13
Laura
Abro los ojos despacio y me quedo mirando el techo durante unos segundos, intentando recordar dónde estoy.
De repente en mi cabeza aparecen ideas sueltas: Boston, hotel, viaje de trabajo y Arthur.
La última parte de la lista es la que complica todo, porque entonces también recuerdo lo ocurrido anoche y ahí empieza el verdadero problema.
No es que me arrepiente, ni que me dé vergüenza, ni tenga ganas de salir corriendo, pero lo que siento es algo mucho peor, porque me ha gustado mucho.
Suelto el aire lentamente, me giro y veo que Arthur sigue dormido a mi lado.
La escena resulta sorprendentemente doméstica para dos personas que hace unas semanas discutían sobre quién tenía la culpa de una fotografía viral.
Él está tumbado boca arriba con una mano sobre el abdomen y el aspecto de alguien que jamás ha tenido una preocupación en su vida, lo cual es ridículo, porque sé perfectamente que vive preocupado por cosas que el resto de la humanidad ni siquiera percibe.
Aun así, dormir le sienta insultantemente bien.
—Qué desastre —murmuro para mí.
Intento incorporarme con cuidado para levantarme sin despertarlo. Empiezo a moverme y consigo sacar una pierna de las sábanas, después la otra y justo cuando creo que estoy a punto de lograr una retirada digna, mi pie se engancha con la alfombra y me tropiezo.
—¿Laura?
Me quedo inmóvil, cierro los ojos un segundo y después me giro despacio. Arthur acaba de abrir los ojos.
—Buenos días —dice incorporándose ligeramente sobre un codo.
La voz grave de recién despertado debería estar prohibida por algún organismo internacional, porque me resulta demasiado sexy para el débil autocontrol que poseo esta mañana.
—Todavía estoy evaluando si son buenos —respondo mientras recupero el equilibrio.
Arthur me observa con una sonrisa apenas visible.
—Eso suena preocupante.
—Estoy procesando acontecimientos recientes.
—Lo imaginaba.
Nos quedamos callados unos segundos, porque ninguno parece saber cuál es la versión normal de nosotros después de lo pasó anoche en esta cama King size.
—Voy a ducharme —anuncio cogiendo mi teléfono de la mesilla.
—Parece una decisión razonable —dice Arthur apoyando la espalda contra el cabecero.
—Necesito tomar al menos una decisión razonable hoy —le respondo encogiéndome de hombros.
—Llegas con retraso.
Lo señalo con un dedo mientras camino hacia el baño.
—No empieces.
—Ni siquiera he empezado —dice él alzando las palmas de las manos.
—Ese es el problema —le contesto y escucho cómo se ríe, por lo que cierro la puerta antes de que su risa logre ponerme aún más nerviosa.
En cuanto estoy sola y encerrada en el baño, apoyo la espalda contra la puerta y abro el chat de «Decisiones cuestionables» y veo que tengo cinco mensajes sin leer, algo que es muy mala señal teniendo en cuenta cómo son mis amigas.
Pamela:
Buenos días a todas excepto a Laura.
Kim:
No quiero saber por qué has escrito eso.
Pamela:
Mentira.
Violet:
Yo sí quiero saberlo.
Eve:
Buenos días.
Me siento en el borde de la bañera negando con la cabeza y después escribo.
Laura:
Tengo información.
La respuesta llega tan rápido que empiezo a sospechar que ninguna ni duerme ni trabaja realmente.
Pamela:
DIOS MÍO.
Violet:
Lo sabía.
Kim:
Estoy entrando en una reunión.
Espero que esto merezca la pena.
Eve:
Hola, Laura.
Laura:
Buenos días.
Pamela:
CUENTA.
Laura:
No pienso contar nada.
Pamela:
Entonces ¿por qué has dicho
que tenías información?
Laura:
Porque necesitaba atención.
Kim:
Al menos es sincera.
Sonrío y después escribo el mensaje que probablemente va a perseguirme el resto del día.
Laura:
Digamos que la cama King size
no fue un problema.
El chat explota.
Pamela:
NECESITO DETALLES.
Violet:
¿El hotel era bonito?
Kim:
Violet, tus prioridades siguen siendo fascinantes.
Eve:
¿Estás bien?
La pregunta de Eve consigue que deje de reírme, porque es la única que pregunta lo importante.
Laura:
Sí.
Pamela:
Eso no responde a nada.
Laura:
Estoy bien.
Kim:
Interesante.
Laura:
¿Qué tiene de interesante?
Kim:
Que no has dicho que haya sido un error.
Me dejo caer hacia atrás y cierro los ojos.
Laura:
Os dejo.
Tengo que ducharme.
Pamela:
COBARDE.
Violet:
Pregúntale si tiene amigos solteros.
Kim:
Ignora a Violet.
Eve:
Luego nos cuentas.
Cierro el chat antes de que me hagan veinte preguntas más, lo dejo sobre el lavabo y me observo unos segundos en el espejo. Sigo sonriendo y ese es el verdadero problema, porque no estoy sonriendo por las bromas de mis amigas, sino por Arthur y no tengo ni idea de que hacer ahora.
