No era mi cita (Decisiones cuestionables nº 1) 13 #2
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El vuelo de regreso se me pasa muy rápido porque terminamos hablando durante buena parte del trayecto.

Empezamos por trabajo comentando la reunión, algunas decisiones de Veridian y varias ideas para la campaña.

Después la conversación se desvía hacia nuestros primeros empleos, también hablamos de clientes imposibles y de situaciones tan absurdas que ahora nos resultan divertidas porque ya han pasado unos años.

En algún momento Arthur me cuenta una historia sobre los primeros meses de Parks & Associates y yo lo escucho mientras habla y me doy cuenta de que cuando habla de la empresa, desaparece parte de esa frialdad controlada que suele formar parte de él.

—Estás orgulloso de ella —comento observándolo por encima de mi botella de agua.

Arthur aparta la vista de la pantalla del portátil y arquea ligeramente una ceja.

—¿De la empresa?

—Sí —asiento—. Se te nota.

Él cierra el portátil y lo deja sobre la bandeja del asiento.

—Me ha costado demasiados años no estarlo —me responde tan rápido, que parece que se le escapa sin querer y eso me hace sonreír.

—No esperaba una respuesta así —le confieso.

Arthur suspira y se reclina en el asiento.

—No te acostumbres.

—Ya estamos otra vez —resoplo.

—Solo intento mantener mi reputación.

—Tu reputación está atravesando un momento delicado —bromeo.

—Lo sospechaba —me sigue el juego.

Después de eso, nos quedamos mirando hacia delante y resulta extraño, porque hace apenas unas semanas cualquier conversación entre nosotros acababa en una discusión, ahora seguimos discutiendo, pero ya no parece una competición, sino que da la sensación de que ninguno de los dos quiere dejar de hablar.

Cuando aterrizamos en Nueva York ya está anocheciendo. Recogemos las maletas, atravesamos la terminal en dirección a la zona de taxis. Mientras esperamos nuestro turno, me descubro observando a la gente que pasa a nuestro alrededor.

—Llevas un rato muy callada —comenta Arthur mientras esperamos junto a la zona de taxis y apoya una mano sobre el asa de la maleta.

—Estoy pensando —le respondo mirándolo de reojo.

—Eso nunca suele ser una buena señal.

—Créeme, para mí tampoco.

Arthur sonríe ligeramente y se gira un poco hacia mí.

—¿Tiene algo que ver con Boston?

—Entre otras cosas —admito encogiéndome de hombros.

—Esa respuesta es sospechosamente ambigua.

—Intento proteger mi estabilidad emocional.

—Pues no lo estás consiguiendo.

—Gracias por el apoyo —respondo llevándome una mano al pecho.

—Siempre intento ayudar.

Lo observo unos segundos antes de negar con la cabeza.

—Esa mentira ha sido casi ofensiva.

—Y aun así has tardado en detectarla, ¿eh? —replica con una sonrisa.

La conversación consigue arrancarme una risa y, por supuesto, Arthur se da cuenta. Últimamente parece darse cuenta de todo.

Cuando por fin conseguimos un taxi, el trayecto hasta Tribeca se me pasa volando.

Entre el tráfico, la conversación y el cansancio acumulado, apenas me doy cuenta de que ya hemos llegado hasta que el coche se detiene frente a mi edificio.

El conductor sale para sacar la maleta del maletero y tanto Arthur como yo también salimos del coche y, de repente, tengo la sensación de que ninguno de los dos tiene demasiada prisa por marcharse.

Apoyo una mano sobre el asa de la maleta y respiro hondo.

—Bueno...

—Bueno... —repite Arthur con una pequeña sonrisa.

—Ha sido un viaje raro.

Arthur deja escapar una risa breve.

—Creo que esa es la forma más elegante posible de describirlo.

—Intentaba ser diplomática.

—Ha sido un viaje muy raro.

—Me alegra que coincidamos en algo.

—No ocurre tan a menudo.

—Eso lo dices tú.

Arthur sonríe, pero algo cambia ligeramente en su expresión. No sabría explicar qué es exactamente, solo que de pronto parece más serio.

—Laura...

Levanto la vista y lo miro a los ojos.

—¿Sí?

—Me alegro de que hayas venido.

Durante un segundo me quedo sin respuesta, porque sé perfectamente que no está hablando solo de la reunión, ni de Veridian, ni siquiera de Boston y tengo la sensación de que él sabe que yo también lo sé.

—Yo también me alegro —respondo al final.

Arthur mantiene la mirada unos instantes antes de asentir despacio.

—Te escribiré luego.

—Eso ha sonado peligrosamente parecido a una promesa.

—Empiezo a asumir riesgos.

—Qué miedo me das.

—Que descanses, Laura.

—Buenas noches, Arthur.

Lo veo subir de nuevo al taxi y cerrar la puerta. Después me quedo en la acera observando cómo el coche se aleja calle abajo hasta que desaparece entre el tráfico de Manhattan.

Cuando entro en mi apartamento, dejo la maleta junto a la puerta y me quito los zapatos con un suspiro de alivio.

Ha sido un viaje largo, aunque a la vuelta hayamos regresado en avión.

No obstante, lo único que me apetece ahora mismo es ponerme ropa cómoda, dejar de pensar y desaparecer un rato en el sofá.

Pero ni siquiera he llegado al salón cuando el móvil vibra dentro de mi bolso y sonrío automáticamente, porque supongo que será Pamela o Violet o alguna de las otras dos locas que llevan años demostrando que el concepto de intimidad les parece orientativo.

Saco el teléfono mientras camino por el pasillo, pero el nombre que aparece en la pantalla no es el que esperaba. Me quedo quieta unos segundos y después abro el mensaje.

Mark:

Te vi con Arthur.

Frunzo ligeramente el ceño y antes de que me dé tiempo a reaccionar, aparece una segunda línea en el mismo mensaje.

Mark:

Pareces distinta.

Eso es todo. No me dice nada más, ni me pide una explicación, ni me pregunta.

Solo me ha escrito esas dos frases. Hace unos meses habría releído esas palabras veinte veces y habría intentado averiguar qué quería decir exactamente, si había algo oculto detrás o si estaba intentando decirme algo que no se atrevía a escribir directamente.

Ahora, en cambio, observo la pantalla y me doy cuenta de que estoy sonriendo.

Además, mi sonrisa ha aparecido antes de que haya podido evitarlo y eso, durante un instante, me desconcierta, porque sé que no tiene nada que ver con Mark, ni con su mensaje, ni con nada relacionado con él, sino que tiene que ver con Arthur, con Boston, con las conversaciones que hemos tenido durante el viaje, con cómo me ha mirado durante la presentación y con la sensación de que no estaba viendo a una persona de marketing, que fingía ser la novia de alguien importante. Estaba viéndome a mí.

Intento borrar la sonrisa mientras dejo el teléfono sobre la encimera, pero no lo consigo, sigo sonriendo y cuanto más intento disimularla, más evidente resulta. Al final dejo escapar una pequeña risa y niego con la cabeza, porque quizá Mark tenga razón en una cosa, quizá sí parezco distinta.