14
Arthur
Hay una diferencia importante entre controlar una situación y mentirme a mí mismo y descubro cuál es un martes por la noche, sentado solo en mi despacho, mientras intento concentrarme en un contrato que llevo leyendo diez minutos sin avanzar ni una sola página.
Evidentemente, el problema no es el contrato.
El problema de verdad está apoyado en una esquina de mi cerebro desde que volvimos de Boston y ese problema tiene nombre: Laura.
Cierro el documento y me echo hacia atrás en la silla, después miro el reloj y veo que son las ocho y veinte.
Resoplo y miro a través de los cristales de mi despacho y veo que la oficina está casi vacía.
Rita se marchó hace más de una hora después de dedicarme una mirada, que parecía decir algo entre «deberías irte a casa» y «estás perdiendo facultades».
Todavía no he decidido cuál de las dos me ha molestado más.
El móvil vibra sobre la mesa y me distrae de mis pensamientos.
Laura:
He terminado los cambios del dossier
para el evento del jueves
y te lo he enviado.
Sonrío sin poder evitarlo, lo que es un problema aún mayor.
Arthur:
Una persona normal lo enviaría mañana.
Su respuesta llega casi de inmediato.
Laura:
Una persona normal no trabaja para ti.
Arthur:
Eso ha sido ofensivo.
Laura:
Solo ha sido exacto.
Resoplo y cierro el portátil, porque ya no voy a trabajar más esta noche y porque hace exactamente siete minutos que estoy buscando excusas para escribirle algo que no tenga nada que ver con el trabajo.
Media hora después entro en mi apartamento con una bolsa de comida italiana bajo el brazo y una conclusión bastante incómoda rondándome la cabeza: «Boston lo ha cambiado todo».
Intento repetirme que no y recordarme que el acuerdo sigue siendo el mismo y que nuestra relación continúa siendo falsa y con fecha de caducidad, pero ninguno de esos argumentos me funciona. Dejo las llaves sobre la encimera de la cocina y saco el teléfono. Antes de pensarlo demasiado, escribo.
Arthur:
¿Has cenado?
Me quedo mirando la pantalla y enseguida aparecen tres puntos que me indican que me está escribiendo.
Laura:Depende.
Arthur:
Eso nunca es una buena respuesta.
Laura:
Tengo cereales.
Arthur:Eso no cuenta como cena.
Laura:Discrepo.
Arthur:Porque tienes valores nutricionales
preocupantemente bajos.
Laura:¿Vas a despedirme por mis
hábitos alimenticios?
Arthur:Estoy valorando distintas opciones.
Laura:Qué suerte la mía.
Sonrío otra vez, algo que últimamente ocurre con demasiada frecuencia.
Arthur:Tengo comida de verdad.
La respuesta tarda unos segundos más en llegarme.
Laura:¿Estás invitándome a cenar?
Arthur:Estoy intentando evitar que
sobrevivas a base de cereales.
Laura:Eso ha sonado muy paternalista.
Arthur:Finge que no ha ocurrido.
Laura:Voy para allá.
Me quedo mirando el último mensaje durante unos segundos, porque una parte de mí sabe perfectamente que esto ya no tiene nada que ver con el trabajo, ni con el acuerdo, ni con la fotografía.
El problema aparece cuando recuerdo algo en lo que llevo semanas intentando no pensar: después de conocer a Laura, busqué información sobre ella.
Visité la página web de su empresa, miré los trabajos que había hecho, leí varias de sus entrevistas y en aquel momento me dije que era lo lógico, porque iba a firmar un acuerdo con ella y quería saber con quién estaba tratando.
Era una explicación razonable hasta que dejó de serlo, porque no me limité a informarme. También empecé a buscar motivos para verla más veces de las necesarias y ahora me resulta bastante complicado fingir que ambas cosas obedecen al mismo motivo.
El timbre suena cuarenta minutos después. Abro la puerta y me encuentro a Laura en el rellano con unos vaqueros, una chaqueta y una expresión que parece debatirse entre la diversión y la sospecha.
—Adelante —le digo apartándome para dejarle paso.
—Buenas noches —dice al entrar en mi apartamento —. Vaya, veo que era cierto —dice al ver la bolsa de comida italiana que he dejado al llegar sobre la isla de la cocina.
—¿Qué?
—Pensaba que estabas exagerando.
—Eso ha sido ofensivo.
