido que pensarme la respuesta.

—Me alegro —me responde asintiendo despacio con la cabeza.

Lo observo unos segundos y descubro que le creo, aunque lo más extraño es que yo también me alegro por él, porque ya no intento recuperar nada que tenga que ver con él, ni necesito respuestas, porque esa historia ya me ha dejado de doler.

Cuando Mark y Natalie se despiden para unirse a otro grupo de invitados, los sigo con la mirada unos segundos antes de volverme hacia Arthur, que continúa a mi lado con una copa en la mano.

—¿Qué? —pregunta al notar que lo estoy mirando.

—Nada —respondo.

—Mentira —me contesta arqueando una ceja.

—Últimamente todo el mundo me llama mentirosa —resoplo.

—Últimamente lo pones bastante fácil —replica con una sonrisa.

—Empiezo a sospechar que os reunís para practicar.

—Hay un club secreto. Kim es la que escribe las actas.

La respuesta me arranca una carcajada y Arthur sonríe al escucharme.

—Ahora en serio, ¿estás bien? —quiere saber bajando a voz.

—Sí —digo sin necesidad de fingir.

El resto del evento transcurre mucho mejor de lo que esperaba, algo que casi me parece sospechoso, porque llevo días preparándome para una catástrofe y al final lo único que he hecho ha sido mantener una conversación educada con mi ex y confirmar algo que, en el fondo, ya sabía: ya no estoy enamorada de Mark.

La revelación debería parecerme más importante y dramática, aunque no llega acompañada de ninguna epifanía espectacular. Se parece más a darme cuenta de que una canción que escuchaba constantemente ha dejado de sonar, aunque no recuerdo exactamente cuándo ocurrió.

—Llevas sonriendo un buen rato —comenta Arthur mientras salimos del edificio y empezamos a caminar por la acera.

—Eso es inquietante —le respondo mirándolo de reojo.

—Es una observación.

—Yo lo llamaría vigilancia.

Arthur se lleva una mano al pecho.

—Me duele que pienses eso de mí.

—Ni siquiera tú te crees esa frase.

—Tienes razón —dice y suelta una carcajada.

La noche está agradable y no tengo ninguna prisa por volver a casa.

—¿En qué piensas? —me pregunta Arthur metiéndose las manos en los bolsillos del abrigo.

—En que mis amigas van a ponerse insufribles cuando les cuente cómo ha ido la noche.

Arthur deja escapar una risa.

—¿Más de lo habitual?

—No sabes de lo que son capaces —resoplo y niego con la cabeza.

—Pamela ya me ha amenazado dos veces —me cuenta encogiéndose de hombros.

—Eso para ella cuenta como una bienvenida cordial.

—Empiezo a preocuparme.

—Deberías.

Arthur vuelve a reírse y, mientras lo escucho, me oír cómo se ríe.

—¿Y tú? —le pregunto girándome hacia él—. ¿En qué piensas?

—En que tu definición de amistad da bastante miedo.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Claro que sí.

—Deja de esquivar el tema —le digo mirándole a los ojos.

Él sonríe, pero esta vez tarda unos segundos más en contestarme.

—Pienso que has estado mucho más tranquila de lo que esperabas.

Su respuesta me pilla desprevenida porque es verdad.

—Sí, supongo que sí —asiento con la cabeza.

—No parecías nerviosa cuando hablabas con él.

—Pues lo estaba.

—No se te ha notado nada.

Seguimos caminando unos metros antes de que vuelva a hablar.

—¿Qué ha cambiado?

Miro hacia delante antes de responder.

—Durante mucho tiempo pensé en qué le diría si volvía a verlo, cómo reaccionaría él y qué sentiría yo. Tenía versiones distintas de esta noche en la cabeza —admito.

—¿Y al final?

Me encojo ligeramente de hombros.

—Al final no ha pasado nada.

Arthur arquea una ceja.

—Eso suena bastante bien.

Me meto las manos en los bolsillos de la chaqueta.