Cuando salgo del baño veinte minutos después, el vapor se escapa detrás de mí al abrir la puerta y mi dignidad continúa desaparecida en algún punto de la noche anterior. Arthur está junto a la ventana revisando unos documentos en una tableta y levanta la vista cuando me oye salir.
—Buenos días otra vez —dice dejando la tableta sobre una mesa.
—Todavía estoy evaluando si son buenos.
—Voy a tomármelo como una crítica al hotel.
—Haz lo que necesites para mantener tu autoestima intacta.
—Me sorprende que seas capaz de bromear tan temprano —me dice sonriendo mientras se pone en pie.
—Es un mecanismo de supervivencia.
—Eso explica muchas cosas.
—No empieces —le respondo señalándole con un dedo.
—Ni siquiera he dicho nada —se ríe.
—Llevas diez segundos despierto y ya me estás llevando la contraria.
—Ahora sí vuelves a parecer tú.
La observación me hace sonreír y el problema es que él también sonríe. Durante un instante, ninguno aparta la mirada, hasta que soy yo quien rompe el momento.
—¿A qué hora es la reunión?
—Dentro de una hora —me dice mirando su reloj de pulsera.
—Perfecto. Tenemos tiempo más que suficiente para fingir que somos profesionales.
—Laura.
—¿Qué? —le pregunto mirándole a los ojos.
—Somos profesionales —repite con convicción.
—Eso está por demostrar —resoplo.
La reunión se celebra en la sede central de Veridian Boston. El edificio es tan elegante y pulcro que me siento culpable solo por apoyar el bolso sobre una mesa. Arthur, por supuesto, parece haber nacido en este tipo de lugares.
Caminamos por los pasillos acompañados por varios directivos y descubro que no me siento fuera de lugar, quizá porque ya conozco a parte del equipo o porque Arthur me ha arrastrado tantas veces a este mundo que empiezo a moverme por él sin pensar o tal vez porque, por primera vez, no siento que tenga que demostrar nada.
La presentación comienza unos minutos después.
Arthur abre la reunión, mientras yo escucho y tomo notas mientras espero mi turno.
Cuando finalmente me toca intervenir a mí, conecto mi portátil a la pantalla y me pongo en pie.
Aunque en un principio solo iba a hacer de acompañante de Arthur, le propuse presentar mi propuesta de marketing para esta campaña y él aceptó.
—Lo que hemos preparado no es solo una campaña —explico señalando la primera diapositiva—. Es una forma distinta de presentar la marca.
La sala se queda en silencio, mientras me escuchan con atención desarrollar mi propuesta y poco a poco dejo de ser consciente de las personas que me observan.
Me centro en las ideas, en el proyecto y en explicar exactamente lo que quiero transmitir.
Cuando termino, uno de los directivos se inclina hacia delante.
—Es brillante.
Otro asiente, después habla una tercera persona y también una cuarta.
Empiezan a hacer unas preguntas detrás de otras y yo las respondo todas defendiendo mi propuesta, argumentando cambios, escuchando sugerencias…
y así, durante casi cuarenta minutos, me olvido por completo de Arthur.
Hasta que levanto la vista y lo encuentro observándome.
No está mirando la pantalla, ni las reacciones del cliente, me está mirando a mí y hay algo en su expresión que me deja sin respiración durante un segundo: orgullo, como si estuviera disfrutando al ver cómo hago exactamente aquello para lo que estoy preparada.
Por suerte, nadie parece darse cuenta, solo yo y quizá él también.
Finalmente, la reunión termina con aplausos y varias felicitaciones.
—Ha salido bien —comento intentando sonar despreocupada mientras guardo mis cosas, después de que los clientes hayan abandonado la sala.
—Ha salido mejor que bien —me dice Arthur al acercarse hasta la mesa.
—No exageres —trato de restarle importancia.
—No estoy exagerando.
Levanto la mirada.
—Arthur...
—Laura, acabas de conseguir que cinco directivos cambien una estrategia que llevaban meses preparando, aunque era algo que entraba en sus planes.
—Eso suena muy dramático.
—Porque lo es.
No puedo evitar reírme y veo cómo Arthur niega con la cabeza.
—No sé por qué te sorprende tanto que la gente valore tu trabajo.
La frase me impacta, porque durante años he aprendido a restar importancia a mis propios logros y me he acostumbrado a pensar que siempre faltaba algo en mi trabajo.
—¿Qué? —pregunta al darse cuenta de que ha tocado mi fibra sensible.
—Nada —le respondo sin alzar la mirada.
—Eso suele ser mentira.
—Empiezo a odiar que me conozcas tanto —resoplo.
—Llegas tarde.
Dos horas después estamos de camino al aeropuerto, porque para regresar antes, preferimos volver en avión y no en coche, y aunque ahora también seguimos bromeando y discutiendo, algo ha cambiado.
Lo noto cuando Arthur me enseña un correo antes incluso de enviarlo, o cuando me pregunta mi opinión sobre cosas que antes habría decidido solo o cuando me ofrece un café sin preguntarme cómo lo quiero, porque ya sabe qué voy a pedir.
Son detalles pequeños y por eso me impresionan más.