—Lo digo porque normalmente tienes pinta de alimentarte exclusivamente de café y reuniones.
—Rita diría exactamente lo mismo —resoplo y niego con la cabeza.
—Entonces Rita y yo tenemos razón.
Deja el bolso sobre una de las sillas altas y se acerca a la encimera.
—¿Qué has comprado? —pregunta con curiosidad sin dejar de mirar la bolsa.
—Pasta.
—Eso explica por qué he venido.
—Pensaba que habías venido por mi encantadora personalidad.
Laura me dedica una mirada paciente.
—Arthur, llevamos suficiente tiempo conociéndonos para no fingir cosas absurdas.
Resoplo, ella sonríe y de nuevo me invade la misma sensación: estar con Laura es muy fácil.
La cena empieza de forma bastante civilizada, pero avanza con Laura criticando mis habilidades culinarias mientras intenta preparar una ensalada para acompañar la pasta.
—Eso no se corta así —dice arrebatándome el cuchillo.
—Llevo años utilizando cuchillos.
—Eso no significa que los sepas usar bien.
—Empiezo a entender por qué discutes con todo el mundo.
—Porque suelo tener razón —me responde alzando una ceja.
—Eso es exactamente lo que diría una persona insoportable.
—Mira quién habla —dice después dar una carcajada.
La observo mientras se mueve por mi cocina con naturalidad. Abre cajones sin preguntar, encuentra los vasos a la primera, se sirve agua y se comporta como si hubiera estado aquí muchas veces. Sin embargo, lo extraño es que nada de eso me molesta, aunque debería hacerlo.
—¿Qué? —me pregunta de pronto.
—Nada —le respondo encogiéndome de hombros.
—Mentira.
—¿Por qué todo el mundo me llama mentiroso últimamente?
—Porque eres muy malo fingiendo que algo no te afecta.
—Eso es ridículo.
—Llevas observándome varios minutos.
La acusación me pilla completamente desprevenido, porque tiene razón y ella lo sabe.
—¿Ves? —me pregunta apoyando los codos sobre la encimera.
—¿Qué? —inquiero alzando una ceja.
—Esa cara.
—No sé de qué hablas —me encojo de hombros de nuevo.
—Claro que lo sabes.
Niego con la cabeza, ella sonríe y la conversación se queda suspendida entre nosotros, aunque no resulta incómoda. De hecho, eso sería mucho más sencillo. El problema es que resulta agradable
Terminamos cenando en la isla de la cocina mientras comentamos el evento que estamos preparando o, al menos, empezamos hablando del evento, porque al cabo de veinte minutos la conversación ya no tiene nada que ver con trabajo.
—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —pregunta Laura mientras gira el tenedor entre los dedos para enrollar los espaguetis.
—Empiezo a pensar que esa pregunta me persigue —suelto un resoplido.
—Contestaaaa.
—No.
—¡Qué sorpresa!
Laura pone los ojos en blanco.
—Lo más raro es que sigo sin saber qué haces cuando no trabajas.
—Trabajo —me encojo de hombros.
—Eso confirma exactamente mi teoría.
—¿Y tú?
—Yo tengo aficiones.
—¿Quejarte de mí cuenta como afición?
—Pues que sepas que es una actividad recreativa muy completa.
Me río, ella también y cuando nuestras miradas se encuentran, la conversación pierde velocidad poco a poco y sin avisar. Laura baja la vista un segundo y después vuelve a levantarla.
—Arthur...
Mi nombre suena distinto cuando lo pronuncia de esa manera tan suave.
—¿Sí? —le pregunto apoyándome contra la encimera.
Ella tarda unos segundos en responder.
—Boston ha complicado bastante las cosas —me dice mirándome a los ojos.
—Sí…
—Me alegra que por una vez coincidamos.
—Coincidimos más de lo que crees.
Laura sonríe, pero deja de hacerlo poco después, porque la distancia entre nosotros ha desaparecido sin que ninguno se haya dado cuenta y ahora estamos mucho más cerca de lo recomendable.
—Esto sigue siendo una mala idea —murmura.
—Probablemente —digo a media voz.
—Empiezo a odiar esa respuesta.
—Porque sabes que tengo razón —le respondo con una media sonrisa.
Laura niega con la cabeza, pero no se aparta, de hecho, ninguno de los dos lo hacemos y, por un instante, me olvido del trabajo, del acuerdo, de las normas y de todo lo demás.