—Me he pasado mucho tiempo intentando entender por qué ocurrió todo.

—¿Y ahora?

—Ahora creo que simplemente ocurrió. No hay una explicación brillante ni una lección escondida. Pasó y ya está.

Arthur asiente despacio.

—A veces la respuesta más simple es la correcta.

Lo miro.

—Vaya.

—¿Qué? —pregunta abriendo mucho los ojos.

—Eso ha sido sorprendentemente sensato para alguien que convierte todo en un análisis estratégico.

—Intento ampliar mi repertorio.

Sonrío y, cuando vuelvo la cabeza hacia él, descubro que me está observando y la sensación me descoloca por completo.

—Gracias —digo al cabo de un momento.

Arthur frunce ligeramente el ceño.

—¿Por qué?

—Por no intentar arreglarlo.

—No te sigo —reconoce con gesto de no estar entendiendo por qué le he dicho eso.

—Esta noche no has intentado convencerme de nada, ni has actuado como si necesitaras solucionar el problema, ni te has empeñado en decirme cómo tenía que sentirme —le explico.

Arthur tarda un momento en responderme.

—Porque no necesitabas nada de eso.

Su respuesta me llega de forma tan inmediata que me queda claro que no la ha pensado y eso me impacta, porque sé que lo cree de verdad.

—Gracias igualmente —murmuro.

Arthur baja la vista unos segundos antes de volver a mirarme.

—De nada, Laura.

Seguimos caminando sin decir nada más durante un rato, aunque no me resulta incómodo, al contrario. Simplemente me da la sensación de que la conversación ha llegado a un lugar más sincero de lo habitual.

Cuando llego a casa tengo cuarenta y tres mensajes en el chat de «Decisiones cuestionables» a pesar de que no había ninguno hace media hora. Así que, lanzo un hondo suspiro, y abro la conversación.

Pamela:¿LAURA, SIGUES VIVA?

Violet:Pamela lleva veinte minutos intentando llamarte.

Pamela:Porque necesito detalles.

Kim:Necesitas terapia.

Pamela:También.

Eve:¿Cómo ha ido?

Sonrío mientras dejo el bolso sobre el sofá y me deshago de los tacones.

Laura:He sobrevivido.

La respuesta llega tan deprisa que sospecho que las cuatro estaban mirando el móvil mientras esperaban a que diera señales de vida.

Pamela:ESO NO ES INFORMACIÓN.

Violet:¿Has visto a Mark?

Laura:Sí.

Eve:¿Y?

Laura:Y nada.

Kim:Esa respuesta me gusta.

Pamela:A mí no.

Necesito más drama.

Laura:Pues mira algo en Netflix.

Pamela:Qué cruel que eres.

La conversación continúa varios minutos entre bromas, preguntas, teorías ridículas de Pamela y advertencias razonables de Kim.

Hasta que dejo el teléfono sobre la mesa del salón, pero entonces vibra otra vez al instante.

Supongo que es del grupo por lo que lo cojo de nuevo con una sonrisa, pero es un correo.

Frunzo el ceño, porque el remitente pertenece a Parks & Associates y me resulta raro que alguien me escriba a estas horas.

Lo abro sin pensar demasiado y me quedo inmóvil, porque no es para mí, sino para Arthur.

Al parecer, alguien ha cometido un error al reenviarlo.

Leo las primeras líneas, las releo y me fijo que la fecha corresponde a varias semanas atrás, en concreto, a antes del segundo encuentro entre Arthur y yo.

Se me enrecorta la respiración, porque entre varios asuntos profesionales aparece una frase concreta escrita por Arthur.

Es una frase breve e inofensiva para cualquiera menos para mí.

«Necesito toda la información disponible sobre Laura Wells y su estudio antes de la reunión».

Miro la pantalla y vuelvo a leer la frase varias veces, hasta que una duda empieza a abrirse paso en mi cabeza, porque de pronto ya no tengo tan claro qué parte de esta historia fue casualidad y cuál no.