Empezamos a besarnos con ansia y yo bajo mis manos por su espalda hasta llegar a su culo.
Pero, entonces, en el momento menos oportuno mi teléfono empieza a sonar y los dos nos separamos al mismo tiempo.
—No me lo puedo creer —murmura Laura.
Miro la pantalla y veo que es un número de trabajo.
—¿Ves? —dice ella recuperando la distancia—. El universo nos ayuda.
—El universo tiene un sentido del humor horrible —chasqueo la lengua.
—En eso también estamos de acuerdo.
Descuelgo la llamada mientras Laura recoge los platos y mientras intento concentrarme en lo que me dicen desde el otro lado del teléfono, aunque me doy cuenta de que ya no estoy escuchando, porque toda mi atención sigue en la mujer que está caminando por mi cocina.
Laura se marcha una hora después y yo la acompaño hasta la puerta.
—Gracias por la cena —dice colgándose el bolso del hombro.
—Técnicamente la mitad la has preparado tú.
—Eso explica por qué estaba buena —me responde con una media sonrisa.
—Voy a fingir que no he escuchado eso —le digo apoyándome en el marco de la puerta.
—Buena idea.
Durante un instante ninguno se mueve y nos limitamos a mirarnos a los ojos. En ese momento, tengo la sensación de que no necesitamos decir nada porque nuestras miradas hablan por ellas mismas.
—Buenas noches, Arthur.
—Qué descanses —le digo y ella se gira y se aleja por el pasillo hasta el ascensor.
Cuando cierro la puerta de mi apartamento, la tranquilidad dura exactamente tres minutos, porque mi teléfono vuelve a vibrar.
Lo saco del bolsillo mientras camino hacia el salón con una sonrisa pensando que es Laura que me dice algo, pero al ver el nombre de quién realmente me escribe en la pantalla, se me quitan las ganas de responder.
Me dejo caer en el sofá y durante unos segundos me planteo ignorar el mensaje, pero después recuerdo que esa persona nunca desaparece cuando la ignoras y busca otra forma de llamar la atención. Así que abro la conversación con la convicción de acabarla lo antes posible.
Cassandra:He visto las fotos de Boston.
«Perfecto, justo lo que necesitaba», me digo para mí y chasqueo la lengua. No respondo, aunque ella tampoco parece especialmente preocupada por eso, porque me envía un segundo mensaje casi inmediatamente.
Cassandra:Tu nueva relación
está progresando muy rápido.
Resoplo y ya no puedo contenerme y le contesto con ganas de que me deje en paz.
Arthur:Buenas noches para ti también.
Sin embargo, los tres puntos aparecen enseguida.
Cassandra:Siempre tan encantador.
Arthur:¿Qué quieres?
Esta vez tarda un poco más en responderme, pero no mucho, solo lo suficiente para que parezca calculado.
Cassandra:Solo me parece curioso.
Arthur:¿El qué?
Cassandra:Que una historia tan perfecta
empezara de una forma tan imperfecta.
Me quedo inmóvil, no porque su frase diga mucho, sino porque dice lo suficiente.
Arthur:No sé de qué hablas.
Cassandra:Claro que lo sabes.
Apoyo la cabeza contra el respaldo del sofá y resoplo, porque acaba de aparecer la Cassandra que conozco, la que nunca acusa directamente, ni nunca amenaza de forma abierta, sino que prefiere insinuar, porque las insinuaciones obligan al otro a imaginar el resto.
Arthur:Si tienes algo que decir, dilo.
Cassandra:No tengo nada que decir.
Arthur:Entonces deja de escribirme.
Pasan varios segundos y después aparece el último mensaje.
Cassandra:Solo espero que Laura
conozca toda la historia.
La mandíbula se me tensa automáticamente, porque esa frase ya no es una insinuación sino una advertencia. Aunque Cassandra no sabe nada realmente peligroso, conoce suficientes piezas para construir teorías y ella siempre ha sido muy buena teorizando.
Miro la conversación unos segundos más y después bloqueo la pantalla.
Dejo el teléfono sobre la mesa e intento concentrarme en otra cosa, pero no funciona.
Porque por primera vez desde que empezó toda esta historia, el problema ya no es la fotografía, ni el acuerdo, ni siquiera la mentira, el problema es Laura y el hecho de perderla empieza a parecer una posibilidad real.
Esa posibilidad hace apenas unas semanas me habría resultado indiferente, pero ahora ya no.